Bienvenido al Pandemonium

14 de Enero, 2065. Miércoles. El Pandemonium, SODO. 22:18

Llegó a 6th Avenue South y siguió hacia el sur hasta el Pandemonium. Sobre la fachada del local, un neón parpadeante escupía una luz rosácea y violácea que apenas lograba perforar la bruma de la ciudad; las letras formaban el nombre Pandemonium. Los neones rosados y violetas del cartél parpadeaban erráticamente, reflejándose en los charcos de la acera. 

Había ocho motos aparcadas frente a la entrada principal con las luces de posición encendidas. No había porteros a la vista. El silencio en esa club, normalmente bullicioso con su música sugerente, era una señal clara de que algo estaba ocurriendo.

El interior del Westwind olía a cuero y a esa calma tensa que precede a la violencia. Deus revisó sus focos mágicos y el puñal de orichalcum en su espalda —su arma mágica—. No era solo un hombre; era un nexo de poder que caminaba.

Su consciencia en el plano astral recorrió sin prestar demasiada atención el Pandemónium. Ocho mujeres en el centro, rehenes de tres Ancianos. Otros dos hacían guardia, uno hacia el pasillo de camerinos y otro hacia la entrada principal. 
Apartados, en el despacho, había otros tres Ancianos, violando a Rachel. Uno sobre ella en una mesa, otro sentado cerca en un sofá, fumando, y el tercero en lo ue debía ser una barra de bar en la oficina. 
Eso sí atrajo su atención. Lo suficiente como para percibir la lujuria y la maldad de los Ancianos, la intoxicación de Rachel por alguna sustancia, y su profundo dolor espiritual. 

Bajó del coche. El agua resbaló por el cuero de su gabardina mientras se preparaba para desatar el infierno.

Deus se detuvo ante la entrada lateral, la que estaba reservada para aquellos que no necesitaban hacer cola ni ser cacheados por los porteros de seguridad de la puerta principal. Frente a él, la cerradura electrónica era un modelo Maglock de última generación, con un panel de acceso biométrico que brillaba con un azul gélido y prohibitivo.

Deus desenfundó su Ares Predator, confiando en no tener que llegar a necesitar las balas. Trazó un gesto descuidado con su zurda, conjurando sobre él un conjuro de invisibilidad. 

Cerró los ojos un instante. El maná fluyó desde el plano astral, moldeándose bajo su voluntad hasta formar un rielar en forma de rectángulo que envolvía su cuerpo: una barrera física tan densa que cualquier proyectil que intentara atravesarla rebotaría como si golpeara una pared de hormigón. El esfuerzo apenas le costó un suspiro. 

Aunque dos conjuros mantenidos podrían ser demasiado para algunos magos, él solo estaba comenzando la noche. Optó por usar el poder de dos de sus anillos (focos de mantenimiento) como la fuerza mágica que los conjuros exigían para mantenerse activos. 

Ahora conjuró un tercer hechizo de silencio y ató su energía a otro anillo. Ahora la luz y el sonido se moldeaban a su alrededor de forma imposible para mantenerle oculto. 

Acto seguido, extendió la mano izquierda hacia la cerradura Maglock. Deus no necesitó herramientas físicas ni cables de datos. Con un susurro de poder, lanzó un conjuro de Manipulación. Los componentes electrónicos internos de la cerradura, forzados por una energía que no comprendían, emitieron los voltajes y señales adecuados como si una retina autorizada hubiese pasado por el sensor. El panel biométrico pasó de azul a un verde sumiso.

La puerta se abrió con un siseo neumático, liberando una ráfaga de aire con el inconfundible olor del Pandemonium. 

El pasillo era oscuro, iluminado solo por tiras de leds rojos en el suelo que guiaban hacia el corazón del caos. Había camerinos a derecha e izquierda, con sus puertas cerradas, y al fondo otra puerta que sabía muy bien donde daba. 

La puerta se cerró a su paso. No había cruzado el pasillo cuando esa puerta se abrió, dejando ver el club desierto. Sin clientes ni bailarinas, solo las barras de baile desiertas y en silencio. 

El elfo que había abierto la puerta al escuchar la de la calle, apuntaba al pasillo con su Uzi, listo a vaciar el cargador, y confundido al no ver a nadie ni haber escuchado las puertas de los camerinos. Vestía cazadora y ropas de motorista, con la A verde de los Ancianos en su espalda. 

Deus se detuvo, un fantasma invisible e inaudible en mitad del pasillo, y tomando energía de su colgante —un foco de energía— conjuro un proyectil de pura energía psíquica que golpeó la mente del desprevenido pandillero elfo como un camión, derribándolo inconsciente sin que hubiese llegado a entender qué había sucedido con la puerta de la calle. 

El espacio central del Pandemonium, bajo los focos de neón verdes y rosas, junto al foso central donde todavía ardían las llamas —probablemente los Ancianos no hubiesen sabido apagarlas— se había convertido en un escaparate de carne y terror. En el centro de la sala, en un espacio libre de mesas y barras de baile, obligadas a arrodillarse, ocho bailarinas formaban un cuadro de vulnerabilidad absoluta. Camareras y seguridad habían sido mandados a casa, pero los Ancianos se habían quedado con las mujeres retenidas. 

