Un matrimonio destruido


8 de Febrero, 2057. Miércoles. Pirámide Aztechnology, Downtown. 18:07

El aire en el Gran Salón de la Pirámide de Aztechnology era denso, impregnado de un incienso sintético que evocaba el copal de las selvas de Aztlan. Las estelas de basalto y las esculturas de serpientes emplumadas, traídas bajo estrictos protocolos de seguridad desde el corazón de Tenochtitlan, proyectaban sombras alargadas bajo los focos halógenos. Para la mayoría de los asistentes, esto era un ejercicio de relaciones públicas; para Sonia, era como respirar un aire que conocía demasiado bien.

​Acompañaba a sus padres, Michel y Lena, moviéndose con la elegancia depredadora de quien sabe que su presencia es una nota discordante en una sinfonía de trajes grises. El vestido de seda con estampado de leopardo se ceñía a su figura, con un escote que desafiaba la sobriedad del evento y que hacía que Michel Guzmán mantuviera una mandíbula rígida, saludando a sus colegas corporativos con una cortesía forzada.

​—Sonia, por favor, mantén la compostura —susurró Lena, ajustándose nerviosa el chal mientras caminaban hacia la zona de exhibición de las piezas de la fase II—. Tu padre está tratando de cerrar un acuerdo con la división de Logística. No es el momento de... de ser el centro de atención de esta manera.

Sonia no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron la superficie rugosa de una piedra de sacrificio original, apreciando la técnica de tallado que había estudiado durante su máster.

​—Es una pieza magnífica, mamá. El basalto está perfectamente conservado —comentó Sonia con voz profesional, ignorando el reproche—. Pero estas piedras tienen más fuego que la mitad de los directivos que hay en esta sala. Si les molesta mi escote, quizá deberían mirar más a los dioses y menos a mi pecho.

​Michel soltó un suspiro contenido, apartándose para estrechar la mano de un ejecutivo de nivel medio. Sonia aprovechó el momento de distracción familiar para distanciarse unos pasos, sintiéndose sofocada por la vigilancia parental. Necesitaba un trago.

— Champagne para mí, porfavor. 

​El camarero, de rasgos afilados y uniforme impecable con el emblema de Aztechnology, asintió con una eficiencia robótica mientras terminaba de preparar un cóctel para un directivo cercano. Richard aguardaba su turno con la quietud de una estatua, su traje Iron Executive perfectamente ajustado, proyectando la imagen de un consultor externo o un inversor de éxito. Gracias a su maestría en la metamagia, su firma astral era un murmullo plano, indistinguible del ruido de fondo emocional de la sala; para cualquier mago de seguridad que patrullara el plano astral, Richard era simplemente otro cuerpo con nuyens en el bolsillo.

A su derecha, Sonia recibió su copa de champán. El cristal tallado tintineó levemente cuando ella lo tomó. Aunque su padre, Michel, seguía a unos metros enfrascado en una conversación sobre cuotas de exportación con un colega de la división de Logística, ella había logrado ganar un espacio de libertad. Sus ojos, acostumbrados a analizar la autenticidad de las piezas arqueológicas y la veracidad de las fuentes periodísticas, se posaron sobre el hombre que acababa de llegar a la barra.

Había algo en la forma en que Richard ocupaba el espacio que atrajo su atención de inmediato. No era la arrogancia ruidosa de los cachorros corporativos, sino una solidez contenida. Sonia bebió un sorbo, dejando que las burbujas le hicieran cosquillas en la garganta mientras apreciaba, con una mirada que recorría de forma poco disimulada el perfil de Richard, la calidad del corte de su traje.

—Espero que no planees pedir un simple sintetizado de soja —dijo ella, rompiendo el silencio con una voz aterciopelada y segura, sin apartar la vista de él—. En esta pirámide se jactan de tener los mejores licores de importación de Aztlan, y sería un pecado frente a Tezcatlipoca no aprovecharse del presupuesto de representación de la empresa.

Se giró levemente hacia él, apoyando un codo en la barra de obsidiana. El estampado de leopardo de su vestido captó los reflejos dorados de la iluminación ambiental, y su escote, acentuado por su postura relajada, quedaba justo en el campo visual periférico de Richard.

—Soy Sonia Guzmán —se presentó con una sonrisa que mezclaba la cortesía de una anfitriona con una chispa de curiosidad genuina—. 

—¿Que debiera pedir entonces según su opinión, señorita Guzmán?—respondió Richard sin mirarla.

El camarero se detuvo frente a Richard, con el mezclador de cromo en la mano, esperando una señal mientras la tensión entre ambos se materializaba en el aire estéril de la pirámide. Richard mantenía la vista al frente, clavada en la hilera de botellas de cristal importado, ofreciendo a Sonia solo la línea dura de su mandíbula y la impecable factura de su traje.

Sonia dejó escapar una risa breve, un sonido bajo y gutural que vibró en su garganta. No le molestó la falta de contacto visual; al contrario, la frialdad de Richard actuó como un catalizador para su curiosidad. Se inclinó un poco más hacia él, lo suficiente para que el calor de su cuerpo y el aroma a sándalo de su piel invadieran el espacio personal del hombre.

—Si quiere honrar el suelo que pisa, pida un tequila de reserva, de las tierras altas de Jalisco. Nada de mezclas químicas de Seattle —dijo ella, señalando con un dedo de uña perfectamente lacada una botella de cerámica oscura tras la barra—. Tómelo solo. Sin sal, sin limón. El fuego de Aztlan no necesita adornos para quemar como es debido.

Sonia giró el cuerpo por completo hacia él, apoyando la espalda en la barra de obsidiana. Sus padres seguían a unos metros, pero para ella, en ese momento, el resto de la exposición arqueológica se había vuelto un decorado borroso. Sus ojos recorrieron el brazo de Richard, apreciando la anchura de sus hombros bajo la tela del Iron Executive.

— Dos tequilas reserva, sin sal, sin limón —pidio Richard.

El camarero asintió con una reverencia mínima y comenzó a servir el líquido ambarino en dos copas de cristal pesado. El sonido del chorro golpeando el fondo del vaso fue lo único que rompió el silencio cargado de electricidad entre ambos.

Cuando Richard se giró por fin, no lo hizo con la timidez de un invitado o la cortesía de un subordinado. Su mirada fue un escáner lento, deliberado y hambriento. Recorrió el valle profundo de su escote, donde la piel de Sonia brillaba bajo las luces de la pirámide, se detuvo un instante en la curva de sus labios y luego bajó, trazando la línea de sus caderas ceñidas por el estampado de leopardo hasta llegar a sus pies, para finalmente anclarse en sus ojos con una intensidad que hizo que la respiración de ella se entrecortara.

Sonia no apartó la vista. Al contrario, humedeció sus labios con la punta de la lengua, aceptando el desafío visual. Sentía el calor subir por su cuello, una chispa que nacía en su vientre y se extendía como el fuego solar que su tradición tanto veneraba. Aquel hombre no solo sabía mirar; sabía reclamar el espacio.

El camarero depositó los dos vasos de cristal pesado sobre la barra de obsidiana con un golpe sordo y elegante. El aroma del agave auténtico, terroso y con un toque de humo, se elevó de inmediato, compitiendo con el perfume de sándalo de Sonia.

Ella recibió el escrutinio de aquel hombre sin retroceder un milímetro. Sintió el recorrido de su mirada como una caricia física, lenta y deliberada, que bajaba por su escote y trazaba la línea de sus piernas bajo la seda de leopardo antes de volver a anclarse en sus ojos. Sonia arqueó una ceja, manteniendo una sonrisa enigmática que apenas curvaba la comisura de sus labios. Había una chispa de reconocimiento en su interior; aquel hombre no miraba como un contable que admira un balance de beneficios, sino como alguien que sabe evaluar el peligro y la belleza en la misma proporción.

—Veo que ha decidido dejar de lado la cortesía de los catálogos —dijo ella en un susurro bajo, su voz teñida de una suavidad peligrosa—. Me gusta. Las piedras de esta sala son mudas, pero usted parece tener mucho que decir con la mirada.

Sonia tomó su vaso, rodeando el cristal con sus dedos de uñas lacadas, pero no bebió de inmediato. Dejó que el calor del tequila se mezclara con la tensión que flotaba entre ambos, una electricidad que se sentía casi como un zumbido en el plano astral que ella tanto se esforzaba por ignorar en presencia de su padre.

—Por el fuego de Aztlan —murmuró, alzando levemente el vaso hacia él en un brindis silencioso—. Y por los encuentros que no figuran en el programa oficial de la noche.

Bebió un sorbo corto, dejando que el licor le quemara la punta de la lengua antes de deslizarse por su garganta. El calor fue instantáneo, un recordatorio de las tierras altas de Jalisco que tanto extrañaba de sus días en Tenochtitlan. Cerró los ojos un instante, saboreando la pureza del destilado, y cuando los abrió, su mirada se había vuelto un poco más densa, más enfocada en el hombre que tenía delante.

—Dígame —continuó, apoyando de nuevo el codo en la barra y reduciendo la distancia apenas unos centímetros, lo justo para que él pudiera sentir el calor que emanaba de su piel—, ¿es usted siempre así de... directo cuando algo le llama la atención, o es que el aire de la pirámide le está afectando a los modales?

—Me tengo por relativamente directo en cuestiones de mujeres, señorita Guzmán. En su caso, ese vestido y su escote permítame decirla que la convierten en la mujer más atractiva de la sala. De la pirámide, probablemente. —Richard bebió medio tequila de un trago. 

El tequila bajó por la garganta de Richard como lava líquida, pero él ni siquiera pestañeó. Mantuvo su mirada fija en ella, con una calma que contrastaba violentamente con la energía eléctrica que Sonia sentía bullir bajo su propia piel.

Sonia dejó escapar un suspiro suave, una mezcla de alivio y una satisfacción casi felina al escuchar sus palabras. No era el típico halago vacío de un subordinado de su padre; había una seguridad pesada en su voz, el tono de un hombre que no dice las cosas para agradar, sino porque son verdad.

—Directo y con buen gusto. Una combinación escasa en este sector del Sprawl —respondió ella, bajando el tono de voz.

Se inclinó hacia él, apoyando el antebrazo en la barra de obsidiana. Al hacerlo, el escote que él acababa de elogiar se acentuó todavía más, rozando casi el borde del mostrador. Sonia lo miró desde abajo, a través de sus pestañas, permitiendo que su curiosidad se filtrara sin filtros corporativos.

—La mayoría de los hombres aquí están demasiado ocupados calculando el valor de las acciones como para notar el valor de lo que tienen delante. Me halaga que su diagnóstico sea tan... exhaustivo —ella hizo una pausa deliberada, humedeciendo sus labios mientras sus ojos escaneában la mandíbula de él—. Pero me pregunto qué hace un hombre tan observador solo en una barra, ignorando las reliquias por las que ha pagado una entrada nada barata.

Sonia tomó su propio vaso y terminó el tequila que quedaba con un movimiento elegante de su cuello, dejando que la calidez del alcohol alimentara el fuego que Richard había encendido con su mirada.

—Dígame —continuó, su voz ahora un ronroneo que apenas superaba el rumor de la música ambiental—, ¿ha venido a estudiar la historia de mi pueblo... o prefiere que le cuente yo misma los secretos que esas piedras no se atreven a decir?

—Iba a tomar una copa antes de dedicarme a las piezas. Me sentiría complacido si usted fuese mi guía. ¿Es aficionada a la historia Azteca, puedo suponer?

Sonia soltó una risita suave, un sonido que vibró con una nota de picardía. Dejó el vaso vacío sobre la barra y se giró por completo hacia él, reduciendo la distancia hasta que el calor que emanaba de su piel, acentuado por el tequila, fue casi palpable.

—Aficionada es una palabra demasiado modesta, caballero —dijo ella, entornando los ojos con un brillo de orgullo intelectual que no lograba ocultar su flirteo—. Soy arqueóloga. Hice mi máster precisamente sobre estas piedras, y pasé un año en Tenochtitlan desenterrando secretos que harían que a la mitad de estos ejecutivos se les cortara la digestión.

Extendió una mano hacia la sala, señalando una impresionante estatua de Coatlicue que dominaba el centro de la estancia, pero sus ojos volvieron rápidamente a los de Richard, fijándose en ellos con una intensidad depredadora.

—Conozco cada talla, cada sacrificio y cada ritual de sangre que estas piezas representan. Si me permite ser su guía, le advierto que mi recorrido no es el que viene en los videos de la corporación. Yo prefiero hablar de la pasión y el poder que hay detrás de la roca, no de su valor en el mercado de subastas.

Sonia se inclinó un poco más, dejando que su hombro rozara ligeramente el brazo del Iron Executive de Richard. Su voz descendió a un murmullo cómplice, cargado de una promesa que iba mucho más allá de una lección de historia.

—¿Está seguro de que quiere que yo sea su guía? Podría terminar aprendiendo mucho.

—Si lo que quiere es follar, la propongo que me enseñe tranquilamente las piezas, y despues puede llevarme a su piso sin indirectas. Entiendo que vive aquí en la pirámide.

La franqueza de Richard cayó sobre Sonia como una descarga eléctrica, directa y sin filtros, rompiendo la burbuja de sutiles juegos de palabras que ella misma había tejido. Durante un segundo, sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no hubo ni rastro de indignación. Al contrario, una sonrisa lenta y cargada de una lujuria hambrienta se dibujó en su rostro mientras lo recorría de nuevo con la mirada, esta vez con la confirmación de que había encontrado exactamente lo que buscaba.

Sonia soltó un suspiro largo, dejando que la tensión se transformara en una vibración carnal que parecía irradiar de su propia piel.

—Eres tan directo que es casi un insulto, y me encanta —murmuró ella, bajando aún más la voz, ahora cargada de una urgencia ronca—. No me andaré con rodeos entonces: me has puesto a cien solo con esa frase.

Se acercó tanto que su pecho rozó ligeramente el brazo de Richard. El olor a sándalo y el calor de su aliento, impregnado de tequila, envolvieron el rostro del hombre.

—Rechacé la jaula de oro de mi padre hace años. Vivo fuera, en mi propio terreno, ganándome la vida sin el logo de Aztechnology en mi frente —murmuró, con una nota de orgullo en la voz—. Richard apuró el resto del tequila. 

Sonia entrelazó su brazo con el de Richard, pegándose a él con una posesividad natural. Su cuerpo, firme y cálido bajo la seda de leopardo, se amoldaba al suyo mientras empezaba a caminar lentamente hacia la penumbra de la zona de las estelas mayas, lejos de la mirada vigilante de Michel Guzmán.

—Acompáñame. Te enseñaré cómo los antiguos sacerdotes entendían el sacrificio —dijo, guiándolo hacia una de las salas con menos luz—.

Se detuvieron frente a un altar de basalto negro, una pieza imponente que parecía absorber la luz de la sala. Sonia se giró hacia él, quedando atrapada entre el altar y el cuerpo de Richard.

—Esta piedra se usaba para alimentar al sol —susurró, con los ojos fijos en los labios de él—. ¿Quieres que te cuente qué hacían los sacerdotes antes del rito?

—Porfavor

Sonia arqueó una ceja, dejando que un silencio denso se asentara entre ambos. La economía de palabras de Richard parecía actuar como un combustible para su propia agitación; no necesitaba más que ese "por favor" cargado de intención para que el rastro de calor que sentía en su vientre se convirtiera en un incendio.

—Qué hombre tan obediente cuando se lo propone —ronroneó ella, apretando un poco más su brazo contra el de él— Para un sacerdote azteca, el ritual no comenzaba cuando el sol alcanzaba el cenit, sino días antes, en el silencio absoluto. Imagina el ayuno: no era una simple dieta, era una purga total. Llegaban al momento del sacrificio con el cuerpo ligero, casi etéreo, tras días consumiendo apenas una tortilla del tamaño de la palma de su mano. —Se desplazó un paso hacia la derecha, señalando una vitrina con espinas de maguey vitrificadas— Y aquí tienes el autosacrificio. Antes de tocar a nadie más, el sacerdote debía demostrar su devoción sangrando sus propias orejas, lengua y muslos. Era una comunicación privada con lo divino. Además, se cubrían con una mezcla de hollín de ocote y resinas, transformándose en sombras vivientes. Esto —dijo señalando una vasija con restos de pigmento negro— era su "uniforme" de guerra espiritual.

​Sonia hizo una pausa dramática.

—Pasaban la noche en vigilia, entonando himnos en la oscuridad, lavándose en aguas gélidas para mantener el espíritu alerta. Cuando finalmente subían las escaleras del templo el día del sacrificio, no eran hombres comunes. Eran recipientes vacíos, listos para ser llenados por la voluntad de sus dioses.

Lo guió con paso lento y seguro hacia la zona de las Estelas de Sangre, donde la luz de la pirámide se volvía de un ámbar mortecino y los susurros de los otros invitados se perdían en el eco del mármol. Se detuvieron frente a una losa vertical de piedra volcánica, cuya superficie estaba labrada con la imagen de una deidad con garras y colmillos.

—Mira esto —susurró Sonia, señalando con su dedo índice las hendiduras de la piedra, mientras se pegaba a su costado—. Representa el sacrificio del corazón para que el sol no se apague.

La atmósfera cargada de electricidad entre Richard y Sonia se vio truncada por el sonido de unos pasos firmes sobre el mármol, anunció la llegada de Michel Guzmán.

El padre de Sonia se interpuso con la precisión de un muro de contención, rompiendo la intimidad del espacio que Richard y ella habían reclamado. Su rostro era una máscara de cortesía profesional, pero sus ojos eran dos pozos de cálculo frío y desprecio contenido.

—Sonia, querida —intervino Michel, su voz cortando el aire como un bisturí—. Lamento interrumpir tu disertación arqueológica, pero el Director de Operaciones acaba de llegar y ha solicitado expresamente saludarte. Siente mucha curiosidad por tu trabajo en News Media Hours.

Michel ni siquiera miró a Richard de inmediato; lo trató como a una columna más de la estancia, un obstáculo inanimado. Puso una mano firme y posesiva en el hombro de su hija, un gesto que, aunque parecía afectuoso, dictaba una orden incuestionable de retirada.

—Papá, estábamos justo en medio de una explicación sobre el rito... —empezó Sonia, cuya voz perdió de golpe la agresividad sexual para adoptar un tono de sumisión instintiva, casi infantil. Sus hombros se tensaron y su postura se volvió más rígida, perdiendo esa fluidez de pantera que había mostrado segundos antes.

