Un admirador excepcional
14 de Enero, 2065. Miércoles. Downtown. 22:41
Sus pensamientos eran un torbellino de vergüenza y furia gélida. Sentía todavía la fricción áspera y dolorosa en su interior, una huella de la invasión de ese pandillero que la lluvia fría de los aspersores no había logrado borrar. Cerraba los ojos y veía la superficie fría de la mesa de teca negra clavándose en su espalda desnuda, sentía la parálisis química dictando una quietud forzada sobre sus músculos mientras su espíritu aullaba de agonía. El recuerdo de cómo su violador se había corrido dentro de ella, le provocaba una náusea que amenazaba con consumirla.
Se castigaba mentalmente por la quietud de sus extremidades, repitiendo una y otra vez la imagen de sus propios ojos fijos en el techo mientras aquel animal la trataba como carne inerte. Sentía que el olor de los pandilleros, esa mezcla de sudor rancio y cuero barato, se había quedado impregnado en su esencia, una mancha que ninguna cantidad de agua podría limpiar.
—Ya pasó, Rachel —susurró Deus, rompiendo el silencio con una suavidad que contrastaba con la violencia que había desplegado un rato antes—. A partir de ahora todo va a ir bien. Estoy aquí.
Ella no respondió, solo apretó más la gabardina contra su cuerpo, como si intentara desaparecer entre sus pliegues. Deus estiró la mano y, con una delicadeza infinita, acarició su mejilla, retirando un mechón de cabello platino húmedo que se pegaba a su piel pálida. Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula con una veneración religiosa, buscando desesperadamente una forma de reconectarla con el presente, de recordarle que el Pandemonium estaba bajo control y que él, su fan obsesionado convertido en héroe particular, estaba allí para protegerla.
14 de Enero, 2065. Miércoles. Frente a la entrada del edificio. Belltown. 22:51
El Westwind se detuvo con elegancia frente al imponente portal de granito y cristal en Wall Street. Tras dedicarle una última mirada cargada de una protección casi religiosa a Rachel, salió del coche cerrando la puerta de mariposa detrás de sí.
La lluvia le golpeaba mientras rodeaba el capó para abrir la puerta del copiloto. Al abrirla, el aire frío de la noche penetró en el habitáculo, haciendo que Rachel se encogiera aún más bajo la prenda de cuero que la cubría. Deus le tendió la mano, un gesto firme pero paciente, invitándola a salir.
Mientras ella ponía un pie en la carretera, Deus activó su commlink.
—No es bueno que te quedes sola en tu piso, Rachel —le explicó con voz baja y calmada mientras la guiaba hacia la entrada del portal—. Los Ancianos sabían dónde encontrarte en el club, y no podemos arriesgarnos a que tengan vigilada tu casa. Necesitamos averiguar algunas cosas antes de que podamos bajar la guardia.
Deus envió una orden al sistema de navegación del Westwind. Sin necesidad de conductor, el vehículo se alejó con un zumbido eléctrico hacia la rampa del garaje privado del edificio.
Rachel caminaba a su lado como una autómata, con la mochila colgada de un hombro y manteniendo la mirada fija en el suelo de mármol del vestíbulo. El eco de las botas de ambos resonaba en el espacio vacío.
Deus la condujo hacia el ascensor privado, un cubículo de acero pulido y espejos que requería un escaneo biométrico para activarse. Mientras esperaban a que las puertas se cerraran, Deus se colocó frente a ella, bloqueando la vista del hall, como si su propio cuerpo fuera la última línea de defensa entre ella y el resto del mundo.
—Aquí estarás a salvo —añadió él, mientras el ascensor comenzaba su ascenso silencioso hacia el ático—.
Rachel asintió levemente, aunque su mente seguía procesando el dolor de la violación y la humillación de haber sido tratada como mercancía. Se aferró a las solapas de la gabardina del hombre que la había rescatado del infierno, mientras el indicador de plantas marcaba el camino hacia las alturas de Belltown.