Una de ellas, vestida con un disfraz de enfermera de látex blanco que apenas cubría lo indispensable, sollozaba en silencio, con el estetoscopio de juguete colgando entre sus pechos agitados por la respiración errática. A su lado, una joven con orejas de conejita y un corsé de raso negro que realzaba sus curvas temblaba con tal violencia que el pompón de su espalda vibraba rítmicamente. Otra de las cautivas, que lucía un bikini de hilos dorados que centelleaba bajo las luces estroboscópicas, ocultaba el rostro entre sus manos. Otras dos mujeres esperaban pacientes en bragas, con los pechos al aire. Dos mujeres más lloraban, con su maquillaje descompuesto en su rostro. Había tambien una octava mujer, completamente desnuda tras haber sido interrumpida en pleno show, intentaba cubrirse con sus propios brazos, su piel pálida erizada por el aire acondicionado y el miedo ciego.

Vigilandolas, tres elfos de los Ancianos se pavoneaban con la arrogancia de quienes se creen semidioses. Vestían sus chalecos de cuero negro tachonados de cromo, con las armas descansando con una familiaridad obscena sobre sus hombros. Uno de ellos, un elfo de rasgos afilados y ojos inyectados en sangre por los estimulantes, recorría con el cañón de su subfusil la línea de la espalda de la bailarina desnuda, soltando una carcajada seca que se perdía en la acústica del local.

—No lloréis, preciosas —masculló el pandillero, su voz cargada de una lascivia cruel—. Nos pone tristes veros tristes.

Las mujeres intercambiaron miradas de puro pánico. El sonido de los forcejeos y los ruidos sordos que escapaban de la oficina del fondo eran una sentencia de muerte para su dignidad. Sabían que Rachel Divine, la reina del Pandemonium, estaba siendo violada, y que el silencio del club solo era el preludio de su propio descenso al abismo.

Los tres elfos rieron de nuevo. Entonces, el ruido de su compañero al caer KO sobre las baldosas del pasillo atrajo las miradas de los otros 4 pandilleros que estaban en el club. Los 3 elfos que vigilaban a las mujeres dirigieron su mirada hacia allí, pero el cuarto, otro pandillero apartado que también estaba de guardia y había oído la puerta de la calle, ya había tomado posición, esperando que un atacante entrase por el pasillo —y pudiese dispararla por el flanco—. 

Si embargo, lo que el elfo vio fue como las ocho bailarinas y sus tres compañeros se derrumbaron pronos sobre la moqueta, como si alguien hubiese apagado si interruptor a la vez. Mucho tiempo después, el elfo despertaría, entendiendo que él también había sido noqueado sin resistencia.

Deus había pasado delante suyo, acumulado poder mágico de sus focos y lanzando un conjuro de área contra el grupo, golpeándolos como la fuerza mágica equivalente a un tren. Después, solo tuvo que lanzar otro conjuro contra el segundo guardia y dar el espacio central por despejado. 

Deus se detuvo entre mesas, en la gran sala vacía, dejando que sus ojos recorrieran el local con una calma gélida que precedía a la tormenta. Sus botas marcaban ligeramente la moqueta, la misma que tantas noches había pisado durante los últimos tres años.

Para el resto del mundo, el Pandemonium era un antro de vicio y neón; para él, había sido un santuario de observación religiosa. Tres años de una obsesión que se filtraba en sus venas como un veneno lento. Recordaba cada rincón, cada ángulo de luz, porque en cada uno de ellos había visto a Rachel Divine manifestarse como un milagro de carne y hueso.

Su mirada pasó por las barras de cromo:

Recordó la barra principal, la central, la que estaba incrustada en el foso central, rodeada de llamas que daban nombre al club. Recordaba a Rachel emergiendo de la bruma artificial de las máquinas de humo, trepando por el poste con una agilidad sobrenatural. El reflejo de las llamas bailaba sobre su vientre y sus muslos.

Sus ojos se desviaron hacia la barra del rincón izquierdo, la más cercana a los reservados principales. Allí, ella solía ser más agresiva, más felina. La recordaba arqueando la espalda, con la mirada de esmeralda fija en la suya, bailando solo para él a través de la distancia, aunque nunca se hubieran dicho una palabra. Era una danza de desprecio y promesa.

Incluso en la barra secundaria, la que estaba cerca de la cabina de sonido, Rachel lograba que el ambiente se volviera eléctrico. Deus recordaba cómo ella utilizaba el ritmo industrial para fragmentar sus movimientos, convirtiéndose en una musa viviente.

Deus dejó que su mirada se deslizara hacia la cuarta barra, situada en el extremo opuesto de la barra de licores, un rincón de penumbra donde la iluminación de neón apenas llegaba. Recordaba a Rachel allí, moviéndose con una cadencia hipnótica y lenta, casi fúnebre, mientras el humo de los cigarrillos envolvía su silueta como una mortaja de seda. En esa barra, ella solía apoyar una sola mano, dejando que su cuerpo describiera arcos perfectos en el aire, con una melancolía que solo Deus parecía capaz de descifrar. Era el baile de la soledad en medio de la multitud, una coreografía de aislamiento que él había estudiado hasta memorizar cada sutil contracción de sus músculos.