—Estoy seguro de que este caballero, quienquiera que sea, entenderá que las obligaciones familiares y corporativas son prioritarias en una velada de este calibre —continuó Michel, volviendo por fin sus ojos hacia Richard con una condescendencia letal—. Gracias por su interés en nuestra colección, señor... no creo haber visto su nombre en la lista de invitados de honor.

Sonia miró a Richard con una mezcla de frustración y disculpa silenciosa tras la espalda de su padre. No se atrevía a contradecirlo abiertamente; la sombra de Aztechnology y la influencia de Michel eran demasiado pesadas incluso para ella.

—Sonia, camina. No hagamos esperar al Director —insistió Michel, ejerciendo una presión física sutil pero constante para alejarla de la barra y de Richard—. 

Richard no se movió. Permaneció junto a la estela de basalto con la misma inmovilidad que la piedra milenaria, observando con una calma imperturbable cómo el poder corporativo reclamaba su propiedad. No hubo protestas, ni gestos de desafío, ni intentos de retenerla. Simplemente dejó que la corriente de la jerarquía se llevara a Sonia, manteniendo su copa de tequila en la mano como si nada hubiera pasado.

Sonia, forzada a caminar por la presión de la mano de su padre en su espalda, no pudo evitar girar la cabeza una última vez. Sus ojos buscaron los de él con una mezcla de desconcierto y una punzada de abandono. Estaba acostumbrada a que los hombres pelearan por ella, o que al menos se amedrentaran ante Michel, pero la indiferencia de Richard la descolocó por completo.

—Es un hombre insignificante, Sonia —murmuró Michel, sin molestarse en bajar la voz lo suficiente—. Un turista con un traje caro. No pierdas el tiempo con gente que no tiene un lugar en nuestro mundo.

—Solo era una explicación técnica, papá —mintió ella con voz apagada, aunque su cuerpo seguía vibrando por la tensión interrumpida.

Mientras eran absorbidos por el círculo de ejecutivos y risas forzadas bajo las luces brillantes del salón principal, Sonia sentía el frío del aire acondicionado de la pirámide calando en su piel, allí donde antes había estado el calor de Richard.

Richard no se apresuró. Con la parsimonia de quien ha visto imperios caer y alzarse, comenzó a caminar entre las reliquias. Su paso era medido, el de un hombre que aprecia la historia o que, quizás, sabe que en este juego de sombras la paciencia es la herramienta más afilada.

Ignoró la zona central, donde las risas corporativas y el brillo de las joyas de los ejecutivos creaban un ruido visual innecesario, y se internó en la galería de los Guerreros Jaguar. Allí, las luces eran más tenues y el silencio, casi sagrado. Las estatuas de piedra, con sus fauces abiertas y ojos de jade, parecían vigilarlo. Richard se detuvo frente a una representación de Tezcatlipoca, el "Espejo Humeante", dios de la noche y el destino.

Desde la distancia, el eco de la voz de Michel Guzmán presentándola al Director de Operaciones llegaba como un zumbido lejano.

Sonia, mientras tanto, cumplía con su papel. Sonreía mecánicamente, asentía ante las anécdotas vacías sobre cuotas de mercado y estrechaba manos frías. Pero su mirada se escapaba, constante y rebelde, hacia la penumbra de las salas laterales. Cada vez que divisaba la silueta de Richard moviéndose entre las piezas, un espasmo de impaciencia recorría su cuerpo.

—Sí, señor Director, la iconografía de la fase tardía es fascinante... —decía Sonia, mientras sus dedos jugaban nerviosos con el colgante de su cuello, deseando que el tiempo se acelerara.

Observó a Richard desde lejos. Él no la buscaba; se dedicaba a las piedras con una concentración casi mística, como si estuviera descifrando un código en el basalto. Esa independencia, esa falta de desesperación por recuperarla, la estaba volviendo loca. El deseo, mezclado con la irritación por la vigilancia de su padre, se convirtió en una determinación silenciosa.

Aprovechando que un grupo de camareros pasaba con bandejas de aperitivos, creando una breve barrera visual, Sonia se inclinó hacia su madre.

—Mamá, me he manchado el vestido con un poco de vino. Iré a los servicios de la planta directiva, tardaré solo un momento —susurró, sin esperar respuesta.

Se escabulló con la agilidad de quien conoce cada pasadizo de la Pirámide, pero no se dirigió a los baños. Dio un rodeo por el pasillo de los códices y apareció, casi como una aparición, en la sala de los Guerreros Jaguar, justo detrás de Richard.

—Parece que Tezcatlipoca le ha dado más respuestas que yo —murmuró ella a su espalda, con la respiración algo agitada por la pequeña carrera y la adrenalina de la fuga—. Mi padre estará ocupado al menos diez minutos con el Director. Es un hombre que ama escucharse a sí mismo.

Se acercó a él, ocultos ambos por el volumen de una gran cabeza olmeca. El riesgo de ser descubiertos allí mismo, en el corazón de Aztechnology, añadía un tinte de peligro que Sonia saboreaba.

—¿Quieres darle a tu padre una lección que no olvidará? preguntó calmado Richard, comenzando a tutear a Sonia. 

Sonia se detuvo en seco, con la mano aún suspendida en el aire, a punto de rozar la manga del traje de Richard. La pregunta la golpeó con más fuerza que el tequila. Sus ojos se entrecerraron, buscando en la mirada de él alguna señal de burla, pero solo encontró esa serenidad implacable que la estaba desarmando desde que se conocieron.

Una sonrisa lenta, casi cruel, comenzó a dibujarse en sus labios. La idea de golpear el orgullo de Michel Guzmán en su propio santuario, justo bajo la sombra de los dioses que él pretendía poseer, era una tentación demasiado dulce para una hija que siempre se había sentido un activo más en el balance de la corporación.

—¿Una lección? —susurró ella, y su voz recuperó ese tono ronco y directo, cargado ahora de una malicia compartida—. Mi padre vive para el control, Richard. Cree que puede predecir cada movimiento en esta pirámide como si fuera una partida de ajedrez. Nada le dolería más que descubrir que algo... o alguien... se ha salido de su guion justo delante de sus narices.

Sonia se pegó a él, ignorando que estaban a plena vista de las cámaras de seguridad si alguien decidía mirar los monitores de la sala de guerreros. Sus pechos subían y bajaban con una respiración errática.

—Dime qué tienes en mente —dijo, clavando sus uñas con suavidad en el antebrazo de él—. Si quieres que lo humille, estoy dispuesta. Si quieres que le robe el aliento mientras él sigue estrechando manos de directivos, soy toda tuya. Pero dímelo rápido, porque el rastro de mi perfume no tardará en llevarlo hasta aquí.

—Puedo follarme a tu madre y mandarle el vídeo. Luego recogerte en otro evento similar a este y que vean como te saco de la fiesta. Algo así estaba pensando. 

La propuesta de Richard cayó en el aire cargado de incienso como una granada de fragmentación. Sonia se quedó paralizada, pero no por la ofensa, sino por la magnitud del caos que aquellas palabras invocaban. Sus pupilas se dilataron hasta casi borrar el iris, procesando la imagen de su madre, la siempre perfecta y sumisa Lena, siendo profanada por un desconocido como él, y luego la humillación pública de su padre ante toda la élite de Aztechnology.

Sonia soltó una exhalación temblorosa, una mezcla de horror y una excitación tan oscura que la hizo humedecerse al instante. El descaro de Richard no tenía límites; no quería solo un revolcón, quería prender fuego a la estructura de poder de los Guzmán.

—Eres un auténtico hijo de puta —susurró ella, y por primera vez, su voz no era un ronroneo, sino un jadeo de pura incredulidad—. Mi madre... ella es una mujer reprimida, Richard. Si fueras capaz de hacerle eso y grabarlo, destruirías la poca cordura que le queda a mi padre. Y lo de sacarme a rastras... —Sonia se mordió el labio inferior, visualizando la escena: ella, la heredera rebelde, reclamada como una propiedad ante los ojos de los directores de la pirámide.

Se pegó a él, sus manos subieron por el pecho del Iron Executive hasta agarrar con fuerza las solapas, tirando de él hacia abajo. Su rostro estaba a milímetros del suyo, y el calor que emanaba de ella era ahora casi abrasador, una manifestación física de su agitación interna.

—Acepto —dijo con una determinación feroz—. Pero no esperaremos a otro evento para lo nuestro. Si quieres humillarlo de verdad, que sepa que mientras él cree que estoy en el baño, tú ya me has marcado.

Sonia lo miró con un hambre que rozaba la locura, desafiando a las cámaras, a los guardias y al mismísimo Tezcatlipoca que los observaba desde su pedestal de piedra.

—Vete al parking. Nivel P-4, plaza 12. No cierres el coche. Te daré mi dirección para que me mandes ese vídeo de mi madre... quiero ver cómo la rompes —continuó, su voz bajando a un nivel de depravación que no andaba por las ramas—. 

—He venido en mi coche, lo envié a apartarse por la zona. Follármela en tu coche podría ser un problema, no te preocupes por eso, solo dame tu dirección en la matríz.

La mención del vídeo de su madre parece haber cruzado un cable de alta tensión en el cerebro de Sonia. Sus ojos, antes cargados de una curiosidad juguetona, ahora arden con una mezcla de morbo y rebelión que es pura adrenalina. La idea de que ese hombre, con esa calma glacial y ese traje impecable, se infiltre en el santuario de la "perfecta" Lena Thomas es el tipo de sacrilegio que Sonia ha soñado desde que cumplió los dieciocho.

Sonia se inclinó hacia Richard, ignorando por completo el hecho de que estaban a escasos metros de una cámara de seguridad de alta definición de la Pirámide. Con un movimiento rápido y deliberado, sacó su telecom y, mediante una transferencia por proximidad, le envió su dirección en la matríz.

—Ahí la tienes: Sun-Strike-99. Si realmente logras un vídeo de mi madre follando...

Se separó un par de centímetros, lo justo para mirarlo de arriba abajo una vez más. Su padre seguía charlando con el Director, ignorante de que el mundo que él creía controlar estaba a punto de implosionar en un archivo de datos.

—Vete ya. No quiero que mi padre vea cómo me tiemblan las piernas mientras intento fingir que sigo siendo su hijita arqueóloga.

Sonia le dio un suave empujón en el pecho, un gesto de despedida cargado de una promesa húmeda. —Te estaré vigilando en la matríz. 

Richard asintió con una leve inclinación de cabeza, guardando el telecom tras recibir el código. La frialdad de su gesto contrastaba con la tormenta que acababa de desatar en la mente de la joven.

Sonia se quedó observando su espalda mientras él se alejaba con paso firme hacia la sala central de la exposición. El corazón le latía con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas. Había algo profundamente perturbador y, a la vez, adictivo en la forma en que aquel hombre hablaba de destruir la fachada de su familia.

Se obligó a respirar hondo, alisando con las manos la seda de su vestido de leopardo sobre sus caderas. Tenía que volver con sus padres, tenía que sonreír y fingir que seguía siendo la arqueóloga rebelde pero controlada. Sin embargo, la sola idea de recibir ese archivo, de ver la caída de su padre en  la pirámide a manos de ese desconocido, la hacía sentirse más libre de lo que se había sentido en años.

Sonia se giró y caminó de vuelta hacia el grupo de su padre. Michel la vio acercarse y le dedicó una mirada inquisidora.

—Has tardado mucho, Sonia. Espero que no hayas estado perdiendo el tiempo con ese... individuo —dijo su padre con tono severo.

—Ya te lo dije, papá, solo le estaba dando una lección de historia —respondió ella, con una sonrisa de falso aburrimiento—. 

Con la misma calma gélida con la que había desarmado a Sonia, Richard regresó a la barra de obsidiana. 
El camarero, acostumbrado a la volatilidad de los invitados VIP, le sirvió otro tequila sin que Richard tuviera que pedirlo. Richard bebió con parsimonia, apoyado en la barra, mientras su mirada escaneaba el salón principal. A unos metros, Lena Thompson, la madre de Sonia, se movía entre los invitados con una elegancia que rozaba la perfección artificial. Era el retrato vivo de la compostura corporativa: el pelo castaño recogido sin un solo mechón fuera de lugar, el vestido de seda color perla que no revelaba más de lo estrictamente necesario, un chal a juego sobre los hombros, y esa sonrisa de porcelana que nunca llegaba a los ojos.

Desde su posición, Richard pudo ver a Michel Guzmán estrechando la mano del Director de Operaciones, ajeno por completo a que, haber interrumpido su conversación con Sonia le saldría caro. 

Lena Thompson está a unos metros de distancia. Se ha separado ligeramente del grupo principal para observar una de las vitrinas, manteniendo esa postura impecable de esposa del poder. Michel Guzmán sigue de espaldas, gesticulando mientras el Director de Operaciones ríe por lo bajo.

Sonia, desde la periferia, te lanza una mirada rápida, cargada de una expectación febril.

—Otros dos, porfavor. —El camarero tomó la botella de cerámica oscura y volvió a llenar el vaso de Richard con el mismo tequila de reserva, sirviendo también un segundo vaso que dejó reposar sobre la obsidiana.

Richard terminó su trago, dejó unos nuyens de propina sobre la barra y tomó los dos vasos. 

No caminó hacia Lena Thompson como alguien que busca un autógrafo, sino con la seguridad de quien sabe que ella es la que ha estado esperando ser encontrada. Se movió por el borde de la sala, aprovechando las sombras que proyectaban las grandes estelas de piedra, hasta quedar a escasos dos metros de ella.

Lena estaba sola frente a una vitrina que contenía una máscara de obsidiana. La luz cenital resaltaba la palidez de su piel y la perfección tensa de sus facciones. Richard se colocó a su lado, guardando una distancia que desde lejos parecería la de dos extraños admirando la misma pieza, pero lo suficientemente cerca como para que el calor de su cuerpo rompiera la burbuja de aislamiento de la mujer.

—Dicen que la obsidiana refleja la verdad de quien la mira, señora Thompson —dijo Richard en un tono bajo, casi un murmullo, sin girar la cabeza hacia ella—. Pero en su caso, sospecho que lo único que ve es el reflejo de una máscara más perfecta que la que está dentro del cristal.

Lena se tensó. Sus dedos, entrelazados sobre su bolso de mano, se apretaron hasta que los nudillos se volvieron blancos. No le miró de inmediato, pero Richard pudo notar cómo su respiración, antes rítmica y controlada, se alteraba levemente.

Sonia, a unos diez metros, fingía beber de su copa mientras observaba la escena con una intensidad casi dolorosa. Su padre estaba ocupado riendo la gracia de un ejecutivo, dándoles la espalda.

—¿Es usted siempre así de impertinente con los desconocidos, caballero? —respondió Lena por fin. Su voz era una seda fría, pero había una grieta diminuta, una vibración que delataba que el comentario había dado en el blanco.

—Mis disculpas si no me he sabido dar a entender. Permitamé invitarla a una copa —Richard ofreció el vaso de su mano derecha extendiendo su brazo.

Lena Thompson giró la cabeza lentamente, con una parsimonia que pretendía denotar desdén, pero sus ojos se fijaron en el vaso de Richard con una intensidad reveladora. Sus pupilas se dilataron al captar el aroma del tequila de reserva, una nota de fuego y agave que contrastaba violentamente con el aire aséptico y climatizado de la Pirámide.

Miró la mano de Richard, fuerte y segura, y luego subió la vista hacia su rostro. Había una fracción de segundo en la que la máscara de la esposa perfecta de Aztechnology vaciló.

—Beber con un extraño en la gala de mi marido... —murmuró ella, aunque sus dedos ya se estaban separando del bolso, moviéndose por puro instinto hacia el cristal—. Es una imprudencia que no suelo permitirme.

Sin embargo, su mano se cerró sobre el vaso. Al tomarlo, sus dedos rozaron deliberadamente los de Richard; un contacto breve, electrizante, que ella no retiró de inmediato. El contraste era absoluto: la piel de Lena estaba fría, como si estuviera hecha de la misma obsidiana que contemplaba, pero el pulso que latía en su muñeca era rápido, desbocado.

—Pero hoy —continuó, bajando la voz hasta que fue poco más que un aliento compartido—, la verdad de la obsidiana es demasiado pesada para soportarla sobria.

Lena dio un sorbo corto, elegante, pero sus ojos no se apartaron de los de Richard. Por encima del borde del cristal, su mirada era un desafío y una confesión a la vez. Richard pudo ver, tras la fachada de seda perla, a una mujer que no solo estaba cansada de su papel, sino que estaba hambrienta de un riesgo que Michel Guzmán nunca se atrevería a ofrecerle.

A lo lejos, Sonia observaba la escena desde la sombra de una columna. La visión de su madre aceptando la copa de Richard, de sus dedos rozándose, le provocó una sacudida de placer prohibido. Estaba pasando. El plan que parecía una fantasía de taberna se estaba materializando en el centro del poder de su padre.

—Dígame, caballero —dijo Lena, su voz ahora un poco más ronca tras el contacto con el alcohol—, ya que conoce tanto sobre máscaras y verdades... ¿qué cree que debería pasar después de este brindis? Porque mi marido se dará la vuelta en menos de tres minutos, y él no es un hombre que crea en las coincidencias.

—¿Su marido no la permite beber con otros en un evento social?¿O insinúa que su marido debiera preocuparme?

Lena Thompson dejó escapar una risa seca, casi inaudible, que murió en el borde de su vaso. Se inclinó un poco más hacia Richard, una inclinación tan sutil que desde la distancia parecería un gesto de cortesía, pero que permitía que el aroma de su perfume —algo caro, floral y opresivo— se mezclara con el vaho del tequila.

—Mi marido no "permite" nada, caballero. Él simplemente posee. Y según el contrato social que firmamos hace veinte años, me posee a mí —dijo ella, y por primera vez, una chispa de resentimiento puro brilló en sus ojos—. Y respecto a si debería preocuparle... Michel no es un hombre que use la violencia física. Él prefiere borrar existencias. Cuentas bancarias, reputaciones, identidades. Para él, usted no es una amenaza, es un error de cálculo en la lista de invitados.

Bebió otro sorbo, más largo esta vez, y sus mejillas cobraron un levísimo tono rosado que rompía su palidez de porcelana. Su mirada bajó por un instante al traje de Richard, apreciando la calidad del tejido, antes de volver a clavarse en sus ojos con una audacia renovada.