14 de Enero, 2065. Miércoles. Ático de Deus. Belltown. 23:09
El espacio era vasto, con techos de doble altura y ventanales que envolvían la estancia, ofreciendo una panorámica de los rascacielos de Belltown bajo la lluvia. La decoración combinaba el minimalismo tecnológico con piezas de arte antiguo que Rachel apenas alcanzó a procesar: una escultura de mármol en una esquina, alfombras de seda y una iluminación cálida que nacía de las molduras del techo.
Deus guio a Rachel por el pasillo de paredes paneladas en madera oscura, donde luces LED empotradas en el suelo se activaban a su paso. Se detuvo ante una puerta que se abrió hacia una suite de invitados que rivalizaba en tamaño con el propio escenario del Pandemonium.
—Este será tu cuarto —dijo Deus, entrando tras ella—. Tienes ese vestidor. Puedes colocar ahí lo que tengas en la mochila.
Rachel caminó por la habitación, sintiendo la moqueta de lana bajo sus botas. Se detuvo ante el ventanal que mostraba la aguja del Space Needle a lo lejos. La opulencia del lugar la abrumaba; cada detalle hablaba de un nivel de vida que ella solo veía desde lejos en los reservados VIP.
Deus la dejó un momento para que asimilara el espacio y luego la invitó a regresar al salón principal.
—Ven, siéntate. —le indicó, señalando el sofá de cuero mientras él se acercaba a un mueble bar integrado en la pared—. ¿Quieres beber algo? ¿Agua, zumos, alcohol?
La imagen de los Ancianos riendo mientras Bane se corría dentro de ella volvió a cruzar su mente como un relámpago de náusea.
—Agua —logró articular—. Deus... ¿quién eres tú realmente? Ningún fan corriente vive así. Ni siquiera los ejecutivos que venían al club tienen este nivel de vida.
Había esperado un apartamento funcional, quizás el piso de un ejecutivo medio con una obsesión malsana, pero esto era otra cosa. Esto era poder real, una opulencia que rivalizaba con los niveles más altos de las megacorporaciones.
Miró las manos de Deus, las mismas que habían desatado el fuego y la muerte en el club, y luego volvió a mirar el entorno de lujo que los rodeaba. La idea de que un fan tan devoto y constante poseyera un ático de este calibre la hacía sentir una punzada de inquietud. ¿Quién era realmente el hombre que la había observado desde las sombras mientras ella bailaba en las seis barras?
Deus regresó con un vaso de cristal pesado —donde el agua brillaba bajo la luz ambarina— en una mano y en la otra otro igual pero lleno de Junk Daniels. Le entregó el de agua con un cuidado extremo, evitando rozar sus dedos para no invadir su espacio personal tras el trauma.
—Soy alguien que valora la privacidad y la buena vida, Rachel. He tenido suerte en los negocios —respondió él, sentándose a una distancia prudencial—.
La observó con una fijeza que no buscaba incomodarla, sino sostenerla. Estaba muy pendiente de cada uno de sus gestos, notando cómo sus dedos temblaban levemente al rozar el cuero del sofá.
Rachel guardó silencio, procesando la magnitud de lo que Deus representaba.
—¿Pero de donde sales?
—Para mí solo eras "el tío de siempre". Estaba convencida de que estabas enfermizamente enamorado de mi y cualquier día me ofrecerías llevarme lejos, ya ves.
—Lo clavaste. ¿Sabes la cantidad de veces que he pensado en comprarte un piso en cualquier lado y regalartelo solo para entrar en tu vida? Enfermizamente enamorado creo que es una descripción bastante acertada.
Rachel soltó una risa nerviosa, un sonido seco que murió rápidamente en el aire filtrado del ático. Apartó la mirada del vaso de agua, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas. Intentó buscar un tono sarcástico, la máscara de mujer fatal que solía usar en el Pandemonium para mantener a raya a los clientes babosos, pero su voz la traicionó, sonando quebrada.