Luego, sus ojos buscaron el lugar de la quinta, una estructura de latón envejecido que presidía el pequeño escenario circular cerca de la entrada de los otros reservados privados. Allí, Rachel se transformaba en una depredadora. Deus la recordaba ascendiendo por el metal con una fuerza felina, sus ojos verdes centelleando con un desafío gélido hacia los ejecutivos que intentaban tocarla. Recordaba el sonido rítmico de sus tacones golpeando la plataforma, un metrónomo que marcaba el pulso de su obsesión.

Finalmente, evocó la sexta barra, donde Rachel solía descender como una deidad lunar. La veía allí, girando con una lentitud que desafiaba la gravedad, su cabello platino flotando en el aire mientras sus piernas largas y perfectas se enredaban en el metal. Recordaba el roce de su piel contra el frío acero y cómo el sudor brillaba bajo los focos como diamantes líquidos.

​Seis barras. Mil noches de estudio silencioso. Tres años de una obsesion silenciosa que ahora ardía en su pecho como el núcleo de un reactor. La profanación de este espacio, el templo donde él había adorado su imagen, era un pecado que solo podía lavarse con la sangre de los Ancianos.

El aura de Deus vibró, la barrera antibalas emitió un pulso casi imperceptible. La nostalgia se transformó en una determinación absoluta.


14 de Enero, 2065. Miércoles. El Pandemonium, SODO. 21:59

El asalto de los Ancianos había sido rápido, una coreografía de botas de cuero pesadas, cazadoras de cuero y culatazos contra los rostros de los clientes que no fueron lo bastante rápidos para huir. Los camareros y los de seguridad tuvieron que optar por huir o tragar plomo, y escogieron la mejor parte del valor. 

En el centro de la sala, en un espacio libre de mesas cerca del foso de llamas, las nueve bailarinas habían sido agrupadas como ganado. Rachel Divine destacaba entre todas ellas, no por su atuendo —bikini y botas de tacón por encima de la rodilla, color azul oscuro que reflejaba el verde y el rosa del club— sino por exudar un atractivo sexual y por la rectitud inquebrantable que mantenía incluso bajo la amenaza de las Uzis. Mientras las otras ocho lloraban o suplicaban, Rachel clavaba sus ojos verdes en los agresores con un asco infinito.

—Esa es la joya de la corona —masculló uno de los pandilleros en Sperethiel, un elfo de complexión atlética y mirada de maníaco, apodado Bane.

Se acercó a ella y, con un movimiento brusco, le agarró el cabello platino, forzándola a echar la cabeza hacia atrás. Rachel no gritó; solo apretó los dientes, manteniendo la dignidad mientras el elfo inhalaba el aroma de su cuello con una lascivia que hizo que las otras bailarinas se estremecieran.

—El jefe dice que hoy la pureza de la sangre elfa se celebra de forma... privada —dijo Bane, dedicándole una sonrisa cruel a dos compañeros.

Los otros dos pandilleros, dieron un paso al frente. Entre los tres, rodearon a Rachel. Bane la levantó bruscamente por el brazo, mientras los otros dos la flanqueaban, cerrando cualquier vía de escape. Rachel luchó, golpeando con sus tacones y gritando, tratando de arañar sus rostros mientras las otras ocho mujeres se quedaban quietas, encañonadas por otros tres elfos. Uno de los pandilleros la inyectó un chute de Gamma-escopolamina al cuello. En segundos, la resistencia de Rachel se desvaneció; sus piernas flaquearon y su cabeza cayó hacia atrás, con los ojos esmeralda nublados por el narcótico.

—Llevadla a la oficina —ordenó Bane, arrastrándola mientras sus pies descalzos rozaban la moqueta—. Vamos a ver si esa arrogancia sabe igual de bien con una polla dentro.

Las otras bailarinas observaron con horror cómo su compañera era arrastrada y los 3 elfos la llevaban hacia el fondo, desapareciendo tras la puerta de la oficina entre las risas de los tres hombres. Fue en ese momento cuando el resto de los pandilleros obligaron a las supervivientes a arrodillarse y estarse quietas. 

La oficina del dueño del Pandemonium era un santuario de elegancia clásica, casi un pequeño club dentro del club. El aire allí dentro estaba viciado, impregnado del olor a cuero caro, sándalo y el rancio aroma de los puros que el dueño solía fumar.

Cuando los tres Ancianos entraron arrastrando el cuerpo lánguido de Rachel, las luces automáticas se encendieron con un brillo ambarino, revelando un espacio diseñado para la intimidación. En el centro destacaba un inmenso escritorio de sintemadera de teca negra, pulida hasta brillar como la obsidiana, sobre el cual descansaban varios monitores que mostraban las cámaras de seguridad del club, ahora mostrando los pasillos vacíos.

A un lado de la sala, un sofá de sintepiel, de un color rojo sangre profundo, esperaba junto a una mesita y otra butaca, bajo un cuadro de arte abstracto que parecía representar una explosión de vísceras digitales.

Bane lanzó a Rachel sobre una alfombra de sintepiel de oso polar. La elfa quedó allí tendida, con sus extremidades pesadas por el narcótico, su cabello platino esparcido sobre el pelaje blanco como una mancha de luz lunar.

—Mirad este lugar —dijo uno de los Ancianos, mientras cerraba la pesada puerta de acero reforzado—. Es demasiado bueno.

