Un admirador excepcional

14 de Enero, 2065. Miércoles. Downtown. 22:41

El Westwind se deslizaba por las calles del Downtown como una sombra oscura, el motor emitiendo un ronroneo que contrastaba con el silencio del deportivo. La lluvia, constante y fina, convertía el asfalto en un espejo de neones. Dentro del habitáculo, el ambiente era denso, impregnado de la tensión silenciosa que emanaba de Rachel.

Deus mantenía las manos sobre el volante con una firmeza engañosa, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia el asiento del copiloto. Habitualmente atento a todo, estaba ahora concentrado casi por completo en Rachel. 


Rachel estaba allí, pero su mente parecía estar atrapada en un bucle temporal, reviviendo una y otra vez la pesadilla del despacho. Llevaba puesta la gabardina de Deus, una prenda de cuero negro y pesado que le envolvía como una armadura que la protegía del mundo, pero no de sus propios recuerdos. Debajo, su ropa era la que había tomado del camerino; blusa blanca, vaqueros grises y botas negras. A sus pies llevaba la mochila azul que había cargado a rebosar.

​Sus pensamientos eran un torbellino de vergüenza y furia gélida. Sentía todavía la fricción áspera y dolorosa en su interior, una huella de la invasión de ese pandillero que la lluvia fría de los aspersores no había logrado borrar. Cerraba los ojos y veía la superficie fría de la mesa de teca negra clavándose en su espalda desnuda, sentía la parálisis química dictando una quietud forzada sobre sus músculos mientras su espíritu aullaba de agonía. El recuerdo de cómo su violador se había corrido dentro de ella, le provocaba una náusea que amenazaba con consumirla.

​Se castigaba mentalmente por la quietud de sus extremidades, repitiendo una y otra vez la imagen de sus propios ojos fijos en el techo mientras aquel animal la trataba como carne inerte. Sentía que el olor de los pandilleros, esa mezcla de sudor rancio y cuero barato, se había quedado impregnado en su esencia, una mancha que ninguna cantidad de agua podría limpiar.

​—Ya pasó, Rachel —susurró Deus, rompiendo el silencio con una suavidad que contrastaba con la violencia que había desplegado un rato antes—. A partir de ahora todo va a ir bien. Estoy aquí.

​Ella no respondió, solo apretó más la gabardina contra su cuerpo, como si intentara desaparecer entre sus pliegues. Deus estiró la mano y, con una delicadeza infinita, acarició su mejilla, retirando un mechón de cabello platino húmedo que se pegaba a su piel pálida. Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula con una veneración religiosa, buscando desesperadamente una forma de reconectarla con el presente, de recordarle que el Pandemonium estaba bajo control y que él, su fan obsesionado convertido en héroe particular, estaba allí para protegerla.


14 de Enero, 2065. Miércoles. Frente a la entrada del edificio. Belltown. 22:51

El Westwind se detuvo con elegancia frente al imponente portal de granito y cristal en Wall Street. Tras dedicarle una última mirada cargada de una protección casi religiosa a Rachel, salió del coche cerrando la puerta de mariposa detrás de sí.

La lluvia le golpeaba mientras rodeaba el capó para abrir la puerta del copiloto. Al abrirla, el aire frío de la noche penetró en el habitáculo, haciendo que Rachel se encogiera aún más bajo la prenda de cuero que la cubría. Deus le tendió la mano, un gesto firme pero paciente, invitándola a salir.

Mientras ella ponía un pie en la carretera, Deus activó su commlink.

—No es bueno que te quedes sola en tu piso, Rachel —le explicó con voz baja y calmada mientras la guiaba hacia la entrada del portal—. Los Ancianos sabían dónde encontrarte en el club, y no podemos arriesgarnos a que tengan vigilada tu casa. Necesitamos averiguar algunas cosas antes de que podamos bajar la guardia.

Deus envió una orden al sistema de navegación del Westwind. Sin necesidad de conductor, el vehículo se alejó con un zumbido eléctrico hacia la rampa del garaje privado del edificio.

Rachel caminaba a su lado como una autómata, con la mochila colgada de un hombro y manteniendo la mirada fija en el suelo de mármol del vestíbulo. El eco de las botas de ambos resonaba en el espacio vacío.

Deus la condujo hacia el ascensor privado, un cubículo de acero pulido y espejos que requería un escaneo biométrico para activarse. Mientras esperaban a que las puertas se cerraran, Deus se colocó frente a ella, bloqueando la vista del hall, como si su propio cuerpo fuera la última línea de defensa entre ella y el resto del mundo.

—Aquí estarás a salvo —añadió él, mientras el ascensor comenzaba su ascenso silencioso hacia el ático—. 

Rachel asintió levemente, aunque su mente seguía procesando el dolor de la violación y la humillación de haber sido tratada como mercancía. Se aferró a las solapas de la gabardina del hombre que la había rescatado del infierno, mientras el indicador de plantas marcaba el camino hacia las alturas de Belltown.


14 de Enero, 2065. Miércoles. Ático de Deus. Belltown. 23:09

El espacio era vasto, con techos de doble altura y ventanales que envolvían la estancia, ofreciendo una panorámica de los rascacielos de Belltown bajo la lluvia. La decoración combinaba el minimalismo tecnológico con piezas de arte antiguo que Rachel apenas alcanzó a procesar: una escultura de mármol en una esquina, alfombras de seda y una iluminación cálida que nacía de las molduras del techo.

Deus guio a Rachel por el pasillo de paredes paneladas en madera oscura, donde luces LED empotradas en el suelo se activaban a su paso. Se detuvo ante una puerta que se abrió hacia una suite de invitados que rivalizaba en tamaño con el propio escenario del Pandemonium.

—Este será tu cuarto —dijo Deus, entrando tras ella—. Tienes ese vestidor. Puedes colocar ahí lo que tengas en la mochila. 

Rachel caminó por la habitación, sintiendo la moqueta de lana bajo sus botas. Se detuvo ante el ventanal que mostraba la aguja del Space Needle a lo lejos. La opulencia del lugar la abrumaba; cada detalle hablaba de un nivel de vida que ella solo veía desde lejos en los reservados VIP.

Deus la dejó un momento para que asimilara el espacio y luego la invitó a regresar al salón principal.

—Ven, siéntate. —le indicó, señalando el sofá de cuero mientras él se acercaba a un mueble bar integrado en la pared—. ¿Quieres beber algo? ¿Agua, zumos, alcohol?

La imagen de los Ancianos riendo mientras Bane se corría dentro de ella volvió a cruzar su mente como un relámpago de náusea.

—Agua —logró articular—. Deus... ¿quién eres tú realmente? Ningún fan corriente vive así. Ni siquiera los ejecutivos que venían al club tienen este nivel de vida.

Había esperado un apartamento funcional, quizás el piso de un ejecutivo medio con una obsesión malsana, pero esto era otra cosa. Esto era poder real, una opulencia que rivalizaba con los niveles más altos de las megacorporaciones.

Miró las manos de Deus, las mismas que habían desatado el fuego y la muerte en el club, y luego volvió a mirar el entorno de lujo que los rodeaba. La idea de que un fan tan devoto y constante poseyera un ático de este calibre la hacía sentir una punzada de inquietud. ¿Quién era realmente el hombre que la había observado desde las sombras mientras ella bailaba en las seis barras?

Deus regresó con un vaso de cristal pesado —donde el agua brillaba bajo la luz ambarina— en una mano y en la otra otro igual pero lleno de Junk Daniels. Le entregó el de agua con un cuidado extremo, evitando rozar sus dedos para no invadir su espacio personal tras el trauma.

—Soy alguien que valora la privacidad y la buena vida, Rachel. He tenido suerte en los negocios —respondió él, sentándose a una distancia prudencial—. 

La observó con una fijeza que no buscaba incomodarla, sino sostenerla. Estaba muy pendiente de cada uno de sus gestos, notando cómo sus dedos temblaban levemente al rozar el cuero del sofá. 

Rachel guardó silencio, procesando la magnitud de lo que Deus representaba.

—¿Pero de donde sales?

—No suelo hablar de mi historia, pero en resumen, fui shadowrunner entre 2039 y 2055, el apodo de Deus nace de ese tiempo. Soy un mago iniciado, un mago que ha accedido a habilidades que otros magos no poseen. Lo de Deus quería reflejar mi poder divino, en las sombras es importante un buen nombre de guerra, pero si preguntas hoy en las sombras, para muchos soy solo un cuento, un rumor que nunca fue real. Entre que quienes trabajaron conmigo han podido morir si no han dejado las sombras, y el incidente de la IA de la arcología, a la mayoría de la gente que le preguntes por Deus no van a pensar en mí. 
Deus es el nombre con el que me identifico en verdad, pero me muevo con identidades falsas, no existo. Richard Gordon es la principal, pero también soy Arthur Vance o David Blanch. En el club supongo que simplemente era el tío de la gabardina o algo así. 

—Para mí solo eras "el tío de siempre". Estaba convencida de que estabas enfermizamente enamorado de mi y cualquier día me ofrecerías llevarme lejos, ya ves. 

—Lo clavaste. ¿Sabes la cantidad de veces que he pensado en comprarte un piso en cualquier lado y regalartelo solo para entrar en tu vida? Enfermizamente enamorado creo que es una descripción bastante acertada. 

Rachel soltó una risa nerviosa, un sonido seco que murió rápidamente en el aire filtrado del ático. Apartó la mirada del vaso de agua, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas. Intentó buscar un tono sarcástico, la máscara de mujer fatal que solía usar en el Pandemonium para mantener a raya a los clientes babosos, pero su voz la traicionó, sonando quebrada.

—Vaya... —murmuró, jugueteando con el borde del cristal—. Así que el rumor de las sombras resultó ser un mago millonario con problemas de apego. Es una historia mucho mejor que la del ejecutivo aburrido, te lo concedo. ¿Debería sentirme halagada o empezar a buscar las cámaras ocultas, Deus? Porque eso de "comprarme un piso" suena a algo que diría un villano de trídeo antes de encerrar a la chica en una jaula de oro.

Intentó bromear, pero al levantar la vista se encontró con la fijeza inamovible de los ojos de Deus. No había rastro de juego en su expresión; no era la fanfarronada de un hombre intentando impresionar a una mujer, sino la confesión cruda de alguien que había estructurado parte de su existencia alrededor de su imagen. La intensidad de esa declaración —"enfermizamente enamorado"— pesó más en la habitación que todo el lujo que los rodeaba.

Rachel sintió una punzada de vértigo. Por un lado, la idea de ser el objeto de tal devoción por parte de un hombre capaz de aniquilar a una banda de elfos sin pestañear era aterradora. Por otro, después de haber sido tratada como un trozo de carne sobre una mesa de oficina, aquella confesión la envolvía como una manta caliente.

—Lo dices en serio... —dijo ella, esta vez sin rastro de ironía. Dejó el vaso sobre la mesa de centro con manos temblorosas—. No es una forma de hablar. Realmente has estado ahí, noche tras noche, construyendo una vida entera para mí en tu cabeza mientras yo solo intentaba llegar al final del turno sin que me manosearan demasiado.

Se echó hacia atrás en el sofá, sintiendo cómo el cuero crujía bajo la gabardina. La realidad de su situación la golpeó de nuevo: estaba en el ático de un mito de las sombras, un hombre que no existía legalmente, que poseía el poder de un dios y que acababa de admitir que su obsesión por ella era el motor de sus actos.

—Es... mucho para procesar, Deus. Especialmente esta noche —admitió, cerrando los ojos un instante. Se abrazó a sí misma, arrugando la tela de la gabardina—. 

—¿Quieres irte a dormir y seguimos hablando mañana? 

—No es eso. ¿Pero cuál es tu nombre real? Tus amigos no te llamarán Deus.

—Sí lo hacen. O según la situación Richard o Arthur. Richard es mi principal identidad, la Yakuza la construyó para los trabajos más finos y la acabé comprando yo. Como Richard, disfruto del dinero de mis empresas e inversiones, ves que me gusta una buena vida. Para otros soy Arthur, un empresario también adinerado. Con cualquiera de ellos, evito mostrarme como mago. Como iniciado, puedo ocultar el aura mágica que tenemos los magos y no suelo llevar mis fetiches —levantó sus manos giradas hacia Rachel, mostrando sus 10 anillos— para que no me delaten. 

—¿Pero que nombre te pusieron tus padres? 

Deus guardó silencio durante un tiempo que pareció dilatarse en la estancia. Sus ojos se apartaron de los de Rachel para fijarse en el reflejo de las luces de la ciudad en su vaso de whisky, que aún no había probado. Sus dedos, adornados con esos anillos de inmenso poder, se tensaron levemente.

—Esa es la única pregunta para la que no tengo una identidad preparada, Rachel —respondió finalmente, con una voz que perdió parte de su seguridad habitual, volviéndose más áspera, más humana—. Me gustaría responderte en otra ocasión. Es algo que siempre he llevado en secreto y creo que no es el momento, hay mucha historia con eso. —y dio un trago a su vaso—.

Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, acortando un poco la distancia física pero manteniendo esa barrera de respeto que ella tanto necesitaba ahora.

—Si te dijera que me llamo Thomas, o Samuel, o cualquier otro nombre de pila, te estaría mintiendo. Pero si buscas al hombre que se sentaba cada noche a verte, al que se aprendió de memoria la forma en que respiras antes de empezar un baile...

Hizo una pausa, buscándole la mirada con una intensidad que quemaba.

—Ese hombre solo responde ante ti. Si necesitas un nombre, que sea el que tú quieras darme. Porque mi nombre real es el secreto mejor guardado de mi seguridad, y sin embargo, te daría hasta mi propia alma.

Deus extendió una mano, dudando por un segundo, y finalmente la posó con una ligereza casi etérea sobre la mano de Rachel que sostenía el vaso.

—No tengo nombre real, Rachel. Solo tengo este presente contigo. Y tengo una sed de venganza que solo se saciará cuando el garaje de la 12 con Lincoln sea un montón de cenizas.

Rachel se quedó inmóvil, sintiendo el calor de la mano de Deus sobre la suya como un ancla en medio de una tormenta de irrealidad. El contraste era casi insoportable: por un lado, el recuerdo gélido de los dedos de los pandilleros hundiéndose en su carne con desprecio; por otro, esa caricia etérea, cargada de una devoción que rozaba lo sagrado.

Sus ojos verdes recorrieron el rostro de Deus, buscando una grieta, un rastro de Thomas o Samuel. No lo encontró. 

—Entonces no eres nadie —susurró ella, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa triste y cansada asomó a sus labios—. Un hombre sin identidad, enamorado de una mujer que solo existe bajo los focos de un club de mierda. Somos un par de fantasmas, Deus.

Rachel bajó la mirada hacia los diez anillos que adornaban las manos del mago. Se dio cuenta de que ese vacío de identidad, lejos de aterrarla, le proporcionaba una extraña paz. Si él no tenía nombre, si no tenía historia, no había nadie que pudiera juzgarla por lo que acababa de suceder. Para Deus, ella no era la víctima de una violación en una mesa de oficina; era una deidad que necesitaba ser restaurada.

—Me gusta que no tengas nombre —continuó ella, apretando levemente los dedos de Deus, aceptando por fin ese contacto físico—. Los hombres con nombre siempre quieren algo de mí. Quieren poseerme. Pero tú... tú me miras como si fuera lo único real en este mundo de neón y plástico.

De repente, un espasmo de dolor cruzó su vientre, un recordatorio físico de la agresión. Rachel se encogió, cerrando los ojos con fuerza, y la gabardina de Deus se deslizó un poco más por sus hombros, dejando al descubierto la marca violácea en su pecho donde el pandillero la había apretado con saña. El trauma no se había ido; solo estaba agazapado, esperando el silencio para atacar.

—Prométeme que voy a tener mi venganza. —dijo ella, abriendo los ojos con una chispa de fuego oscuro— Quiero que sientan el mismo vacío que yo sentí.

Rachel no buscaba consuelo romántico en ese momento; buscaba la seguridad de que el hombre que la amaba "enfermizamente" era capaz de desatar el apocalipsis por ella... otra vez. 

—No creo que sea rápido, pero te lo prometo, Rachel. 

—Bueno, imaginarás que Rachel Divine es un nombre artístico. Me llamo Sela. 

El rostro de Deus experimentó una transformación sutil pero profunda, una que ninguna de sus identidades falsas —ni Richard, ni Arthur— habría podido ensayar con éxito. Sus pupilas se dilataron levemente y la rigidez de su mandíbula, forjada en décadas de supervivencia en las Sombras, se relajó por completo. No era la mirada del cliente que analiza un producto, ni la del mago que escudriña un aura; era la expresión de un hombre que acababa de recibir el regalo más valioso de su vida: una verdad.

Sela observó cómo Deus pronunciaba su nombre en silencio, moviendo los labios sin emitir sonido, como si estuviera saboreando la palabra, grabándola en el tejido mismo de su realidad. Había una fascinación genuina en sus ojos, una sed de conocimiento que iba mucho más allá de la superficie. No le interesaba la estrella del Pandemonium, sino la mujer que se ocultaba tras el disfraz de plástico y neón.

Para Sela, percibir esa vulnerabilidad en un hombre tan temible provocó un cortocircuito emocional. Por un instante, el eco del dolor físico retrocedió ante una sensación de reconocimiento puro. 

—Sela... —dijo Deus finalmente, y su voz sonó más joven, despojada de la autoridad del mago—. Es un nombre hermoso. Y es el único que importa ahora. Me encantaría conocerte mejor. 

Se sintió, por primera vez en años, vista. No mirada, sino vista. El hecho de que un ser capaz de doblar la realidad a su antojo la observara con esa mezcla de asombro y respeto le devolvió una brizna de la dignidad que los Ancianos habían intentado arrancarle.
Sintió un nudo en la garganta. La idea de que alguien quisiera conocerla mejor, no como una fantasía sexual, sino como un ser humano con pasado y cicatrices, le causaba un vértigo aterrador pero extrañamente cálido. Era como si la confesión de Deus estuviera empezando a tejer una red de seguridad bajo sus pies.