—Vaya... —murmuró, jugueteando con el borde del cristal—. Así que el rumor de las sombras resultó ser un mago millonario con problemas de apego. Es una historia mucho mejor que la del ejecutivo aburrido, te lo concedo. ¿Debería sentirme halagada o empezar a buscar las cámaras ocultas, Deus? Porque eso de "comprarme un piso" suena a algo que diría un villano de trídeo antes de encerrar a la chica en una jaula de oro.
Intentó bromear, pero al levantar la vista se encontró con la fijeza inamovible de los ojos de Deus. No había rastro de juego en su expresión; no era la fanfarronada de un hombre intentando impresionar a una mujer, sino la confesión cruda de alguien que había estructurado parte de su existencia alrededor de su imagen. La intensidad de esa declaración —"enfermizamente enamorado"— pesó más en la habitación que todo el lujo que los rodeaba.
Rachel sintió una punzada de vértigo. Por un lado, la idea de ser el objeto de tal devoción por parte de un hombre capaz de aniquilar a una banda de elfos sin pestañear era aterradora. Por otro, después de haber sido tratada como un trozo de carne sobre una mesa de oficina, aquella confesión la envolvía como una manta caliente.
—Lo dices en serio... —dijo ella, esta vez sin rastro de ironía. Dejó el vaso sobre la mesa de centro con manos temblorosas—. No es una forma de hablar. Realmente has estado ahí, noche tras noche, construyendo una vida entera para mí en tu cabeza mientras yo solo intentaba llegar al final del turno sin que me manosearan demasiado.
Se echó hacia atrás en el sofá, sintiendo cómo el cuero crujía bajo la gabardina. La realidad de su situación la golpeó de nuevo: estaba en el ático de un mito de las sombras, un hombre que no existía legalmente, que poseía el poder de un dios y que acababa de admitir que su obsesión por ella era el motor de sus actos.
—Es... mucho para procesar, Deus. Especialmente esta noche —admitió, cerrando los ojos un instante. Se abrazó a sí misma, arrugando la tela de la gabardina—.
—¿Quieres irte a dormir y seguimos hablando mañana?
—No es eso. ¿Pero cuál es tu nombre real? Tus amigos no te llamarán Deus.
—Sí lo hacen. O según la situación Richard o Arthur. Richard es mi principal identidad, la Yakuza la construyó para los trabajos más finos y la acabé comprando yo. Como Richard, disfruto del dinero de mis empresas e inversiones, ves que me gusta una buena vida. Para otros soy Arthur, un empresario también adinerado. Con cualquiera de ellos, evito mostrarme como mago. Como iniciado, puedo ocultar el aura mágica que tenemos los magos y suelo dejar mis fetiches —levantó sus manos giradas hacia Rachel, mostrando sus 10 anillos— para que no me delaten.
—¿Pero que nombre te pusieron tus padres?
Deus guardó silencio durante un tiempo que pareció dilatarse en la estancia. Sus ojos se apartaron de los de Rachel para fijarse en el reflejo de las luces de la ciudad en su vaso de whisky, que aún no había probado. Sus dedos, adornados con esos anillos de inmenso poder, se tensaron levemente.
—Esa es la única pregunta para la que no tengo una identidad preparada, Rachel —respondió finalmente, con una voz que perdió parte de su seguridad habitual, volviéndose más áspera, más humana—. Me gustaría responderte en otra ocasión. Es algo que siempre he llevado en secreto y creo que no es el momento, hay mucha historia con eso. —y dio un trago a su vaso—.
Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, acortando un poco la distancia física pero manteniendo esa barrera de respeto que ella tanto necesitaba ahora.
—Si te dijera que me llamo Thomas, o Samuel, o cualquier otro nombre de pila, te estaría mintiendo. Pero si buscas al hombre que se sentaba cada noche a verte, al que se aprendió de memoria la forma en que respiras antes de empezar un baile...
Hizo una pausa, buscándole la mirada con una intensidad que quemaba.
—Ese hombre solo responde ante ti. Si necesitas un nombre, que sea el que tú quieras darme. Porque mi nombre real es el secreto mejor guardado de mi seguridad, y sin embargo, te daría hasta mi propia alma.