—Lo que estoy insinuando —continuó, bajando el tono a un murmullo que apenas vibraba— es que a Michel le preocupa la imagen. Y lo que usted está haciendo ahora mismo, ofreciéndome fuego líquido y hablándome de lo que hay detrás de mi máscara, es una grieta en esa imagen. Una grieta que, extrañamente, me está resultando... refrescante.

Sonia, desde su posición, sentía que el aire se volvía irrespirable. Veía a su madre relajarse, veía cómo Lena Thompson se entregaba a la conversación con una intensidad que no le dedicaba a nadie en años. La reina estaba bajando la guardia ante el mismo hombre que, minutos antes, le había propuesto a su hija destrozar la familia.

—¿Sabe qué es lo que más le molestaría a mi marido? —preguntó Lena, pasando la punta de la lengua por su labio inferior para recoger una gota de tequila—. No que yo beba con usted. Sino que usted sea capaz de hacerme olvidar, aunque sea por cinco minutos, que le pertenezco. 

—Me identifico bastante con esa forma de ser. El poseer. Pero permítame decirla señora que su marido no es nadie ante mí. Si me estoy tomando la molestia de hablar de él, es por qué guarda alguna relación con usted. No nos han presentado, soy Richard Gordon.—Con estas palabras Richard dio sendos besos en la mejilla a Lena— Huele usted exquisito.

El gesto de Richard fue un movimiento de ajedrez que rompió todas las reglas no escritas de la Pirámide. En un entorno donde cada centímetro de espacio personal está legislado por el protocolo y la jerarquía, el contacto de sus labios con la piel de Lena Thompson fue como una detonación silenciosa.

Lena se quedó inmóvil, con el vaso de tequila suspendido a escasos milímetros de su pecho. El calor de los besos de Richard y el cumplido susurrado sobre su cuello hicieron que un escalofrío visible recorriera sus hombros desnudos. No se apartó. Al contrario, cerró los ojos un breve segundo, absorbiendo la audacia de un hombre que acababa de declarar que el dueño de aquel imperio "no era nadie" ante él.

—Tiene usted una arrogancia... suicida. O una confianza que no debería permitirse en este edificio.

Sonia, a lo lejos, había comenzado a charlar con unos hombres mayores, encantados de tener la compañía de una joven atractiva y las vistas de sus pechos. 

En ese momento, Michel Guzmán terminó su charla. Se giró, buscando con la mirada a su esposa, y sus ojos se clavaron en la silueta de Richard. El rostro de Michel se transformó en una máscara de sospecha gélida mientras empezaba a caminar hacia ellos con paso de depredador herido en su orgullo.

—Usted de nuevo —dijo Michel, su voz era un siseo bajo, cargado de una autoridad que pretendía ser aplastante—. Veo que tiene una especial fijación por importunar a mi familia. Primero mi hija, y ahora mi esposa.

Michel miró el vaso vacío en la mano de Lena y luego los ojos de ella, detectando ese brillo inusual que Richard había provocado. El desprecio en el rostro de Guzmán era casi tangible; para él, Richard no era un invitado, era un parásito que se había colado en su santuario.

—No sé quién es usted —continuó Michel, dando un paso al frente para interponerse físicamente entre Richard y Lena, marcando su territorio con una rigidez militar— pero le sugiero que termine su visita a la exposición de inmediato —sentenció Michel, cuya mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de quebrarse—. Lena, querida, devuélvele el vaso al caballero. No queremos que se lleve una impresión equivocada de nuestra... accesibilidad.

Lena, sin embargo, no entregó el vaso de inmediato. Sostuvo la mirada de su marido con una calma que lo enfureció aún más, antes de depositarlo en la mano de Richard con una lentitud deliberada, dejando que sus dedos volvieran a rozarse frente a los ojos de Michel.

—El señor Gordon tiene una forma de presentarse... inolvidable, Michel —dijo Lena, con una voz que era puro veneno envuelto en seda.

—Soy Richard Gordon. —Richard no extendió su mano— Estaba conociendo a su atractiva esposa y me ha interrumpido. ¿Le importaría marcharse?

Un par de invitados cercanos se quedaron petrificados, con las copas a medio camino de los labios. 

Michel se quedó lívido. La arrogancia de Richard era tan absoluta, tan fuera de los parámetros de cualquier negociación corporativa, que por un segundo Michel no supo cómo reaccionar. Su rostro pasó del rojo al de un gris ceniciento.

—¿Que me... marche? —repitió Michel, su voz temblando por una furia que luchaba por no estallar en un grito primario—. Está usted en suelo corporativo, mida sus palabras. 

Michel hizo un gesto imperceptible con la mano hacia dos guardias de seguridad de Aztechnology que, como sombras surgidas del basalto, empezaron a converger hacia la posición de Richard.

—Usted no es nadie, Gordon —siseó Michel, acercando su rostro al de Richard, aunque cuidándose de no tocarlo—. Es un cadáver que aún respira y que no tiene la menor idea del suelo que pisa.

Pero entonces ocurrió lo impensable. Lena Thompson dio un paso hacia adelante, colocándose no al lado de su marido, sino ligeramente más cerca de Richard.

—Michel, por favor —dijo Lena, y aunque su tono era tranquilo, sus ojos brillaban con una rebeldía que Michel no veía en ella desde hacía décadas—. Estás haciendo una escena. El señor Gordon solo estaba siendo... honesto. Algo que escasea en estos eventos. Quizás deberías ir a despedir al Director y dejar que terminemos nuestra conversación.

El golpe fue más letal que cualquier insulto de Richard. Michel miró a su esposa como si no la conociera. La humillación pública era total: su mujer lo estaba desautorizando frente a un extraño que acababa de despreciarlo.

—No voy a marcharme de ningún sitio —declaró Michel, recuperando la voz, aunque el daño ya estaba hecho—. Seguridad, escolten a este individuo fuera del recinto. Ahora mismo. Y si ofrece la más mínima resistencia, usen fuerza letal. 

—Accedo a irme. No es necesaria la violencia. Lena, porfavor, me encantaría que te me unieses.

Michel Guzmán se quedó mudo, con la boca ligeramente abierta, una imagen de impotencia que ninguno de sus empleados olvidaría jamás. Sus ojos alternaban entre la seguridad de Richard y el rostro de su esposa, buscando la chispa de indignación que debería haber estallado en ella. Pero no la encontró.

Lena Thompson miró a Richard. Sus dedos jugaron con el borde del vestido de seda perla, y por un segundo, el tiempo se detuvo en la Pirámide. Miró a los guardias que ya estaban a los flancos de Richard, miró a su marido —un hombre que de repente parecía pequeño, viejo y patético bajo las luces de neón— y finalmente volvió a clavar sus ojos en los de Richard

Con una elegancia que fue un insulto directo a Michel, Lena caminó hacia Richard. No esperó a que él la tomara del brazo; se colocó a su lado, dándole la espalda a su marido con una finalidad absoluta.

—Vamos, Richard. Este lugar se ha vuelto claustrofóbico —dijo ella, con la cabeza alta. Su voz no tenía miedo, sino una anticipación casi virginal.

Michel dio un paso adelante, con la mano extendida como si quisiera atrapar un fantasma.

Los guardias de seguridad, confundidos ante la orden de expulsar a un hombre que ahora caminaba voluntariamente con la esposa del jefe, se quedaron en un limbo de indecisión, flanqueándolos como una escolta de honor involuntaria mientras Richard y Lena se dirigían hacia la salida.

Sonia, dando conversación a los ancianos, pero pendiente de la escena, sentía que su mundo se ponía del revés. Richard lo había logrado. No solo había humillado a su padre, sino que se llevaba a la "reina" por la puerta principal. Un escalofrío de excitación pura le recorrió la espalda. 

El ascensor de alta velocidad se cerró con un siseo neumático, sellando el mundo de Michel Guzmán al otro lado de las puertas color bronce. Por un instante, el silencio en la cabina fue absoluto, roto solo por el suave zumbido del descenso y la respiración de Lena, que empezaba a soltar la tensión acumulada en un temblor casi imperceptible en sus hombros.

Ella miró a Richard de reojo, reflejada en las paredes de espejo del ascensor. La seguridad de la Pirámide seguía allí, en los monitores, pero dentro de esa caja metálica, Lena Thompson se sentía, por primera vez en dos décadas, fuera del alcance del radar de su marido.

— Me gustaría invitarte a cenar, no sé qué te parece la idea

—¿Cenar? —repitió ella, y una sonrisa auténtica, algo quebrada pero feroz, asomó a sus labios—. Richard, acabas de robarle a un corporativo de Aztechnology la compañía de su mujer en la pirámide. Supongo que cenar está bien. 

El ascensor llegó a la planta baja con una suavidad fantasmal. Las puertas se abrieron hacia el vestíbulo monumental que daba a Broadway Avenue East. 
El aire de la noche, cargado con el olor a lluvia de la ciudad, se filtró hacia el interior, golpeando el rostro de Lena cuando las puertas correderas se abrieron. 

—Me parece —continuó ella, dando el primer paso hacia la calle sin mirar atrás— que eres el hombre más peligrosamente encantador que he conocido. Y me parece que, después de lo que acabas de hacer, cualquier lugar que no sea este edificio será el mejor restaurante del mundo.


8 de Febrero, 2057. Miércoles. Baño de caballeros del Garden in the city,  Belltown.  21:17

Richard comenzó a orinar contra el urinario de pared esperando que Kassandra atendiese. Mientras su mano derecha sujetaba su miembro, la izquierda sostenía el commlink contra su oreja. 

— Hola Richard. 

— Hola. Necesito un favor. Voy a llevar a una mujer a casa en un rato, estamos en el Garden. Es Lena Thompson Guzmán, la mujer de un traje de Aztechnology. Quiero que prepares la cámara para grabarnos el polvo. Nada secreto, abiertamente. Es para enviar a su marido. 

— Ok, haciendo enemigos en las Big Ten, en tu línea. 

— Ya te contaré la historia. ¿Que tal tu tarde?

— Aburrida. 

— Bueno, luego estamos, un beso. 

— Besitos, Deus. —la voz de Kassandra se mezcló risueña con el ruido del agua cuando Richard pulsó el botón de la pared. 


8 de Febrero, 2057. Miércoles. Ático de Deus,  Belltown.  21:57

El silencio en el vestíbulo de mármol solo era interrumpido por el suave zumbido de los sistemas de climatización. Frente a las puertas de acero inoxidable del ascensor privado, Lena y Richard esperaban.

Ella mantenía la espalda recta, la barbilla ligeramente elevada. La estola blanca sobre sus hombros parecía una armadura de seda contra la mirada de Richard. Sostenía su pequeño bolso negro con una mano, mientras la otra jugaba distraídamente con el collar de serpiente que adornaba su cuello. La luz indirecta del pasillo acentuaba la perfección tensa de sus facciones; parecía una estatua de mármol que hubiese cobrado vida. 

Richard la observaba de reojo. El contraste entre el blanco virginal del vestido de ella y la oscuridad absoluta de su traje negro creaba una imagen casi fúnebre, si no fuera por el deseo que palpitaba entre ambos.

—Pareces tensa, Lena —dijo Richard, rompiendo el silencio. Su voz resonó en el vestíbulo con una vibración profunda—. No es propio de ti mostrarte tan... expectante.

Lena giró la cabeza lo justo para que sus ojos se encontraran con los de él. Una chispa de desafío, mezclada con una sensualidad oscura, brilló en su mirada.

—No confundas la anticipación con el miedo, Richard —respondió ella con un hilo de voz que era casi un ronroneo—. Sé perfectamente a qué he venido. Lo que me intriga es si tú estás preparado para lo que vas a desatar.

Richard esbozó una sonrisa imperceptible. Estaba a punto de desatar algo que ella no podía ni imaginar. 

Un "ding" metálico anunció la llegada del elevador. Las puertas se deslizaron hacia los lados, revelando el interior tapizado en terciopelo oscuro.

—Después de ti —invitó Richard, extendiendo la mano hacia el interior de la cabina.

Lena entró con un movimiento fluido, el aroma de su perfume —algo floral pero con un fondo de almizcle pesado— inundó el espacio cerrado. Richard entró tras ella y pulsó el botón del ático. Mientras el ascensor comenzaba su ascenso veloz y silencioso, el espacio se volvió ridículamente pequeño.

Lena se reflejó en los espejos laterales, ajena a que esa sería la última vez por hoy que mantendría su aspecto señorial.

Mientras el ascensor devoraba los pisos en un silencio eléctrico, Richard se colocó justo detrás de Lena, sintiendo el calor que emanaba de su espalda. Ella no se movió, pero su respiración se volvió más profunda, más consciente.

En el reflejo del espejo derecho, sus miradas se cruzaron. Richard deslizó sus manos por los brazos de ella hasta alcanzar su torso. Con una parsimonia deliberada, amasó sus pechos por encima de la tela del vestido, sintiendo la firmeza y el latido acelerado de su corazón bajo la palma de su mano.

Lena dejó escapar un suspiro entrecortado, una mezcla de sorpresa y entrega. Sus párpados cayeron ligeramente, pero no retiró la vista del espejo. Vió y agradeció las manos de Richard marcándose contra el blanco del tejido, una imagen de posesión absoluta que pareció encenderla más.

—Richard... —murmuró ella, pronunciando su nombre como una rendición.

Él inclinó la cabeza, rozando con sus labios la curva de su cuello, justo donde late la carótida.

—Disfruta de la vista, Lena —susurró él contra su piel, mientras sus manos continuaban amasando—. Porque una vez que esas puertas se abran, el control me lo darás a mí hasta que te corras. 

Lena echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Richard, exponiendo más su cuello. —Sí

El movimiento fue rápido y decidido, rompiendo la última barrera de decoro que quedaba en ese espacio cerrado. Con una destreza gélida, Richard deslizó el borde del vestido hacia abajo, liberando sus pechos de la seda blanca.

La piel de Lena, pálida y erizada por el contraste del aire frío del ascensor, quedó expuesta ante el espejo. Sus pezones se marcaron al instante, reaccionando no solo a la temperatura, sino a la intensidad de la situación. Richard no dejó de mirarla a los ojos a través del reflejo mientras sus manos, ahora sin el obstáculo de la tela, volvían a rodearla con una firmeza que bordeaba la posesión agresiva.

Lena soltó un gemido ahogado, sus manos aferrándose al pasamanos de metal del ascensor para no perder el equilibrio. La imagen en el espejo era el cuadro perfecto de una mujer poderosa siendo desmantelada pieza a pieza.

Las puertas del ascensor privado se deslizaron con un siseo casi inaudible, revelando el salón en penumbra. Las luces de la ciudad, filtradas por los enormes ventanales, bañaban el espacio en un tono azul metálico y ámbar. Lena entró con paso firme, dejando que su pequeño bolso negro cayera sobre el sofá de cuero con un desdén elegante. Se giró hacia Richard, todavía con sus pechos expuestos, y por primera vez en la noche, su máscara de frialdad se agrietó para mostrar una sonrisa depredadora.

—No me gusta perder el tiempo —dijo ella, su voz arrastrando las palabras mientras sus dedos desabrochaban el cierre de su estola blanca—. 

Richard se quedó en la sombra, observando cómo la luz cenital del ático jugaba con la palidez de su piel, tal como había ocurrido en el museo. 

Fue en ese momento cuando el movimiento en la esquina del salón detuvo el corazón de Lena. De las sombras, cerca de la terraza, surgió una figura que no debería estar allí.

Cassandra dio un paso al frente. Su melena rubia, casi blanca, caía como una cascada de seda hasta su cintura, brillando bajo los focos empotrados. Vestía un traje de cuero negro ajustado que acentuaba su figura, con un escote pronunciado que desafiaba la sobriedad del lugar. En sus manos, sostenía una cámara profesional.

Lena retrocedió, su expresión de deseo transformándose en una mueca de desconcierto y furia.

—¿Quién es ella? ¿Qué significa esto? —exigió Lena, su voz temblando ligeramente, aunque intentaba mantener el control.

Richard se colocó detrás de Lena, sintiendo de nuevo ese calor que rompía su burbuja, pero esta vez con una autoridad distinta. Le puso una mano en el hombro, una caricia que se sentía más como un anclaje.

—Ella es Kassandra —dijo Richard con una calma gélida—. Y hoy, Lena, ella va a ser la encargada de que grabes tú propio vídeo porno. Quiero un recuerdo muy específico, y tú vas a ser la estrella.

Kassandra levantó la cámara y el visor emitió un pequeño pitido electrónico. La luz roja de "Recording" comenzó a parpadear, reflejándose en los ojos de Lena.

—Sonríe, Lena —murmuró Kassandra con una voz suave pero carente de empatía—. Olvidaros de que estoy aquí, vosotros a lo vuestro. 

Lena palideció, rápidamente subió su vestido para que volviese a tapar sus pechos. Su respiración se detuvo por un segundo eterno. Sus ojos saltaron de Richard a la figura impasible de Cassandra, quien seguía encuadrando la escena.

—¿Estás loco? —logró articular Lena, aunque su voz carecía de la fuerza habitual—. Richard, esto... esto es un chantaje. Es una locura. No pienso dar un solo paso más.

Kassandra, sin bajar la cámara, soltó un suspiro de fingida decepción.

—Oh, vamos, Lena. No seas modesta —dijo la rubia, avanzando un paso con paso felino, su pelo rubio balanceándose hasta su cintura—. He visto a muchas mujeres en mi visor, y tú tienes ese punto de... exhibicionismo reprimido que la cámara adora. Además, Richard tiene gustos caros; si te ha elegido a tí deberías sentirte halagada.

Richard se acercó a Lena, rodeándola lentamente como un lobo que marca su territorio.

—No es una invitación, Lena. Es una instrucción —le susurró él al oído, su tono volviéndose más oscuro—. Cassandra es una artista del detalle. Va a captar cada uno de tus gemidos, cada vez que supliques que no pare. Y mañana, cuando vuelvas a tu vida perfecta, y a tu puto marido, ambos tendremos un bonito video de recuerdo. 

Lena apretó los dientes, sus nudillos blancos por la fuerza con la que sostenía la estola contra sus pechos desnudos. El pánico empezaba a ser sustituido por algo más complejo: una sumisión forzada por la adrenalina y el impacto de la traición.