—No hay mucho que saber. Soy de 2011, aquí donde me ves tengo 53 años, creo que soy mayor que tú. Soy más vieja que Tir Tairngire aquí donde me ves. Vine a Seattle en el 39 a bailar, que siempre ha sido lo mío, pero acabé en el Heaven y el Pandemonium. 
Me gusta la playa, el heavy, los fénix, vivo de alquiler en un apartamento en South Seattle, soy de los Seahawks... no tengo mucho más que decir. No aprendí élfico de cria, casi fui bailarina de Concrete Dreams una vez...

El móvil de Deus pitó en su bolsillo. El tono personalizado para Mouse. 


DE: Mouse 2065/01/14 23:18 UTC-8
PARA: Deus

He identificado a estos tíos. 

Son 7, personal de seguridad de Yamatetsu, y "Mr Jhonson", del departamento comercial. Jhonson tiene un guardaespaldas además de su chofer. Hay una mujer, una maga del dpto de RRHH. Son todos de la plex, te adjunto fotos, pero es interesante que ya conocía de vista a Mr Jhonson, y no es de los que se meten en una noche de fiesta, si está aquí es trabajo. 

Están con 3 vehículos, 2 black van de Mitsuhama y la limo de Mr Jhonson ¿No te parece demasiado para hacerle una proposición indecente a Rachel? Jhonson no es de los que se encoña. 

Estoy intentando sacar más info, pero el porqué va a estar complicado de sacarlo. Seguro que sacas más con un conjuro de sondeo mental. 



Deus se movió en el sofá acercándose a Rachel. La mostró las fotos de los 8, —fotos de perfil de BestCandidate probablemente—. 
—¿Te suena de algo alguno? Son los que esperan en el distrito elfo. 

Rachel se mantuvo en silencio, con la mirada clavada en la pantalla que Deus sostenía frente a ella. 

—Ese tipo... —murmuró Rachel, señalando con un dedo la foto de Mr. Johnson—. Lo he visto en el club. Varias veces. Siempre en la zona VIP, de los que piden botellas caras y nunca miran a la cara a las chicas a menos que quieran algo específico. Es un cliente habitual, de esos que huelen a dinero corporativo, pero nunca crucé más de dos palabras con él.
No pega nada aquí. Ese hombre no pisa el barrio si no es para sacar tajada. Y que traiga a siete gorilas de Yamatetsu... eso no es para invitarme a una copa. Cuando alguien despliega tanto músculo, es porque va a sacar a alguien por la puerta de atrás, quiera o no.

Se frotó las sienes, tratando de conectar los rostros con alguna cara que hubiera visto entre la multitud del local, pero sacudió la cabeza con frustración.
—A los demás no los conozco. Parecen el típico mobiliario de seguridad que acompaña a los peces gordos. Pero la mujer... la de RRHH... —Rachel frunció el ceño—. Me da malas vibraciones. 

Se hundió un poco más en el sofá.
—Si ese tal Johnson me está esperando en el distrito elfo es por mi cara bonita. Alguien está cachondo y no tiene reparos en arrastrar a una chica. 

Rachel se encogió en el sofá de cuero del ático, con la silueta recortada contra el inmenso ventanal que mostraba la lluvia golpeando el cristal. Las luces de neón de la ciudad, que desde esa altura parecían un mar de joyas eléctricas, ahora le resultaban amenazadoras, como si miles de ojos corporativos estuvieran filtrando el cristal para dar con ella.

Se abrazó a sí misma, hundiendo los dedos en la tela de su gabardina de cuero. 

—Deus... —su voz fue un susurro quebrado, perdiendo toda la fachada de frialdad—. Son demasiados. Siete tipos de seguridad... eso es una cacería programada.

Se acercó a él en el sofá, buscando instintivamente su protección, con la respiración agitada golpeando contra el silencio del ático.
No van a aceptar un no por respuesta —le suplicó, agarrando la manga de la camisa negra de Deus con una urgencia desesperada—. 

Sus ojos buscaron los de él, cargados de un pánico genuino.

—Por favor, no dejes que me lleven. No me dejes sola en esto. Eres el único que puede salvarme. Sácame de aquí, manténme a salvo... por lo que más quieras, ayúdame. 

Deus se inclinó hacia ella, cerrando la distancia en el sofá hasta que Rachel pudo sentir el calor que emanaba de su camisa negra. Con un movimiento lento y seguro, rodeó sus hombros con un brazo, anclándola a la realidad del ático. Sus dedos presionaron con firmeza pero sin brusquedad el cuero de su propia gabardina, un gesto que buscaba transmitir una solidez absoluta.

​—Mírame, Rachel —ordenó con una voz baja, un barítono profundo que vibró en el aire cargado de electricidad estática—. Olvida a esos matones de Yamatetsu.

​Él sostuvo su mirada verde con una intensidad depredadora, pero no dirigida a ella, sino al mundo que intentaba darle caza. Había una seguridad gélida en sus ojos, la de alguien que ya había caminado por fuegos mucho más altos.

​—Te hice una promesa cuando entraste por esa puerta y la mantengo. Te juro que no dejaré que te pongan un solo dedo encima. Nadie va a causarte problemas. 

​Deus esbozó una sonrisa mínima, una mueca cargada de una confianza oscura y letal que hizo que el despliegue de las tres furgonetas de abajo pareciera, de repente, un juego de niños.

​—Pueden traer a todo el departamento de seguridad si quieren. Te aseguro que, en esta ciudad, no hay nadie más peligroso que yo cuando decido que algo me pertenece.

​La estrechó un poco más contra sí, permitiendo que el silencio del ático volviera a envolverlos.

Rachel sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la lluvia de Seattle. Al escuchar esas palabras, se quedó rígida un instante, procesando la posesividad gélida en la voz de Deus. Sus ojos verdes se clavaron en los de él, buscando una grieta en esa seguridad absoluta que, aunque aterradora, era lo único que la mantenía entera en ese momento.
Soltó un suspiro tembloroso, dejando que parte de la tensión abandonara sus hombros mientras se hundía un poco más en el brazo que la rodeaba. No era una capitulación total, pero sí una entrega nacida de la necesidad más pura.

—"Algo te pertenece"... —repitió ella en un susurro, con una mezcla de alivio y una sombra de duda que cruzó su rostro—. Es una forma rara de decir que me vas a proteger, Deus. 

Deus guardó silencio un instante, permitiendo que las palabras de Rachel flotaran en el ático. No apartó la mirada; al contrario, sus ojos se oscurecieron con una intensidad que parecía perforar la penumbra del salón. Se dio cuenta de que su instinto territorial había aflorado de forma demasiado cruda, pero no retrocedió.
​Esbozó una sonrisa lenta, carente de cualquier rastro de disculpa, mientras su mano ascendía por el brazo de la gabardina de Rachel hasta rozar, casi imperceptiblemente, el nacimiento de su pelo platino.
Hizo una pausa deliberada, dejando que el murmullo de la lluvia contra el ventanal rellenara el hueco.

—Que me pertenezcas o no, Sela, es algo que solo tú decides. 

A pesar del miedo que aún enturbiaba su mirada, Rachel esbozó una sonrisa débil, casi imperceptible, mientras apoyaba la cabeza ligeramente en el hombro de la camisa negra de él. El contacto con la tela suave y el calor de su cuerpo empezaron a silenciar el ruido de las patrullas invisibles que imaginaba en su cabeza.

Se aferró con un poco más de fuerza a la manga de Deus, como si temiera que, al soltarlo, el ático se desvaneciera y se encontrara de nuevo sola en la calle. Por primera vez en la noche, su respiración empezó a acompasarse con la de él, confiando, tal vez por instinto de supervivencia, en que el hombre que tenía al lado era, efectivamente, el depredador más grande de la zona.

—Estás a salvo. Ahora, deja que yo me encargue de los detalles sucios.


14 de Enero, 2065. Miércoles. Garaje en el distrito elfo. 23:40

El garaje de la 12 con Lincoln se sentía como una tumba de hormigón donde el aire, viciado por el escape de los motores, pesaba tanto como el silencio de los hombres que allí aguardaban. Deus avanzó con las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina, y sus botas marcaron un ritmo deliberado que atrajo todas las miradas hacia su figura solitaria.

En el centro del despliegue, la opulencia corporativa desentonaba de forma obscena con la suciedad del entorno. Una limusina blindada, de un negro tan profundo que parecía absorber la escasa luz de los fluorescentes, ocupaba el lugar de honor, escoltada por dos furgonetas Black Van de Mitsuhama que flanqueaban el perímetro con una precisión militar. Alrededor de los vehículos, los seis operativos de seguridad de Yamatetsu formaban un anillo de hierro; vestían gabardinas y traje bajo ellas. No eran simples matones, sino profesionales probablemente con implantes de cyberreflejos.

Junto a la puerta trasera de la limusina, Mr. Johnson aguardaba con una impasibilidad que solo el dinero de nivel ejecutivo podía comprar. Llevaba un traje de corte impecable, gris marengo, que no presentaba ni una sola arruga a pesar de lo avanzado de la noche. A su izquierda, una mujer de mirada gélida y gestos medidos, la maga del departamento de Recursos Humanos, mantenía los dedos entrelazados. 

Su figura esbelta destacaba en su vestido corto y ceñido de cuero negro, con tirantes finos y un escote corazón marcado. Su larga melena castaña caía en ondas sobre sus hombros, enmarcando un rostro con ojos azules brillantes y una sonrisa amplia que mostraba una expresión alegre y confiada. Era joven, demasiado para estar aquí, pero atractiva, y su vestido —más propio de una prostituta que de una corporativa— desentonaba en la escena. 

Deus se detuvo a una distancia prudencial, 

El silencio en el garaje se volvió denso, casi sólido, mientras los segundos se dilataban. Los seis operativos de seguridad de Yamatetsu,  intercambiaron miradas rápidas. La ausencia de los pandilleros, que debían actuar como los porteadores de la mercancía, activó de inmediato todas sus alarmas internas.

​La maga del departamento de Recursos Humanos dejó de sonreír. Su expresión alegre y confiada se desvaneció, siendo sustituida por una máscara de concentración absoluta. Empezó a mover los dedos con una agilidad felina, escaneando el plano astral con una urgencia renovada. Sus ojos azules, antes brillantes de una forma encantadora, se tornaron gélidos mientras buscaba la firma mágica del recién llegado. Si quería mirar, Deus la dejaría ver. 

​Mr. Johnson, por su parte, apretó la mandíbula mientras su mirada se endurecía. Su guardaespaldas personal dio un paso más hacia el frente, posicionándose de forma que cubría el ángulo de visión de Deus, convencido de que el hombre de la gabardina no era un mensajero, sino un cabo suelto que debía ser cortado.

​El hecho de que Deus se mantuviera allí, impasible y solo, les resultaba una provocación intolerable. 

​—¿Se le ha perdido algo, señor?  —preguntó Johnson, con una voz que era puro acero—. 

La maga de Recursos Humanos, cuyo vestido de cuero negro y sonrisa confiada habían parecido hasta ese momento una simple distracción experimentó un cambio drástico. Al activar su percepción astral para observar al hombre, la realidad material del garaje pareció disolverse ante sus ojos. Lo que vio no fue el aura de un simple mago, ni siquiera la de un iniciado de alto nivel. Vio un sol colapsando en el plano astral, un vórtice de maná tan vasto, antiguo y crudo que casi amenazaba su propio entendimiento del astral solo por existir. Tan solo la barrera antibalas que lo rodeaba, mantenida por el poder de uno de sus anillos, era de un poder que ella no esperaba contemplar nunca. 

Su expresión alegre y segura desapareció instantáneamente, reemplazada por una palidez mortal y pupilas dilatadas por un terror reverencial. Dio un paso involuntario hacia atrás, llevándose una mano al pecho como si el simple acto de respirar se hubiera vuelto doloroso ante la presión de ese poder. Sus ojos azules, ahora abiertos de par en par, se fijaron en las manos de Deus, comprendiendo con una claridad meridiana la verdadera naturaleza de los diez anillos que adornaban sus dedos. 

En ese segundo de revelación, la lealtad de la maga hacia Yamatetsu, hacia Mr. Johnson y hacia su carrera corporativa se evaporó. Frente a ella había un ser que operaba en una liga completamente diferente, una entidad de poder ultraterreno que hacía que los recursos de la megacorporación parecieran juguetes de niños. Una sed de conocimiento, una ambición arcana que había permanecido dormida bajo capas de burocracia corporativa, despertó con furia. Estaba dispuesta a dejarlo todo, a desertar de la corpo en ese mismo instante, con tal de tener la más mínima oportunidad de comprender o simplemente presenciar la magnitud de lo que tenía enfrente.

Con un esfuerzo supremo de voluntad, logró dominar el temblor de su voz y, sin romper el contacto visual con Deus, levantó una mano hacia su equipo de seguridad, en un gesto que era mitad orden y mitad súplica desesperada.

—¡Alto! —exclamó, su voz quebrándose por la urgencia. Miró a Mr. Johnson con una intensidad gélida—. Señor, este hombre no es un shadowrunner. No es un intermediario.  —se giró hacia los seis operativos de seguridad—. No tenéis ni idea de ante quien estais. Es un mago de poder ultraterreno. Si lo cabreáis, no quedará de nosotros ni el polvo en el hormigón. 

El guardaespaldas personal de Mr. Johnson se movió un paso, interponiendo su cuerpo mejor entre el ejecutivo y Deus, pero lo hizo sin la convicción habitual. Sus ojos, fijos en el hombre de la gabardina, buscaban ahora señales de ese poder ultraterreno en el aire mismo.

Mr. Johnson, por su parte, quedó petrificado. Su rostro, habitualmente una máscara de control corporativo, se desencajó al ver cómo su activo más valioso —la maga de RRHH— daba un aviso más categórico del que jamás había escuchado. La autoridad de su traje gris marengo se desmoronó ante la comprensión de que su despliegue de furgonetas y gorilas era, como ella había dicho, un juego de niños.

—¿Estás siendo sensata, Elena? —logró articular Johnson, su voz perdiendo toda la fuerza—. ¿No será un engaño astral para magos lo que ves?

—El astral no miente. Si atacáis a este hombre no tengo ni idea de los poderes que puede liberar. Jefe, de verdad, parlamenta. 

—No parlamentaremos mucho, Mr Jhonson. Dígame ¿De qué va todo esto? ¿Por qué la stripper? 

—No se me permite hablar de esto, pero es un proyecto de biotecnología, creación sintética de biología, elfica en este caso, desarrollo acelerado e injerto de recuerdos. La idea era crear una persona sintética que no supiese que lo es. —Jhonson hizo una pausa— 
Tecnología de próxima generación. Feromonas para manipular a varones, espionaje industrial... Se ha decidido recuperar el prototipo ahora que ha superado las pruebas de infiltración en sociedad. 

La revelación de Johnson cayó en el silencio del garaje con el peso de una sentencia, pero no provocó en Deus la reacción de estupor o incredulidad que el ejecutivo esperaba. 
Deus no se movió. Sus ojos permanecieron fijos en Johnson, pero por dentro, la mención de "biotecnología", "desarrollo acelerado" y "feromonas" no hizo que viera a Sela como un objeto o una máquina. Para él, la distinción entre lo nacido y lo creado era una frontera borrosa y, en última instancia, irrelevante.
Su primer impulso no fue el rechazo, sino una furia protectora. Lo que Johnson llamaba "prototipo" y "tecnología de próxima generación", Deus lo traducía como un sacrilegio: habían fabricado una mujer con la capacidad de sufrir, de bailar y de sentir miedo, solo para tratarla como un prototipo de Mata Hari.
Deus ladeó la cabeza apenas unos milímetros, una sonrisa carente de toda calidez dibujándose en su rostro.

​—Así que eso es para vosotros —dijo Deus, y su voz sonó como el crujir de glaciares lejanos—. Un prototipo. Un experimento con recuerdos injertados y feromonas de diseño.

​Dio un paso hacia adelante, y el equipo de seguridad desenfundó sus pistolas de debajo de sus chaquetas. 

—¡Porfavor no lo ataqueis! —grito Elena con una sinceridad que asustaba más que cualquier amenaza. 

​—Os habéis equivocado Johnson. Lo que habéis creado no es un prototipo. Es el objeto de mi devoción. Y no habéis venido a recuperarla; habéis venido a entregarme las llaves de su libertad, aunque todavía no os hayáis dado cuenta. ¿Nos entendemos? 

—Jhonson, porfavor, no estáis en posición de oponeros. 

—¿Estáis? ¿Ahora no eres del equipo? 
La pregunta de Johnson, cargada de una mezcla de traición y estupefacción, quedó flotando en el aire viciado, exigiendo una lealtad que ya no existía.

Elena no se calló. Miró a Johnson con una mezcla de lástima y determinación, la clase de mirada que se le dedica a alguien que camina hacia un precipicio con los ojos vendados.

—Johnson —respondió ella, y su voz, antes cálida y comercial, ahora vibraba con una frecuencia nueva— estoy intentando salvaros el culo, estoy aquí para cubriros el culo y lo estoy intentando, te pido que me escuches. 

Johnson, viéndose despojado de su autoridad y de su protección mágica, controló su respuesta, y con su mirada a la joven dio a entender qué comprendía. 

—¿Nos entendemos, Johnson? —repitió Deus—. Porque lo que pase a continuación depende enteramente de si sois capaces de decirle a Yamatetsu que Rachel Divine ya no os pertenece. 

Elena asintió, su mirada fija en el equipo, esperando a ver si alguno de sus antiguos compañeros cometería el error fatal de priorizar su contrato sobre su vida.