Deus extendió una mano, dudando por un segundo, y finalmente la posó con una ligereza casi etérea sobre la mano de Rachel que sostenía el vaso.
—No tengo nombre real, Rachel. Solo tengo este presente contigo. Y tengo una sed de venganza que solo se saciará cuando el garaje de la 12 con Lincoln sea un montón de cenizas.
Rachel se quedó inmóvil, sintiendo el calor de la mano de Deus sobre la suya como un ancla en medio de una tormenta de irrealidad. El contraste era casi insoportable: por un lado, el recuerdo gélido de los dedos de los pandilleros hundiéndose en su carne con desprecio; por otro, esa caricia etérea, cargada de una devoción que rozaba lo sagrado.
Sus ojos verdes recorrieron el rostro de Deus, buscando una grieta, un rastro de Thomas o Samuel. No lo encontró.
—Entonces no eres nadie —susurró ella, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa triste y cansada asomó a sus labios—. Un hombre sin identidad, enamorado de una mujer que solo existe bajo los focos de un club de mierda. Somos un par de fantasmas, Deus.
Rachel bajó la mirada hacia los diez anillos que adornaban las manos del mago. Se dio cuenta de que ese vacío de identidad, lejos de aterrarla, le proporcionaba una extraña paz. Si él no tenía nombre, si no tenía historia, no había nadie que pudiera juzgarla por lo que acababa de suceder. Para Deus, ella no era la víctima de una violación en una mesa de oficina; era una deidad que necesitaba ser restaurada.
—Me gusta que no tengas nombre —continuó ella, apretando levemente los dedos de Deus, aceptando por fin ese contacto físico—. Los hombres con nombre siempre quieren algo de mí. Quieren poseerme. Pero tú... tú me miras como si fuera lo único real en este mundo de neón y plástico.
De repente, un espasmo de dolor cruzó su vientre, un recordatorio físico de la agresión. Rachel se encogió, cerrando los ojos con fuerza, y la gabardina de Deus se deslizó un poco más por sus hombros, dejando al descubierto la marca violácea en su pecho donde el pandillero la había apretado con saña. El trauma no se había ido; solo estaba agazapado, esperando el silencio para atacar.
—Prométeme que voy a tener mi venganza. —dijo ella, abriendo los ojos con una chispa de fuego oscuro— Quiero que sientan el mismo vacío que yo sentí.
Rachel no buscaba consuelo romántico en ese momento; buscaba la seguridad de que el hombre que la amaba "enfermizamente" era capaz de desatar el apocalipsis por ella... otra vez.
—No creo que sea rápido, pero te lo prometo, Rachel.
—Bueno, imaginarás que Rachel Divine es un nombre artístico. Me llamo Sela.
El rostro de Deus experimentó una transformación sutil pero profunda, una que ninguna de sus identidades falsas —ni Richard, ni Arthur— habría podido ensayar con éxito. Sus pupilas se dilataron levemente y la rigidez de su mandíbula, forjada en décadas de supervivencia en las Sombras, se relajó por completo. No era la mirada del cliente que analiza un producto, ni la del mago que escudriña un aura; era la expresión de un hombre que acababa de recibir el regalo más valioso de su vida: una verdad.
Sela observó cómo Deus pronunciaba su nombre en silencio, moviendo los labios sin emitir sonido, como si estuviera saboreando la palabra, grabándola en el tejido mismo de su realidad. Había una fascinación genuina en sus ojos, una sed de conocimiento que iba mucho más allá de la superficie. No le interesaba la estrella del Pandemonium, sino la mujer que se ocultaba tras el disfraz de plástico y neón.
El móvil de Deus pitó en su bolsillo. El tono personalizado para Mouse.
Rachel se encogió en el sofá de cuero del ático, con la silueta recortada contra el inmenso ventanal que mostraba la lluvia golpeando el cristal. Las luces de neón de la ciudad, que desde esa altura parecían un mar de joyas eléctricas, ahora le resultaban amenazadoras, como si miles de ojos corporativos estuvieran filtrando el cristal para dar con ella.