—Hoy es nuestro —respondió Bane, desabrochándose el pantalón de cuero mientras se acercaba a Rachel.

Empezó a tirar los objetos sobre el escritorio —una pitillera de plata, una lámpara de diseño, varios marcos de fotos, y un terminal— esparciéndolos por el suelo para hacer sitio. El sonido del metal chocando contra el suelo fue lo último que Rachel escuchó antes de que Bane terminase de quitarse sus pantalones y sus boxers, la levantara, y la arrojase de nuevo, no sobre una piel de oso ahora, si no sobre la mesa de teca.

Los otros dos pandilleros se apostaron junto a la puerta y el bar privado de la oficina, riendo mientras se servían copas de un sintewhisky de 50 neoyenes la botella, observando a Rachel con la paciencia de los buitres.

Bane no perdió tiempo en preliminares. Rachel estaba allí, tendida como una muñeca rota, con la mirada desenfocada, mientras el compuesto gamma dictaba una parálisis cruel que la dejaba consciente pero incapaz de gobernar sus propios músculos. Dejó su Uzi en el suelo, sacó su navaja, y cortó el bikini azul de Rachel dejando al aire sus pechos y coño bien recortado. 

El elfo la agarró por los muslos, por las botas, abriéndola de par en par las piernas. El olor a hembra llegó hasta su nariz, y miró a sus compañeros, apartados. Tiró su navaja junto a la Uzi y volvió a agarrar a Rachel por los muslos. 

Rachel sintió el contacto frío de la madera pulida contra su espalda desnuda y, poco después, la invasión brutal de la polla del Anciano, entrando en ella por la fuerza. Al no haber rastro de excitación en su cuerpo, su anatomía se resistía de forma natural; su feminidad estaba seca, cerrada en un espasmo de rechazo biológico que hacía que la penetración fuera una fricción violenta y dolorosa.

Bane soltó un gruñido de satisfacción maliciosa al sentir esa resistencia. El jadeo animal de quien se sabe dueño de la vida de otro. Se ensañó con ella, moviéndose con embestidas rítmicas y descuidadas que hacían que el pesado escritorio de madera vibrara sobre la moqueta. 

Rachel, atrapada en su propia mente, sentía cada desgarro, cada roce abrasivo de la piel de él contra la suya, pero su garganta solo era capaz de emitir un leve siseo de aire, incapaz de articular el grito de agonía que desgarraba su espíritu. 

Los otros dos pandilleros observaban desde el bar, bebiendo el whisky robado y soltando comentarios obscenos, celebrando la caída de la jodida Rachel Divine como si fuera un trofeo de caza. Bane, ignorando las lágrimas silenciosas que empezaban a resbalar por las mejillas de Rachel, hundió sus dedos en las caderas de ella, dejando marcas moradas que tardarían días en borrarse, si es que Rachel llegaba a vivir tanto tiempo.

—Esta puta está muy cerrada, tíos. Creo que voy a tardar un poco, hehe.

—Tranquilo Bane, nadie va a venir a salvar a una puta. Fóllatela de tranqui y déjanos algo. 

Rachel intentaba gritar, pero su garganta estaba sellada por el narcótico; solo un gemido sordo, casi inaudible, escapaba de sus labios entreabiertos. En su interior, algo se quebraba con cada golpe del escritorio contra el suelo. Se sentía pequeña, reducida a un amasijo de carne mientras las risas de los otros Ancianos llegaban a sus oídos como ecos de un infierno lejano.
Cerró los ojos, buscando refugio en la oscuridad de su propia mente, pero incluso allí el dolor la encontraba, recordándole que su cuerpo estaba siendo profanado con el desprecio más absoluto. En medio de esa agonía, una parte de su consciencia empezó a emitir un ruego silencioso hacia el vacío del club, hacia cualquiera que pudiera escuchar el grito de su alma.

Bane sentía una descarga de adrenalina que le hacía hervir la sangre, una euforia de poder. Para él, tener a la famosa Rachel Divine sometida bajo su peso era el trofeo máximo.
Cuando se la metía, la sensación era de una resistencia física brutal que excitaba sus instintos más primarios. Su polla experimentaba una presión intensa, debido a la sequedad absoluta de la stripper. El roce de su glande contra las paredes vaginales de Rachel no era suave ni fluido; era una fricción áspera, un agarre estrecho y abrasivo que enviaba chispas de placer puramente egoísta a su cerebro. Cada embestida era un esfuerzo consciente, una conquista de territorio enemigo.
Disfrutaba del calor interno que contrastaba con la piel fría de ella, y de cómo la estrechez de Rachel, forzada por el rechazo de su propio cuerpo, lo envolvía como un guante de lija. El contacto de su base contra el pubis de la elfa, rítmico y violento, le devolvía un eco de carne chocando contra carne, un sonido que alimentaba su lascivia. Sentía la textura de la sintemadera de teca vibrando bajo ellos, y la rigidez de las piernas paralizadas de Rachel.
Para Bane, el hecho de que ella no estuviera lubricada era la prueba de su dominio: estaba forzando su camino a través de un coño que no le quería dentro. Esa fricción abrasiva, ese fuego seco en su sexo, era una marca de posesión grabada con cada sacudida sobre el escritorio.