—Nos entendemos. ¿Como puedo llamarte?

—No necesitas llamarme. Pero vamos a hablar un poco. Quiero los detalles de ese proyecto de biotec, nombre de referencia, códigos, fechas...

—Eso no lo sé —interrumpió Jhonson— Por estas cosas esos proyectos se mantienen en la sombra como imagino sabrás. 

—Vamos a ver lo que tus recuerdos guardan, Jhonson. Voy a lanzar un conjuro, no dolerá, pero me permitirá ver lo que sabes. Si quieres cooperar, te recomiendo que pienses en momentos clave para facilitarme el sondeo.

Jhonson miró a su maga.
—Nunca había visto tirar el salario de esta manera con una puta maga. 

Elena sintió un frío seco recorriéndole la columna al escuchar el insulto de Johnson, pero no fue el miedo a sus palabraa lo que la hizo estremecerse, sino la comprensión definitiva de que el mundo que conocía se había desintegrado. Escuchar a su jefe reducir su lealtad y su talento a un "salario tirado" fue el último clavo en el ataúd de su carrera corporativa. Sintió una punzada de liberación casi dolorosa; ya no había informes que rellenar, ni evaluaciones de desempeño, ni protocolos de Yamatetsu que seguir. Estaba viendo cómo su vida profesional ardía.
Como maga de seguridad, su función principal era actuar como un escudo para el ejecutivo, un escudo físico pero también mental ante el espionaje mágico, pero al observar al hombre de la gabardina, Elena supo que intentar oponer resistencia sería como tratar de detener un alud con una red de mariposas. No era solo fútil; era buscar un conflicto contra este nexo de poder puro. 

Expandió su percepción astral, entregándose por completo a la visión del plano astral. Lo que presenció la dejó sin aliento. Vio cómo Deus comenzaba a reunir una cantidad de energía abrumadora, un torrente de maná puro que fluía desde el centro de su ser, denso y vibrante. Uno de los diez anillos de sus manos empezaba a brillar con una luz astral cegadora. Deus no solo estaba lanzando un conjuro; estaba canalizando el poder almacenado en ese fetiche, fundiendo su propia voluntad con la energía del artefacto para trazar un patrón complejo y perfecto sobre el aura de Johnson.

El aura del ejecutivo, se vio envuelta por los filamentos dorados del hechizo de Deus. Elena observó, fascinada, la elegancia técnica de la magia: no era un asalto bruto, sino un sondeo quirúrgico de una sofisticación extrema. La magnitud del poder que Deus manejaba era tan vasta que Elena sintió una envidia sana mezclada con una devoción absoluta.
Sin un solo remordimiento, Elena relajó sus defensas, retirando su escudo astral en torno a  Johnson. 
Apartó sus energías mágicas en el plano astral, dejando el camino libre para que Deus se sumergiera en los recuerdos del ejecutivo. 
Vio al hombre lanzarla una fugaz mirada de reconocimiento, y la recibió como una paga extra. 

El flujo de maná penetró las defensas mentales de Johnson con la facilidad de un escalpelo cortando seda. 

La primera imagen se formó entre el ruido y el humo del área VIP del Pandemonium. Johnson estaba sentado en un reservado junto a un hombre elegante de aspecto ruso, cuyo traje ostentaba sutiles hilos de oro y una actitud que destilaba el poder inalcanzable de Yamatetsu. El hombre (Yaroslav Varnakov, directivo de Vladivostok actualmente en Seattle por razones de un proyecto de biotecnología) miraba a Rachel bailar en la barra central con una fijeza calculadora, preguntando detalles específicos sobre sus horarios y rutinas, mientras Johnson, ansioso por complacer a alguien de ese nivel, asentía y prometía averiguar todo lo necesario.

El recuerdo saltó a una segunda escena, tiempo después, en el mismo reservado del club. El ruido de la música industrial lo envolvía todo de nuevo. Yaroslav le entregaba a Johnson un credistick negro de fondos no rastreables, exigiéndole que moviera los hilos necesarios con los Ancianos para que sacaran a la elfa del local y ellos la enviaran a su ático privado en la Skytower. No hablaron de prototipos ni de recuperación; la transacción apestaba a un sucio capricho de la élite, utilizando a Johnson como un recadero de confianza.

La visión se disolvió en una neblina rojiza, dando paso a la intimidad del propio Johnson. Deus lo vio en su apartamento de lujo, atento a un monitor de trídeo. 
El ejecutivo, Saúl, estaba completamente desnudo sobre el sofá. Llevaba ajustado a la cabeza el reproductor simsem inalámbrico, un dispositivo liso y ergonómico que parpadeaba suavemente en la penumbra de la sala. Había ejecutado una grabación de Mirianne, la indiscutible estrella porno de Elfvision.
Se trataba de una producción de lujo, una pista doble con la grabación sensorial completa de la propia Mirianne y la de su coprotagonista, un tal Fred X, el hombre que la gozaba. La interfaz neural incluso ofrecía elegir decisiones interactivas para llevar el encuentro por el camino que él prefiriese en ciertos momentos en los momentos de la grabación.
​La tecnología simsem había tomado el control de su sistema nervioso central. Acostado en la realidad, pero inmerso en la simulación sensorial, Johnson notaba en su propia polla dura las sensaciones que el actor experimentaba al clavar su polla en la elfa. Cuando en el vídeo Fred X alargaba el brazo, la mano física de Johnson —aunque descansaba inerte sobre el cuero del sofá— sentía la textura de la piel y la firmeza del pecho de Mirianne. Era una ilusión perfecta, tan vívida y corpórea que, al apretarlo en la simulación, la frontera entre la carne real y el pecho de la imagen se difuminaba.
Incluso inmerso en las sensaciones de la grabación, y acompañado de los gemidos de Mirianne, Jhonson recordaba a Rachel moviéndose en la barra, girando por el aire como en ingravided.

El sondeo profundizó aún más y reveló la cuarta imagen, visceral y violenta. Johnson jadeaba sobre el cuerpo desnudo de una elfa en una cama de sábanas caras y revueltas. Era Samara, una prostituta elfa dedicada a los altos corporativos. Johnson la penetraba con brutalidad, manteniendo los ojos cerrados con fuerza, forzando a su imaginación a superponer la imagen y la voz de Rachel sobre la carne de Samara. Era un acto mecánico, alimentado por la frustración y la envidia de no poder poseer a la mujer que estaba obligado a entregar a otro.

Sin pretenderlo, finalmente un último recuerdo pasó por delante de Deus. Hace unos momentos, cuando Saúl le había visto llegar, había enlazado su implante de hombre muerto con la bomba en la limusina y lo había activado. La sensación de seguridad de aquel momento cercano, mezclada con la férrea determinación de morir matando si era necesario había sido intensa pero breve, y había estado a la sombra de una necesidad de validación y reputación a los ojos de Yamatetsu.

No había pruebas visuales ni recuerdos del supuesto proyecto de biotecnología; la superficie indicaba que Johnson había inventado la historia del prototipo biosintético. Sin embargo, ese proyecto de Varnakov era un cabo suelto. 

—Hablame de Yaroslav Varnakov. 

La cara de Jhonson cambió a la de un hombre que se sabe en problemas. El resto de su equipo no parecía ser la primera vez que escuchaban ese nombre. 

—Directivo de Vladivostok. Un pez gordo. Lleva el proyecto de biotecnología. 

—¿Lleva un proyecto, o él proyecto? ¿Estás intentando cubrir tus mentiras con pedazos de verdad confiando en que cuele? No es el momento de marcarse faroles. 

—Ningún farol. Elena me lo ha dejado claro. Yaroslav está aquí de paso por un proyecto secreto de biodesarrollo, eso algunos lo sabemos. Aparte, he cogido de aquí y allá info, y me he hecho mi composición, nadie me lo ha explicado, pero cuando juntas las piezas es obvio. 

—Explicame esas obviedades para que pueda entenderlas. 

El equipo de seguridad observó la escena con una mezcla de incredulidad y terror paralizante. Para aquellos siete operativos, curtidos, la imagen que tenían ante sí rompía todos sus esquemas. Un solo hombre acababa de doblegar al intocable Mr. Johnson arropado en un poder mágico del que solo Elena había podido alertar.
Los agentes intercambiaron miradas nerviosas La formación corporativa siempre había enseñado que un mago solitario, por muy poderoso que fuera, acababa cayendo ante una ráfaga coordinada de fuego cruzado. Sin embargo, su propia especialista mágica, había recomendado rendirse. 
Ya no eran los depredadores implacables de la ciudad, sino simples testigos mudos de una deidad de las calles, si habían de creer a Elena. 

Jhonson miró a su alrededor, dándose cuenta de que ya no quedaba rastro de su fachada de ejecutivo intocable ante sus propios hombres.

—Está bien —soltó con voz ronca, tratando de recuperar un hilo de dignidad—. Llevo años uniendo los puntos. 
En el 58, cuando ascendí, tuve acceso a archivos que ya no existen. Leí un diseño de Yaroslav Varnakov fechado 11 años antes; no era solo biotecnología, era neurotecnología pura. Hablaba de cultivar cerebros orgánicos desde cero e inyectarles recuerdos como quien carga software en una terminal. En aquel entonces me pareció ciencia ficción, una teoría del laboratorio de Kyoto. 

Hizo una pausa, mirando de reojo a Elena antes de volver a clavar la vista en el hombre de la  gabardina.
—Luego las cosas se volvieron reales. Vi a Yaroslav en Kyoto, hablando con Shibanokuji. Y hace unos años, vi llegar a un equipo de neurotécnicos japoneses de madrugada, en secreto. Se decía que Shibanokuji los patrocinaba personalmente para algo muy más grande. En aquellos tiempos había rumores de dos adolescentes escapadas de los laboratorios de Kyoto. Nunca supe nada de eso. 

Johnson apretó los puños, la verdad fluyendo ahora por pura necesidad de supervivencia.
—Hace un par de meses, Yaroslav aterrizó en Seattle. Se me ordenó estar a su entera disposición, como si fuera un puto enviado de los dioses. Volví a buscar aquel archivo de 2049, el de los cerebros cultivados, y había desaparecido. Borrado del sistema. Si Yaroslav está aquí, y si Shibanokuji está detrás, esa elfa... Rachel... es el resultado de décadas de una investigación que la corporación ha intentado ocultar incluso para mí. Y viendo cómo la proteges, seas quien seas, si es un modelo genético para la manipulación, contigo está funcionando muy bien. 

Mientras Jhonson hablaba, el segundo sondeo de Deus fue más profundo, una incursión que ignoró la superficie de la consciencia de Johnson para rastrear los sedimentos de su memoria a largo plazo. Las imágenes brotaron como destellos, reconstruyendo la cronología de que el ejecutivo iba explicando. 


La primera escena transportó a Deus al año 2058. Johnson acababa de ser nombrado en su cargo y la euforia del ascenso todavía le quemaba en las venas. Se encontraba en su suite privada del complejo corporativo, rodeado de un lujo que aún le resultaba ajeno. Por el simple placer de ejercer su nuevo poder, navegó por archivos clasificados a los que antes no tenía acceso. Allí, en un rincón digital de la sede de Kyoto, encontró un documento fechado en 2049 firmado por un tal Yaroslav Varnakov. Era un diseño teórico abrumador: un tratado sobre cómo cultivar un cerebro orgánico siguiendo los protocolos del mercado de órganos, pero con el añadido revolucionario de inyectarle recuerdos artificiales. Johnson recordó no haber sabido juzgar la magnitud de lo que leía; para él, aquello era neurotecnología de vanguardia que escapaba a su comprensión, una fantasía científica archivada en el pasado.

El recuerdo se disolvió para dar paso a la opulencia de 2059. Era la fiesta de fin de año en Kyoto, un hito en la carrera de Johnson al ser invitado por primera vez al epicentro del poder. Entre el brillo de los kimonos de seda y el aroma a sándalo, sus ojos se fijaron en una esquina del salón. Allí, Todamako Shibanokuji, quizás la figuras más imponente de la corporación junto a Buttercup, mantenía una conversación privada con Yaroslav. 
Lo que más llamó la atención de Johnson fue la fluidez del japonés de Varnakov y la seriedad de sus rostros. No era la charla de cortesía que Shibanokuji le había dedicado a él minutos antes; era una conversación de negocios, un intercambio de estrategias entre dos hombres que hablaban un idioma que iba más allá de las palabras.

La visión cambió de golpe a la fría madrugada de 2060. Johnson estaba trabajando en la logística para el robo de un prototipo de láser portátil para Mitsuhama. El reloj digital de su terminal marcaba las 2:36 AM cuando un comité de bienvenida de alto nivel llegó al cuartel general, rompiendo la rutina del turno de noche. A las 2:43 AM, el estruendo de un helicóptero sacudió el helipuerto del edificio, trayendo a un grupo de especialistas neurotécnicos japoneses. 
A la mañana siguiente, los pasillos eran un hervidero de rumores; se decía que un proyecto secreto había comenzado bajo el patrocinio directo de Todamako Shibanokuji, pero nadie, ni siquiera en los niveles medios de seguridad, sabía exactamente de qué se trataba, solo que el personal había llegado directamente desde Kyoto. 

El cuarto recuerdo era mucho más reciente, de apenas hacía un par de meses. El viento frío de Seattle golpeaba el rostro de Johnson mientras esperaba en el helipuerto corporativo. Yaroslav Varnakov descendió de un helicóptero proveniente del aeropuerto internacional, moviéndose con una seguridad depredadora. A Johnson se le había ordenado personalmente recibirle y acomodarle, asegurándose de que su estancia fuera impecable. Las instrucciones eran claras: Varnakov manejaba asuntos de vital importancia para la sede de Kyoto y Johnson debía estar a su entera disposición, funcionando como su sombra en la ciudad.

Finalmente, Deus presenció el momento en que la curiosidad de Johnson se convirtió en sospecha. En una tarde de ocio laboral, el ejecutivo intentó buscar de nuevo aquel documento de 2049 que tanto le había impresionado en su suite años atrás. Navegó por la red corporativa, introdujo los parámetros de búsqueda y los códigos de referencia de Yaroslav, pero el resultado fue un vacío digital absoluto. El trabajo teórico sobre cerebros cultivados y recuerdos inyectados había sido borrado sistemáticamente de todos los servidores accesibles. No quedaba ni rastro.


El tono de Mouse pitó en el bolsillo de Deus cuando su percepción recién abandonaba la mente de Jhonson. Sacó con tranquilidad el móvil. 


DE: Mouse 2065/01/14 23:46 UTC-8
PARA: Deus
ASUNTO: Re:Re: Problemas en el Pandemonium

4 Black Van van hacia el distrito elfo saltándose los semáforos. Huele a refuerzos. 



Tecleó una respuesta sin dejar de controlar con la mirada al equipo. 



DE: Deus 2065/01/14 23:46 UTC-8
PARA: Mouse
ASUNTO: Re:Re:Re Problemas en el Pandemonium

Yaroslav Varnakov, de Yamatetsu, y proyectos de biotecnología para crear personas sintéticas inyectándoles recuerdos para que crean tener una pasado. Busca todo lo que puedas sacar. 



Guardó el teléfono. 
—¿Algunos de vosotros ha pedido refuerzos?

El silencio que siguió a la pregunta de Deus fue tan pesado como el hormigón que los rodeaba. Los operativos de Yamatetsu se miraron entre sí, y por primera vez en la noche, el pavor en sus rostros se dejó ver mientras centraban sus miradas en Elena y Jhonson. 

El rostro de Johnson se contrajo en una mueca de triunfo desesperado. Al verse humillado y con su carrera pendiendo de un hilo, el ejecutivo dejó de ser el rehén asustado para recuperar la arrogancia de quien tiene el respaldo de un imperio. Su instinto corporativo le dictaba que debía arrastrar al hombre que lo había humillado. 

—He emitido todo. En la central ya estarán diseccionando tu imagen y tú puta voz, amigo. La has jodido viniendo aquí de justiciero. Si no te largas mientras estás a tiempo, el equipo de respuesta va a reventarte los huesos. 

—Un buen truco, supongo que estás entrenado para guiar tus pensamientos y que mi sondeo mental no haya captado tú treta. 

—Esta inútil no es mi única protección. 

—Y de todas formas podría matarte con un pensamiento...

—¡Porfavor calmaos los dos! —terció Elena, cuando el sonido de un helicóptero comenzó a llegar, arriba y lejos. 

—¿Ahora qué, mago? Vamos, fulmíname. 

—Eso sí lo he visto. Los tienes bien puestos. Otro me revelaría su baza para escudarse, tú me provocas para que te mate y detone la limusina volándonos a todos. Punto para tí. 

El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el zumbido lejano de las aspas del helicóptero que se aproximaba. Los seis operativos de Yamatetsu, que hasta ese momento habían mantenido una disciplina férrea a pesar del temor de Elena, se quedaron petrificados mientras procesaban las palabras del mago. 
La camaradería y el deber corporativo se evaporaron en un segundo. Aquellos hombres estaban allí para proteger un activo y cobrar un salario, no para servir de daño colateral en el suicidio glorioso de un Jhonson. 

—Pues bueno, mago, ¿Que va a ser? ¿Aguantas, atacas, o te vas? 

—Creo que he terminado contigo, Saúl. 

El rostro de Jhonson se mantuvo impertérrito. 

Elena sintió que el mundo que conocía se desmoronaba a su alrededor, pero no le importó. Jhonson —al parecer, Saúl— por primera vez había quedado superado por alguien. El pánico corporativo, el ruido del helicóptero y la amenaza de la bomba se volvieron ruido de fondo; lo único que importaba era el hombre de la gabardina. Si el mago desaparecía, ella se quedaría sola con una carrera probablemente incinerada si de Jhonson dependía. 
Un nerviosismo agudo, casi doloroso, le atenazó el pecho. Sus dedos se cerraron sobre la tela de su vestido de cuero y dio un paso rápido hacia Deus. Sus ojos azules buscaban con desesperación los de él. No podía dejar que se marchara sin más; necesitaba entender, necesitaba saber de dónde salía ese mago.