El interior de Lena se había convertido en un campo de batalla donde la lógica intentaba, sin éxito, sofocar un incendio de pulsiones oscuras.

​Por un lado, el sentido común le gritaba con una voz estridente y desesperada. Sabía que cruzar ese umbral significaba entregarle a Richard el arma definitiva; era un suicidio social, la destrucción de la fachada de perfección que tanto esfuerzo le había costado construir. Grabar su propia infidelidad carecía de toda lógica racional; era una prueba física de su traición que podría perseguirla para siempre.

​Sin embargo, ese miedo era precisamente el combustible de su excitación.

​Sentía la traición de Richard no como una herida, sino como un ultraje necesario. El hecho de que él hubiera planeado aquello a sus espaldas, que la hubiera traído allí bajo falsas pretensiones para luego arrojarla a los ojos de otra mujer, le provocaba un escalofrío de sumisión que la hacía humedecerse. Su orgullo estaba siendo pisoteado, y esa humillación alimentaba una promiscuidad que siempre había mantenido bajo llave.

​El exhibicionismo que siempre había intuido en sí misma —esa forma en que le gustaba que la miraran en las galas, cómo disfrutaba de las miradas furtivas de los hombres— florecía ahora sin control. La presencia de Kassandra y el ojo frío de su cámara le daban un propósito a su desnudez. Ya no era solo una mujer teniendo una aventura; era una actriz en un escenario prohibido, la protagonista de una fantasía sórdida que nunca se había atrevido a pedir.

​Se sentía atrapada en una paradoja eléctrica: su mente le pedía que huyera, pero su cuerpo, traicionero y vibrante, respondía a la luz roja de la cámara con una urgencia que nunca antes había experimentado. Estaba aterrorizada, sí, pero nunca se había sentido tan viva, tan observada, tan extremadamente sexy.

Richard no le dio tiempo a que la lógica ganara la partida. Dio un paso hacia ella, anulando el espacio personal que Lena intentaba proteger con su postura rígida, y la tomó del rostro con una mano, obligándola a mirarlo antes de estampar sus labios contra los de ella.

Fue un beso hambriento, cargado de la autoridad de quien sabe que ya ha ganado. No hubo rastro de la caballerosidad del inicio de la noche; este beso sabía a control y a complicidad forzada. Lena intentó resistirse un segundo, manteniendo los labios apretados, pero el roce de la lengua de Richard terminó por romperla.

Ella soltó un gemido que se perdió en la boca de Richard y, finalmente, sus manos cedieron. La estola que cubría sus pechos resbaló por sus brazos, cayendo al suelo como una bandera de rendición.

Richard bajó sus manos por la espalda de Lena, presionándola contra su cuerpo mientras sus besos bajaban por su mandíbula hasta su cuello, allí donde antes la había marcado en el ascensor. Lena echó la cabeza hacia atrás, entregada, con los ojos entreabiertos buscando la lente de la cámara. El conflicto seguía ahí, quemándola, pero la sensación de ser grabada mientras Richard la devoraba estaba anulando cualquier rastro de decencia.

—Mírala, Lena —le ordenó Richard contra la piel, con voz ronca—. Mira a Cassie. Deja que vea lo mucho que te gusta que te estemos grabando así.

Richard la tomó por la cintura, sin darle tregua, y la guió hacia el dormitorio. Lena caminaba como en un sueño, con el vestido blanco descolgado hasta la cintura y sus pechos balanceándose libremente con cada paso, expuestos a la mirada clínica de Kassandra, que caminaba de espaldas frente a ellos, sin dejar de encuadrarlos ni un segundo.

El dormitorio era un santuario de exceso, diseñado meticulosamente para que el placer y la observación no tuvieran escapatoria. El enorme espejo fijado al techo devolvía una imagen nítida de la cama Queen Size con sábanas negras. Un marco de acero pulido rodeaba el cristal.

A un costado, la pared de cristal se abría hacia una terraza privada que parecía flotar sobre el abismo de Seattle. Las luces de la ciudad, un enjambre de neones amarillos y azules bajo la lluvia persistente, se filtraban en la habitación.

La habitación también contaba con un baño, y un vestidor repletos de trajes y gabardinas entre algunos chalecos antibalas que distrajeron a Lena temporalmente. Si embargo, la mayor parte del vestidor la ocupaba ropa de mujer. 

Al llegar al borde de la inmensa cama, Richard la empujó suavemente. Lena cayó de espaldas sobre las desordenadas sábanas de seda oscura, un contraste violento con la blancura de su piel y no pudo evitar pensar si Kassandra las habría ocupado hoy mismo con Richard. 

Richard se situó entre las piernas de ella. Sus manos, expertas y rápidas, desabrocharon la cremallera lateral que aún mantenía el vestido en su sitio. Con un movimiento fluido, tiró de la tela, dejando a Lena solo con sus medias de encaje y sus tacones.

Lena se cubrió instintivamente el rostro con un brazo, pero la excitación la traicionaba: sus pezones estaban erguidos y su vientre se contraía con espasmos de pura anticipación. 

Richard se despojó de su chaqueta y empezó a desabrocharse la camisa mientras devoraba a Lena con la mirada.

—Cuando aceptaste salir con un desconocido y escupirle a la cara a tu marido, ¿era esto lo que buscabas?

Richard no esperaba una respuesta verbal; la pregunta era para hundirla más profundamente en la realidad de sus actos. Su voz, ronca y cargada de un juicio que paradójicamente la excitaba, retumbó en el espacio entre sus cuerpos mientras él deslizaba sus manos por la curva de sus caderas, obligándola a mantener las piernas abiertas frente al objetivo de Cassandra.

Lena sintió que las palabras de Richard eran más afiladas que cualquier caricia. Al escucharlo mencionar a su marido, una oleada de náusea y placer prohibido la recorrió. El espejo del techo le devolvió la imagen de su propio rostro: las mejillas encendidas, los labios entreabiertos y esa mirada de extravío que confirmaba lo que él sugería. 
Sí, había algo en ella que, desde el primer momento en que aceptó aquella cita con un extraño, había estado ansiando este abismo.

—Mírala, Richard —intervino Kassandra, desplazándose con paso felino hacia la cabecera de la cama para captar el perfil de Lena contra el fondo de las luces de Seattle—. Mira cómo se le acelera el pulso al oír hablar de su traición. Le encanta saber que es una perdida.

Richard se inclinó más, presionando su pecho desnudo contra los pechos libres de Lena, sintiendo el latido desbocado de su corazón.

—¿Es esto lo que querías, Lena? —insistió él, su boca rozando su oreja mientras su mano bajaba con una lentitud tortuosa hacia el encaje de su lencería—. ¿Querías que alguien te arrancara la máscara de esposa perfecta y te enseñara lo que realmente eres? Porque ahora mismo, todo Seattle podría estar mirando a través de ese cristal y a ti solo te importaría que Kassandra no deje de grabar.

Lena cerró los puños, enterrando las uñas en las sábanas de seda negra. El conflicto interno seguía ahí, pero el peso de Richard y la luz roja de la cámara parpadeando en la penumbra del dormitorio eran una droga demasiado potente.

—Dilo —le exigió él, atrapando su mirada en el reflejo del techo—. Di que esto es lo que buscabas.

Lena entornó los ojos, buscando su propio reflejo en el espejo del techo, viendo a esa mujer de apariencia impoluta ahora despojada de todo rastro de dignidad, entregada sobre la seda negra. Las palabras de Richard habían actuado como la llave final de una cerradura que ella misma se había negado a tocar durante años.

—Sí... —susurró, y el sonido de su propia voz, cargado de una honestidad sucia, pareció reverberar en todo el ático—. 

Al admitirlo, sintió una liberación eléctrica que recorrió cada uno de sus nervios. El peso de la traición y el miedo al vídeo se transformaron en una euforia oscura. Ya no era la víctima de una encerrona; era la cómplice voluntaria de su propia caída.

—¡Eso es! —exclamó Kassandra, su voz subiendo de tono por la excitación del encuadre perfecto—. No apartes la mirada del espejo, Lena. Quiero que te veas aceptando que eres una puta.

Richard sonrió de medio lado, una expresión de triunfo absoluto. Su mano, que hasta entonces solo había acariciado el borde del encaje de sus medias, subió con una firmeza repentina, hundiéndo Dos dedos en la calidez de su entrepierna. Lena arqueó la espalda violentamente, soltando un gemido que la cámara captó con una nitidez asombrosa.

—Entonces deja de esconderte —le ordenó Richard, mientras sus besos volvían a ser feroces, marcando su piel—. Si esto es lo que buscabas, enséñale a la cámara cómo disfruta una mujer que acaba de perderlo todo por la polla de un extraño.

Lena se aferró a los hombros de Richard, clavándole las uñas, mientras sus ojos seguían fijos en el espejo del techo, fascinada por la coreografía de su propia promiscuidad.

Richard la arrastró hacia el borde mismo de la cama, dejando que sus piernas colgaran y que sus pies, aún calzados con los tacones de aguja, buscaran un apoyo inexistente en el aire. Kassandra, intuyendo el cambio de ritmo, se deslizó rápidamente por el suelo hasta quedar de rodillas justo entre las piernas abiertas de Lena, con el objetivo de la cámara a escasos centímetros de su intimidad, que brillaba bajo las luces del ático.

Richard se dejó caer de rodillas frente a ella. El espejo del techo devolvía una imagen cruda, casi anatómica: Lena expuesta de par en par, con la ciudad de Seattle a sus espaldas y la lente de la cámara devorando cada detalle. Richard no tuvo piedad; hundió su rostro entre sus muslos, entregándose a la tarea de comerle el coño con una intensidad que hizo que Lena soltara un grito agudo que rebotó en los cristales de la terraza.

El contraste era salvaje. La lengua de Richard trabajaba con una maestría metódica, mientras sus manos sujetaban con fuerza los muslos de ella para que no pudiera cerrarlos. Lena, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos fijos en su propio reflejo en el techo, veía cómo el cuerpo de Richard desaparecía entre sus piernas, mientras Kassandra ajustaba el zoom para captar la humedad de su coño.

—¡Oh, Dios...! —gimió ella, arqueando la pelvis  sin apartar el ojo del visor, su voz entrecortada por la escena—. 

Lena estaba perdida. La vergüenza que antes la atenazaba se había disuelto en el placer líquido que Richard le estaba provocando. Ver sus propias piernas temblar en el espejo superior, mientras sentía la succión de Richard, la llevó a un estado de exhibicionismo puro. Ya no le importaba el vídeo; solo quería que el momento no terminara nunca, aunque supiera que ese metraje sería su perdición.

Justo cuando Lena estaba a punto de romperse, cuando sus caderas empezaban a sacudirse en espasmos involuntarios y su respiración era un galope descontrolado, Richard se detuvo en seco. Se incorporó con una calma exasperante, limpiándose el labio con el pulgar mientras la miraba desde abajo con una sonrisa de depredador.

Lena se quedó suspendida en el vacío, con el cuerpo vibrando y el deseo quemándola por dentro. Sus manos buscaron ciegamente los hombros de Richard para atraerlo de nuevo, pero él le sujetó las muñecas, inmovilizándola contra las sábanas de seda.

—¡No! ¡Sigue! —suplicó ella, con la voz rota y los ojos empañados.

—Mírala a ella —ordenó Richard, señalando con un gesto del mentón hacia Kassandra, que mantenía el objetivo de la cámara fijo en el rostro desencajado de la mujer—. Dile lo que quieres, para que cuando veas este vídeo, recuerdes lo desesperada que estabas.

Lena giró la cabeza hacia la lente. El espejo del techo le devolvía la imagen de su propia degradación: desnuda, abierta y suplicante ante una cámara y un extraño. El sentido común hizo un último y débil intento de protesta, pero fue devorado por la necesidad física que Richard había dejado a medias.

—Por favor... —susurró Lena, mirando directamente al cristal oscuro de la cámara—. cómeme el coño.

—Más alto, cariño —instigó Kassandra con una sonrisa cruel tras la pantalla de la cámara—. Dilo como la zorra exhibicionista que eres.

Lena cerró los ojos un segundo, tragándose el último resto de su orgullo, y luego gritó hacia la cámara:

—¡Cómeme el coño, por favor!

Richard no esperó más. Volvió a sumergirse entre sus piernas con una furia renovada.

El grito de Lena se fundió con el rugido sordo del trueno que recorría los rascacielos de Seattle. En el momento en que Richard volvió a hundir su lengua con una presión implacable, el mundo desapareció para ella. Ya no había ático, ni marido, ni reputación que proteger; solo existía ese punto de electricidad pura donde el placer se convertía en dolor y el dolor en éxtasis.

Lena clavó los talones en el colchón y arqueó la espalda hasta que solo sus hombros tocaron la seda negra. Sus manos se hundieron en el cabello de Richard, tirando de él con una desesperación salvaje mientras su cuerpo entraba en una serie de espasmos violentos. En el espejo del techo, vio su propia imagen romperse: su rostro contraído en un gesto casi de agonía, sus muslos temblando sin control y la figura de Richard devorándola bajo la luz roja de la cámara que parpadeaba como un corazón mecánico.

El orgasmo la golpeó con la fuerza de una marea, arrancándole un alarido largo y quebrado que quedó registrado con una nitidez cruel en el micrófono de Kassandra. Se corrió con una intensidad que la dejó sin aliento, con los dedos de los pies encogidos y la mirada perdida en su propio reflejo, viendo cómo su vientre se contraía en oleadas de placer líquido.

Kassandra se acercó aún más, el objetivo de la cámara casi rozando la piel sudorosa de Lena para capturar el rastro de humedad y el temblor residual de sus músculos.

Richard se incorporó lentamente, dejando que Lena se desplomara sobre las sábanas, exhausta y con el pecho subiendo y bajando con violencia. Ella se quedó mirando el techo, viendo a la mujer del espejo —esa desconocida que acababa de suplicar por su propio orgasmo— y comprendiendo, con un escalofrío que no era de frío, que el vídeo que acababan de crear era ahora el dueño de su vida.

Richard no le dio un segundo de respiro. Con una eficiencia ruda, se puso de pie sobre la cama, desabrochando el cinturón de su pantalón mientras el espejo del techo devolvía la imagen de su figura dominante recortada contra el lujo del ático.

​—Esto solo empieza—ordenó Richard con voz cortante, moviéndose hacia el extremo de la cama cercano al ventanal—. Ven aquí. 

​Lena, con los sentidos desbordados, obedeció. Gateó sobre la seda negra hasta el borde de la cama mientras las luces de los rascacielos de Seattle la envolvían como un manto de neón. Richard se situó detrás de ella, terminando de despojarse de su ropa hasta quedar completamente desnudo. El contraste en el espejo superior era obsceno: la espalda arqueada y pálida de Lena, aún con sus medias y tacones, y la potencia física de Richard preparándose para poseerla.

​Richard la obligó a mirar hacia arriba, hacia el reflejo, mientras sus manos bajaban por su vientre para arrancar con un tirón seco el último resto de encaje que la cubría.

​Richard presionó contra ella, fundiendo sus cuerpos en una imagen de posesión absoluta que quedaría inmortalizada para siempre en el video.

El impacto del cuerpo de Richard contra el de ella fue como un choque eléctrico. Lena sintió la dureza de su pecho contra su espalda y la presión de su virilidad reclamando el espacio que ella misma, con su confesión anterior, le había cedido. Al entrar en ella, un gemido ahogado inundó el dormitorio. 

Lena mantuvo la cabeza alta, no porque quisiera, sino porque el agarre de Richard en su cabello no le permitía otra opción. Al alzar la vista hacia el espejo del techo, la imagen la golpeó con más fuerza que la penetración física. Se vio a sí misma: una mujer de la alta sociedad, desnuda pero con los tacones aún puestos, siendo poseída por un extraño frente a un abismo de luces urbanas y bajo la cámara de otra mujer.

Richard comenzó a moverse con una cadencia brutal, cada embestida la empujaba un poco más.

Lena se hundió en el abismo. El placer la estaba devorando, y la certeza de que su destrucción estaba siendo documentada en alta definición era el único afrodisíaco que necesitaba para seguir pidiendo más.

Richard no le daba tregua, manteniendo una cadencia que obligaba a Lena a aferrarse a las sábanas de seda negra para no ser arrastrada por la fuerza de sus embestidas. Cada vez que ella intentaba cerrar los ojos para refugiarse en el placer, Richard tiraba suavemente de su cabello, recordándole que el espectáculo era para ser visto, no solo sentido.

Lena giró el rostro hacia el objetivo, con el pelo desordenado cubriéndole parte de la cara. Sus ojos estaban nublados, desenfocados por el éxtasis, pero la luz roja de la cámara actuaba como un imán. 

Richard se inclinó sobre ella, rodeándola con sus brazos mientras seguía moviéndose con una determinación absoluta. El reflejo del techo mostraba una masa de cuerpos entrelazados, una imagen de posesión que parecía desafiar la gravedad.

Lena soltó un grito que se ahogó en un gemido cuando sintió que el clímax volvía a acecharla, esta vez con una potencia que amenazaba con dejarla sin aliento.

Richard la tomó por los hombros con una fuerza que no admitía réplica y, en un movimiento fluido y cargado de autoridad, la obligó a girarse y quedar de rodillas sobre la seda negra, frente a él. Lena, con la respiración entrecortada y los ojos fijos en la imponente figura de Richard, entendió de inmediato lo que venía.

Lena alzó la vista, atrapada entre el objetivo de cristal de la cámara y la mirada depredadora de Richard. Su sentido común había muerto hacía mucho; ahora solo existía el deseo de recibir la marca final de su rendición. Richard se situó frente a ella, con la tensión de su cuerpo indicando que estaba al límite.

—Mírame —le exigió él, agarrándola de la nuca con la zurda para que no pudiera apartar la vista.

Lena entreabrió los labios, su mirada clavada en él con una mezcla de pánico y devoción absoluta. Kassandra ajustó el enfoque, capturando la anticipación en el rostro de la mujer mientras la luz azul de Seattle bañaba la escena. En un clímax de posesión total, Richard se masturbó sobre una Lena sumisa, miró a la cámara, y se corrió sobre su cara, dejando que el rastro de su victoria nublara la visión de Lena y se deslizara por sus mejillas.

Lena se quedó inmóvil, con el rostro cubierto y la mirada fija en la cámara, procesando el peso de lo que acababa de suceder mientras Richard se apartaba, dejándola sola ante el objetivo, grabada para siempre en el momento más oscuro y excitante de su vida.