Se abrazó a sí misma, hundiendo los dedos en la tela de su gabardina de cuero.
—Deus... —su voz fue un susurro quebrado, perdiendo toda la fachada de frialdad—. Son demasiados. Siete tipos de seguridad... eso es una cacería programada.
Sus ojos buscaron los de él, cargados de un pánico genuino.
—Por favor, no dejes que me lleven. No me dejes sola en esto. Eres el único que puede salvarme. Sácame de aquí, manténme a salvo... por lo que más quieras, ayúdame.
Deus se inclinó hacia ella, cerrando la distancia en el sofá hasta que Rachel pudo sentir el calor que emanaba de su camisa negra. Con un movimiento lento y seguro, rodeó sus hombros con un brazo, anclándola a la realidad del ático. Sus dedos presionaron con firmeza pero sin brusquedad el cuero de su propia gabardina, un gesto que buscaba transmitir una solidez absoluta.
—Mírame, Rachel —ordenó con una voz baja, un barítono profundo que vibró en el aire cargado de electricidad estática—. Olvida a esos matones de Yamatetsu.
Él sostuvo su mirada verde con una intensidad depredadora, pero no dirigida a ella, sino al mundo que intentaba darle caza. Había una seguridad gélida en sus ojos, la de alguien que ya había caminado por fuegos mucho más altos.
—Te hice una promesa cuando entraste por esa puerta y la mantengo. Te juro que no dejaré que te pongan un solo dedo encima. Nadie va a causarte problemas.
Deus esbozó una sonrisa mínima, una mueca cargada de una confianza oscura y letal que hizo que el despliegue de las tres furgonetas de abajo pareciera, de repente, un juego de niños.
—Pueden traer a todo el departamento de seguridad si quieren. Te aseguro que, en esta ciudad, no hay nadie más peligroso que yo cuando decido que algo me pertenece.
La estrechó un poco más contra sí, permitiendo que el silencio del ático volviera a envolverlos.
—"Algo te pertenece"... —repitió ella en un susurro, con una mezcla de alivio y una sombra de duda que cruzó su rostro—. Es una forma rara de decir que me vas a proteger, Deus.
—Que me pertenezcas o no, Sela, es algo que solo tú decides.
A pesar del miedo que aún enturbiaba su mirada, Rachel esbozó una sonrisa débil, casi imperceptible, mientras apoyaba la cabeza ligeramente en el hombro de la camisa negra de él. El contacto con la tela suave y el calor de su cuerpo empezaron a silenciar el ruido de las patrullas invisibles que imaginaba en su cabeza.
Se aferró con un poco más de fuerza a la manga de Deus, como si temiera que, al soltarlo, el ático se desvaneciera y se encontrara de nuevo sola en la calle. Por primera vez en la noche, su respiración empezó a acompasarse con la de él, confiando, tal vez por instinto de supervivencia, en que el hombre que tenía al lado era, efectivamente, el depredador más grande de la zona.
—Estás a salvo. Ahora, deja que yo me encargue de los detalles sucios.
14 de Enero, 2065. Miércoles. Distrito elfo. 23:40
El garaje de la 12 con Lincoln se sentía como una tumba de hormigón donde el aire, viciado por el escape de los motores, pesaba tanto como el silencio de los hombres que allí aguardaban. Deus avanzó con las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina, y sus botas marcaron un ritmo deliberado que atrajo todas las miradas hacia su figura solitaria.
En el centro del despliegue, la opulencia corporativa desentonaba de forma obscena con la suciedad del entorno. Una limusina blindada, de un negro tan profundo que parecía absorber la escasa luz de los fluorescentes, ocupaba el lugar de honor, escoltada por dos furgonetas Black Van de Mitsuhama que flanqueaban el perímetro con una precisión militar. Alrededor de los vehículos, los seis operativos de seguridad de Yamatetsu formaban un anillo de hierro; vestían gabardinas y traje bajo ellas. No eran simples matones, sino profesionales probablemente con implantes de cyberreflejos.