—¡Espera! —exclamó, y su voz sonó pequeña frente al estruendo del helicóptero que ya sonaba más cerca—. No puedes... no puedes irte así.

Se detuvo frente a él, con la respiración agitada y la frente perlada de sudor. Sus antiguos compañeros de seguridad la miraban como si se hubiera vuelto loca, pero ella solo tenía ojos para el mago. Bajó la mirada un instante, humillada por su propia urgencia, y luego volvió a mirar a Jhonson con una súplica desnuda.

—Si hemos terminado, me gustaría hablar algo más. Jefe, déjame acompañarle un rato para hablar algunas cosas. —pasó su mirada al mago— Solo quiero hablar. Solo... necesito algunas respuestas.

Permaneció allí, temblando sutilmente, esperando una palabra o un gesto de Jhonson o del mago, aterrada ante la idea de que simplemente se marchase para siempre. 

—Para lo que aportas, Elena, como si no quieres volver. 

El desprecio en las palabras de Jhonson golpeó a Elena con una frialdad que dolió más que cualquier bofetada. Sin embargo, ese mismo desdén le otorgó la libertad que necesitaba; el permiso estaba dado, aunque fuera en forma de desprecio.
Elena se giró de inmediato hacia el mago, ignorando el estruendo del helicóptero que llegaba. 

Deus observó a la chica. Vio en su aura el rastro del pánico, pero también una chispa de curiosidad mística que se negaba a apagarse. El mago no respondió de inmediato. 

—Vamos. 

Deus echó a andar por donde había venido, despreocupado y dando la espalda al equipo de Yamatetsu. 
En el momento en que Deus dio el primer paso ñ, Elena sintió un tirón visceral en el pecho. Sus piernas se movieron de forma casi automática para seguir la gabardina del mago, pero antes no pudo evitarlo: giró la cabeza en un movimiento rápido, buscando la expresión de Jhonson.
El rostro de la chica era un mapa de contradicciones. Bajo las luces de sodio del garaje, su piel lucía pálida, acentuando el contraste con sus ojos azules. 
Al mirar a su antiguo jefe, sus cejas se contrajeron en un gesto de escrutinio desesperado; no buscaba una despedida, sino una confirmación. Analizó cada músculo de la cara de Jhonson, buscando el más mínimo indicio de una sonrisa de soslayo o esa mirada gélida y calculadora.
El miedo a que aquel "permiso" fuera en realidad el cebo de una trampa la asfixiaba. Se preguntó si esto la costaría el despido mañana.  Sus labios estaban apretados, formando una línea fina que delataba su ansiedad.
La indiferencia de Saúl, sin embargo, fue lo que más la perturbó. Al ver que él ni siquiera la miraba, como a un objeto inservible ya descartado del inventario, Elena sintió una punzada de humillación que se mezcló con el alivio. 
Su rostro se endureció por un instante; la duda sobre la trampa seguía allí, latiendo en sus sienes, pero la rabia de verse despreciada después de haberles salvado la vida le dio el impulso final y caminó junto al mago hacia la rampa de entrada al garage.



14 de Enero, 2065. Miércoles. Distrito elfo. 23:48

El estruendo del rotor del helicóptero de Yamatetsu se convirtió en un zumbido sordo a sus espaldas mientras se alejaban del garage. 
Elena caminaba con una rigidez nerviosa, sus tacones repicando contra el asfalto mojado con una cadencia errática. Sin embargo, la calma sobrenatural que emanaba del mago  parecía actuar como un escudo invisible.

—Gracias... —logró articular ella, frotándose los brazos para combatir el frío súbito de la noche de Seattle—. Gracias por dejar que te siga. Sé que no me debes nada y que, técnicamente, hace diez minutos yo era parte de los que... bueno, ya sabes.

Se detuvo un momento, mirando a su alrededor la calle arbolada del distrito elfo. Capitol Hill era una zona con ocio nocturno, espacios verdes, locales bohemios en otros horarios, el Skyline del downtown al fondo, locales de música contraculturales, y una marcada comunidad LGBTTTQIA+ que le habían otorgado el apodo de distrito elfo. A estas horas, no era un mal lugar para estar. 

—Podemos hablar aquí mismo si quieres, o en algún bar. O si prefieres un lugar más seguro, podemos ir donde ordenes —ofreció ella, tratando de mostrar servidumbre.

Deus se detuvo y giró levemente la cabeza. 
—Mi coche está cerca. Cualquier sitio que conozcas está bien si es adecuado para hablar. —Deus sacó su commlink y lanzó una orden de recogida. 

—No sé ni cómo te llamas, si no te importa. 

—Deus.

—Desde luego te pega. Perdona si prefieres el anonimato. 

El sonido del helicóptero, que se había convertido en un latido rítmico sobre sus cabezas, cambió de rumbo, alejándose. 

En la acera, bajo la luz de una farola, el mundo parecía haberse detenido. Mientras esperaban que el coche de Deus llegara, Elena se dio cuenta de que la atmósfera entre ellos había cambiado.
Deus la miraba de una forma que ella reconoció al instante; era esa mirada cargada de una apreciación silenciosa que recorría cada curva de su figura envuelta en el vestido de cuero negro. No era un simple vistazo furtivo; el mago la estudiaba con una franqueza que rozaba la insolencia, deteniéndose en el contraste de su piel clara contra el material oscuro y en la forma en que el viento frío de la noche agitaba su cabello.
Elena fingió no percibirlo. Sabía perfectamente el efecto que causaba en los hombres; era una herramienta que había perfeccionado en los despachos de Yamatetsu. Sintió una punzada de satisfacción al ver que incluso alguien como Deus no era inmune a su belleza y juventud. 
Se acomodó el cabello, dejando que sus dedos rozaran deliberadamente su cuello, un gesto calculado para mantener la atención de Deus justo donde ella quería

La joven lucía un cabello largo y liso de un tono castaño oscuro que caía con suavidad sobre sus hombros y más allá, enmarcando un rostro de facciones delicadas. Vestía un atrevido y ajustado traje de cuero negro, de falda muy corta, que realzaba su figura de manera prominente y estilizada. 
Por su apariencia física estaría en torno a los veinte años. Sus ojos eran de un color claro, con matices que oscilaban entre el verde y el gris, realzados por un maquillaje tenue y unas pestañas bien definidas. 
Tenía unos labios carnosos y bien perfilados, con un tono rosado natural que armonizaba perfectamente con la claridad de su piel. Finalmente, su silueta destacaba por ser marcadamente curvilínea, destacando sus pechos jóvenes y grandes, acentuados por el ajuste ceñido del traje de cuero escotado.

Se abrazó a sí mismas, abultando sus pechos al apretarlos. 
—Hace frio. No pensaba que fuese a pisar la calle la verdad. 

—¿Sabías a lo que venías? 

Elena dio un paso hacia Deus, encarándolo de una manera nada inocente, con su cabeza por debajo de la suya. 
—Mas o menos. Veníamos a recoger una elfa que traían los Ancianos. No se hacen más preguntas a Jhonson, Saúl o quien sea. Yo estoy en RRHH, sondeos mentales, buscar espías de otras megacorps, contrataciones sensibles y así. Realmente estoy a las órdenes de Jhonson para lo que mande, y eso incluye cubrirle en este tipo de trabajos suyos. Nunca había oído que tuviese un ciberimplante bomba, pero le has puesto en su sitio. Jhonson es de los que domina pero tú le has atado en corto. 

Se humedeció los labios con lentitud, dejando que una pequeña sonrisa de complicidad asomara en las comisuras de su boca, y sostuvo la mirada del mago sin pestañear.
—Me ha gustado, tío. 

El sonido de neumáticos y el brillo de unos faros cortó la niebla de la calle, anunciando la llegada de un vehículo, pero iba conducido por un hombre. 

—Me encantaría llevarte al Dante's Inferno —soltó Elena— Tienen reservados y es un sitio cool, pero no quiero esperar cola, quiero aprovechar para hablar. Encima hace frío, joder. 

—Creo que hay un sitio, el Lyon, en West Seattle, entre semana es mejor. Nos servirá. 

—Invito yo, eh. 

En ese momento, el ruido de otro coche indicó que se acercaba el Westwind negro mate de Deus, que se detuvo frente a ellos. 

—Modelo turbo. Buen gusto. —alabó Elena. 

—Sí —respondió Deus, que abrió la puerta de mariposa con un gesto caballeroso que Elena no esperaba. Mientras subía al asiento del copiloto, Elena sintió la suave, descarada, juguetona palmada de Deus en su culo y supo que había abierto una puerta con Deus, y no tenía la más mínima intención de dejar que se cerrara.



14 de Enero, 2065. Miércoles. SODO. 23:58

El trayecto hacia West Seattle transcurría envuelto en el zumbido suave del motor y el parpadeo hipnótico de las luces de neón colándose por las ventanillas. 
En el interior del vehículo, la penumbra creaba un ambiente íntimo que contrastaba violentamente con la hostilidad del garaje que acababan de abandonar. 

Elena, muy consciente del espacio reducido y de la cercanía física con el mago, decidió mover sus piezas con una precisión milimétrica. Quería que él deseara tomar lo que ella sugería, pero sin rebajarse a resultar vulgar o desesperada. 
Se recostó ligeramente contra el panel de la puerta del copiloto, buscando un ángulo que enmarcara su silueta aprovechando la tenue iluminación del salpicadero y de las farolas que pasaban a toda velocidad. El cuero de su ajustado vestido crujió sutilmente en el silencio del habitáculo cuando flexionó la rodilla y cruzó las piernas con una lentitud exquisita y calculada. El movimiento hizo que la falda se deslizara un par de centímetros más arriba, exponiendo la piel pálida y suave de sus muslos, en la semioscuridad del coche.
Con gestos pausados y gráciles, levantó una mano para deslizarla por su largo cabello castaño. Alisó los mechones que el gélido viento de la calle había alborotado, arqueando un poco la espalda en el proceso, un movimiento que volvió a tensar el cuero del escote sobre sus pechos. Dejó caer la mano de vuelta sobre su regazo.
Suspiró de forma leve, un sonido diseñado para llenar el silencio y atraer la atención, mientras giraba el rostro para clavar su mirada en el perfil de Deus, conduciendo centrado en el asfalto. Lo observaba desde aquella postura estudiada, con los labios carnosos ligeramente entreabiertos y sus ojos claros brillando como una promesa. 

Elena conocía a la perfección el impacto de su juventud, ofreciéndose como una distracción irresistible en la silenciosa compañía que compartían rumbo a WestvSeattle, al otro lado de la bahía de Elliott.




15 de Enero, 2065. Jueves. Gentlemanly Lion, West Seattle. 00:24

El Gentlemanly Lyon —a un bloque de la Sky Garden Tower— respiraba una elegancia rústica y contenida, un refugio inesperado lejos del estruendo habitual de la ciudad. Las paredes alternaban entre un azul medianoche profundo y secciones de ladrillo rojo visto, iluminadas estratégicamente por bombillas colgantes de filamento vintage que arrojaban un resplandor cálido y ambarino. 

La barra, revestida en su frontal con tablones de madera envejecida, estaba flanqueada por pesados taburetes forrados en cuero marrón. Detrás del mostrador, las estanterías de hierro exhibían una cuidada selección de botellas de licor que destellaban tenuemente en la penumbra, mientras una planta de hojas grandes aportaba un toque de naturaleza orgánica en una de las esquinas.

Era un club nocturno sorprendentemente tranquilo. La música, una mezcla de jazz suave y ritmos electrónicos de tempo lento, sonaba a un volumen deliberadamente bajo, actuando como un manto acústico que envolvía el lugar sin ahogar las voces. 
Por el salón se repartían distintas parejas que conversaban en tonos cómplices; algunas permanecían de pie, apoyadas con displicencia junto a la barra con sus copas en la mano, mientras otras se refugiaban en pequeñas mesas circulares dispersas por el local.

Al fondo de la sala, más allá de los reservados, se abría una pista de baile de parqué oscuro que permanecía medio vacía. Apenas dos o tres parejas se mecían con lentitud al ritmo perezoso de los graves, fundiéndose con las luces tenues y el humo artificial que reptaba a ras de suelo. 
Todo en aquel espacio estaba diseñado para la confidencia, los secretos a media voz y la pausa que tanto escaseaba en las calles de fuera.


Elena y Deus estaban sentados en la barra, con Deus fumando un cigarrillo. Un camarero se encontraba no lejos de ellos, dando espacio a sus clientes para conversar. 
La mezcla de ambos era pintoresca; Deus, con vaqueros negros, una camiseta gris de manga larga, botas militares, cubierto por una gabardina de cuero, y con diez anillos en sus dedos. Ella, 20 años más joven, parecía una grupie de un grupo de rock salida de un concierto con ese vestido. 

Sentada en aquel taburete de cuero, Elena se sintió finalmente dueña de su entorno. El ambiente del Gentlemanly Lyon, con su luz ambarina y su jazz hipnótico, era el escenario perfecto para el juego que había iniciado en el coche. 
Se giró hacia Deus, apoyando un codo sobre la sintemadera envejecida de la barra, una postura que le permitía inclinar el cuerpo hacia él con una naturalidad estudiada que mostrase sus pechos.

—Te estaría muy agradecida si me explicases como se puede aprender un poder como el tuyo. Yo soy una mera hechicera, no soy una practicante completa, pero haría cualquier cosa por poder estudiar un poder así. Tú aura va más allá de ser un iniciado. 

—Afortunadamente para mí, mi poder es difícilmente igualable. —dió una calada— Una vida bien aprovechada no te convertiría en rival mío, Elena, pero lo primero para comenzar es unirte a un grupo de iniciación y convertirte en iniciada. 

Con una lentitud casi exasperante, Elena cruzó las piernas, dejando que el leve crujido del material se perdiera en la música suave. Sus dedos, finos y pálidos, recorrieron el borde de su copa antes de subir hacia su cuello, donde jugueteó con un pequeño mechón de su cabello castaño, enroscándolo y soltándolo mientras mantenía la mirada clavada en los ojos del mago.

—Lo que tú digas. ¿Me sugieres alguno? ¿Podrías apadrinarme? Estoy comprometida con la magia, haría cualquier cosa por qué un maestro como tú me guiase.

—No puedo dedicarme a formar a nadie, pero puedo presentarte círculos de iniciados y respaldarte, sí —Deus dió un trago a su copa—. Me gusta tu ambición.

Mientras Deus hablaba, la hechicera humedeció sus labios carnosos con la punta de la lengua, un gesto fugaz pero cargado de intención, y dejó que su mirada descendiera un instante hacia las manos de Deus y sus anillos antes de volver a sus ojos con un brillo agradecido. 

Se acercó un poco más, invadiendo sutilmente su espacio personal, y le tomó la mano derecha entre las suyas, su primer contacto físico. 
—Te estoy muy agradecida, Deus, valoro mucho que me ayudes. Para mí es mi máxima prioridad y no me tomo tu apoyo a la ligera. 

—Dime una cosa... —continuó ella, dejando escapar una risa suave que vibró en su garganta, mientras arqueaba ligeramente la espalda, realzando su silueta bajo la luz tenue—. ¿Crees que tengo posibilidades? ¿Compartirías algún consejo conmigo? ¿Algún secreto?

—Sin duda tienes posibilidades. Una chica joven, guapa, ambiciosa, que sabe usar a los hombres... Llegarás hasta donde quieras Elena, pero todavía no te conozco. Háblame de tí. 

—Bueno, gracias por lo de guapa, eh. 

—No digas chorradas. Sabes cuáles son tus cartas. Sin ellas no estaríamos aquí. Pero háblame de tí. 

—Pues no hay mucho que contar. Soy de Boston, hija menor, diplomada en taumaturgia, no llevo ni un año trabajando con Jhonson —Elena comenzó a hablar de su vida. 

Entre ambos, el tiempo parecía haberse dilatado. Bajo la luz ambarina de las bombillas de filamento, Elena, despojada de sus habituales defensas corporativas, comenzó a relatarle su vida a Deus con una transparencia que no solía permitirse. Sin máscaras, le narró su infancia, habló con pena de Barnaby, confesó cómo aprendió a utilizar su belleza en el instituto, y de cómo Yamatetsu la había reclutado. 

Mientras Elena hablaba, sumergida en la corriente de sus propios recuerdos, Deus la escuchaba en un silencio profundo, con sus ojos fijos en ella. No la miraba como los otros hombres del bar, con una codicia apenas disimulada por su silueta curvilínea bajo el vestido de cuero; su estudio era clínico, pero cargado de una comprensión nueva. 
En la mente del mago, la imagen que proyectaba Elena estaba clara: no veía a la operativa letal ni a la manipuladora profesional que ella creía ser. Veía a una niña jugando a ser una mujer fatal, una criatura vulnerable que, a pesar de sus herramientas de seducción, estaba nadando sin saberlo en un estanque de tiburones, donde la mínima muestra de debilidad real la condenaría. Sentía la fragilidad detrás de su seguridad estética, una vulnerabilidad que lo desarmaba.

En un momento dado, Elena se interrumpió. La pausa en su relato fue brusca. Sintió el peso de la mirada de Deus de una forma distinta, no como el escrutinio de un oponente, sino como alguien que la estaba viendo de verdad, más allá de la piel y de los secretos. Sus ojos claros se encontraron con los de él. En ese taburete de cuero, rodeados por el murmullo de voces cómplices y el jazz suave, el tiempo pareció detenerse. 
La atmósfera se volvió densa, cargada de un reconocimiento mudo que los aislaba del resto del bar. Por un segundo, no hubo nada más que la verdad de Elena flotando en el aire y la respuesta silenciosa de Deus, creando un momento de intimidad pura y profunda que ella nunca había experimentado. Elena sostuvo la mirada, consciente de que, por primera vez, estába mostrando una herida, y que el hombre frente a ella no tenía intención de usarla en su contra.