14 de Enero, 2065. Miércoles. El Pandemonium, SODO. 22:18

Con cuidado, Deus probó la puerta del despacho, y descubrió que no habían cerrado por dentro. Entonces preparó su Ares Predator mientras escuchaba los ruidos de la violación —gemidos, el ruido de la mesa, sollozos de Rachel— y abrió la puerta de golpe apuntando con la Predator.

La imagen de Rachel —la deidad que Deus había visto flotar en las siete barras del club— estaba ahora reducida a una figura quebrada sobre el escritorio de madera negra.

El elfo que violaba a Rachel estaba sobre ella, en la mesa de la oficina, y hacia él disparó Deus, derribándolo hacia el otro lado del escritorio cuando sus balas le alcanzaron.

El pandillero que fumaba en el sofá apuntó su Uzi hacia la puerta, incapaz de ver al recién llegado, pero comprendiendo que se enfrentaba a un mago. 
Con la copa en la mano y la risa muriendo en su garganta, su compañero tardó un segundo agónico en reaccionar. Imitó a Bane, regando de plomo la puerta y al recién llegado invisible. 

Pero la lluvia de plomo rebotó en pleno aire, como si un muro transparente de hormigón se hubiese interpuesto en el vuelo de las balas. 
Sin tiempo de entender lo que estaba sucediendo, los Ancianos tiraron de los gatillos por segunda vez. Ahora, mientras las balas volvían a chocar contra el conjuro de protección de Deus, este lanzó otro conjuro sobre Rachel, un cubo de energía invisible que impediría a los pandilleros acercarse a ella. 

—¡¿Quién coño...?! —logró rugir Bane, apartandose del sofa mientras su rostro, se transformaba en una máscara de terror absoluto.

El siguiente conjuro de Deus fue dirigido hacia él mientras los Antiguos seguían agotando sus cargadores. Bane entró en combustión y comenzó a arder, gritando. 

El elfo cayó de rodillas sobre la alfombra de piel de oso polar, que empezó a chamuscarse bajo él. Sus alaridos desgarraron el aire de la oficina, un sonido agudo y burbujeante a medida que el calor inhalado cauterizaba sus cuerdas vocales desde dentro. 
La sensación para él era la de mil agujas al rojo vivo penetrando simultáneamente cada poro; su piel comenzó a ampollarse y a desprenderse en jirones negros, revelando el tejido muscular que se contraía violentamente bajo el suplicio térmico.

El olor en el despacho cambió drásticamente, volviéndose denso y nauseabundo. El hedor dulzón y pesado de la carne elfa quemada, era un olor que se pegaba a las paredes y a la garganta, una esencia de muerte carbonizada que parecía manchar incluso el aire ambarino de la habitación.

Rachel, desde su posición forzada en el escritorio, veía cómo la figura del elfo se convertía en una antorcha humana y se deshacía de rodillas. 

Bane seguía todavía ardiendo de rodillas cuando el otro elfo volvió a disparar su Uzi. El siguiente conjuro fue para él, que también arrancó en una combustión espontánea, comenzando a gritar de dolor. 

Un chasquido metálico resonó en la oficina, seguido del siseo violento de las válvulas de presión al liberarse. De las boquillas de cromo incrustadas en el techo, estalló una lluvia torrencial de agua tratada con retardantes químicos, fría y pesada, que cayó como un telón sobre el caos. Al chocar el agua fría con los restos incandescentes de los dos pandilleros que ardían, se generó una columna de vapor blanco y denso que siseaba como mil serpientes. El olor a carne chamuscada se volvió aún más insoportable, una humedad pesada y rancia que se pegaba a la garganta. 

El agua golpeaba con fuerza la superficie de obsidiana del escritorio, cubriendo el cuerpo de Rachel. Las gotas frías resbalaban por su piel pálida y empapaban su cabello platino. 
Los dos Ancianos se derrumbaron, cayendo al suelo agradecidos por la poderosa lluvia que extinguía sus llamas. 
Deus, invisible e inaudible cruzó la oficina hasta el otro lado de la mesa sobre la que yacía una violada Rachel. 
Allí en el suelo, el elfo que había estado violando a Rachel aguardaba, todavía consciente pero herido, con su sangre dispersa a su alrededor por el agua. 
Deus apuntó y soltó dos balas a su pecho, sentenciandolo. 
Los muros mágicos con qué había rodeado a Rachel todavía se erguían, impidiéndole llegar a ella. Era mejor así. Había temido que al quemar vivos a los Ancianos se acercasen demasiado y la quemasen a ella. En un momento se encargaría de ella. 

Ahora dio unos pasos hacia uno de los pandilleros combustionados. 
—¿Ahora los Ancianos os dedicáis a violar a las de vuestra raza? Cuéntame de qué va esto y saldrás vivo de aquí. 

—Nos envió nuestro Capitán, teníamos que llevarle a Rachel Divine, una corpo paga por ella, supongo que somos sus intermediarios. Daba igual como llevarla, la cosa era llevarla —El elfo, no tan quemado como su compañero, transmitía la sinceridad de quien busca que cese el dolor. Una sinceridad confiable. 

Deus miró a su compañero, tirado junto a la alfombra de oso blanco, luchando mucho más por sobrevivir. 
—¿Y tú? ¿Algo más que aportar?
Bane luchaba por respirar entre Dolores. 
—Que te jodan fantasmita, me he follado tú chochito, hehe.