Richard se dejó caer pesadamente sobre la seda negra, con los músculos todavía en tensión y la respiración recuperando un ritmo humano. Se apoyó sobre los codos, con una pierna estirada y la otra flexionada, observando la escena con la satisfacción de un director que acaba de rodar la toma de su vida. El contraste era absoluto: él, relajado y dominante en el centro del colchón, y ella, aún de rodillas, procesando el peso del fluido que resbalaba por su piel bajo la luz de neón.

Kassandra aprovechó ese momento de quietud para rodear la cama, capturando el plano general: Richard esperando, dueño del espacio, y Lena, con el rostro cubierto de semen, en primer plano.

Lena bajó la cabeza, dejando que su cabello castaño cayera como una cortina, ocultando parcialmente su rostro. El silencio en la habitación solo era interrumpido por el zumbido lejano de la lluvia contra el cristal y el eco de sus propias respiraciones. Richard la observaba desde su posición relajada, esperando a ver cuál sería el primer movimiento de la mujer que acababa de romper.

Lena finalmente se movió. Con una lentitud agónica, gateó hacia Richard, buscando no perdón, sino una respuesta en el hombre que la había destruido y reconstruido en menos de una hora. Se detuvo a su lado, sintiendo el calor que aún desprendía su cuerpo, y se quedó allí, esperando que él dictara el siguiente paso de este juego que ya no tenía reglas.

—Cassie, prepara el vídeo, aquí la señora Guzmán necesitará una copia. 

El nombre de su marido pronunciado en ese contexto, con el apellido resonando entre las paredes de mármol y cristal, cayó sobre Lena como un balde de agua helada. La realidad de su vida exterior colisionó brutalmente con la atmósfera de vicio y seda del ático.

Richard, sin moverse de su posición relajada en la cama, giró levemente la cabeza para mirar a Lena. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad que disfrutaban del pánico que empezaba a asomar en el rostro de la mujer.

Lena se abrazó a sí misma, intentando cubrir su desnudez ahora que el calor del acto se disipaba, dejando solo la cruda evidencia. Miró a Kassandra, que ya estaba conectando un pequeño dispositivo de transferencia.

—La noche no ha tenido que terminar, señorita Thompson. Una cosa es grabar el video y otra que está no sea su noche. Cualquier cosa que desee es la noche para ello, vd es la protagonista. 

Richard se incorporó lentamente, apoyando la espalda contra el cabecero acolchado de la cama, observando a Lena con una mezcla de fascinación y crueldad. Sus palabras quedaron suspendidas en el aire cargado de electricidad, dándole a Lena un nuevo tipo de vértigo: el de la libertad absoluta dentro de su propia perdición.

Lena alzó la vista, todavía con el rostro marcado por la victoria de Richard, pero algo en su mirada cambió. La mención de su nombre real y su estatus social ya no la encogía; ahora parecía alimentarla. Miró a Richard, luego a Kassandra, y finalmente hacia el gran ventanal donde la ciudad de Seattle parecía rendirse a sus pies.

—Cualquier cosa... —repitió Lena con la voz más firme, aunque todavía quebrada por el orgasmo reciente.

—Cualquier cosa —confirmó Richard, extendiendo un brazo sobre la seda negra, invitándola a tomar el control—. Yo haré lo que tú pidas, Lena. Solo existe lo que desees ahora mismo, antes de que el sol salga y vuelvas a ser la mujer de Michel.

—Lo primero que necesito es lavarme la cara. —Lena marchó al baño. El grifo de agua se dejó oír mientras la corporativa se lavaba la cara, deshaciéndose de la corrida y el maquillaje. 


8 de Febrero, 2057. Miércoles. Pirámide Aztechnology, Downtown. 22:41.

​El despacho de Michel Guzmán en la pirámide de Aztechnology era un santuario de cristal y tecnología, pero esa noche se sentía como una tumba. El eco de los pasos de Lena alejándose junto a Richard aún vibraba en la memoria de Michel. Un martilleo constante en la mente de Michel que no lograba asimilar la humillación pública que acababa de sufrir. A estas horas, ya sería el hazmerreír de toda la pirámide. 

​Habían pasado casi 4 horas. 

​Michel caminaba de un lado a otro frente al gran ventanal que dominaba el skyline de Seattle. La lluvia golpeaba el cristal reforzado, ocultando la ciudad tras una cortina de agua gris. En su mano, el teléfono de alta gama emitía un tono de llamada rítmico, monótono, desesperante.

“El abonado no responde, puede dejar un mensaje...”

​—¡Maldita sea, Lena! —rugió Michel, estrellando el dispositivo contra su escritorio de obsidiana. La pantalla no se rompió, solo mostró de nuevo la foto de perfil de su esposa: una imagen retocada, elegante, perfecta. 

​Se sentó pesadamente en su sillón de cuero, sintiendo cada uno de sus años. Lo que más le dolía no era la ausencia, sino la mirada que ella le había lanzado antes de irse. Una mirada que le decía que él era irrelevante.

​Pulsó el intercomunicador de su escritorio con dedos temblorosos.

​—Seguridad —dijo, su voz recuperando una autoridad forzada—. Quiero el rastreo GPS del vehículo que abordó la señora Thompson al salir del edificio. Y quiero saber quién es ese hombre. No solo su nombre, quiero su historial completo, sus conexiones... ¡todo!

8 de Febrero, 2057. Miércoles. Ático de Deus, Belltown. 22:41

El contraste era casi poético. Mientras en el salón el teléfono de Lena vibraba con una insistencia burocrática y desesperada, en su pequeño bolso abandonado en el sofá, en el dormitorio las urgencias eran de otro tipo más salvaje. 

Richard no se detuvo. Al contrario, el sonido lejano del tono de llamada —una melodía elegante que Michel seguramente había elegido para ella— pareció darle un nuevo impulso. Cada vez que el teléfono de Lena anunciaba la presencia invisible de su marido en la habitación, Richard hundía su miembro con más fuerza en las caderas de ella, reclamando cada centímetro de su piel.

Lena arqueó la espalda, con la mirada perdida en el espejo del techo. En su reflejo, veía cómo su cuerpo se sacudía bajo el de Richard, mientras el bolso de diseñador, tirado descuidadamente sobre el sofá del salón, no dejaba de sonar.

—Que pena que ya no esté grabando —dijo gritó Kassandra desde el borde de la cama, sentada como una mera observadora.

Lena soltó un gemido que fue mitad placer y mitad sollozo. La ironía de la situación la excitaba más que cualquier caricia: estar siendo poseída de forma absoluta por el hombre que Michel más temía, mientras el propio Michel llamaba una y otra vez, a pocos kilómetros de allí, sin sospechar que cada uno de sus intentos de contacto estaba siendo convertido en la banda sonora de la noche pornográfica de su esposa.

Lena cerró los ojos, entregándose al ritmo frenético de Richard, ignorando el zumbido del salón que, tras diez llamadas, finalmente se rindió al silencio.


8 de Febrero, 2057. Miércoles. Ático de Deus, Belltown. 23:51

El silencio en el baño era sepulcral, roto solo por el suave clic de los estuches de maquillaje de alta gama sobre el mármol. Lena observaba su reflejo en el espejo, no en el del techo del ático, sino en el frontal, iluminado por una luz blanca y fría que no perdonaba ni un solo detalle.

Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, pero un poco de colirio y un delineado preciso estaban obrando el milagro de devolverle la máscara de frialdad corporativa. Mientras se aplicaba la base, Lena notó un pequeño hematoma en la base del cuello, una marca de los dientes de Richard. Con un movimiento mecánico y experto, aplicó corrector hasta que la evidencia desapareció bajo una capa de pigmento perfecto.

Richard apareció detrás de ella, reflejándose en el espejo. Ya estaba vestido, impecable, como si la tormenta de piel y sudor de hace un rato nunca hubiera ocurrido. Se acercó y le puso una mano en el hombro, apretando justo donde sabía que ella aún sentía el eco de su peso.

Lena terminó de pintarse los labios con un rojo intenso. Se ajustó el vestido de seda perla, que ahora se sentía extrañamente áspero contra su piel hipersensible. Se miró una última vez: estaba impecable. Ni un pelo fuera de lugar, ni una mancha en su reputación... aparentemente.

El aroma a colonia cara se mezclaba con el olor a laca en el ambiente del baño. Lena terminó de retocar su peinado, devolviendo a cada mechón su lugar impecable. Se miró en el espejo, no solo a la superficie, sino a los ojos que reflejaban una calma helada. La mujer que había estado gimiendo frente a una cámara ya no existía; en su lugar, la fría y calculadora Lena Thompson estaba de vuelta.

Richard observaba desde el umbral, con una media sonrisa en los labios

—Antes de que te vayas, cariño —dijo Richard, su voz cargada de una ironía deliciosa—. Sería de buena educación que le devolvieras la llamada a tu preocupado marido. No querrá pensar que algo te ha pasado... más allá de lo que realmente te ha pasado, claro.

Lena asintió, con una expresión de complicidad que helaría la sangre de Michel si la viese podido ver. Abrió su bolso de diseño, sacó su terminal de comunicación y deslizó el dedo por la pantalla, encontrando las diez llamadas perdidas de Michel.

Marcó su número y esperó, escuchando el pitido que la conectaba de nuevo a su "otra vida".

—Michel, cariño, lo siento muchísimo —dijo Lena con una voz que era la perfección de la dulzura y la preocupación—. No te imaginas la noche. El señor Gordon me llevó a conocer el Dante's Inferno. Con un ruido que no me dejaba oír ni mis propios pensamientos. Ni siquiera escuché tus llamadas.

Lena hizo una pausa, fingiendo escuchar la respuesta de Michel, mientras sus ojos se cruzaban con los de Richard en el espejo. Una mirada de desafío y victoria.

—Sí, estoy bien, un poco cansada de tanto jaleo, pero ya voy a casa —continuó Lena, su voz casi inaudible para Richard y Kassandra—. ¡Ay, mi amor! No tenías por qué. Solo es que con la música tan alta... no había manera de oír el teléfono. Sí, Richard está aquí, me lleva a casa en su coche. — Richard sonrió.

—Sí, ya lo sé, Michel, no debí de desautorizarte en la exposición, tienes toda la razón. —dijo Lena con una voz que destilaba arrepentimiento falso—. Y menos salir con él si habías llamado a seguridad, pero bueno, ya estoy en camino. Te veo en casa, yo solo quería evitar un numerito, pero tienes razón, claro.

Colgó la llamada y devolvió el teléfono a su bolso con una tranquilidad pasmosa. Miró a Richard, sus ojos brillando con una mezcla de complicidad y el poder recién descubierto de su propia duplicidad.

—Ahí lo tienes 


9 de Febrero, 2057. Jueves. Pirámide Aztechnology, Downtown. 00:39

El silencio del vestíbulo recibió a Lena como una acusación. Cruzó el suelo de mármol y se dirigió al salón principal, donde sabía que Michel la estaría esperando. Lo vio allí, una figura tensa recortada contra la penumbra, con el peso de la autoridad herida sobre los hombros.

Lena dejó su bolso sobre la consola y se acercó a él, fingiendo un cansancio aristocrático. Se pasó una mano por el cabello, asegurándose de que el movimiento ocultara cualquier rastro del perfume de Richard que pudiera quedar en su cuello.

—Ya estoy aquí, Michel —dijo con una voz suave, matizada por una fatiga que parecía perfectamente natural—. Siento mucho lo de las llamadas. El estruendo en ese club era ensordecedor... Fue una mala idea ir, Richard insistió en que era el mejor lugar para pasar la tarde y yo solo quería evitar que la escena de la exposicion escalara a algo peor.

Se acercó un paso más, lo suficiente para que él pudiera ver su rostro impecable, pero manteniendo esa distancia de seguridad emocional que siempre había manejado tan bien.

—Sé que te debo una disculpa pública por cómo me fui —continuó, bajando un poco la mirada en un gesto de sumisión ensayado—. Me dejé llevar por el impulso. ¿Podrás perdonar mi falta de juicio?

—¿Ha sucedido algo entre vosotros? ¿Se te ha insinuado?

Lena dejó escapar un suspiro corto, una mezcla perfecta de cansancio y esa condescendencia ligera que solía usar para calmar las inseguridades de Michel. Se acercó un poco más, lo suficiente para que él pudiera oler su perfume —el mismo que se había reaplicado en el baño del ático—.

—¿Insinuarse? Michel, por favor... —dijo, esbozando una sonrisa tenue y algo triste, mientras le ponía una mano en el pecho con delicadeza—. Richard es un hombre arrogante, egocéntrico y con un ego que apenas cabe en su ático, pero sabe perfectamente quién soy. No es un suicida.

Mantuvo la mirada fija en los ojos de su marido, sin pestañear, con esa sinceridad aterradora que solo otorga la falta de remordimiento.

Hizo una pausa y acarició la solapa de la chaqueta de Michel, un gesto que en otra época habría sido de afecto, pero que ahora era puramente táctico para distraerlo.

—Si me hubiera faltado al respeto de esa manera, habría vuelto a casa en el primer taxi que encontrara. Sabes que no permitiría que nadie se sobrepasase de forma inapropiada. ¿Tan poco confías en mi criterio?

—Ese Richard Gordon estaba rondando también a Sonia. Y según seguridad su SIN es falso, podría ser un espía o estar intentando llegar a alguien de la corporación, ese hijo de puta oculta algo.

Lena sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con el aire acondicionado. La mención de Sonia fue como un golpe seco en el estómago, pero sus años de entrenamiento social impidieron que sus pupilas se dilataran. Se obligó a mantener la mano firme sobre el pecho de Michel, sintiendo los latidos acelerados de su marido.

​—¿Sonia? —repitió ella, cargando la voz con una indignación maternal perfectamente calculada—. Probablemente con ese escote y ese vestido de leopardo más de uno se acercó a charlar con ella con segundas intenciones. 

​Se apartó un poco, fingiendo buscar una copa de agua para dárselas de espaldas y que él no pudiera analizar su expresión durante un segundo crítico.

​—En cuanto a su identificación... —continuó con tono reflexivo, mientras servía el agua con mano de cirujano—, si es un espía, es uno muy poco discreto al dejarse ver conmigo en el Dante's Inferno.

​Se giró de nuevo, ofreciéndole una mirada de acero.

​—Si ese hombre tuviera la más mínima intención de usarme para llegar a Aztechnology o, peor aún, acercarse a nuestra hija, yo misma lo habría destruido esta noche. 

​Bebió un sorbo de agua y lo miró por encima del borde del vaso, su voz bajando a un susurro de advertencia.

​—No dejes que la paranoia te nuble, Michel

El vaso de cristal pareció volverse de hielo entre los dedos de Lena. Por un segundo, el mundo perfecto y controlado que había reconstruido se agrietó de arriba abajo.

​Interiormente, Lena sintió una náusea gélida que nada tenía que ver con el alcohol o el cansancio. No era solo celos, era algo mucho más primitivo y oscuro: una humillación retroactiva.

​Mientras Richard la poseía, mientras ella se sentía la "protagonista" de una noche de depravación liberadora, en realidad podría haber sido solo el plan B. O peor aún, el trofeo de consolidación. La idea de que esos ojos oscuros que la miraban con tanta intensidad en la cama hubieran buscado primero la juventud intacta de Sonia la hacía sentir, por primera vez, vieja y usada.

Se sintió como una sustituta. ¿Acaso Richard la había tomado a ella porque Sonia era un objetivo demasiado difícil, o estaba usando a la madre para pavimentar el camino hacia la hija?

​Una parte de ella, la que aún no estaba corrompida, sintió un pánico atroz. Si Richard era un espía con un SIN falso y un depredador capaz de hacerle eso a una mujer de su experiencia, ¿qué le haría a Sonia?

El placer de la tarde se agrió en su memoria. Cada caricia de Richard ahora se sentía como una maniobra de distracción. 

​Sin embargo, Lena era una maestra de la supervivencia. Apretó los dientes, tragándose el veneno, y compuso una expresión de fría incredulidad para Michel, aunque por dentro quería volver al ático y clavarle un tacón en el cuello a Richard Gordon.


9 de Febrero, 2057. Jueves. Apartamento de Sonia, West Seattle. 07:15.

El despertador de Sonia no sonó con música estridente, sino con el zumbido vibrante de una notificación persistente sobre la madera de su mesilla de noche. Eran las 7:15 AM. La luz grisácea de una mañana típica de Seattle se colaba por las rendijas de las persianas, dibujando líneas frías sobre su edredón blanco.

Sonia estiró el brazo hacia la mesita de noche. Sus ojos, aún entrecerrados, buscaron la pantalla del teléfono.

1 Nuevo Mensaje de: Richard Gordon

Asunto: Lo prometido es deuda.

El corazón de Sonia dio un vuelco extraño. Se incorporó, apoyando la espalda contra el cabecero, y pulsó el archivo adjunto. El vídeo tardó un par de segundos en cargar debido a su alta resolución.

Sonia sintió que el aire se escapaba de sus pulmones:

Richard había cumplido lo dicho. Sonia vio el momento exacto en que su madre miraba a la cámara y suplicaba. Vio a Richard correrse en la cara de su madre, y la vio, en absoluto forzada, tumbarse junto a Richard con su corrida todavía en la cara. 

La primera parte del plan anunciado por Richard se había completado en una sola noche. Sonia consultó la agenda de su móvil, intentando preveer en qué próximo evento podría volver a cruzarse con el señor Gordon para cumplir la segunda parte de su plan.

Una ducha después, envío un mensaje de respuesta: Seductor, tenemos que hablar. 


15 de Marzo, 2057. Miércoles. Pirámide Aztechnology, Downtown. 19:15.

El resplandor iridiscente de la pirámide de Aztechnology se alzaba, majestuoso y enigmático, contra el crepúsculo de Seattle, reflejando el último aliento del sol con sus paneles lumínicos. En su interior, el aire vibraba con una expectación diferente a la de la última vez. Hoy, no eran obras de arte estáticas las que se exhibían, sino el arte en movimiento, la carne y la sangre transformadas en portadores de historia.