La pausa de intimidad pura, ese instante en que sus almas parecieron rozarse, fue tan intenso que asustó a Elena. No estaba acostumbrada a esa clase de desnudez emocional, y su instinto de preservación, perfeccionado en los despiadados pasillos de Yamatetsu, reaccionó de inmediato. Necesitaba recuperar el control, volver al terreno que conocía: el de la seducción y el juego de poder.

Con un movimiento fluido y felino, rompió el contacto visual profundo y dejó escapar una risita suave, casi imperceptible, que vibró en la penumbra del Gentlemanly Lyon. Se acomodó en el taburete de cuero, arqueando la espalda con una lentitud calculada que tensó la tela de su vestido, realzando su silueta curvilínea bajo la luz ambarina de las bombillas de filamento.

—Bueno... —comenzó, y su voz había recuperado ese tono meloso y aterciopelado, arrastrando las palabras con una pereza deliberada—. Ya te he contado mi vida, obra y milagros. He sido una niña buena y te he dado todas las respuestas que querías.

Apoyó el codo en la barra de madera envejecida, inclinando su cuerpo hacia Deus, invadiendo sutilmente su espacio personal una vez más. Con un gesto lánguido, levantó su mano derecha y, con la punta de un dedo, comenzó a trazar círculos invisibles y lentos en el borde de su copa de cóctel, sin apartar la mirada de los ojos del mago.

—¿Y tú? —continuó, ladeando la cabeza y dejando que un mechón de su largo cabello castaño cayera sobre su hombro, exponiendo la línea de su cuello—. A mí también me gustaría conocerte mejor.
Humedeció sus labios rosados con la punta de la lengua, un gesto rápido y sugerente, antes de clavarle una mirada cargada de un desafío juguetón.
—Mi sensei —añadió, arrastrando la palabra con una entonación que transformaba el título de respeto en una invitación peligrosa—. 

—Ahora lo que necesito es que seas mis ojos y oídos en Yamatetsu. Necesito averiguar lo que decía Jhonson si es cierto, si ese proyecto de biotecnología sucedió y la elfa que esperaban es un producto biológico. Averigua también acerca de Yaroslav Varnakov lo que puedas. Sé mi informante y me encargaré de que un grupo de iniciados te acepte, pero es un trabajo de fondo, no vayas rápido ni empieces a hacer preguntas.

—Eso será si no me despiden. 

—No tienes control sobre eso, pero no escondas está reunión, reconoce la verdad si te preguntan: viniste conmigo y conseguiste tu propósito, averiguar que soy Deus, y conseguir que me plantee apadrinarte en un grupo de iniciados enseñando escote y siendo pizpireta. No necesitaste ni abrirte de piernas, y me tienes exactamente donde quieres. Solo necesitas desviar tus pensamientos como hizo Jhonson para ocultar que eres mi informante. 

Las palabras de Deus cayeron sobre Elena, dejándola paralizada en el taburete. Por un lado, sintió una humillación punzante que le subió por el cuello hasta las mejillas; ser descrita con tanta frialdad —como una mujer que simplemente usó su escote y una actitud "pizpireta" para obtener lo que quería— despojó a su juego de seducción de toda la mística que ella creía haber construido. El mago acababa de verbalizar su estrategia con una precisión quirúrgica, reduciendo sus maniobras de mujer fatal a un truco previsible que él había permitido que sucediera.
Sin embargo, junto a esa vergüenza, brotó una sensación de alivio y una excitación casi peligrosa. Al decirle que la tenía "exactamente donde ella quería", Deus no solo validó su eficacia, sino que le otorgó una narrativa perfecta para sobrevivir en Yamatetsu. Al escuchar que debía admitir la verdad —que se había vendido como una aprendiz ante un poder superior—, Elena comprendió que él le estaba entregando la mejor cobertura posible: la de una trepadora ambiciosa que había buscado un nuevo patrón. Era una máscara que ella sabía llevar a la perfección.
Su corazón latía con fuerza contra las costillas. La idea de ser una informante doble, de caminar por la cuerda floja entre Deus y Yamatetsu, le provocó un vértigo que la hizo sentirse más viva que nunca. Lejos de ofenderse por el comentario sobre "abrirse de piernas", Elena sintió respeto por el hombre que tenía delante. Él no solo veía a través de su apariencia, sino que entendía los mecanismos de poder.
Elena bajó la mirada un instante, dejando que su largo cabello castaño ocultara su expresión mientras asimilaba el peso de la misión. Cuando volvió a levantar los ojos hacia él, la chispa de la niña asustada había desaparecido, reemplazada por una determinación fría. 

—Así que esa es la historia que voy a vender —susurró, y esta vez no hubo flirteo, sino una complicidad técnica y cruda—. La joven ambiciosa que sedujo al mago para entrar en el círculo de iniciados. Les encantará creerlo porque encaja con lo que esperan de mí. Y es la verdad. 

Se inclinó hacia él, sintiendo que por primera vez, tenía un instructor que no quería devorarla, sino convertirla en algo mucho más letal.

—Aunque pudieses ocultar mi mente con un conjuro, eso solo señalaría que tengo algo que ocultar, sí, lo que necesito es controlar mi subconsciente. 

—Jhonson estaba entrenado, alguien le preparó. 

Deus asintió y se encendió otro cigarro. 

—Apuntaté mi número y cuenta 

—¿Tienes Friends?

—No uso redes, soy vieja escuela. 

Cuando Deus le dictó su email y su número personal, ella no sintió la victoria vacía de quien ha conseguido el teléfono de un cliente importante tras una noche de insinuaciones. Al contrario, cada dígito que anotaba en su teléfono se sentía como un eslabón de una cadena de confianza real.
Elena sintió una calidez inusual. Se había acostumbrado a que los hombres la miraran como una presa, un trofeo para exhibir o, en el mejor de los casos, una herramienta desechable con un envoltorio atractivo. Estaba preparada para ser su putita si era necesario, pero Deus acababa de romper ese esquema. Al confiarle una misión, al pedirle que fuera sus ojos y oídos, la estaba convirtiendo en su aliada.
Le gustaba que él hubiera visto que era valiosa como para trabajar con él. No era la mirada de un depredador, sino la de un estratega que reconoce a una aliada útil. 

—Listo... —susurró para sí misma, probando el peso de la palabra mientras guardaba el contacto bajo el nombre en clave de "Jim"— te he puesto como Jim. 

—Muy bien. 

Miró a Deus con una expresión nueva. En el Gentlemanly Lion, mientras el jazz moría suavemente al fondo, Elena comprendió que prefería mil veces ser la espía de este hombre que la amante de cualquier ejecutivo de la megacorp. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía usada; se sentía necesaria.


15 de Enero, 2065. Jueves. Ático de Deus, Belltown. 01:57

Deus había llevado a Elena hasta su piso, en el distrito corporativo. El clásico barrio de  rascacielos en las que las megacorps colocaban a sus asalariados para pagarles menos con la excusa de costearles la vivienda. 
Había dejado a la chica en su portal, dando una imagen equivocada al guardia de seguridad, y había regresado a su piso. 

Su regreso al ático hizo consciente a Deus de las dos horas y media que había dejado a Sela sola.
La encontró en el sofá, con el trídeo encendido proyectando reposiciones de la serie Max Danger. Tenía la cara vuelta hacia la entrada, hacia él, esperando respuestas. 

—¿Lo has arreglado? Dime qué lo has arreglado. ¿Que ha pasado? —estaba inquieta pero esperanzada. 

Deus llegó junto a ella, atrás del sofá, contemplándola desde arriba. 

—Parcialmente. Tengo que investigar mucho más, pero hemos empezado por buen pie. Me reuní con los de Yamatetsu, no he sacado nada concluyente pero tengo nombres, ideas, hilos de los que tirar. —Deus no podía cargarla con más preocupaciones antes de confirmar lo que el Jhonson había dicho—. Por el momento les he dejado claro que se olviden de tí. Me falta saber más y devolverles el daño, pero ya tengo claro que un hombre, Yaroslav Varnakov debió descubrirte en el club y se encaprichó contigo, lo organizó todo para capturarte. Se lo exigió a un Mr Jhonson de Yamatetsu, el hombre que te sonaba del club. Ahora lo que necesito es atar más cabos, ya escuchaste que el Jhonson pagó a los Antiguos para capturarte. 

—¿Estás seguro que se olvidarán de mi?

—Lo creo, pero si hay dos implicados no puedo estar seguro. Solo puedo asegurarte que no podrán hacerte daño si me dejas protegerte. 

En el trídeo, Max repartía ostias a unos pandilleros en un callejón de LA City.  

—Lo que tengo claro es que debes descansar. 

Su mano derecha, con sus cinco anillos, descendió con una lentitud casi reverencial hasta que el dorso de sus dedos rozó la piel de la mejilla de Sela. Fue un contacto ligero, una caricia que parecía temer que ella pudiera desvanecerse como un holograma si presionaba demasiado.
Sela contuvo el aliento. Esperaba la urgencia de un hombre que reclama lo que cree que se le debe por rescatarla, o la torpeza de un cliente que intenta comprar afecto al pagar de más por un lapdance, pero lo que encontró en el tacto de Deus fue una ternura devastadora. El calor de su piel actuó como un bálsamo sobre los restos del miedo que aún la atenazaban.
Al levantar la vista, Sela se encontró de frente con la verdad que Deus no había terminado de verbalizar.
Ya no era la mirada del mago letal. Sus ojos, fijos en los de ella, brillaban con una vulnerabilidad que desarmaba. Era la mirada de un hombre que había pasado años observando una estrella desde el fondo de un pozo, convencido de que nunca llegaría a tocarla; una mirada cargada de una devoción silenciosa, antigua y absoluta. No había deseo de posesión física en ese instante, sino un alivio profundo, casi doloroso, por el simple hecho de tenerla cerca.
Sela lo comprendió entonces: para él, ella no era un rescate fortuito ni un capricho de última noche. Era el centro de gravedad de un mundo que él mismo había construido en la soledad de su poder.

Sela asintió levemente, sintiendo cómo el nudo en su pecho se aflojaba un poco más ante esa confesión muda. Se dio la vuelta, se levantó del sofá y caminó hacia la suite de invitados, sintiendo todavía el rastro de su mano en la cara, como una marca que la protegía del frío de Seattle que rugía al otro lado del cristal.
Miró a Deus por última vez antes de retirarse, notando cómo la luz de los led del suelo marcaba el camino hacia su cuarto.

—Gracias... Deus —dijo ella, deteniéndose en el umbral—. Supongo que es verdad lo que dicen en las sombras. Eres un mito, pero un mito que cumple sus promesas.

Él solo asintió, permaneciendo en la penumbra del salón mientras la puerta de la suite se cerraba con un susurro neumático.



15 de Enero, 2065. Jueves. Ático de Deus, Belltown. 02:04

Deus permaneció de pie frente al ventanal, pero ya no miraba las luces de la ciudad. Su atención se había volcado hacia adentro, hacia sus propios pensamientos. 
Un pensamiento gélido, nacido de años de paranoia en las sombras, comenzó a filtrarse en sus sentimientos.

—Biotecnología... —susurró para sí mismo, apretando el vaso de whisky.

Recordó la suavidad de la piel de Sela, la forma en que sus ojos verdes parecían absorber toda la luz del ático y, sobre todo, esa oleada de ternura que lo había sobrevivido a magos de combate que intentaron doblegar su voluntad. Sin embargo, frente a ella, sus defensas habían caído sin resistencia.

¿Y si no era amor? 

La posibilidad de que Sela fuera un prototipo de Yamatetsu diseñado para la manipulación biológica se volvió una obsesión repentina. Las megacorporaciones no solo fabricaban armas de fuego; fabricaban deseos. Cualquiera podía injertarse feromonas de diseño, sutiles compuestos químicos capaces de reescribir la química cerebral de un objetivo, manipulándole. Esa tecnología tendría ya 10 años. 

«¿Soy yo quien siente esto, o es mi sistema endocrino respondiendo a una química específica?», se preguntó.
Si Sela era una manipuladora biológica, cada gesto suyo —su miedo, su vulnerabilidad, la forma en que lo había mirado antes de retirarse— podía ser parte de un algoritmo orgánico perfecto. Una trampa de carne y hueso diseñada para neutralizar a cualquiera. Lo que sentía con ella podía ser simplemente el resultado de un ajuste de dopamina provocado por su mera presencia.

Miró la puerta cerrada de la suite. La ternura de hace unos minutos se había transformado en una vigilancia fría. 



15 de enero, 2065. Jueves. Oficinas de Yamatetsu. Downtown. 08:14

El complejo de Yamatetsu se alzaba como un monolito de grafeno y cristal sobre el skyline de Seattle. Elena caminó por los pasillos de la planta 28, una planta sin despachos realmente importantes, salvo el de Mr Jhonson. 
El aire acondicionado, habitualmente reconfortante, hoy le resultaba gélido. Sus tacones resonaban con un eco seco sobre el suelo de mármol blanco sintético, un ritmo que delataba su nerviosismo. No había pegado ojo apenas. 

Al llegar a la antecámara del despacho de Johnson, Elena se detuvo en seco. La mesa de la secretaria, siempre ocupada por una mujer de eficiencia robótica y sonrisa ensayada, estaba desierta. No había rastro de terminales encendidas. El silencio en la entrada a la oficina era absoluto.
Empujó la pesada puerta de madera de teca reforzada. El despacho era una declaración de poder: un espacio vasto, minimalista, donde el lujo no se gritaba, se imponía.
Frente a ella, el enorme ventanal panorámico enmarcaba la bahía de Elliott. El gris del cielo de Seattle se fundía con las aguas plomizas del puerto, y a lo lejos, las gigantescas grúas de carga se movían como insectos prehistóricos. Johnson estaba allí, sentado tras su mesa de obsidiana pulida, dándole la espalda.
Elena buscó con la mirada al guardaespaldas habitual —cyberimplantado hasta anular toda la luz de subesencia— que nunca se separaba de él más de dos metros. No estaba. 
Johnson se encontraba completamente solo, una anomalía en su rutina que aumentó la inquietud de Elena.

—Señor Johnson... —comenzó ella, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Siento entrar así, pero después de lo de anoche... 

Elena se acercó unos pasos, sintiéndose pequeña en medio de la opulencia del despacho. Johnson no se movió; seguía observando uno de sus tres monitores, con las manos entrelazadas frente a su cara, recortado contra la inmensidad de la metroplex. 

El silencio de Johnson se prolongó un segundo más de lo necesario, cargando la estancia de una tensión pesada, antes de que él hablase. 

—Anoche quizás no fui justo al decir que no vales para nada. Si tienes razón, y no puedo discutirtelo, quizás lo mejor que podías hacer era prevenirnos como hiciste. 

Hizo una pausa, dejando que la disculpa —si es que se podía llamar así— flotara en el aire cargado de la oficina. Johnson no era hombre de pedir perdón, y el hecho de que reconociera la utilidad de Elena indicaba que la situación era mucho más precaria de lo que ella imaginaba.

—¿Sacaste algo de él? ¿Aclaraste quien era y por qué tanta magia en su aura como decías? 

Elena se acercó a la mesa, pero permaneció depies entre las dos sillas frente a ella. 

—Se hace llamar Deus según dijo. 

La reacción de Johnson fue instantánea y visceral, algo que Elena nunca había visto.
Johnson se apartó de la mesa y caminó un par de pasos hacia el ventanal, dándole la espalda, como si necesitara el horizonte de la bahía para procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Deus? —repitió él en un susurro cargado de incredulidad.

Se giró bruscamente, y por primera vez, Elena vio una grieta real en su armadura corporativa. La sorpresa no era por un competidor o un agente de otra megacorporación; era la sorpresa de quien descubre que una historia de terror infantil acaba de cobrar vida frente a él.

—Dime que has oído mal, Elena. Dime que es un apodo moderno, un fulano con delirios de grandeza —dijo Johnson, con una urgencia que no lograba ocultar—. Porque si es el Deus del que hablaban los viejos operativos... 

Johnson comenzó a caminar por el despacho, su mente trabajando a una velocidad frenética.

—El nombre de Deus circulaba por las sombras ya antes del incidente de la Arcología de Renraku en el 59. Era un mito, un rumor persistente entre los shadowrunners veteranos. Se decía que era un mago iniciado de un poder absurdo. Algunos decían que era un espíritu libre habitando un cuerpo humano, otros que era un experimento fallido de una corporación que ya ni existe. 

Se detuvo y miró a Elena a los ojos, con una fijeza perturbadora.

—Muchos creíamos que era una invención de las sombras para asustar a los novatos, una historia sin respaldo real creada para dar una cara al miedo. 

Johnson —Saúl— soltó una risa seca, carente de humor, mientras se pasaba una mano por el rostro.
—Si Deus ha vuelto, o si nunca se fue, y ha decidido salir a la luz por esa elfa... 

—¿Puedo preguntar acerca de ese proyecto de biotécnia que comento, señor? 

Jhonson de quedó mirando a su maga mientras volvía a sentarse. 

—¿Te has convertido en su espía? No puedo revelar secretos corporativos, Elena. 

Elena sintió cómo la sangre se le retiraba del rostro, dejando una palidez gélida que contrastaba con la iluminación sofisticada del despacho. La pregunta sobre el proyecto de biotecnología se había disuelto en el aire, aplastada por el giro brutal y personal que Johnson acababa de dar a la conversación.
Johnson la observó desde la profundidad de su sillón de cuero, con esa calma depredadora que solo poseen los que saben que tienen el control total sobre la vida de los demás. Sus palabras no fueron un arrebato de ira, sino un ataque calculado, una forma de recordarle que, en ese edificio de cristal, ella no era más que un activo con una función muy específica.