Deus gesticuló en dirección a Bane. Aunque los aspersores seguían inundando la oficina, la agonía de la combustión espontánea provocada no se pareció a la de un incendio convencional; fue una traición de la propia materia. El pandillero no ardió desde fuera hacia adentro, sino que cada célula de su cuerpo decidió, simultáneamente convertirse en un horno.
El primer síntoma fue un grito que se ahogó antes de nacer. El aire en sus pulmones se calentó a cientos de grados en un instante, calcinando el tejido pulmonar y convirtiendo su aliento en un vapor abrasador que le salió por la nariz y los oídos. Sus ojos, compuestos mayoritariamente por agua, hirvieron en sus cuencas; la presión interna hizo que los globos oculares estallaran en un siseo de fluido vítreo que se evaporó antes de tocar sus mejillas.
La sensación para el elfo fue un dolor total y absoluto, una sobrecarga de los receptores nerviosos que el cerebro no pudo procesar. No sintió el fuego como un dolor externa, sino como si su propia sangre se hubiera transformado en plomo fundido que circulaba por sus venas, cocinando sus órganos internos de forma rítmica con cada latido del corazón que luchaba por seguir latiendo.
A medida que el fuego consumió la grasa subcutánea, la piel comenzó a estirarse y agrietarse como el cuero viejo puesto al sol. No hubo ampollas, solo una carbonización instantánea que convirtió la piel en una costra negra y quebradiza que se desprendió en copos de ceniza mientras el sujeto aún intentaba moverse. 
El sonido fue aterrador: un crepitar constante de huesos que se fracturaron por el choque térmico y tendones que se encogieron, obligando al cuerpo a adoptar una postura fetal grotesca, la llamada "posición de esgrimista" de las víctimas de grandes incendios.
Lo último que perdió fue la consciencia. El cerebro, protegido brevemente por la caja craneal, bulló en su propio líquido cefalorraquídeo hasta que las meninges se fundieron. En esos últimos milisegundos, el pandillero experimentó la realidad de ser una antorcha viva, una columna de fuego que no emitió humo negro, sino un resplandor azulino y purpúreo provocado por la ignición de los gases internos.

Deus apuntó al superviviente con su Predator, inconscientemente, como si el pandillero pudiese verle.
—Se buen chico, ¿deacuerdo? Date cuenta que todavía estás vivo. 
Mentalmente, Deus disipó las barreras mágicas que envolvían a Rachel, y se acercó hasta ella en la mesa. 
Su próximo conjuro, fue una formula mágica destinada a reconfigurar las energías esenciales de un cuerpo para purgarlo de tóxicos. Como Rachel no portaba ni un solo ciberimplantes, fue fácil que el hechizo limpiase de gamma-escopolamina su sistema. 

Se inclinó sobre el escritorio, disipó su conjuro de invisibilidad para aparecer súbitamente en mitad de la oficina. Envolvió el cuerpo de la elfa con su gabardina
Con una delicadeza que contrastaba con el poder que acababa de desplegar, deslizó un brazo bajo la nuca de Rachel y el otro bajo sus rodillas, levantándola de la superficie fría y húmeda de la madera.
—Ya pasó, Rachel —susurró Deus—. Ya no estás sola. Estoy aquí. ¿Me recuerdas? Vengo por el club.

Rachel, sintiendo que la parálisis de la gamma desaparecía, comenzó a llorar. 
Sintió cómo Deus apoyaba su mejilla contra la coronilla de ella, aspirando el aroma de su cabello platino, ahora empapado.
Con una mano, Deus empezó a acariciar su rostro, retirando los mechones húmedos que se pegaban a sus mejillas. Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula con una veneración religiosa.
—Mírame, Rachel. Ya ha pasado. Estate tranquila, el club está bajo control —le pidió con suavidad, balanceándola ligeramente como si estuviera arrullando a una niña, a pesar de su 1,80—. 
Rachel clavó sus ojos verdes en los de él. En la profundidad de esa mirada, encontró el refugio que tanto había anhelado los eternos últimos 20 minutos. La reina del Pandemónium se permitió acurrucarse en la calidez de aquel fan que se había convertido en su héroe particular.

Deus la colocó en el sofá de sintecuero rojo, demasiado cerca para su gusto del olor a Anciano incinerado, pero por el momento tendría que servir. Volvió junto al Anciano, tirado en el suelo, no tan incinerado como podría estar, todavía bajo la lluvia de los aspersores. 

—Explícamelo todo, con calma y al detalle, y seguirás respirando. 

—Nuestros capitanes son Sting y Green Lucifer, la movida empieza con ellos. —El acento élfico del pandillero era muy marcado— Por lo que sea, alguien de Yamatetsu les pidió llevarles a Rachel Divine. Nadie dijo nada de cómo tenía que llegar, solo había que pasársela está noche a unos tíos en un garaje del distrito elfo del Downtown, tíos de la corporación, supongo, o quizás otros independientes. Doscientos mil neoyenes, veinte para cada uno, un trabajo regalado. 

Deus sacó su teléfono. 
—En que puto garaje

—Uno subterráneo, la 12 con Lincoln. No sé si alguna planta concreta o cómo. 

Deus tecleó con rapidez.