La alta sociedad de la ciudad, los ejecutivos de las megacorporaciones, los influyentes de la política y el ciberespacio, se congregaban de nuevo. 
Los drones de seguridad surcaban el aire, un recordatorio sutil de la vigilancia constante que protegía los secretos de Aztechnology.
Las invitaciones, exclusivas y prohibitivas, garantizaban que solo la élite más selecta pudiera presenciar el espectáculo. Que Richard hubiese podido comprar si entrada, y acceder a la pirámide, le hacía consciente de que Michel no había querido, o tenido suficiente influencia, para verle de los eventos de Aztechnology. Lo segundo era positivo, pero lo primero probablemente implicase una trampa. 


El atrio principal de la pirámide había sido transformado en una pasarela futurista, un puente entre el pasado y el futuro. El sonido de un teponaztli modernizado, mezclado con ritmos electrónicos, anunciaba el inicio. Las luces se atenuaron, y un foco de luz cenital iluminó el inicio de la pasarela.

Entonces, el desfile comenzó. Modelos, esculturales y serios, emergieron de la oscuridad, ataviados con vestimentas que eran una audaz reinterpretación de la indumentaria azteca. Plumas iridiscentes, tejidos bordados con glifos ancestrales, joyas de jade y oro sintético que brillaban con una luz propia. Los diseñadores habían fusionado la grandeza de Tenochtitlan con la vanguardia del siglo XXI, creando una visión impactante y, para algunos, un tanto controvertida, de la herencia cultural de Aztechnology. Los tocados de plumas de quetzal estilizadas se alzaban majestuosos, las faldas de fibra óptica tejían patrones cambiantes, y los pectorales biométricos pulsaban al ritmo del corazón de los modelos.

Las cámaras flotantes de los medios de comunicación y el propio canal de Aztechnology capturaban cada detalle, proyectando las imágenes en las pantallas gigantes que revestían las paredes del atrio, magnificando la grandeza y el espectáculo. Los murmullos de admiración, y algunos de crítica, llenaban el espacio.

Tras el desfile, el ambiente se transformaría. Las luces se suavizarían, la música se volvería más ambiental y los camareros, enfundados en uniformes elegantemente aztecas, comenzarían a circular con bandejas de cócteles exóticos y canapés de alta cocina, dando paso al cóctel de rigor. Sería el momento de la socialización, de las alianzas veladas y de las puñaladas por la espalda disfrazadas de sonrisas.

La mirada de Richard recorrió el atrio, filtrando la opulencia de las plumas y el brillo de las joyas sintéticas hasta que encontró a las señoras de Michel. Estában en una de las zonas VIP, elevadas sobre la pasarela, rodeadas por un pequeño séquito de directivos que parecen orbitar a su alrededor como satélites.

Lena estaba imponente. Llevaba un vestido que parecía una armadura de seda oscura con detalles en oro. Sin embargo, Richard notó algo en la forma en que sus ojos escaneaban la sala: una tensión felina, como si estuviera esperando un ataque o buscando una salida.

A su lado, Sonia era el contraste absoluto. Su vestido en tonos turquesa y jade resaltaba su juventud, pero su lenguaje corporal delataba una incomodidad profunda. No tenía la paciencia de su madre para el teatro social y miraba hacia la pasarela con una mezcla de aburrimiento y rebelión contenida.

​Richard buscó entonces a Michel. Lo localizó a unos veinte metros, cerca de una columna de basalto, hablando en voz baja con dos hombres de seguridad. Michel se veía tenso; se había quitado la chaqueta y se acariciaba la barba con nerviosismo mientras escuchaba los informes. Sus ojos saltaban constantemente hacia su esposa e hija, no con afecto, sino con el celo de quien vigila una propiedad bajo amenaza.

Richard avanzó con una confianza que rozaba la insolencia, cortando el aire cargado de incienso y perfumes caros. El bullicio del cóctel se convirtió en un ruido blanco de fondo mientras sus ojos se clavaban en la zona VIP. Sabía que Michel estaba a pocos metros, distraído con sus sombras, y esa proximidad añadía un matiz de peligro eléctrico a cada paso.

Cuando alcanzó la plataforma, la primera en notarlo fue Lena. Sus nudillos se blanqueaban ligeramente alrededor del tallo de su copa de cristal. Su máscara de perfección corporativa no cayó, pero hubo una microexpresión —un destello de pánico mezclado con una rabia gélida— que solo Richard fue capaz de captar. Ella no esperaba que él tuviera la osadía de aparecer allí, en el corazón de la pirámide, después de lo que Michel le había confesado sobre su identidad.

Sonia, por el contrario, levantó la vista de su terminal y solo le faltó saltar sobre Richard. Una sonrisa involuntaria y desafiante asomó a sus labios.

—Buenas noches, señoras —dijo Richard, su voz fluyendo con una suavidad aterciopelada que contrastaba con la tensión del ambiente—. Un desfile fascinante. Aztechnology siempre ha sabido cómo mezclar el sacrificio con el espectáculo.

Lena dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre Richard y su hija, recuperando el control de su voz.

—Señor Gordon —respondió ella, con un tono tan frío que podría haber congelado el champán—. Es usted un hombre valiente al presentarse aquí después de haber causado tanta... inquietud en el departamento de seguridad de mi marido.

Richard soltó una risa breve, casi inaudible, mientras echaba un vistazo de reojo hacia donde Michel seguía gesticulando con sus guardias.

—La seguridad a menudo es una ilusión, Lena.  —hizo una pausa deliberada, dejando que la implicación flotara en el aire antes de girarse hacia la joven—. Buenas noches Sonia. ¿Qué te ha parecido la colección?

Sonia abrió la boca para responder, pero la mano de Lena se posó firmemente en el hombro de la chica, un gesto de advertencia y protección que no pasó desapercibido para Richard.

Sonia se soltó sutilmente del agarre de Lena y dio un paso hacia Richard. En sus ojos no había miedo, sino ese brillo de reconocimiento de quien ha encontrado a un aliado en la rebeldía.

—Richard —respondió ella, pronunciando su nombre con una familiaridad que cayó como una losa sobre Lena—. El desfile ha sido aburrido. Puras apariencias para gente que no entiende el significado de las plumas que lleva. Me alegra que hayas venido. Este cóctel necesitaba a alguien que no fuera una marioneta.

Lena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No solo Richard estaba allí, sino que su hija hablaba con él como si compartieran un secreto que ella no podía descifrar. La fachada de la mujer de hierro de Aztechnology empezó a agrietarse. Sabía que si Michel se giraba en ese segundo y veía a su enemigo conversando con su hija, la escena terminaría en sangre.

—Sonia, basta —siseó Lena, aunque su voz tembló un milisegundo—. El señor Gordon y yo tenemos asuntos de negocios que no te incumben. Ve a buscar a tu padre, dile que los invitados de la embajada han llegado.

Richard sonrió, una sonrisa de depredador que sabía que había ganado la posición más ventajosa.

—No la envíes lejos tan pronto, Lena. Acabamos de empezar a recordar viejos tiempos, ¿verdad, Sonia? Hoy estoy aquí por tí. 

Richard no apartó la mirada de la joven. Sus palabras cayeron como un mazo en medio del murmullo del cóctel, dejando a Lena petrificada. Al decir aquello, Richard no solo invalidaba la autoridad de la madre, sino que posicionaba a Sonia como el verdadero centro de gravedad de su presencia allí.

Sonia arqueó una ceja, captando la electricidad del momento. Miró a su madre, cuya respiración se había vuelto errática, y luego volvió a mirar a Richard. La joven detectó el pánico en los ojos de Lena, una vulnerabilidad que nunca antes había visto en ella.

—¿Por mí? —repitió Sonia con una nota de triunfo en la voz—. Vaya, mamá. Parece que tus "asuntos de negocios" no son tan privados como pensabas. O quizás es que Richard prefiere hablar con alguien que no mienta por sistema.

Sonia dio un paso lateral, escapando definitivamente del alcance de su madre, y se colocó casi al lado de Richard, formando un frente común que resultaba visualmente devastador.

—Sabes, Richard —continuó la joven, clavando sus ojos en Lena con una frialdad heredada pero redirigida—, he estado viendo mucho material interesante últimamente. Archivos de video, grabaciones... cosas que la gente guarda bajo llave pensando que nadie las encontrará. 

Lena palideció hasta quedar casi del mismo color que la camisa de Michel. El mensaje era cristalino: Sonia sabía lo del vídeo, o al menos lo suficiente para hundirla. Richard se mantuvo en silencio, dejando que el veneno de Sonia hiciera su trabajo. Él no necesitaba atacar con la grabación; le bastaba con haberle dado a la hija las herramientas para que ella misma hiciera arder el castillo de naipes.

—Sonia, no sabes de lo que estás hablando... —alcanzó a decir Lena, pero su voz era apenas un hilo quebrado.

En ese preciso instante, Richard divisó a Michel despidiéndose de los guardias de seguridad. El hombre se giró, ajustándose los puños de la camisa blanca, y su mirada barrió la zona VIP hasta detenerse, como un láser, en el grupo. Sus cejas se hundieron y su paso se aceleró.

Richard se mantuvo inmóvil, con una calma que resultaba insultante en medio de aquel hervidero de intrigas. No retrocedió ni un milímetro, dejando que la tensión se tensara como un cable de acero a punto de romperse. A su lado, Sonia mantenía la barbilla alta, disfrutando del colapso silencioso de su madre, mientras Lena parecía encogerse bajo el peso de la seda y el oro de su propio vestido.

Los pasos de Michel resonaron contra el suelo de piedra pulida, rápidos y pesados. El aire alrededor del grupo se volvió denso. Cuando Michel llegó a la altura de la plataforma, su rostro era un poema de furia contenida y confusión. Su mirada saltó de la palidez cadavérica de su esposa a la sonrisa desafiante de su hija, para finalmente clavarse en Richard con un odio que prometía violencia.

—¿Qué significa esto? —gruñó Michel, su voz vibrando con la aspereza de quien está a punto de perder el control. Se pasó la mano por la barba de forma compulsiva, un tic que delataba que su paranoia había alcanzado el punto de ebullición—. Gordon. ¿Cómo te has atrevido a acercarte a mi familia?

Richard no respondió de inmediato. Se limitó a observar a Michel con una mezcla de lástima y desdén, como un entomólogo mirando a un insecto atrapado en un frasco. Fue Sonia quien rompió el silencio, adelantándose antes de que su padre pudiera dar un paso agresivo.

—Tranquilízate, papá —dijo ella con una voz gélida que cortó el aire—. Richard es invitado mío. Estábamos teniendo una conversación mucho más honesta que cualquiera de las que he tenido contigo o con mamá en años. Resulta que él no tiene secretos para mí... a diferencia de vosotros.

Michel se quedó lívido. Sus ojos buscaron desesperadamente los de Lena, buscando una explicación, una negación, cualquier cosa que detuviera la hemorragia de poder que estaba sufriendo en público. Pero Lena no pudo sostenerle la mirada; ella solo podía mirar a Richard, sabiendo que él tenía el detonante de su ruina y que acababa de entregárselo a su propia hija.

—Michel —dijo Richard finalmente, con una voz tan tranquila que era casi un susurro—, deberías escuchar a tu hija. Tiene una perspectiva muy... reveladora de la realidad de esta familia. Yo solo he venido a recogerla. 

Michel apretó los puños, su camisa blanca se tensó sobre sus hombros mientras su respiración se volvía pesada. Estaba rodeado: por su enemigo, por su hija rebelde y por el silencio cómplice de su esposa.

Richard posó con firmeza su mano izquierda sobre el culo de Sonia, un contacto que equivalía a una declaración de guerra total.

El silencio que cayó sobre el grupo fue absoluto, un vacío sónico en medio del cóctel. Michel se quedó paralizado, con los ojos inyectados en sangre y la boca entreabierta, incapaz de procesar que alguien estuviera tocando a su hija de esa manera, con esa propiedad, frente a sus narices. Lena ahogó un grito que se quedó atrapado en su garganta, sus manos temblando violentamente mientras veía cómo el último vestigio de su control se desintegraba.

Sonia, lejos de tensarse o rechazarlo, dejó escapar un suspiro entrecortado que parecía más un desafío hacia sus padres que una protesta. Se dejó guiar, sintiendo el empuje constante de Richard que la obligaba a caminar.

Richard comenzó a avanzar hacia la salida, abriéndose paso entre la élite de Seattle. No retiró la mano ni un milímetro. A cada paso que daban sobre la piedra pulida del atrio, la presión de sus dedos recordaba a todos los presentes —y especialmente a los Guzmán, que los seguían con la mirada desde el pedestal— quién tenía el poder real en esa habitación.

Cruzaron la pasarela donde antes habían desfilado los modelos. Richard caminaba con paso firme, escoltando a la muchacha como si fuera un trofeo reclamado en medio de la batalla. Los invitados se apartaban, murmurando tras sus copas de champán, captando la electricidad de la escena. Los drones de seguridad sobrevolaron el trayecto, pero Michel, destruido por la humillación, miraba sin ver.

Atravesaron el umbral de la pirámide, dejando atrás el aire acondicionado y el olor a incienso sintético para recibir el golpe del aire fresco de la noche de Seattle. Solo cuando los pies de ambos tocaron el asfalto del exterior, bajo la sombra imponente de la estructura, el ruido de la calle pareció validar el secuestro emocional que Richard acababa de ejecutar.

Sonia se detuvo, pero no se alejó. Se giró ligeramente hacia él, aún sintiendo el calor de su mano, con las luces de la ciudad reflejadas en sus ojos oscuros.

—Lo has hecho —susurró ella, su voz mezclando la adrenalina con una extraña gratitud—. Mi padre... nunca se va a recuperar de esto. ¿Le enviaste el vídeo?

Richard la soltó al fin, pero se quedó lo suficientemente cerca como para que ella sintiera el frío de la noche compensado por su presencia. Sonia respiraba con dificultad, con las mejillas encendidas por la audacia de la huida y el peso de lo que acababa de ocurrir dentro.

Richard se inclinó un poco hacia ella y, con una voz desprovista de cualquier rastro de la agresividad anterior, le dijo:

—No. Si quieres, ahora sería un buen momento, si quieres que vea a tu madre como tú la viste.

Sonia se quedó inmóvil, mirando hacia la entrada de la pirámide por donde Michel y Lena podrían aparecer en cualquier momento, derrotados por la duda. La idea de completar la destrucción de la imagen de pureza y control de su familia pendía ante ella como una fruta prohibida.

—Él cree que lo tiene todo bajo control —continuó Richard, dejando que la propuesta calara—. Pero ahora mismo, tú tienes el interruptor que puede apagar su mundo.

Sonia sacó su terminal, sus dedos temblando ligeramente sobre la pantalla iluminada. Miró a Richard, buscando una última confirmación en sus ojos.

—Si lo hago —susurró ella—, no habrá vuelta atrás para ninguno de nosotros.

Richard soltó una carcajada seca, un sonido carente de humor que se perdió en el viento de la noche. Se encogió de hombros con una indiferencia que resultó más hiriente que cualquier insulto.

—¿Qué me importan a mí tus padres? —replicó, mirándola con una frialdad absoluta.

Sonia se quedó helada, con el terminal aún en la mano. La calidez que creía haber sentido en el contacto de Richard se evaporó al instante.

—No te equivoques, Sonia —continuó él, dando un paso hacia atrás para marcar la distancia—. Esto no es una tragedia familiar ni un drama sobre tu crecimiento personal. No estoy aquí para salvarte. Estoy aquí por qué estaba ligando contigo y tu padre me interrumpió. Este es el precio que paga. 

Richard señaló con un gesto despectivo hacia la imponente pirámide, donde las luces seguían brillando ajenas al desastre familiar que se gestaba fuera.

—Si quieres que tu padre vea el vídeo y se destruyan entre ellos, hazlo. Si prefieres guardarlo para chantajear a Lena hasta que muera, hazlo también. A mí me da igual. Yo ya he obtenido lo que quería: demostrarles que puedo entrar en su santuario y llevarme lo que más valoran sin que puedan mover un dedo.

Sonia bajó lentamente la mano que sostenía el terminal. La luz azul de la pantalla iluminaba su rostro, revelando una lucha interna que Richard observaba con absoluta indiferencia. La joven miró la entrada de la pirámide, imaginando a su padre buscando desesperadamente una forma de recuperar su honor, y a su madre, Lena, atrapada en una red de mentiras que ella misma había tejido.

A pesar de su rebeldía, del odio acumulado por años de control y de la humillación que acababa de presenciar, algo en el fondo de Sonia se resistió. No era lealtad a sus padres, sino un resto de integridad. Enviar el vídeo significaba convertirse en el mismo tipo de monstruo que ellos: alguien que destruye vidas por puro poder o venganza.

Sonia bloqueó la pantalla del terminal y lo guardó en el bolsillo de su vestido turquesa.

—No lo voy a enviar —dijo con una voz que, por primera vez esa noche, sonaba firme y propia, no influenciada por la presencia de Richard—. Si lo hiciera, les daría la satisfacción de haber creado a alguien exactamente igual a ellos. Mi padre ya está destruido por lo que ha visto hoy aquí contigo. Y mi madre... ella tendrá que vivir cada mañana sabiendo que yo sé la verdad. Esa es una cárcel mucho más fría que el desprecio de mi padre.

Se giró hacia Richard, clavando sus ojos en los de él. Ya no era la niña que buscaba un aliado, sino alguien que acababa de entender que estaba sola en un juego de depredadores.

—Dijiste que no te importan mis padres. Bien. A mí tampoco me importan ya lo suficiente como para perder mi tiempo en hundirlos. Ya están muertos por dentro, Richard. Tú solo has venido a certificar la defunción.

Sonia respiró hondo el aire frío de Seattle y comenzó a caminar en dirección opuesta a la pirámide, dándole la espalda tanto a su familia como a Richard.

—Quédate con tu plan y tus sombras —lanzó por encima del hombro—. Yo ya he salido de la pirámide. Y esta vez, no pienso volver.

Richard la vio alejarse hacia la oscuridad de la calle, una pieza del tablero que acababa de decidir dejar de jugar.

—Sonia ¿Donde vas?

Sonia se detuvo en seco, pero no se giró de inmediato. Sus hombros, tensos bajo la fina tela del vestido turquesa, subieron y bajaron con una respiración profunda, como si estuviera saboreando por primera vez el aire que no pertenecía al sistema de filtrado de la pirámide.

Finalmente, giró la cabeza lo justo para que Richard viera su perfil, recortado contra las luces de neón de los rascacielos vecinos.