—Pero hay otro tema del que hablar —dijo él, recostándose y entrelazando sus dedos sobre el abdomen—. Te recluté para mi equipo porque eres una putita y te encargas de que se sepa. Vas anunciando que cualquiera capaz de darte poder tiene un pase a tu cama, pero ni una puta mamada todavía.

Elena apretó los puños a los costados, sintiendo el roce de la tela de su traje ejecutivo. La acusación de Johnson era cruda, despojada de cualquier eufemismo. Él la miró con una mezcla de desprecio y desafío, como quien exige el cumplimiento de un contrato que se ha demorado demasiado.

—¿Cuál es tu juego, Elena? ¿Cumples lo que anuncias o qué hacemos contigo?

El silencio que siguió fue asfixiante. Elena se dio cuenta de que su habitual estrategia de seducción y ambición la había acorralado. Había jugado a ser la mujer que utiliza su sexualidad como moneda de cambio para escalar en la jerarquía de Yamatetsu, proyectando esa imagen de disponibilidad para ganar aliados y protección. Pero Johnson, bajo la presión del fracaso de la noche anterior y el fantasma de Deus, había decidido cobrar la deuda de la forma más directa posible.
Ella mantuvo la mirada, aunque por dentro sentía el vértigo de quien camina por la cuerda floja. Sabía que si flaqueaba en ese momento, si mostraba miedo o indignación moral, su carrera en la corporación terminaría antes de que el ascensor llegara a la planta baja. 

—Disculpe, señor Johnson —respondió finalmente, con una voz que logró mantener firme, a pesar de la humillación que le subía por la garganta—. Si lo que necesita es una prueba de mi compromiso con usted tras lo de anoche...

Elena dio un paso hacia la mesa de obsidiana, dejando que el silencio subrayara su intención. Sabía que estaba entrando en un terreno peligroso, pero frente a un hombre que acababa de ver cómo un mito de las sombras lo humillaba, darle lo que quería era la única carta que le quedaba para no ser descartada.

—No voy a tintar los cristales para follarte aquí, no te equivoques. Somos Yamatetsu. Pero está tarde quiero que te vistas como una auténtica putita y te reúnas conmigo en mi yate. Te recogeré a las 16 en el Pier 66. Ten en cuenta que el control de seguridad te demorará.

Johnson no esperó una respuesta.
—Depilate a la brasileña y empieza a tomar anticonceptivos cada día. ¿Entendido? 

—Comprendido, señor —consiguió decir. Su voz sonó profesional, pero en su interior la humillación se mezclaba con la ira y el miedo.

Elena asintió, aunque él ya no la miraba. Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Al cruzar la puerta del despacho, el silencio del pasillo vacío la envolvió de nuevo. La ausencia de la secretaria y del guardaespaldas le confirmaba ahora que Jhonson esperaba su visita. En Yamatetsu, el poder era un juego de espejos donde, a veces, la única forma de no ser devorada por los monstruos era aceptar convertirse en el juguete de otros monstruos.

​Mientras caminaba hacia los ascensores, Elena sintió el peso del teléfono en su bolsillo.


15 de Enero, 2065. Jueves. Ático de Deus, Belltown. 08:20.

Deus, en el sofá del salón, leía atento el mensaje de Mouse que se había perdido durante la noche. 


DE: Mouse 2065/01/15 03:47 UTC-8
PARA: Deus
ASUNTO: Re:Re:Re:Re: Problemas en el Pandemonium

Yaroslav Varnakov, de Yamatetsu, tengo algunos datos, pero nada de valor. Es un pez gordo de Vladivostok y Kyoto. Actualmente está aquí y sí que es experto en biotecnología. Parece que ha liderado proyectos top de Yamatetsu de biotecnología, pero no consigo info. 

Podemos hablar de intentar una incursión contra Yamatetsu donde seguro que hay más info, pero eso es un hielo muy negro para tomarlo a la ligera. 

Sobre el porqué quieren a Rachel, no creo que pueda encontrar información sobre notificaciones, pero por el momento no parece que Yaroslav ni Mr Jhonson sean tipos con líos de faldas. Si encuentro más info te lo haré saber, pero la información publica no creo que nos sirva. 


Justo cuando leyó el mensaje, su teléfono pitó, indicando otro mensaje. Lo abrió.


DE: Elena 2065/01/15 08:21 UTC-8
PARA: Jim
ASUNTO: [Vacío]

Hola. Parece que todavía tengo trabajo :-) Quiero agradecerte de nuevo tu ayuda, igual que estoy intentando ayudarte yo. Hoy el día ha empezado mal, Jhonson me estaba esperando para ponerme las cosas claras, o me acuesto con él o fuera. He aceptado para estar cerca de él. Nunca había llegado a tanto pero quiero ayudarte a ayudarme. Porfavor, ten en cuenta que me lo estoy currando y lo hago por tí. Si averiguo cosas te lo haré saber. 


Deus leyó el mensaje en la pantalla de su terminal mientras el sol de la mañana intentaba, sin éxito, atravesar la densa capa de contaminación y nubes sobre Belltown. 
Suspiró, dejando que el dispositivo cayera sobre el sofá.
Sintió una punzada de tristeza, una melancolía amarga. Conocía bien el juego de Elena, proyectando esa imagen de mujer fatal que utilizaba su cuerpo como una promesa. Pero ahora, el juego se había vuelto real y sucio, y Elena iba a tener que prostituirse para pagar sus promesas. 
Deus recordó que, apenas unas horas antes, le había prometido introducirla en una cábala de iniciados, un nivel de conocimiento místico que ella anhelaba, a cambio de su lealtad absoluta. Esa promesa la obligaba a hundirse en el yate de Johnson.
Sintió pena por ella, una lástima genuina por la degradación a la que se veía sometida una chica así. Sin embargo, ese sentimiento fue efímero.
Cerró los ojos y la imagen de Sela, con su gabardina de cuero y su mirada herida, inundó su mente. Recordó el tacto de su mejilla y la promesa de venganza que habían sellado en la oscuridad del ático. Al final, el sacrificio de Elena era un daño colateral aceptable. Sela bien valía lo que le pasase a otras, y si Elena tenía que ser el peón que se perdía para proteger a la reina, Deus no dudaría en permitirlo.

Abrió el comunicador y respondió con una brevedad gélida.


DE: Deus 2065/01/15 09:35 UTC-8
PARA: Elena Stonier
ASUNTO: Re: [Vacío]

Entendido. Haz lo que tengas que hacer para mantenerte en esa posición. Cada detalle que obtengas sobre el proyecto biotecnológico lo apreciaré. No soy ajeno a tu esfuerzo, Elena. Mantén el foco. Te lo agradezco. 



15 de Enero, 2065. Jueves. Ático de Deus, Belltown. 09:18

Sela salió de la habitación envuelta en un vestido de gala de tela fina. El corte elegante resaltaba su figura, amplificando su presencia sofisticada y magnética.


Deus estaba de pie frente al ventanal, con la silueta recortada contra el cielo plomizo de Seattle. El humo de su cigarro formaba espirales perezosas en el aire. Al oírla, no se giró de inmediato; la vergüenza todavía pesaba en sus hombros como un manto de plomo.

Ella no esperó a que él rompiera el hielo. Se acercó con tacones sonando sobre el marmol, eliminando la distancia que Deus había intentado imponerse a sí mismo.

—Tranquilo, Deus —dijo ella con una calidez renovada, desprovista de la severidad de hace un cuarto de hora—. Solo quería que entendieras que esto no funciona así.

Sela buscó de nuevo el contacto físico, pero esta vez lo hizo de frente, de manera honesta. Apoyó una mano suave sobre el pecho de Deus, sintiendo el latido de su corazón a través de la camiseta, y la otra subió hasta su mejilla, obligándolo suavemente a mirarla.

—Lo que pasó ahí dentro... —continuó, rozando con el pulgar la línea de su mandíbula mientras él exhalaba una última nube de humo—, me gusta que me desees. Me gusta que el mito pierda el control por mí. Pero quiero que  confíes en mí tanto como yo confío en que me mantendrás con vida.

Deus sintió cómo el deseo, que todavía le quemaba en la sangre, se mezclaba con una gratitud punzante. La mano de Sela sobre su mejilla era un bálsamo que borraba la humillación de su torpeza. Ella no estaba allí para castigarlo, sino para corregirle.

—Eres desesperante, Sela —logró decir él, con una voz ronca que delataba que seguía totalmente a su merced—. No sé si eres la mujer más adorable que he conocido o mi perdición definitiva.

Sela sonrió, acortando el espacio hasta que sus frentes se tocaron, dejando que el aroma del perfume que se había puesto y la cercanía de su cuerpo envolvieran al mago.

Deus apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal, observando cómo la última hebra de humo se disolvía. La cercanía de Sela lo mantenía en un estado de deseo constante —artigicial o no—.

​Sela suspiró, manteniendo su mano sobre el pecho de él, sintiendo la vibración de su respiración.

​—Me atraes, Deus. Mentiría si dijera lo contrario. Hay una fuerza en ti que... que me hace sentir que el mundo no puede tocarme —confesó ella con una honestidad brutal, bajando la mirada un segundo antes de volver a clavar sus ojos verdes en los suyos—. Pero no estoy preparada. Anoche me violaron y hoy estoy en el ático del mago más peligroso de Seattle o de Norteamérica. No te conozco de nada. Solo conozco tu leyenda y tu protección.

​Hizo una pequeña pausa, y su mano en la mejilla de Deus se volvió un poco más firme, una caricia que exigía atención.

​—Y lo que es peor... tú no eres capaz de ser honesto conmigo todavía. No puedes pedirme que esté contigo cuando ni siquiera tú te atreves a decirme qué es lo que realmente te asusta de mí.

​Deus permaneció en silencio, sintiéndose expuesto. La acusación de Sela era tan precisa que dolió. 

​—Tienes razón —admitió él finalmente, su voz apenas un susurro cargado de una pesadez inusual—. No sé cómo ser honesto cuando toda mi vida se basa en ocultar quién soy. Pero... estoy intentándolo, Sela. A mi manera, estoy intentándolo.

​Sela asintió levemente, aceptando esa pequeña rendición. Se acercó un poco más, dejando que el roce de su vestido contra las piernas de él fuera un recordatorio de lo que podría llegar a ser, pero manteniendo la frontera que ella misma había trazado.

​—Entonces empieza por ahí —dijo ella con una sonrisa triste—. Empieza por dejar de ser el mito y empieza a ser el hombre que me trajo el desayuno. Solo así sabré que lo que siento por ti no es solo agradecimiento por haberme salvado la vida.

Con un gesto de la mano, invitó a Sela a sentarse en el sofá de cuero. Él se sentó a una distancia prudente. No la miró de inmediato; mantuvo la vista fija en el mármol del suelo.

—Sela... —empezó a decir, con una voz que había perdido su filo autoritario para volverse profunda y vulnerable—. Tienes razón. Voy a corregir eso. 
Sela se inclinó hacia él, rompiendo la distancia de seguridad que él había intentado mantener. Estiró la mano y, con suavidad, entrelazó sus dedos con los de él.
Apoyó la cabeza en el hombro de Deus, cerrando los ojos por un momento y dejando que el contacto físico hablara por ella.

—¿Y que haces cuando no estás salvando elfas? ¿Que tengo que hacer yo mientras te encargas de Yamatetsu? 

—No creo que Yamatetsu tenga patrullas buscándote, pero incluso si las tuviese, lo que no pueden es localizarte sin mi, mientras esté contigo estás a salvo. —Sela le apretó la mano— ¿Hay algo que necesites hacer? 

—No. Pero no quiero sentir que estoy aquí escondida y que si salga a la calle un drone me localizará y unos tíos de Yamatetsu vendrán a secuestrarme. Pero lo importante es lo que tengas que investigar.

Deus tomó su móvil. 


DE: Deus 2065/01/15 09:22 UTC-8
PARA: Mouse
ASUNTO: Re:Re:Re:Re:Re: Problemas en el Pandemonium

Gracias socio. Respecto a piratear Yamatetsu, ponle precio.  


—Tengo contactos encargándose de eso. Será un trabajo extenso. Hoy el día debiera ser para desconectar. 

—¿Deus tiene días ociosos? —Sela fingió una sorpresa sobreactuada—.

Se giró completamente hacia ella, observando cómo el vestido negro captaba los reflejos de las luces de la ciudad. El contraste entre la belleza sofisticada de Sela y la atmósfera de refugio de alta seguridad era hipnótico.

—Tengo el tiempo que mi princesa quiera. Quiero un día para nosotros, para conocernos, si estás deacuerdo. No quiero que te sientas como una presa aquí. 

​Sela lo miró con curiosidad, intrigada por esa faceta protectora pero relajada que empezaba a asomar.

​—Entonces... ¿un día para nosotros? —preguntó ella, dejando que un mechón de pelo platino cayera sobre su rostro—. ¿Qué propones?

​—Lo que tú decidas —concedió él, rindiéndose definitivamente a sus deseos—. Literalmente, cita deseos y los iremos cumpliendo. 

​Deus sabía que el trabajo de Mouse sería peligroso y que la calma podía romperse, pero en ese instante, con Sela en su hombro y agarrando su mano, esas preocupaciones no estaban en su lista.

Sela esbozó una sonrisa lenta, cargada de una picardía que suavizó la atmósfera del salón. Se acomodó mejor contra el costado de Deus, disfrutando de la sensación de tener al mago más temido de las Sombras convertido en su anfitrión particular.

—¿Cualquier deseo? Ten cuidado, Deus, que eso es mucha responsabilidad para un solo día —bromeó ella, antes de adoptar un tono más sugerente—. Está bien. Si hoy el tiempo es mío, quiero empezar por algo que nos saque de este estado de alerta constante.

Se giró hacia él, apoyando el mentón en su mano mientras le observaba con fijeza.

—Mi primer deseo es que el intelibot ponga música. Algo con alma, nada de esas frecuencias neutras que se usan en los edificios corporativos. Quiero que este ático deje de parecer un búnker de lujo y empiece a parecer un hogar, aunque sea solo por hoy.

Hizo una pausa, recordando la conversación anterior en la que él había admitido sus dificultades para abrirse sobre su pasado.

—Y ya que me has pedido que no sea dura contigo sobre tus secretos... no te voy a presionar con historias de tu infancia todavía. Sé que necesitas tiempo para eso. Pero mi segundo deseo es que me mires sin pensar en nada y me cuentes qué es lo que más te gusta de la plex.

Deus sintió un alivio genuino al ver que ella respetaba sus tiempos. 
—Pon Jazz, y autoriza como residente a la visitante actual, Sela. 
Las notas profundas de un contrabajo y el lamento de un saxofón empezaron a llenar el espacio, rebotando contra los ventanales.
Una voz de mujer sintetizada respondió mezclada con el hilo musical. 
—Residente Sela autorizada. Bienvenida, Sela. 

—Es un deseo fácil de cumplir —continuó él, relajando finalmente la espalda contra el sofá y rodeando con su brazo los hombros de Sela—. Hay un rincón cerca del puerto, donde el olor al mar todavía es real. En el espacio astral proyecta unas emanaciones deliciosas.

Sela cerró los ojos, dejándose llevar por la música y la vibración de la voz de Deus. El día se extendía ante ellos como un lienzo en blanco.



15 de Enero, 2065. Jueves. Restaurante Orizon, Queen Anne. 12:43

Llegaron al Orizon, un restaurante exclusivo situado en la planta 18 de una de los rascacielos de la zona corporativa. Al entrar, el bullicio de la ciudad desapareció, sustituido por el suave tintineo de copas de cristal y el aroma a especias exóticas importadas.

​El maître los condujo a una mesa bastante céntrica, con una buena vista de la aguja espacial.

​—Este sitio es... increíble —susurró Sela, ajustándose el vestido negro mientras se sentaba. La luz hacía que su cabello platino brillara con un rubio sutil.

—No estaba pendiente del panorama. —respondió Deus, acomodándose frente a ella. Había dejado su abrigo largo en el guardarropa, revelando una actitud más relajada, y hoy vestía uno de sus trajes corporativos, sin los anillos del Pandemónium—. Pero todo lo que sirven aquí es orgánico, real.

​Sela recorrió la carta con una sonrisa de satisfacción ante el humor seductor de Deus. Se sentía observada por el resto de los comensales —la élite de Seattle—, pero esta vez no era la mirada depredadora de un cliente de club, sino la admiración ante una mujer de elegancia arrolladora. Le gustaba la sensación, y le gustaba aún más ver cómo Deus se esforzaba por mantener esa compostura de caballero que ella tanto le reclamaba.

​Pidieron platos que Sela solo había visto en anuncios de la matriz: salmón del Pacífico norte y vinos de calidad. Entre plato y plato, la conversación fluyó sin presión. Sela reveló que era principalmente vegetariana, pero que ante la posibilidad de auténtico salmón sin contaminar no dejaría pasar la oportunidad. Reía ante las descripciones cínicas que Deus hacía de algunos magnates presentes en la sala, y él, por su parte, se descubrió a sí mismo escuchando con absoluta fascinación los detalles triviales que ella compartía sobre sus gustos: su flor favorita, la música que la hacía llorar o cómo odiaba el sabor del café sintético de las máquinas expendedoras.

Un hombre de unos cincuenta años, con un traje de corte impecable que gritaba vicepresidente de división, se desvió de su camino para dirigirse a su mesa. Iba acompañado de una mujer enjoyada en exceso que mantenía una sonrisa de cortesía corporativa, aunque sus ojos no dejaban de evaluar con desaprobación el vestido de Sela.

​—¿Richard? ¡Pero si es Richard! —exclamó el hombre, forzando una jovialidad que no llegaba a sus ojos—. 