Junto a la puerta trasera de la limusina, Mr. Johnson aguardaba con una impasibilidad que solo el dinero de nivel ejecutivo podía comprar. Llevaba un traje de corte impecable, gris marengo, que no presentaba ni una sola arruga a pesar de lo avanzado de la noche. A su izquierda, una mujer de mirada gélida y gestos medidos, la maga del departamento de Recursos Humanos, mantenía los dedos entrelazados.
Su figura esbelta destacaba en su vestido corto y ceñido de cuero negro, con tirantes finos y un escote corazón marcado. Su larga melena castaña caía en ondas sobre sus hombros, enmarcando un rostro con ojos azules brillantes y una sonrisa amplia que mostraba una expresión alegre y confiada. Era joven, demasiado para estar aquí, pero atractiva, y su vestido —más propio de una prostituta que de una corporativa— desentonaba en la escena.
Deus se detuvo a una distancia prudencial,
El silencio en el garaje se volvió denso, casi sólido, mientras los segundos se dilataban. Los seis operativos de seguridad de Yamatetsu, intercambiaron miradas rápidas. La ausencia de los pandilleros, que debían actuar como los porteadores de la mercancía, activó de inmediato todas sus alarmas internas.
La maga del departamento de Recursos Humanos dejó de sonreír. Su expresión alegre y confiada se desvaneció, siendo sustituida por una máscara de concentración absoluta. Empezó a mover los dedos con una agilidad felina, escaneando el plano astral con una urgencia renovada. Sus ojos azules, antes brillantes de una forma encantadora, se tornaron gélidos mientras buscaba la firma mágica del recién llegado. Si quería mirar, Deus la dejaría ver.
Mr. Johnson, por su parte, apretó la mandíbula mientras su mirada se endurecía. Su guardaespaldas personal dio un paso más hacia el frente, posicionándose de forma que cubría el ángulo de visión de Deus, convencido de que el hombre de la gabardina no era un mensajero, sino un cabo suelto que debía ser cortado.
El hecho de que Deus se mantuviera allí, impasible y solo, les resultaba una provocación intolerable.
—¿Se le ha perdido algo, señor? —preguntó Johnson, con una voz que era puro acero—.
La maga de Recursos Humanos, cuyo vestido de cuero negro y sonrisa confiada habían parecido hasta ese momento una simple distracción experimentó un cambio drástico. Al activar su percepción astral para observar al hombre, la realidad material del garaje pareció disolverse ante sus ojos. Lo que vio no fue el aura de un simple mago, ni siquiera la de un iniciado de alto nivel. Vio un sol colapsando en el plano astral, un vórtice de maná tan vasto, antiguo y crudo que casi amenazaba su propio entendimiento del astral solo por existir. Tan solo la barrera antibalas que lo rodeaba, mantenida por el poder de uno de sus anillos, era de un poder que ella no esperaba contemplar nunca.
Su expresión alegre y segura desapareció instantáneamente, reemplazada por una palidez mortal y pupilas dilatadas por un terror reverencial. Dio un paso involuntario hacia atrás, llevándose una mano al pecho como si el simple acto de respirar se hubiera vuelto doloroso ante la presión de ese poder. Sus ojos azules, ahora abiertos de par en par, se fijaron en las manos de Deus, comprendiendo con una claridad meridiana la verdadera naturaleza de los diez anillos que adornaban sus dedos.
En ese segundo de revelación, la lealtad de la maga hacia Yamatetsu, hacia Mr. Johnson y hacia su carrera corporativa se evaporó. Frente a ella había un ser que operaba en una liga completamente diferente, una entidad de poder ultraterreno que hacía que los recursos de la megacorporación parecieran juguetes de niños. Una sed de conocimiento, una ambición arcana que había permanecido dormida bajo capas de burocracia corporativa, despertó con furia. Estaba dispuesta a dejarlo todo, a desertar de la corpo en ese mismo instante, con tal de tener la más mínima oportunidad de comprender o simplemente presenciar la magnitud de lo que tenía enfrente.