—Lejos de aquí, Richard —respondió ella, y su voz ya no tenía el temblor de la niña asustada ni la rabia de la adolescente rebelde; era la voz de alguien que acababa de aceptar que su mundo se había reducido a cenizas—. Mi padre enviará a sus perros en unos minutos, en cuanto recupere el aliento y el orgullo. Mi madre intentará localizarme para suplicar o amenazar. Pero ya no tienen nada con qué retenerme. No hay herencia, ni nombre, ni imagen corporativa que valga el precio de seguir viviendo en esa pecera.

Hizo una pausa, mirando hacia la oscuridad de la calle donde un taxi autónomo se aproximaba en silencio.

—Voy a un lugar donde no me conozcan como "la hija de Guzmán". Quizás fuera de Seattle. No lo sé. Pero prefiero ser nadie en la calle que ser lo que era en Aztechnology.

Lanzó una mirada final a Richard, una mirada que reconocía el papel que él había jugado en su liberación, aunque hubiera sido por puro egoísmo.

Dicho esto, Sonia se encaminó hacia el vehículo que la esperaba, dejando que la oscuridad de la noche se tragara el brillo de su vestido.

—Pensaba que teníamos un polvo pendiente.

Richard detuvo su avance con esa frase, lanzada como un ancla en medio de su huida. Sonia se quedó congelada. La pregunta, cruda y despojada de cualquier pretensión romántica, cortó la solemnidad de su "gran escapada".

​Ella giró el cuerpo lentamente. Sus ojos, que hace un momento brillaban con una determinación casi heroica, se entrecerraron con una mezcla de incredulidad y una chispa de ese fuego oscuro que Richard sabía encender tan bien.

​—Eres un bastardo, Richard —soltó ella, aunque no hubo rastro de insulto en su tono, sino una especie de reconocimiento fatalista—. Acabo de renunciar a mi familia ¿y tú me sales con eso? Ya me has usado suficiente por una noche.

​Richard dio un par de pasos hacia ella, acortando la distancia, manteniendo esa calma que la volvía loca. 

​Sonia soltó un suspiro largo, mirando el interior del taxi y luego volviendo a mirar a Richard. La tensión del desfile, el enfrentamiento con sus padres y la adrenalina de Febrero se concentraron en un solo punto de presión.

​Se acercó tanto que pudo oler el rastro de la pólvora y el perfume caro de la fiesta en la camisa de él.

​—Tengo un piso en West Seattle —susurró Sonia, con una sonrisa que ya no era de niña, sino de alguien que ha decidido quemarlo todo—. Llamamé otro día, hoy no es la puta noche. 

Richard soltó una media sonrisa, esa que Sonia ya había aprendido a temer y desear a partes iguales. Se acercó un paso más, lo suficiente para que el calor que emanaba de él contrastara con el frío metálico de la noche.

—Tu padre será donde primero busque, en tu apartamento —le soltó, su voz bajando a un registro más grave, casi una advertencia—. Michel es un animal herido ahora mismo, Sonia. Si cree que te has ido con lo puesto, mandará a sus equipos de extracción a derribar tu puerta antes de que te hayas quitado los zapatos.

Sonia entrecerró los ojos, procesando la lógica fría de Richard. El impulso de la huida la había cegado por un momento.

—No tienen la direccion. Pago el alquiler con check stocks al portador, no lo tienen fácil para rastrearme. —replicó ella, aunque su tono ya no era tan desafiante—. 

Sin embargo, dudó. Miró hacia la entrada de la pirámide. —Pero tienes razón —admitió, volviendo su mirada hacia él—. Papá rastreará cada señal de red. Ir a un lugar fijo es una trampa.

Sonia apoyó la espalda contra el taxi autónomo, que esperaba con la puerta abierta, un refugio de plástico y metal en medio de la tormenta.

—¿Qué propones? —le preguntó con una mirada cargada de intención—. ¿Me vas a llevar a tu casa, o vamos a buscar un sitio? 


15 de Marzo, 2057. Miércoles. Unión Station, ChinaTown, Dowtown 21:08.

La Union Station de Seattle no era más que un cadáver de piedra y terracota al que la tecnología de 2057 había obligado a seguir respirando. El aire bajo la inmensa bóveda de cañón estaba saturado de una mezcla eléctrica: el olor de los trenes se fundía con el aroma dulzón de los puestos de fideos sintéticos que se agolpaban en los pasillos laterales.

Los muros históricos, que una vez lucieron un blanco inmaculado, servían ahora como lienzos para los paneles de publicidad. Gigantescas pantallas de Renraku y Ares bañaban el suelo de mármol con destellos intermitentes de azul cobalto y rojo carmesí. Las sombras de los transeúntes se estiraban y encogían rítmicamente, como si la propia estación tuviera un pulso febril.

En lo alto, las cámaras de seguridad de Knight Errant, incrustadas discretamente entre las molduras del siglo XX, giraban con un zumbido imperceptible. Sus lentes buscaban anomalías, en una danza incesante de vigilancia. La multitud se movía con una inercia autómata; hombres de negocios con gabardinas reforzadas se cruzaban con buscavidas de los suburbios, todos evitando el contacto visual.

El sonido era una cacofonía organizada. El anuncio metálico de las salidas hacia Bellevue resonaba por encima del murmullo constante de miles de pies y el chirrido estático de los commlinks mal sintonizados. Debajo de la elegancia decadente del salón principal, el suelo vibraba con el paso de los convoyes subterráneos, enviando un temblor que recordaba a cualquiera que se detuviera demasiado tiempo que la ciudad nunca descansaba, y que en aquel templo de tránsito, el tiempo era la única moneda que nadie podía permitirse malgastar.

En la zona de las taquillas, donde las sombras de las bóvedas se volvían más densas y el eco de los pasos era más seco, el aire se sentía distinto, cargado de una quietud artificial. Allí, apostado con una indiferencia meticulosamente ensayada, se encontraba un agente de paisano de Aztechnology.

Llevaba una gabardina de corte ejecutivo en color carbón, lo suficientemente amplia como para ocultar armas, y sus manos, enguantadas en una fina sintepiel, sostenían un vaso de café desechable que ya no emitía vapor.

—Señor. La señal de los teléfonos vienen de las taquillas centrales. Los han dejado aquí para evitar ser rastreados. ¿A quien buscamos, señor Guzmán? ¿Es un civil? 

A kilómetros de allí, en su despacho, Michel ya sabía de quién había sido la idea.

—Recuperen los teléfonos. Tomen las grabaciones de las últimas horas, y entreguen los teléfonos para que los técnicos los investiguen. 


15 de Marzo, 2057. Miércoles. Ático de Richard,  Belltown.  22:26.

El ático de Richard estaba sumido en la penumbra, solo rota por el parpadeo azulado de la pantalla donde las noticias locales informaban sobre el "lamentable incidente de salud" de la actual epidemia de nuevas drogas de diseño. Kassandra estaba recostada, el cuero de su mono crujiendo levemente con cada movimiento, cuando el zumbido del ascensor rompió el silencio.

​El sistema de seguridad del intelibot ni siquiera emitió una advertencia; simplemente fue puenteado por una llave maestra de grado militar.

​Las puertas se deslizaron y tres hombres de paisano entraron. No eran los guardias de seguridad estándar que se ven en los vestíbulos. Estos vestían abrigos largos y oscuros, tenían el cuello grueso de quienes abusan de los esteroides de combate y una mirada vacía, profesionalmente cruel. El que iba en cabeza, un hombre con una cicatriz que le dividía la ceja izquierda, ni siquiera se molestó en sacar un arma; su sola presencia en el espacio privado de Richard era la amenaza.

​Se detuvo a dos metros de Cassie, ignorando el lujo del apartamento, fijando su vista en ella como si fuera un mueble que estorbaba.

​—Mírala bien —dijo el de la cicatriz, sin dirigirse a ella, sino a sus compañeros—. Cuero, actitud y el apartamento de un ricachón que no existe en los registros. Huele a rata de alcantarilla desde aquí.

​El segundo agente, más joven y con los nudillos reforzados con implantes de cromo, pateó la mesa de centro, enviando una botella de cristal al suelo. Se acercó a Kassandra, invadiendo su espacio personal, y se inclinó hasta que ella pudo oler el tabaco rancio en su aliento.

​—Escúchame bien, zorra —siseó el del cromo—. No tenemos tiempo para juegos de seducción corporativa. Tu chulo, "Richard Gordon", se llevó algo que no le pertenece. 

​El líder dio un paso más, interponiéndose entre Cassie y la salida. Su voz era un trueno contenido.

​—¿Dónde está Richard Gordon? ¿Dónde está la chica? —le preguntó, estirando una mano enguantada para agarrarla por la barbilla con una fuerza innecesaria—. Puedes elegir: o nos lo dices ahora y te dejamos este bonito uniforme intacto, o dejamos que mi compañero te saque la información a pollazos. 

La mano enguantada del líder apretaba la barbilla de Kassandra, obligándola a sostenerle la mirada. Kassandra no parpadeó. Su largo cabello platino caía sobre sus hombros como una cascada de seda blanca, contrastando violentamente con el cuero negro mate de su mono.

—Richard me avisó de que llegaríais. No me dijo donde está Sonia. Sé de qué va todo esto, papá os envía a buscar a su hija por si hemos sido tan idiotas de traerla aquí, pero de aquí no vais a sacar nada en claro.

El agente de la cicatriz soltó una carcajada seca, pero no relajó el agarre. Sus dedos se hundieron un poco más en la piel de Kassandra, justo por debajo de la mandíbula.

​—Si Richard te avisó, es que es más listo de lo que pensábamos. Pero cometió un error de cálculo: te dejó atrás como cebo —siseó el del cromo—. Y si no sabes dónde está la chica, entonces eres inútil. Y a Aztechnology no le gusta dejar cabos sueltos que respiren.

El líder la soltó bruscamente, dándole un empujón que la obligó a recolocarse en el asiento. Se sacó un pequeño cilindro metálico del bolsillo del abrigo —un inyector de neurotoxinas probablemente— y lo hizo girar entre sus dedos.

​—Dices que no vamos a sacar nada en claro. Yo digo que vamos a registrar este ático hasta que encontremos un rastro de su ADN. Y mientras tanto... —hizo una señal al hombre de los nudillos de cromo— ...vas a explicarnos quien es Richard Gordon y por qué tiene tanto interés en destruir a los Guzmán.

​El agente de los nudillos de cromo agarró a Kassandra por el hombro, obligándola a ponerse en pie con una fuerza bruta. Su otra mano se cerró en un puño que deseaba salir disparado hacia la cara de Kassandra. El tercer hombre, que se había mantenido cerca de la cocina, desapareció en ella. 

—No sé quién es Richard, nunca me ha confesado su puta identidad, pero no tiene nada en contra de los Guzmán, se encontró un par de tetas en una exposición que resultaron ser de Sonia. Su padre parece que les cortó el rollo. Richard no sabe encajar un no, no hay ninguna trama aquí. Ataron en corto a Sonia y se la ha llevado. Fin del juego. 

El agente de los nudillos de cromo soltó una risotada ruda. 
—Un par de tetas y un ego herido... —resumió el líder, saboreando las palabras como si buscara el veneno en ellas—.

Kassandra tragó saliva, sintiendo el sabor metálico del miedo en la base de la lengua. La presión de la mano de cromo en su hombro era un recordatorio constante de su fragilidad física frente a estos carniceros corporativos, pero el verdadero peso era el que llevaba por dentro.

Bajo la superficie de ese millonario arrogante, pervertido y hedonista, Richard ocultaba uno de los mayores secretos de Seattle. Él era Deus. Una leyenda urbana, un mito entre los shadowrunners, un mago cuya potencia en el plano astral podría reducir ese ático a cenizas si decidiera dejar de jugar a no ser nadie. Si Aztechnology descubría que el hombre que se había llevado a Sonia no era un playboy despechado, sino el antiguo mago que les había robado secretos corporativos hace una década, no enviarían a tres matones; enviarían a un equipo de asalto. 

Le quemaba el pecho. Le quemaba saber que estaba arriesgando su vida para proteger la identidad de un hombre que, en ese preciso momento, probablemente estaba follándose  a Sonia en una habitación barata. La humillación de morir por un encoñamiento de Richard era casi tan insoportable como la idea de fallarle.

​—Escuchad... Richard es un idiota egocéntrico, pero no es un fantasma —continuó ella, bajando la voz como si confesara una debilidad—. Tiene otro alias para pasar desapercibido: "Arthur Vance". Buscad ese nombre.

Kassandra sentía que su corazón martilleaba contra las costillas. Estaba dándoles otra identidad falsa, bastante más endeble que la de Richard Gordon, que Deus mantenía precisamente para sembrar un rastro falso. Un cebo suficiente para que se marcharan, pero lo suficientemente alejado de la realidad de Deus como para mantener el velo intacto.

El líder se irguió cuan largo era, dejando que una sombra pesada cayera sobre ella. 

​—"Arthur Vance" —repitió el líder con una náusea evidente—. ¿Crees que somos nuevos? "Arthur Vance" es solo otra capa de la cebolla ¿Verdad? ¿Es que quieres morir, zorra? —La puso el inyector de neurotoxinas al cuello. Ahora sí que quedaba meridianamente claro lo que era. 

—Quedate sentada tranquila sin trucos, puta. Déjanos hacer nuestro trabajo y nos ahorrarás tener que matar a un bellezon como tú. ¿Entendido? 

Kassandra asintió de una manera que dejaba cristalinamente claro que sabía que este desenlace era el mejor posible, y lo aceptaba gustosa. 

Los agentes comenzaron a revisar a conciencia el ático. 


15 de Marzo, 2057. Miércoles. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 22:26.

Los tres hombres subieron por la pasarela con la confianza de quienes poseen el mundo: trajes de corte italiano, movimientos precisos y esa mirada periférica que solo desarrollan los astutos que han sobrevivido lo suficiente. 

​En el salón principal, el ambiente era de una calma sepulcral. Faisal estaba de pie junto al ventanal de popa, observando la bruma como si leyera un mapa en ella. Wendy, por su parte, era la imagen de la decadencia controlada: hundida en el sofá de cuero, con un conjunto de lencería de encaje negro que contrastaba violentamente con su pelo anaranjado, y unos tacones de aguja que reposaban despreocupadamente sobre la mesa de cristal.

Faisal ya sabía que estaban allí antes de que sus suelas italianas tocaran la fibra de carbono de la pasarela. Las cámaras del puerto y el Austral, habían detectado la visita en el muelle. 

Por eso, cuando los hombres entraron en el salón, no encontraron a una tripulación sorprendida, sino a una que estaba lista para negociar. 

El agente a la cabeza, un hombre de mediana edad con una pulcritud quirúrgica, que vestía gabardina y bufanda gris se detuvo a dos metros de Faisal.

— Capitán —dijo el agente con una voz modulada, casi cordial—. Mi nombre es Miller. Representamos los intereses de la familia Guzmán. Sabemos que la hija del señor Guzmán se encuentra bajo la protección de... "Richard Gordon". Solo queremos verificar su bienestar y discutir los términos de su retorno. No es necesario que esto sea desagradable.

Wendy habló.
—Richard nos llamó para avisar de que la corporación enviaría a alguien. No nos dijo donde está esa Sonia. No está aquí, desde luego. Ni ella ni Richard. 

—Richard Gordon es un nombre que no figura en ningún registro civil, fiscal o criminal antes de hace seis años —dijo Miller, dando un paso al frente mientras sus dos acompañantes se posicionaban en los flancos—.

Wendy mantenía la copa de cristal con una firmeza que era pura fachada. Por dentro, sus nervios estaban tocando un solo de batería a mil revoluciones por minuto. Sabía perfectamente que si estos tipos de Aztechnology rascaban un milímetro más de la cuenta en la identidad de Richard, no encontrarían a un simple mujeriego; encontrarían a Deus.

— ¿Sabéis? —dijo Wendy, soltando una risita nerviosa que intentó que sonara sexy y despreocupada— Deberíais haberme avisado. Me habría puesto algo más formal. Imagino que con vosotros no es fácil saber si lleváis una pistola en el bolsillo o Es que os alegráis de verme. 

Bajo la máscara de la femme fatale aburrida, Wendy sentía que el corazón le martilleaba contra las costillas con una violencia que amenazaba con traicionarla.

El chasquido seco de las pistolas de aire comprimido rompió la atmósfera por sorpresa. No hubo destellos de fuego, solo el siseo de los dardos de polímero surcando el aire.

Faisal no fue lo suficientemente rápido contra dos agentes que ya habían decidido que el tiempo de hablar se había agotado. Dos dardos se clavaron en su cuello. El capitán del Austral se tambaleó, sus ojos oscuros buscaron por un segundo el techo antes de que sus rodillas cedieran y colapsara sobre la alfombra con un golpe sordo.

Miller tampoco dudó. Mientras ella intentaba levantarse del sofá, un dardo le impactó en el hombro desnudo. Wendy sintió un picotazo frío, seguido de una oleada de calor químico que le nubló la vista instantáneamente. La copa de cristal cayó de sus dedos, estallando en mil pedazos sobre el suelo, un eco perfecto de cómo se estaba rompiendo su fachada de control.

Su cuerpo se desplomó pesadamente sobre los cojines de cuero. Sus ojos se pusieron en blanco mientras la oscuridad la reclamaba.

— Despejado —dijo Miller, bajando su arma y ajustándose la chaqueta como si nada hubiera pasado—. Equipo dos, subid a bordo. Iniciad barrido. Buscamos a la chica Guzmán y al sujeto Gordon.

Los agentes de Aztechnology se movieron con una precisión gélida. Dos de ellos se quedaron custodiando los cuerpos inconscientes de Faisal y Wendy, mientras el resto se desplegaba por los pasillos de madera de teca y acero inoxidable del yate.

Revisaron los camarotes de invitados, el comedor de lujo y la cocina. Sus botas de suela blanda apenas hacían ruido. Miller lideraba el grupo hacia la cubierta superior. 

Llegaron a las puertas del camarote principal. Miller hizo una señal, y uno de sus hombres colocó una carga de anulación electrónica en la cerradura.

La puerta se deslizó hacia un lado con un susurro hidráulico. El equipo entró con los rifles en el hombro, barriendo la estancia con sus linternas tácticas. Pero lo que encontraron no fue un hombre armado, ni una ejecutiva de Mitsuhama escondida.

El camarote estaba vacío.

—Aquí no hay nadie —informó por la radio, con un rastro de duda en su voz por primera vez—. Pero el sistema de cámaras está activo. Parece que nos estaba esperando.