​Deus no perdió la compostura. Se limitó a asentir con una frialdad cortante.

​—Rupert. He leído que te va bien —respondió Deus, con un tono que invitaba a que la conversación fuera breve.

​Rupert soltó una carcajada artificial, pero sus ojos ya se habían desviado hacia Sela. A pesar de que intentaba mantener la mirada fija en Richard, sus pupilas se dilataban cada vez que se posaban en la elfa. Era una envidia cruda, la de un hombre acostumbrado a comprarlo todo y que, de repente, se encontraba frente a algo que el dinero no podía fabricar: una belleza que no parecía retocada sino nacida de un sueño.

​—No nos presentas a tu acompañante —dijo Rupert, con una mezcla de curiosidad malsana y despecho. Su esposa apretó el brazo de Rupert con una fuerza que hizo que la tela del traje se arrugara, notando cómo su marido recorría con la mirada el cuello y los hombros de Sela—. 

​Sela, notando la envidia que emanaba del hombre y el resentimiento de su esposa, mantuvo una expresión de serenidad absoluta. No bajó la mirada; al contrario, le dedicó a Rupert una sonrisa.

​—Se llama Sela —cortó Deus—. Estamos en un día de desconexion.

​Rupert tragó saliva, incapaz de apartar la vista de la elegancia natural de Sela. Miró a su propia esposa, luego volvió a mirar a la elfa, y por un segundo, su máscara de éxito se agrietó, dejando ver la frustración de quien sabe que, por muchas cuentas bancarias que posea, nunca tendrá a su lado a alguien que le mire con la lealtad y el fuego con el que Sela miraba a Richard.

​—Eso está muy bien, claro que sí. No querría interrumpir... —masculló Vance—. Nos vemos en la próxima junta, Richard. 

​El hombre se retiró, casi arrastrado por su esposa, quien caminaba ahora con una rigidez furiosa. Deus soltó un suspiro contenido y volvió su atención a Sela, que permanecía impecable.

​—Ese hombre daría la mitad de su fortuna solo por saber donde hay otra como tú —comentó Deus en voz baja con orgullo.

​—Que siga buscando —respondió Sela, tomando un sorbo de su vino con elegancia justo cuando, a lo lejos, Vance volvió a girar la cabeza, incapaz de evitar la punzada de envidia que le quemaba el pecho—. Los hombres como él solo saben poseer cosas. No tienen ni idea de lo que significa que alguien te elija.

​En ese restaurante de lujo, rodeados de opulencia, ambos parecieron olvidar por un momento el horror del Pandemónium y los asuntos que estaban en marcha en yates en otra parte de la ciudad. 
Por unas horas, simplemente fueron una pareja disfrutando de la compañía del otro, mientras el sol empezaba a bajar sobre el horizonte de acero y cristal de Seattle.



15 de Enero, 2065. Jueves. Restaurante Orizon, Queen Anne. 14:19

El ambiente de sofisticación y la burbuja de intimidad que habían construido frente a los restos de un postre de frutas exóticas se rompió con la vibración seca del teléfono de Deus  en su bolsillo. El sonido, aunque leve, resonó con la contundencia.
Deus frunció el ceño. Tomó el dispositivo y activó la pantalla táctil. El brillo azulado del terminal iluminó sus facciones.


DE: Mouse 2065/01/15 14:18 UTC-8
PARA: Deus
ASUNTO: Re:Re:Re:Re:Re:Re: Problemas en el Pandemonium

Piratear Yamatetsu puede ser extremadamente complicado. No me hablas de acceder a sus nóminas si no a sus proyectos de próxima generación. Además de perfectamente un mes, gastos de hard y soft necesarios, digamos 500.000. 

Estás pidiendo un trabajo gordo para un equipo, y en parte en las calles te lo cobrarían considerando que van a sacar infopasta al pasear por el sistema. No sería una estafa que te pidieran más. 


—¿Es de tus contactos? —preguntó ella en un susurro, dejando la cuchara de plata sobre el plato.

—Sí. ¿Te importa si lo respondo? 

—Adelante, no te preocupes —respondió Sela


DE: Deus 2065/01/15 14:20 UTC-8
PARA: Mouse
ASUNTO: Re:Re:Re:Re:Re:Re:Re: Problemas en el Pandemonium

No tienes que convencerme. Reúne un equipo de tecnomantes si lo necesitas por 500.000 neoyenes. Pero manténla a ella lejos de esto, que el equipo solo sepa lo suficiente. Recibirás el pago por adelantado para arrancar. Hazlo bien sis prisas. 


Deus tecleó brevemente antes de bloquear la pantalla y guardarse el teléfono en el bolsillo de nuevo. 

—¿Todo bien? —insistió ella.

—He dicho que hoy es para nosotros —respondió él con voz pausada, sosteniéndole la mirada—. Es una actualización de info. No voy a permitir que un email interrumpa la primera tarde que paso contigo.

Sela se reclinó en su silla, dejando que una sonrisa de genuina sorpresa y aprecio iluminara su rostro. Era el regalo de su atención absoluta y el respeto por la tregua que habían pactado.

—Vaya... —susurró ella—. Realmente estás cumpliendo tu palabra. 



15 de Enero, 2065. Jueves. Alaskan Way, Downtown. 15:39

Salieron del restaurante y decidieron que la noche exigía caminar. El trayecto hacia la costa fue un desfile silencioso en el que Sela se convirtió, inevitablemente, en el centro de atención de la calle. Envuelta en aquel vestido negro de noche, con su cabello platino era un imán para las miradas de los transeúntes. 
Deus caminaba a su lado, un paso más atrás, con una mano rozando protectoramente la parte baja de su espalda; su mera presencia y su aura de autoridad mantenían a raya a los curiosos, permitiendo que ella disfrutara del paseo sin ser importunada.

Al dejar atrás el laberinto de acero y cristal del centro, el paisaje se abrió de golpe. Llegaron al paseo marítimo, justo en el tramo de tablones y asfalto que conectaba el Pier 62 con el Waterfront Park. Allí, la ciudad artificial cedía su dominio a las fuerzas del océano, y el cambio fue completamente visceral.
El viento frío del estrecho de Puget los golpeó de frente. Era una brisa intensa y salvaje que arrastraba consigo el olor inconfundible a salitre, a algas húmedas golpeadas por la marea y al metal oxidado de los cargueros anclados en la bahía. Era un aroma crudo, rebosante de vida, un contraste brutal con el aire reciclado y perfumado que habían respirado en el restaurante.

El zumbido del tráfico quedó ahogado por el sonido rítmico e hipnótico del agua oscura y pesada chocando contra los gruesos pilotes de madera cubiertos de percebes. A lo lejos, el gemido profundo y vibrante de la sirena de un barco mercante cortó la tarde, mezclándose con el crujido constante de las pasarelas meciéndose bajo la fuerza del oleaje y el graznido de las gaviotas.

Sela avanzó hasta la barandilla metálica y apoyó las manos sobre el acero frío y humedecido. El viento marino jugueteaba de inmediato con su vestido, ciñendo la fina tela a su figura y haciendo ondear su melena blanca como si estuviera viva. Cerró los ojos e inspiró profundamente, dejando que la humedad y el frío le limpiaran los pulmones.

Deus se quedó un par de pasos atrás, observándola. En ese escenario, con la inmensidad del mar agitado a sus espaldas y la brisa desafiando su compostura, Sela no parecía un misterio que debiera resolver. Parecía, simplemente, perfecta.

Movido por un impulso impropio, sacó su teléfono del bolsillo. Esta vez no fue para leer un mensaje, sino para abrir la lente de la cámara.

—Sela —la llamó con voz suave, elevando el tono justo lo necesario para superar el rugido constante del viento y el mar.

Ella se giró, comprendió, y posó. El sutil clic digital se perdió de inmediato en la brisa marina, pero para Deus, fue el sonido de un recuerdo grabándose a fuego en su mente, un fragmento de belleza pura en un mundo que siempre estaba a punto de romperse.


El viento salado golpeaba el rostro de Deus mientras observaba a Sela apoyada en la barandilla. La foto que acababa de tomar permanecía en la pantalla de su teléfono, una imagen estática de una belleza que desafiaba toda lógica. Fue en ese momento, bajo el estruendo rítmico del agua contra la madera del muelle, cuando la duda —esa vieja conocida, fría y afilada— volvió a filtrarse por las grietas de su resolución.
Fijó la vista en la nuca de ella, donde el cabello plateado bailaba con la brisa. Se preguntó si aquel nudo en su estómago, aquella necesidad casi física de protegerla y la paz que sentía a su lado eran sentimientos nacidos de su propia alma o si, por el contrario, estaba siendo víctima de un diseño químico.
¿Y si aquel enamoramiento no era más que una respuesta química programada por los científicos de Yamatetsu para asegurar que cualquiera que la encontrara se convirtiera en su guardián ciego?
Le jodía pensar que su libre albedrío, aquello que tanto protegía, pudiera estar comprometido. Si sus sentimientos eran artificiales, entonces la conexión que sentía en ese instante frente al mar no era más que el éxito de un experimento.

Sela se giró, sonriéndole con una pureza que parecía imposible de manufacturar.
—¿Te gusta la foto? —preguntó ella, ajena al torbellino interno que lo devoraba.

—Mejor está mañana en bragas y sujetador, pero está también está bien.

El comentario cayó entre ambos con la contundencia de una verdad desnuda, cortando el rugido del viento y el murmullo del mar. Sela se quedó congelada un instante, con la barandilla fría aún bajo sus manos y la sonrisa a medio terminar. No esperaba que Deus rompiera la solemnidad del momento —y su propia fachada de caballero distante— de una forma tan directa y visceral.

​La sorpresa en su rostro dio paso, lentamente, a un rubor que subió por su cuello hasta teñir las puntas de sus orejas puntiagudas. No era una reacción de ofensa, sino el desconcierto de quien se descubre deseada por el hombre que hasta hace poco la miraba como si fuera un problema de lógica matemática.

​—Eres un idiota —murmuró ella finalmente, aunque no pudo evitar que una risilla nerviosa escapara de sus labios. Se apartó de la barandilla y caminó hacia él—. ¿Ese es el gran Deus? ¿Haciendo comentarios de colegial en medio del paseo marítimo?

​Le dio un pequeño empujón en el hombro, pero no se alejó. Al contrario, se quedó allí, invadiendo su espacio personal, obligándole a subir la mirada hacia ella.

​—Me habías pedido que fuera honesto —respondió él.

​Sela lo observó en silencio. El viento le azotaba el vestido contra las piernas y le enredaba el pelo, pero ella no apartó la vista. Notó que, a pesar de la broma, los ojos de Deus seguían albergando esa sombra de duda, ese torbellino que él intentaba ocultar. Pero lo que acababa de decir... eso era real. Era un hombre mirando a una mujer.

​—Bueno —dijo ella en un susurro, agachándose un poco para quedar más cerca de su oído—, al menos ahora sé que debajo de todas esas capas de mago serio y misterioso, hay alguien que presta atención a los detalles.

​Se separó un par de pasos, dándole la espalda para retomar el camino, pero lo hizo con un contoneo ligeramente más marcado, una respuesta silenciosa a la confesión de él.

​—Mañana no habrá ropa interior de encaje —añadió por encima del hombro—, así que más vale que guardes bien esa foto. Podría ser lo más real que tengas de mí.

​Deus se quedó quieto un segundo más, dejando que el aire salino le llenara los pulmones y guardó el teléfono. 
Caminaron un poco más, sintiendo cómo el entablado del muelle crujía bajo sus pies. Por un momento, decidió que ella era solo una mujer elfa que había tenido un día largo y que ahora disfrutaba del olor a mar.

—Me gusta este Deus —dijo ella, entrelazando su brazo con el de él, buscando su calor contra el viento marino—. Es mucho más agradable.

Deus apretó el brazo de ella contra su costado, sintiendo un nudo de culpa y ternura. Sabía que las respuestas llegarían, pero mientras el eco de las olas siguiera ahogando los susurros de Yamatetsu, él le regalaría el silencio.



15 de Enero, 2065. Jueves. Ático de Deus, Belltown. 17:01

El ascensor se deslizó hacia arriba acelerando mientras devoraba los 21 pisos. Dentro, el silencio era denso, interrumpido solo por el sutil zumbido de los motores magnéticos. Deus recordó a Lena Thompson, la madre de Sonia, años atrás en este mismo ascensor, y a Cassie con la cámara, pero desecho un recuerdo que en presencia de Sela se le antojaba casi un insulto. 

Deus sintió cómo el ascensor empezaba a desacelerar suavemente al aproximarse al ático. El marcador digital indicaba que estaban a pocos isos de su ático.
Un suave climb anunció la llegada. Las puertas se deslizaron con un susurro neumático, revelando el salón de mármol del ático en penumbra, con las luces automáticas encendiéndose gradualmente al detectar su llegada.

Sela no salió de inmediato. Se quedó en el umbral, mirándolo con una mezcla de alegría, gratitud, y tristeza. 
—Gracias por lo de hoy, necesito días así. 

Sela salió al mármol del recibidor con elegancia. Deus aceleró el paso para interceptarla e hizo una reverencia inclinándose con la elegancia de un artista que lo tenía ensayado.

—¿Que le apetece a la princesa ahora? 

—A la princesa le apetece quitarse estos tacones, que son un invento de algún torturador de la zona alta, y que le sirvas esa copa de vino que me has prometido mientras buscamos algo que ver.

Deus se arrodilló delante de ella, en un claro gesto para quitarla los zapatos. 
Sela soltó un pequeño jadeo, atrapada por la sorpresa mientras sentía el calor de las manos de Deus rodeando sus tobillos. Aquel hombre tan poderoso, ahora arrodillado a sus pies como un humilde servidor, hizo que el aire se le quedara atrapado en los pulmones. Un rubor intenso, nacido de una mezcla de vulnerabilidad y desconcierto, le encendió las mejillas y le hizo desviar la mirada hacia las luces de la ciudad, incapaz de sostenerle el contacto visual.

—No hace falta, puedo hacerlo yo sola —murmuró con la voz quebrada por la vergüenza, aunque no retiró el pie, permitiendo que él soltase el cierre con una delicadeza que la hacía sentir más expuesta que si estuviera desnuda—. Me da vergüenza. 

—Ese es tu problema, no el mio.

Sela sintió un escalofrío cuando escuchó esa frase. Se mordió el labio inferior, observando cómo él deslizaba el zapato fuera de su pie con una parsimonia casi ritual, sintiéndose desarmada por esa sonrisa que mezclaba la arrogancia del mago con una ternura que la confundía profundamente.

—Es una forma muy peligrosa de jugar, Deus —respondió ella en un susurro, bajando finalmente la vista para encontrarse con la suya, mientras dejaba que su pie descalzo descansara con timidez sobre la rodilla de él—. Porque si me convences de que soy importante, luego tendrás que hacerte responsable.

Deus tomó el pie izquierdo con la misma reverencia, deshaciendo el cierre con una precisión quirúrgica que contrastaba con la intensidad de su mirada.
Cuando el segundo zapato fue depositado a un lado, el contacto de las plantas de sus pies contra el mármol fue como un latigazo de realidad. El frío de la piedra subió por sus piernas, erizándole la piel, mientras la penumbra del salón envolvía la escena en una atmósfera casi sagrada. Ella no se movió, ni siquiera cuando se encontró descalza y vulnerable ante él; simplemente se quedó allí, suspendida en ese vacío de palabras, observando cómo él seguía arrodillado, como si el tiempo se hubiera detenido.

—Me responsabilizo de todo lo que tenga que ver contigo. 

Sela dejó escapar un suspiro tembloroso, una exhalación que pareció disolver la última barrera de orgullo que la mantenía rígida. Bajó la mirada hacia sus propios pies descalzos sobre el mármol y luego la subió lentamente hasta los ojos de él, con una expresión donde el miedo a lo desconocido luchaba contra una gratitud abrumadora.

—Esa es la promesa más aterradora que me han hecho en toda mi vida, porque casi suena a que lo dices en serio —contestó ella—. Pero si vas a cargar conmigo, espero que ese vino sea realmente bueno, porque me va a hacer falta valor para no salir corriendo de aquí ahora mismo.

—¿Cargar contigo? Ok

Sela dejó escapar un grito ahogado, una mezcla de risa nerviosa y pura sorpresa, cuando sintió que el mundo se inclinaba bruscamente. De repente, el frío mármol ya no estaba bajo sus pies; en su lugar, sintió la solidez de los brazos de Deus envolviéndola con una facilidad que la dejó sin aliento. El brazo que sostenía sus rodillas la presionó contra él, mientras que el otro, firme en su espalda, la obligó a buscar un punto de apoyo instintivo.

​—¡Deus! —exclamó, rodeándole el cuello con los brazos para no caer, aunque la estabilidad que sentía era absoluta—. Eres un exagerado...

​Se quedó allí, suspendida, con el rostro a pocos centímetros del suyo. Podía sentir el latido constante de Deus y el aroma de su perfume mezclándose con la cercanía del momento. Su vergüenza anterior se transformó en una fascinación silenciosa al verse elevada así, como si su peso no fuera más que un pensamiento ligero para él.

​—Parece que hablabas en serio lo de la responsabilidad —murmuró, relajando finalmente la tensión de sus hombros y apoyando la mejilla cerca de su oído, mientras una sonrisa incontenible aparecía en sus labios—. Está bien, gracioso. Me rindo. Llévame a ese vino.

Deus inició el ascenso por la escalera de caracol con una parsimonia deliberada, como si cada escalón fuera un territorio que quisiera saborear. Sela, con el rostro hundido en el hueco de su cuello, sentía el movimiento rítmico de sus músculos bajo la camisa; no había rastro de esfuerzo, solo una potencia contenida y constante. Al pasar junto a la piscina iluminada, el reflejo azul del agua bailó en las paredes de cristal, envolviéndolos en una atmósfera líquida y silenciosa.