DE: Deus 2065/01/14 22:20 UTC-8
PARA: Mouse

Necesito saber, personal de Yamatetsu en el garaje de la 12 con Lincoln, en el distrito elfo, en que andan. Esperan que les lleven a Rachel, y necesito saber porqué y quien está detrás. Averigua lo que puedas. Urgente. 

—Rachel, tú estás al mando aquí. ¿Que hago con este? 

El primer sentimiento que inundó a Rachel fue una náusea existencial. Todavía podía sentir la fricción abrasiva en su interior, una huella térmica de la invasión de Bane que el agua fría de los extintores no lograba borrar. Su mente intentaba recomponer la imagen de sí misma, reducida a un objeto sobre un escritorio de teca.
El terror que la había mantenido muda se transformó en una furia gélida; Bane la había violado, se había corrido en ella, y había dado el relevo a su compañero. No tenía ninguna duda de que este hubiese ido detrás. 
Rachel intentó tragar saliva, pero su garganta seguía seca. Se esforzó por enfocar sus ojos en la figura patética del pandillero medio achicharrado. El esfuerzo por hablar le dolió, como si sus cuerdas vocales estuvieran cubiertas de vidrio molido.

Sela sintió que su piel ya no le pertenecía. La penetración de Bane había quedado grabada en sus terminaciones nerviosas como una quemadura de ácido que el agua fría de los aspersores no lograba mitigar.
La sumisión química lo hacía peor. Haber sido una observadora lúcida de su propia violación, sin poder mover un solo músculo para defenderse, había generado en ella una culpa poderosa. Se castigaba mentalmente por la quietud de sus extremidades. En su mente, se repetía una y otra vez la imagen de sus propios ojos fijos en el techo mientras aquel animal la trataba como carne inerte.
Sintió que el olor de los pandilleros, esa mezcla de sudor rancio y cuero barato, se había quedado impregnado en su esencia. 
Sela intentó recoger los pedazos de "Rachel Divine", pero descubrió que los bordes cortaban. 
Su drama psicológico se convirtió en una lucha desesperada entre el deseo de desvanecerse para siempre y la necesidad de reclamar su venganza a través de la sangre. 

—Hijo de puta... —comenzó, y sonó como una plegaria—. Que sufra, porfavor. No dejes que muera rápido. 

Su petición de venganza, sin ser consciente, no nació de la justicia, sino de un instinto de supervivencia: al dictar la sentencia, Sela intentó desesperadamente usar la agonía de ese Anciano como el primer ladrillo para reconstruir su ego destrozado.
Sela se aferró a la gabardina de Deus que la cubría —desnuda salvo por sus largas botas— como si fuera lo único que impedía que su alma se dispersara, arrastrada por el agua de los aspersores. 

Deus desvió la mirada del rostro descompuesto de Sela hacia el pandillero que suplicaba en el suelo. El agua de los extintores, ahora teñida de un rosa pálido al mezclarse con la sangre y el hollín, le cubría los pies. El elfo superviviente, al escuchar la sentencia dictada por la mujer, comenzó a sacudirse en un espasmo de puro pánico, intentando arrastrarse lejos de la sombra de Deus.

​—Ella ha hablado —sentenció Deus—.

​Deus no desperdició más saliva. Extendió su mano izquierda hacia el pecho del Anciano. No conjuró la combustión espontánea otra vez,  sino algo mucho más insidioso. Invocó una fórmula mágica diseñada para sobreestimular los receptores del dolor sin dañar los órganos vitales.

​El efecto fue inmediato. El pandillero no gritó; no pudo. Sus músculos se contrajeron con tal violencia que el sonido de sus propios tendones desgarrándose se escuchó por encima del agua. Su piel, ya castigada por las quemaduras previoas, comenzó a volverse hipersensible: cada gota fría que caía de los aspersores golpeaba su cuerpo con la fuerza de un martillazo al rojo vivo. Deus le estaba regalando una agonía dilatada, una percepción del tiempo donde cada segundo de sufrimiento se expandía hasta volverse eterno.

​Deus le dio la espalda al hombre que se retorcía en agónia sobre el suelo de madera y regresó bajo los extintores junto a Sela. Se sentó en el borde del sofá rojo, ignorando cómo el cuero se empapaba bajo su peso. La rodeó con sus brazos, permitiendo que ella se hundiera contra su pecho, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello.

​—Ya no tienes que ver esto —le dijo al oído, mientras su mano derecha acariciaba rítmicamente su espalda, tratando de transmitirle una seguridad que el mundo exterior ya no poseía—. Vamos a encontrar a quien pagó por esto. Vamos a quemar Yamatetsu si es necesario.

​Deus sintió una vibración en su bolsillo. Su enlace de datos acababa de recibir una respuesta.

DE: Mouse 2065/01/14 22:21 UTC-8
PARA: Deus
ASUNTO: Re: Re: Problemas en el Pandemonium

Me pongo a ello. Ya veo la que has liado en el Pandemónium. 



14 de Enero, 2065. Miércoles. El Pandemonium, SODO. 22:22

Deus salió de la oficina goteando, igual que la propia Rachel, cubierta solo por sus botas y la gabardina del mago. 
Aunque caminaron hacia el centro, donde Ancianos y bailarinas seguían KO cerca del foso con llamas, Rachel se dirigió hacia el pasillo de los camerinos. 