16 de Marzo, 2057. Jueves. Ático de Richard,  Belltown.  01:12.

El ático era un esqueleto de lo que solía ser. El silencio no era pacífico, sino ese vacío denso que queda tras una invasión. No había rastro de sangre ni señales de lucha física extrema, pero el desorden era quirúrgico: cajones revueltos, archivos digitales copiados, y la sensación de que cada rincón de la privacidad de Richard había sido manoseado por manos enguantadas.

Kassandra estaba sentada en un taburete alto frente a la barra, con la espalda bien recta y su pose de modelo intacta, pero su mirada atravesaba la pared que tenía en frente.

Al sentir la presencia de Deus, sus hombros subieron un centímetro, una reacción defensiva involuntaria. No se giró.

Podría haber sido cualquiera —dijo ella, con una voz extrañamente plana, desprovista de su habitual tono sarcástico—. Cualquier técnico de sistemas, cualquier mensajero... pero mandaron a los perros de presa de Michel. Sabían que Richard era humo, Deus. 

Finalmente, se giró en el taburete como modos de princesa. Sus ojos azules, habitualmente afilados como un bisturí, estaban empañados por una mezcla de fatiga y una profunda decepción.

Me avisaste de que vendrían, sí. Pero me dejaste aquí —susurró, y por primera vez, una chispa de emoción real, de dolor humano, rompió su máscara—. Me quedé aquí, esperando que en cualquier momento sucediese un conjuro, que cayesen fulminados o aparecieses en el ascensor... pero ni hubo magia ni viniste. Solo tres hombres de gris preguntándome por qué una mujer como yo desperdicia su vida protegiendo a un fantasma.

Se pasó una mano por el cabello, deshaciendo un nudo con un gesto brusco que denotaba su frustración.

¿Sabes qué fue lo peor? No fue el miedo a que me mataran. Fue darme cuenta de que, mientras ellos revolvían tus cosas y me llamaban puta de lujo, tú estabas con ella. Estaba jugándomela por una aventura que ni siquiera te has molestado en explicarme.

Se levantó, pero sus piernas flaquearon un poco, obligándola a apoyarse en la barra. Estaba a flor de piel, vibrando con una rabia que solo nace de una lealtad que se siente traicionada.

Dime que ha valido la pena, Deus. Dime que Sonia Guzmán es la clave de algo más grande que tu propio ego, porque si no... 

Deus no dijo nada. No hubo ninguna explicación lógica sobre el valor estratégico de Sonia, ni ninguna excusa sobre por qué la magia de Deus no se había manifestado para  castigar los intrusos. Simplemente dio un paso largo, acortando la distancia que los separaba, y la rodeó con sus brazos.

Al principio, el cuerpo de Kassandra se mantuvo rígido, una estatua de cuero y orgullo que se resistía a ceder. Sus manos permanecieron apretadas contra el pecho de él, como si intentara mantener una barrera física contra la culpa que él traía consigo. Pero el calor de Deus, ese calor humano tan real que contrastaba con la frialdad que solía rodearlo, terminó por romperla.

Kassandra soltó un suspiro tembloroso que se convirtió en un sollozo ahogado contra el hombro de él. Sus manos se abrieron y se aferraron a la chaqueta del Iron Executive, arrugando la tela con desesperación, mientras escondía el rostro en el hueco de su cuello.

Te odio —susurró ella, aunque su cuerpo decía lo contrario, hundiéndose más en el abrazo—. Te odio por hacerme esto. Por obligarme a ser la única que recuerda quién eres de verdad mientras tú juegas a ser otro.

Deus la sujetó con fuerza, sintiendo el temblor que recorría la espalda de Kassandra. En ese momento, solo quedaban dos sombras que se conocían demasiado bien.

Me sentí tan pequeña, Deus... —continuó ella, con la voz amortiguada por su hombro—. Verlos hurgar en tu vida, ver cómo daban por hecho que yo no era nada para ti... que solo era una pieza del mobiliario del ático. Me asustó más la idea de que tuvieran razón que la idea de que me dispararan.

Se quedaron así unos minutos, en un silencio denso y cargado de electricidad estática. La lluvia seguía golpeando los cristales, pero el mundo exterior, con sus pirámides y sus corporaciones, parecía haber quedado fuera de ese círculo de protección improvisado.

—Wendy llamó, también registraron el yate. Les redujeron con narcojets. No dijo nada pero no lo está llevando bien la pelirroja. Intentó localizarte pero no respondías. Yo también intenté llamarte, Deus. 

El hombre apretó a la joven, y por un momento algún espectador podría haber osado pensar que veía a un padre y su hija. 

¿Quieres enviarle a ese hijo de puta el video de Lena? Todavía no se lo he enviado.

Kassandra se separó apenas unos centímetros, lo justo para buscar los ojos de Richard.


16 de Marzo, 2057. Jueves. Pirámide Aztechnology, Downtown. 06:35.

El salón de los Guzmán era un mausoleo de cristal y marmol. Lena estaba desplomada sobre el mármol pulido, sintiendo el frío de la piedra contra su mejilla. Cada respiración era un suplicio que le recordaba el dolor de los puñetazos en la espalda y la cara. Se cubrió el rostro con las manos, pero no para protegerse del siguiente golpe, sino para ocultar la vergüenza que la consumía al verse expuesta de esa manera.

—Michel... detente... —suplicó ella, con la voz apenas como un susurro roto que se perdía en la inmensidad del salón—. Ese vídeo... es una trampa de Richard... Él sabía que lo verías... lo planeó todo para que nos despedazáramos desde dentro... —El sabor metálico de la sangre en su boca era más presente cuando hablaba. 

Se arrastró unos centímetros por el suelo. Intentó buscar las botas de Michel con la mirada, humillada.

—¡Puta! —Con un grito, Michel la lanzó un jarrón con dos manos, que estalló en su cabeza. 

—Por favor... —gimió, mientras las lágrimas le surcaban el rostro desfigurado por los impactos—. Todavía podemos encontrar a Sonia... todavía podemos salvar el nombre...

Lena encogió el cuerpo, esperando que la tormenta de furia de Michel volviera a caer sobre ella.
Michel permaneció en silencio sobre ella, con la camisa sin haber llegado a ser abotonada.



—¡Zorra, tendría que pegarte un tiro, joder!

Michel apuntó, y lanzó una patada con su zapato a la cara de su mujer. 


16 de Marzo, 2057. Jueves. Inn at the Market, Pike Place Market. 07:15.

El sol de la mañana se filtraba de forma implacable por los ventanales de la suite del Inn at the Market. El resplandor que rebotaba en las aguas del estrecho de Puget bañaba la habitación con una luz dorada y limpia, demasiado real para alguien acostumbrada a los filtros cromáticos de los clubes del centro.

Sonia despertó entre sábanas verdes, sintiendo el frío del lado vacío de la cama. 

Un calor húmedo y persistente recorría el cuerpo de Sonia. Al cerrar los ojos, la imagen de Richard —su voz, la promesa de sus manos anoche y en Febrero, cuando todo empezó— volvía a ella con una fuerza eléctrica. Aún sentía ese cosquilleo en el bajo vientre, una mezcla de adrenalina y deseo residual que la hacía sentirse más viva que nunca.

Pero, junto al deseo, resonaban como un eco las advertencias de Richard. Eran instrucciones precisas, grabadas a fuego en su mente:

Silencio digital. Nada de commlinks. Nada de credisticks. Richard se había quedado con su teléfono para atraer la mirada de su padre. 

Richard había sido insistente con las cámaras. "Si te mueves, Sonia, hazlo por los puntos ciegos. Capucha, gafas oscuras, la cabeza baja. No dejes que el software de reconocimiento facial te ponga una etiqueta en el mapa".

Ni una sola conexión a la Matríz. Ni un mensaje, ni una consulta de saldo. En el momento en que sus datos tocaran la red, los rastreadores de la familia la detectarían como una señal de bengala en mitad de la noche.

El aire del estrecho de Puget entraba por una rendija del ventanal, trayendo el olor a sal y a combustible de los transbordadores. 

Sonia se incorporó, sintiendo el roce de la seda contra su piel. La tentación de romper las reglas, de buscar a Richard, era casi insoportable. Miró el espejo del tocador. No veía a la hija de corporativos; veía a una mujer que empezaba a saborear la libertad. Solo una mujer joven con el pelo revuelto y los ojos endurecidos.

Afuera, el mercado empezaba a cobrar vida. Se sintió extrañamente vulnerable sin su conexión constante. Estaba "offline", una sensación que en aquel 2057 era casi como no tener vida. Su cuerpo reaccionó a esa vulnerabilidad; la excitación de ser una fugitiva en su propia ciudad la hizo respirar con dificultad. Se dirigió al baño a quitarse de encima la excitación acumulada. 

El agua de la ducha comenzó a correr, pero Sonia no entró de inmediato. Se quedó observando el vapor empañar el espejo, ocultando poco a poco su reflejo. El vapor de la ducha pronto se convirtió en una neblina que aislaba a Sonia del resto del mundo, creando un santuario privado en medio de la persecución. Se sentó sobre el mármol frío, buscando ese contraste térmico que disparaba sus nervios.

Se sentó en el borde de la bañera de mármol sintético, dejando que el calor del ambiente relajara sus hombros, aunque su mente estaba en cualquier lugar menos en calma. Cada vez que cerraba los ojos, no veía la luz dorada del Pike Place Market, sino la oscuridad del museo en Febrero.

Cerró los ojos y, de inmediato, la oscuridad de sus párpados se llenó con el rastro de Richard. No era solo un recuerdo; era una presencia fantasmagórica que sentía en la punta de sus dedos. Sus manos comenzaron a recorrer su propia piel con una urgencia que no era solo física, sino una necesidad de reclamar su cuerpo como algo propio, lejos de los rastreos  familiares.

Sus dedos, aún temblorosos por la falta de nicotina y el exceso de adrenalina, recorrieron su propio cuerpo. Era una necesidad de reafirmación; en un mundo donde todo era digital, hackeable y efímero, el placer físico era la única verdad a la que podía aferrarse.

La fricción rítmica y ascendente se sincronizaba con el eco de las palabras de Richard en su oído, esa promesa de libertad que la hacía arquear la espalda. Sonia se perdió en la geografía de su propio deseo, explorando los pliegues de su sensibilidad con una urgencia que nacía del recuerdo del vídeo de su madre, y de su encuentro con Richard en Febrero, y anoche. 

El calor húmedo del baño se fundió con el fuego interno que la consumía. Sus respiraciones se volvieron cortas, entrecortadas, como si el aire  fuera demasiado escaso para la intensidad de lo que estaba sintiendo. El pensamiento de Richard allá afuera, velando por ella, se mezclaba con la fricción y el calor, llevándola a un clímax que fue una descarga eléctrica silenciosa que recorrió su columna vertebral.

Fue una explosión silenciosa, un grito que murió en su garganta mientras sus músculos se tensaban y luego se relajaban en una entrega total. Por un instante, Sonia no era una fugitiva,  ni una hija de Aztechnology; era simplemente puro impulso y vida.

Minutos después, Sonia salió del baño envuelta en una toalla blanca, con la piel encendida y la mente, por fin, fría. La excitación residual se había transformado en una determinación férrea.


16 de Marzo, 2057. Jueves. Inn at the Market, Pike Place Market. 09:35.

Sonia se dejó caer en el sillón de cuero frente al ventanal, ya vestida con su vestido de tonos turquesa y jade, sintiendo el frescor del aire acondicionado de la suite. Una sombra densa empezó a reptar por su mente.

​Miró el Pike Place Market allá abajo, una colmena de gente anónima, y pensó en Richard. Había algo en su seguridad, en esa forma casi arrogante de moverse que la fascinaba. Richard la ponía. Y como había dicho ayer, tenían un polvo pendiente. O varios. Pero también era el arquitecto de su desaparición. "Silencio digital", le había dicho. Pero el silencio era un caldo de cultivo para la paranoia.

​Entonces, el pensamiento del vídeo de su madre emergió como un veneno.

​Si Richard decidía pulsar el botón de enviar, si esas imágenes degradantes llegaban a la Matríz Sonia sabía que algo dentro de su madre se rompería para siempre. Para el propio Richard también debiera haber consecuencias. —Sonia recordó la imagen de Richard mirando a cámara, sujetando por la nuca a su madre para masturbarse sobre ella— 
Pero que llegase a su padre, podría ser la venganza contra ambos por años de atarla en corto en su jaula dorada, y por años de haberla juzgado en secreto como 

​—Si lo reciben —pensó, con los ojos fijos en un transbordador que cortaba las aguas del estrecho—, su matrimonio quedará destruido y la carrera de papá más todavía, pero mamá sería la primera víctima.  ¿O quizás sería exponerla ante un espejo para que reconociese la clase de mujer que era? —Recordó su imagen, y la voz en off de Richard diciéndola que lo había perdido todo por la polla de un desconocido, o algo así—.

También pensó en quien sería esa tal Kassandra que grababa a ambos, con quien Richard parecía estar en sintonía. La voz de la mujer sonaba joven, con un acento ruso o eslavo. Su imagen —Rubia o platino hasta la cintura, enfundada en un mono de cuero negro escotado— la daban aspecto joven, una modelo probablemente. Visto lo visto, sin duda era la muñeca de Richard. 

​Imaginó su venganza contra sus padres no como un acto de justicia, pues no lo era, si no como un golpe poético de quien había sido tachada secretamente de puta por un matrimonio que de seguro había hecho cosas peores que disfrutar de la vida para medrar en la corporación. Ya no bastaba con esconderse. Necesitaba estar lista para tomar las riendas.


16 de Marzo, 2057. Jueves. Inn at the Market, Pike Place Market. 11:46.

Al abrir la puerta de la habitación, el pasillo del hotel le pareció una extensión infinita de alfombra silenciosa y luces indirectas. No se dirigió a los ascensores cromados del centro; sabía que allí había cámaras, y aunque no era probable que Aztechnology ya tuviese reconocimiento facial buscándola en todos los nodos de la RTL como si fuese una terrorista, era mejor no arriesgarse. En su lugar, buscó la puerta gris de la escalera de incendios.

El descenso fue rítmico. Sus pasos resonaban en el cajón de hormigón y metal, un sonido seco que se multiplicaba en los pisos inferiores. Bajó cinco plantas sintiendo cómo el aire se volvía más pesado, perdiendo el aroma a lavanda del hotel y ganando el olor a grasa de los conductos de ventilación.

Sonia se detuvo un segundo tras la pesada puerta de madera y cristal del Inn at the Market, dejando que sus pulmones se adaptaran al cambio de atmósfera. El aire filtrado y estéril de la suite fue sustituido por el bofetón sensorial de Seattle: una amalgama de salitre del estrecho, el aroma a levadura de las panaderías cercanas y ese olor que siempre dejaba la lluvia sobre el pavimento caliente.

Cruzó la puerta, y se vio sumergida en el flujo humano. Sonia se fundió en la corriente de turistas con cámaras, locales de la metroplex y trabajadores del mercado. Caminó con paso decidido pero sin prisas, imitando la inercia de la multitud. 

A cada paso, sentía una punzada de ansiedad: la ausencia de su teléfono era como haber perdido un sentido, una ceguera digital que la obligaba a confiar solo en sus ojos orgánicos. Se fijó en los reflejos de los escaparates, usándolos como espejos retrovisores improvisados para asegurarse de que ninguna figura destacaba detrás de ella.

Finalmente, se detuvo ante un puesto que vendía piroshki humeantes. Sacó el checkstick con el que pagaba su piso, sintiendo el plástico entre sus dedos, y esperó a que el vendedor le diera su almuerzo. Aprovechó a gastar algunos neoyenes más de forma estratégica comprando ropa que no fuese su estilo, y que ocultase su rostro. Gafas de sol de plástico de tipo aviadora, una gorra con visera que conjuntaba con las gafas, pantalones vaqueros, deportivas, dos camisetas, y una chaqueta de sintecuero barata que por su precio no duraría demasiado. 



16 de Marzo, 2057. Jueves. Pirámide Aztechnology, Downtown. 16:45.

El trideófono de despacho de Michel sonó marcando el momento del informe horario. 

Michel presionó el sensor y la voz de Vargas, su jefe de seguridad —un hombre cuyo rostro parecía tallado en cuero viejo y cuya lealtad estaba cimentada en años de operaciones encubiertas—, sonó en el despacho. Vargas no parecía complacido; el ruido de fondo sugería que se encontraba en movimiento en la calle, probablemente con el equipo que había asaltado el Austral

Señor Guzmán —dijo Vargas con una voz rasposa, haciendo una breve inclinación de cabeza—. Informe de las 16:45 horas. No tenemos novedades, pero un chico de datos ha encontrado una conexión que puede ser de su interés. Es sobre su mujer. El 8 de Febrero, supuestamente su esposa acudió al Dante´s Inferno con Gordon, pero este chico ha verificado que el Eurocar de Gordon, en el que ubica por su teléfono a su esposa, no se acercó siquiera al Dante´s Inferno, si no que viajaron a Belltown, al Garden in the city, y al apartamento de Gordon.
¿Desea que accedamos a las grabaciones del restaurante en quella fecha para verificar la presencia de su esposa?

—No es necesario. Centren los esfuerzos en localizar a Gordon o mi hija. 


16 de Marzo, 2057. Jueves. Pirámide Aztechnology, Downtown. 18:45.

El trideófono de despacho de Michel sonó marcando el momento del informe horario. 

Michel presionó el sensor y la voz de Vargas sonó en el despacho circunspecta.

Señor Guzmán —hemos accedido a los servicios de malla del teléfono de su hija. Hay un asunto de máxima delicadeza que debemos comentar, referente a un vídeo de carácter extremadamente sensible que involucra a su esposa. Lo tenía guardado su hija, enviado por Gordon. La cuestión merece ser tratada en persona. Querrá que autentiquemos el video. —Vargas dio una vía de salida a su ego—.
Por lo demás no había información de relevancia en el teléfono de Sonia, aunque ya estamos investigando a sus contactos. El de Gordon estaba reseteado a configuración de fábrica. 

Michel afrontó lo que se venía, recordando la paliza que le había propinado a su mujer, e impostando interés. 

—Deacuerdo, venga a mí despacho. 



16 de Marzo, 2057. Jueves. Inn at the Market, Pike Place Market. 11:46.

Comentarios

Entradas populares