Sela lo observó de reojo mientras cruzaban el umbral de la sala de cine. Notó la forma en que él la sujetaba, no solo con firmeza, sino con una posesividad tranquila.

—Eres un tramposo, Richard —susurró con una sonrisa lánguida mientras él se acercaba a los grandes divanes de terciopelo—. Estás disfrutando de esto. ¿Me vas a bajar ya o piensas ver la película conmigo así?

—Elijo la segunda opción, mi lady.

Sela soltó una carcajada suave, un sonido cristalino que pareció rebotar en las paredes de terciopelo de la pequeña sala. Se acomodó mejor en su regazo, dejando que su cuerpo se hundiera contra el pecho de Deus mientras él tomaba asiento en el inmenso diván. La sensación de ser sostenida con tanta seguridad, la hizo sentir extrañamente protegida.

—Vaya, así que el gran mago ha decidido ser un poco egoísta esta noche —dijo ella, entrelazando sus dedos detrás de su nuca y mirándolo con una chispa de desafío en sus ojos plateados—. Me parece bien. Pero te advierto que si me quedo así, vas a tener que esforzarte mucho para que preste atención a la pantalla y no a lo que sea que estés tramando bajo esa mirada de suficiencia.

Se inclinó un poco más, rozando con la punta de su nariz la mandíbula de él, disfrutando de la posición de poder que, paradójicamente, le otorgaba estar en sus brazos.
—Sirve ese vino, Richard. 

—Mi lady, para eso debería soltaros —su sorpresa era impostada. 

Sela soltó un suspiro dramático, aunque la curva juguetona de sus labios la delataba por completo. Se permitió recostarse un poco más contra él, disfrutando de la ironía de la situación: el hombre más capaz de la ciudad estaba atrapado por ella.

​—Oh, qué tragedia —murmuró ella, fingiendo una aflicción que no sentía—. El gran mago, derrotado por el simple dilema de una copa de vino y una mujer en brazos.

​Apoyó la barbilla en su hombro, quedando tan cerca de su oído que su aliento apenas rozó su piel.

​—¿Y qué vas a hacer ahora, Richard? ¿Usarás telequinesis para traer las copas, o vas a admitir que te gusta tenerme aquí arriba mucho más de lo que te apetece beber? Porque, si me sueltas para servir el vino, puede que no te deje volver a elegir la segunda opción.

—A la mierda el vino.

—A la mierda el vino, entonces.

Apoyó la cabeza en el hueco de su cuello, dejando que el silencio de la sala la envolviera por completo.

—Listado de películas, filtra las que estén puntuadas como 8 o más.

La pantalla cobró vida mostrando un menú de caratulas, y la voz de mujer sintetizada surgió del equipo de sonido de la sala

—Filtradas obras con calificación superior a 8.0. Treinta y dos títulos disponibles en el género de cine negro.

Sela dejó que una de sus manos descansara sobre la camisa de él, justo encima de donde sentía sus latidos.

—Cine negro... —repitió ella—. ¿Es tu género preferido? Algo de comedia parece más oportuno ahora mismo. ¿Qué vas a poner? 

—Me da igual, no voy a dejar de mirarte.

—Mírame todo lo que quieras.

Deus se quedó mirándola. Aspirando en la cercanía la respiración que exhala la elfa entre sus labios, y notando su cuerpo bajo su vestido. 

Sela sintió que el mundo exterior desaparecía, reducido únicamente al espacio entre su boca y la de Deus. La proximidad era tan extrema que podía sentir el calor húmedo de su aliento, un aire que ella inhalaba como si fuera su único sustento. Pero entonces, a través de su vestido y la cercanía absoluta de sus cuerpos, percibió la evidencia física e inequívoca de su deseo.

Un estremecimiento recorrió su columna, una descarga eléctrica que la hizo tensarse y relajarse al mismo tiempo contra él. Sus pupilas verdes se fijaron en las de Deus, cargadas de una comprensión nueva y ardiente.

—Vaya... —susurró, y esta vez no hubo rastro de burla en su voz, solo una confesión ronca que delataba su propia agitación—. 

Se presionó un poco más contra él, casi de forma inconsciente, desafiando la frontera que los separaba mientras su mano subía por su nuca para enredar los dedos en su pelo.

El silencio de Deus se volvió más pesado que cualquier palabra. No había rastro de la habitual respuesta rápida o del comentario mordaz; solo esa mirada fija, oscura y devoradora, que parecía estar cartografiando cada milímetro de la expresión de Sela.
Ella sostuvo el contacto visual, atrapada en esa parálisis eléctrica. 
Sela entreabrió los labios, a punto de decir algo, pero la intensidad que emanaba de él la hizo callar. Se dio cuenta de que no estaba ante el mago calculador, sino ante alguien que la deseaba con una urgencia que rozaba lo peligroso. El roce de sus respiraciones era lo único que existía, un lazo invisible que se tensaba más con cada segundo de ese silencio compartido. Ella dejó que su mano, aún enredada en su cabello, tirara imperceptiblemente hacia adelante, acortando la distancia que él se negaba a romper, esperando a que fuera él quien cruzara la última línea.

Pero Deus no se inmutó. 

Sela notó la vibración de los músculos de Deus, una rigidez de acero que recorría sus brazos y su mandíbula. Era evidente que estaba librando una guerra interna, usando cada gramo de su voluntad para no acortar los escasos milímetros que los separaban. Sus ojos, aunque nublados por el deseo, mantenían una chispa de ese orden férreo que lo definía.

—Es increíble —susurró ella, su voz apenas un hilo de aire que rozó los labios de él—. Incluso ahora intentas ser el dueño de la situación —continuó, con una sonrisa lánguida y cargada de una electricidad peligrosa—.

Sela dejó caer la cabeza ligeramente hacia atrás, exponiendo su garganta, pero sin apartar los ojos de los suyos. El contraste entre la urgencia de su cuerpo y la inmovilidad de sus labios era una frontera invisible que ella empezaba a encontrar insoportable.

—Besarse es cosa de dos, mi lady.

Sela dejó escapar una risa corta, casi un jadeo, al comprender la jugada. El desafío de Deus era una invitación disfrazada de cortesía, un muro de cristal que él se negaba a romper solo para obligarla a ella a dar el paso final. Él quería que ella fuera la que reclamara ese espacio, que abandonara su papel de espectadora para convertirse en cómplice.

—Qué cruel eres... —murmuró, sintiendo cómo el calor de la erección de él seguía presionando contra su muslo, recordándole que, aunque sus labios estuvieran quietos, su cuerpo no mentía.

Ella deslizó las manos por sus mejillas, enmarcando el rostro de Deus con las palmas. Notó la piel tensa, la mandíbula apretada y la mirada fija que parecía aguardar el impacto. Sela no se lo pensó más. Se inclinó hacia delante, eliminando el último suspiro de aire que los separaba, y presionó sus labios contra los de él.
Fue un beso que nació de la urgencia contenida de toda la noche, un choque de ansia y reconocimiento que barrió de un plumazo cualquier rastro de etiqueta o autocontrol que quedara en aquella sala de cine. Sela lo besó con la fuerza de quien necesita anclarse a algo real en medio de tanto misterio, sintiendo cómo, al fin, la rigidez de Deus se quebraba bajo su contacto.

En el momento en que sus labios se encontraron, el silencio de la sala se llenó con el sonido de su respiración entrecortada y el roce húmedo de sus bocas. Deus, cuyo autocontrol se había quebrado por fin, la estrechó contra sí con una fuerza posesiva, anulando cualquier distancia entre ellos. Una de sus manos subió instintivamente por la nuca de Sela, enredándose en su cabello albino para sujetarla con firmeza, mientras la otra se presionaba contra su espalda baja, atrayéndola aún más hacia su cuerpo.
Sela respondió con igual intensidad. Sus manos, que antes acariciaban su rostro, subieron por sus hombros para rodearle el cuello, aferrándose a él como si temiera que el mundo se desmoronara a su alrededor. Se arqueó contra él, buscando el calor de su cuerpo a través de la seda del vestido, entregándose al torrente de sensaciones que la invadía.
El beso se volvió más profundo, más explorador. No era un beso suave, sino una colisión de deseo contenido, una lucha silenciosa por el dominio que ambos estaban perdiendo. Sus lenguas se encontraron y se entrelazaron en una danza frenética, compartiendo el sabor y el calor de sus bocas. 

La luz de la pantalla seguía bañando sus rostros con un brillo plateado, proyectando sombras alargadas que se retorcían en las paredes de terciopelo, como si la propia oscuridad estuviera bailando al ritmo de su pasión.
Durante un tiempo indeterminado, el mundo exterior dejó de existir. Solo existía el sabor de sus besos, el calor de sus cuerpos y el sonido de sus corazones latiendo al unísono, rompiendo el silencio del ático con la fuerza de un deseo que por fin había encontrado su camino.

Cuando Deus finalmente se separó de ella, el silencio que los envolvió ya no fue tenso, sino reverencial. Sus respiraciones aún se mezclaban, pesadas y erráticas. Él apoyó la frente contra la de Sela, cerrando los ojos por un instante, como si necesitara reunir el valor que le había sobrado para enfrentarse a los peores horrores del mundo, pero que le faltaba en ese preciso segundo. 
Cuando volvió a mirarla, toda la arrogancia del mago había desaparecido; solo quedaba el hombre, desnudo en su vulnerabilidad.

—Te he soñado durante tres años —susurró, con la voz rota por una devoción tan profunda que hizo temblar el aire entre ellos—. Te he soñado noche tras noche y te he buscado en otras mujeres, intentando desesperadamente encontrar un eco, un mero reflejo de lo que me hiciste sentir sin siquiera tocarme. Pero todas eran sombras vacías, Sela. Tú te habías convertido en el único centro de mi vida.

Deus acarició la mejilla de la elfa con el pulgar, trazando la línea de su pómulo con una delicadeza absoluta, como si temiera romperla.

—He corrido la sombras —continuó, y sus palabras resonaron con la gravedad de una confesión inquebrantable—. He destrozado a cualquiera que se atreviera a cruzarse en mi camino, y conquistado todo lo que me he propuesto, convencido de que era intocable. Pero mírame ahora... estoy aterrado. Tengo miedo a no ser capaz de transmitirte la inmensidad de lo que significas para mí.

Sus pupilas oscuras buscaron el brillo plateado de los ojos de ella, despojadas de cualquier escudo, suplicando que comprendiera la magnitud de su verdad.

—Lo dejaría todo sin dudarlo un puto segundo si con eso pudiera pasar el resto de mi vida exactamente donde estaba hace un rato: arrodillado a tus pies. Existiría solo para colmar cada uno de tus deseos, porque desde el primer instante en que te vi en el Pandemonium, fuiste, eres y serás siempre mi mayor deseo.

Sela se quedó suspendida en un vacío repentino, con las palabras de Deus vibrando en su pecho como una melodía hermosa que, de pronto, desafinaba. El peso de esa declaración de amor era inmenso, pero una grieta se abrió en su mente.
El recuerdo de la noche anterior emergió como una marea negra y gélida: el dolor, la indefensión y la parálisis. Por un instante, los brazos de Deus se sintieron demasiado recios, demasiado parecido a una presión que no podía controlar, y un escalofrío violento recorrió su espalda, erizándole la piel de los brazos.
Cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados para luchar contra las imágenes de la maldita oficina del club que amenazaban con devorarla. 
Sin embargo, no lo empujó. En lugar de eso, sus manos se aferraron con desesperación a la camisa de él, arrugando la tela.

—Deus... —su voz salió como un susurro roto, una mezcla de gratitud y agonía—. Eso es lo más bonito que nadie me ha dicho.

Abrió los ojos, empañados por unas lágrimas que se negaban a caer, y lo miró con una mezcla de amor y terror. El eco de la violación seguía allí, una sombra que empañaba el brillo de la declaración de Deus, haciéndola sentir que no era digna de esa pureza, o que su cuerpo estaba demasiado marcado para ser el "centro" de nada.

—Pero anoche... —continuó, apoyando la frente contra su pecho, buscando el latido de su corazón para calmar el temblor de sus propias manos—. Por favor... no me sueltes, pero ve despacio. Hoy no. 

Se quedó allí, refugiada en él, aceptando su amor como un bálsamo.



15 de Enero, 2065. Jueves. Ático de Deus, Belltown. 21:36

La luz del pasillo era tenue, creando largas sombras que se proyectaban sobre la alfombra de diseño mientras ambos se detenían frente a la puerta de la suite de Sela. El ambiente todavía vibraba con la intensidad de lo ocurrido en la sala de cine, pero ahora todo se sentía más pausado, envuelto en una calma protectora.

​Deus la soltó con una lentitud casi mística, asegurándose de que ella recuperara el equilibrio antes de alejarse un solo centímetro. La miró con una ternura que contrastaba profundamente con su reputación de hombre implacable, como si ella fuera el tesoro más frágil y valioso que jamás hubiera custodiado.

​—Buenas noches, princesa —murmuró, su voz bajando un octavo de tono, resonando suavemente en el pasillo vacío—.

Sela se apoyó contra el marco de la puerta. Lo miró a los ojos, dejándose envolver por esa devoción que él le ofrecía sin condiciones

​—¿Quieres que me quede en la puerta? —preguntó con total seriedad, ofreciéndole la seguridad de su presencia física—. Puedo ser tu guardia si quieres.

​Sela lo observó, notando cómo él parecía dispuesto a mover el cielo y la tierra solo por verla sonreír un instante.

—No —respondió ella con una sonrisa suave.

​—Y dime... ¿puedo organizarte alguna sorpresa para mañana? —añadió, dejando entrever un atisbo de esa determinación suya por colmar sus deseos—. Me gustaría que el primer pensamiento que tengas al despertar sea  algo que te haga desear que el día empiece.

Dio un paso hacia el interior de la suite, pero se detuvo y volvió el rostro hacia él. La oferta de la sorpresa la hizo dudar un segundo, no por desconfianza, sino porque todavía le costaba procesar que alguien quisiera dedicar tanto esfuerzo simplemente a verla feliz.

—Sorpréndeme —Sela hizo una pausa, y por primera vez en la noche, una chispa de genuina ilusión asomó a su mirada—.  Hazme olvidar que estamos en Seattle. 


15 de Enero, 2065. Jueves. Ático de Deus, Belltown. 21:54.

Deus permaneció solo en la inmensidad del salón, una silueta oscura recortada contra el resplandor de la metroplex. Encendió un cigarrillo con un gesto mecánico, y la pequeña llama iluminó por un instante la severidad de sus rasgos antes de que el humo comenzara a serpentear hacia el techo, fundiéndose con las sombras del ático.

​Frente a él, Seattle se desplegaba como un organismo vivo de metal, silicio y neón. Desde aquella altura, la ciudad no era más que un laberinto de luces de colores: el dorado luminoso de la pirámide de Aztechnology, la sombra iluminada de la arcología Renraku,  o la aguja espacial, que escondían la niebla del estrecho de Puget. 

​El ventanal, de un cristal tan puro que parecía inexistente, lo separaba del rugido sordo de la ciudad. Abajo, en las sombras de los callejones que el neón no lograba alcanzar, la vida era violenta y rápida, pero allí arriba, el tiempo parecía haberse detenido. Deus exhaló una densa nube de humo.

​La vista era soberbia, una estampa de poder absoluto sobre el Sprawl, pero sus ojos no buscaban los rascacielos. Su mirada se perdía en el reflejo del cristal, buscando la imagen de la puerta que acababa de cerrarse tras Sela. Para el hombre que podía reclamar aquel horizonte como propio, el único punto de luz que realmente importaba en toda la extensión de Seattle era el que brillaba ahora mismo al otro lado de esa pared. El resto del mundo, con su ruido y su acero, no era más que un decorado innecesario.

Deus apartó la mirada del horizonte eléctrico y extrajo su terminal del bolsillo interior de la chaqueta. La luz fría de la pantalla bañó su rostro. Sus dedos, largos y precisos, se movieron sobre la superficie de cristal con una agilidad mecánica, casi rítmica.

Tras unos segundos de búsqueda, abrió una ventana de redacción nueva. Se quedó un instante inmóvil, con el cigarrillo olvidado entre los labios y la ceniza a punto de caer, mientras meditaba lo que estaba a punto de escribir. 

Finalmente, sus pulgares danzaron sobre el teclado. El golpeteo sordo de sus yemas contra el dispositivo era el único sonido que competía con el zumbido lejano del aire acondicionado. Una vez terminado, Deus pulsó el icono de envío. 


DE: Deus 2065/01/15 21:55 UTC-8
PARA: Elena Stonier
ASUNTO: Re: [Vacío]

Quiero agradecerte tu compromiso. No creas que soy ajeno a tu ayuda. En unos días me acompañaras ante la orden masónica de Seattle. Sería conveniente que leyeses intensivamente sobre estos caballeros para causar una buena impresión. Gracias Elena. 


DE: Deus 2065/01/15 21:56 UTC-8
PARA: Henry
ASUNTO: Un favor personal

Buenas noches, Gran Maestre. Sé que te debo una visita pero diversos asuntos me mantienen ocupado. Lamento escribirte sin una llamada, pero sabes que los rodeos no van conmigo. Quiero pedirte un favor personal. He prometido a una maga de RRHH de Yamatetsu que os hablaría bien de ella para que la acogieseis en la Orden. 

Es una joven comprometida que creo que superará la iniciación con la guía adecuada. Habla con los hermanos. Cuando os la presenté, me gustaría que consideraseis que acude bajo mi nombre, y que el trato que la deis a ella es como si me lo dieseis a mí mismo. Hazte cargo de mi necesidad y comentalá con los hermanos. Llamamé mañana si es posible. 


El terminal emitió un leve pulso vibratorio, confirmando que el mensaje había abandonado el ático para perderse en la matriz.



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