Con un esfuerzo supremo de voluntad, logró dominar el temblor de su voz y, sin romper el contacto visual con Deus, levantó una mano hacia su equipo de seguridad, en un gesto que era mitad orden y mitad súplica desesperada.
—¡Alto! —exclamó, su voz quebrandose por la urgencia. Miró a Mr. Johnson con una intensidad gélida—. Señor, este hombre no es un shadowrunner. No es un intermediario. —se giró hacia los seis operativos de seguridad—. No tenéis ni idea de ante quien estais. Es un mago de poder ultraterreno. Si lo cabreáis, no quedará de nosotros ni el polvo en el hormigón.
El guardaespaldas personal de Mr. Johnson se movió un paso, interponiendo su cuerpo mejor entre el ejecutivo y Deus, pero lo hizo sin la convicción habitual. Sus ojos, fijos en el hombre de la gabardina, buscaban ahora señales de ese poder ultraterreno en el aire mismo.
Mr. Johnson, por su parte, quedó petrificado. Su rostro, habitualmente una máscara de control corporativo, se desencajó al ver cómo su activo más valioso —la maga de RRHH— daba un aviso más categórico del que jamás había escuchado. La autoridad de su traje gris marengo se desmoronó ante la comprensión de que su despliegue de furgonetas y gorilas era, como ella había dicho, un juego de niños.
—¿Estás siendo sensata, Elena? —logró articular Johnson, su voz perdiendo toda la fuerza—. ¿No será un engaño astral para magos lo que ves?
—El astral no miente. Si atacáis a este hombre no tengo ni idea de los poderes que puede liberar. Jefe, de verdad, parlamenta.
—No parlamentaremos mucho, Mr Jhonson. Dígame ¿De qué va todo esto? ¿Por qué la stripper?
—Así que eso es para vosotros —dijo Deus, y su voz sonó como el crujir de glaciares lejanos—. Un prototipo. Un experimento con recuerdos injertados y feromonas de diseño.
Dio un paso hacia adelante, y el equipo de seguridad desenfundó sus pistolas de debajo de sus chaquetas.
—¡Porfavor no lo ataqueis! —grito Elena con una sinceridad que asustaba más que cualquier amenaza.
—Os habéis equivocado Johnson. Lo que habéis creado no es un prototipo. Es el objeto de mi devoción. Y no habéis venido a recuperarla; habéis venido a entregarme las llaves de su libertad, aunque todavía no os hayáis dado cuenta. ¿Nos entendemos?
—Jhonson, porfavor, no estáis en posición de oponeros.
Elena no se calló. Miró a Johnson con una mezcla de lástima y determinación, la clase de mirada que se le dedica a alguien que camina hacia un precipicio con los ojos vendados.
—Johnson —respondió ella, y su voz, antes cálida y comercial, ahora vibraba con una frecuencia nueva, sintonizada con la presencia de Deus— estoy intentando salvaros el culo, estoy aquí para cubrir os el culo y lo estoy intentando, te pido que me escuches.
Johnson, viéndose despojado de su autoridad y de su protección mágica, controló su respuesta, y con su mirada a la joven dio a entender qué comprendía.
—¿Nos entendemos, Johnson? —repitió Deus—. Porque lo que pase a continuación depende enteramente de si sois capaces de decirle a Yamatetsu que Rachel Divine ya no os pertenece.
Elena asintió, su mirada fija en el equipo, esperando a ver si alguno de sus antiguos compañeros cometería el error fatal de priorizar su contrato sobre su vida.
—Nos entendemos. ¿Como puedo llamarte?
—No necesitas llamarme. Pero vamos a hablar un poco. Quiero los detalles de ese proyecto de biotec, nombre de referencia, códigos, fechas...
—Eso no lo sé —interrumpió Jhonson— Por estas cosas esos proyectos se mantienen en la sombra como imagino sabrás.
—Vamos a ver lo que tus recuerdos guardan, Jhonson. Voy a lanzar un conjuro, no dolerá, pero me permitirá ver lo que sabes. Si quieres cooperar, te recomiendo que pienses en momentos clave para facilitarme el sondeo.

Comentarios
Publicar un comentario