Deus se quedó goteando después junto a los 11 cuerpos inconscientes. El ruido de los extintores de la oficina no bastaba para despertarles, pero pronto lo harían. Remató con su Ares Predator a dos Ancianos con sendos tiros a la cabeza. Los disparos despertaron a bailarinas y pandilleros mientras la sangre de las cabezas, viscosa y oscuras manchaba la moqueta a medida que se extendía. 

Las mujeres, hasta entonces sumidas en una inconsciencia profunda provocada por el conjuro mental de hace un rato, comenzaron a agitarse en un despertar caótico y fragmentado.
El primer sonido que salió de la masa de cuerpos femeninos fue de sorpresa, sin haber llegado a ser conscientes de que algo las había noqueado. Sus párpados, finos como el papel, temblaron con un ritmo febril antes de abrirse a un mundo que recordaban como una pesadilla.
La mujer vestida con el disfraz de enfermera de látex blanco, una prenda que apenas si la cubría y que, tras la violencia sufrida, estaba arrugada, fue de las primeras en incorporarse. Se frotó los ojos nublados con una mano, mientras su pecho, casi completamente expuesto por el escote, subía y bajaba con una respiración entrecortada. 
A su lado, la joven con orejas de conejita y el corsé de raso negro, una tela que, bajo la luz estroboscópica, revelaba su textura transparente, se quedó sentada, con la mirada perdida.
Otra cautiva, en bikini de hilos dorados que centelleaban bajo las luces, intentaba incorporarse con movimientos torpes y desarticulados. 
Otra, vestida solo con bragas, ocultaba el rostro entre sus manos. Sus pechos, al descubierto, eran una marca de su vulnerabilidad, con los pezones endurecidos por el aire frío que circulaba por el local. 
Otra mujer más, completamente desnuda, salió rauda en dirección a los camerinos. 
Entre este desorden de carne y terror, las miradas de las ocho mujeres comenzaron a converger hacia un punto común: la figura imponente de Deus. Era Richard, el viejo cliente, el fan obsesionado con Rachel que había estudiado cada contracción de sus músculos en las seis barras del club.
Una de las mujeres, en bragas, y con el maquillaje descompuesto del llanto y la mirada fijada en Deus, dejó escapar un susurro: “Es un mago”. 

Los dos elfos que habían quedado con vida tras la purga inicial se agitaron sobre la moqueta. Uno, el que había estado encañonando a la bailarina con su Uzi, el otro, el primero que había sido noqueado al escuchar a su compañero ser derribado en el pasillo de camerinos. 
Los dos disparos de la Ares Predator actuaron como un martillazo en sus sistemas nerviosos, sacudiéndolos de la inconsciencia mágica. 
El primero en reaccionar fue el pandillero que había estado encañonando a la bailarina.
Al abrir los ojos, lo primero que registró su cerebro fue el olor denso y ferroso de la sangre fresca. A pocos centímetros de su rostro, la cabeza de uno de sus compañeros presentaba un boquete humeante, y una mancha oscura y viscosa se expandía por la moqueta, empapando el cuero de su bota. El elfo soltó un grito ahogado, un sonido quebrado por el pánico, mientras intentaba retroceder apoyándose en sus codos, pero sus manos resbalaron en el fluido caliente que ya cubría gran parte del suelo.
Intentó alcanzar un cuchillo que llevaba en el muslo, pero sus movimientos fueron torpes, entorpecidos por el dolor residual del hechizo de área que los había derribado a todos.
Vió a Deus de pie, goteando agua, con la Predator todavía humeante en la mano derecha. 

—Quedaros quietos y respondedme algunas preguntas y saldréis vivos de esta. —Deus encañonó al elfo más alejado, junto al pasillo de camerinos, pero apuntó al Anciano que reputaba sobre sus codos junto a las mujeres con su índice, como si fuese un segundo cañón. 

Su compañero, volvió en sí también. La tensión creció entre las strippers al ver a dos pandilleros volver en sí. Rehenes hasta hace minutos, ahora el balance de poder parecía haber cambiado con la llegada del conocido cliente del club. 
Para el elfo, la escena que se desplegó ante él fue dantesca. Vio a Deus, la figura oscura y goteante, erguida sobre los restos de sus compañeros. 
El elfo retrocedió un paso, chocando contra el marco de la puerta, con los ojos desorbitados al ver el charco de sangre que se extendía desde las cabezas rematadas de los otros Ancianos. Su instinto le gritaba que corriera, que desapareciera, pero el peso de la mirada de las mujeres y la presencia opresiva del pistolero lo mantuvieron anclado al suelo, convertido en el último testigo del juicio que se estaba llevando a cabo en el corazón del Pandemonium.

La arrogancia de quienes se creían peligrosos se había evaporado, sustituida por una palidez cadavérica que resaltaba bajo los focos rosas y verdes del local.

— Que sabéis del trabajo de esta noche, quiero detalles. 

El elfo que antes había rozado con su arma la espalda de la stripper, fue el primero en hablar. Sus manos temblaban de forma espasmódica sobre el suelo.
— No nos mates, chumm... por favor —suplicó, con la voz quebrada—. El trabajo... Sting y Green Lucifer recibieron la llamada hace dos días. Nos dijeron que viniesen os sin liarla demasiado y cogiésemos a la elfa, Rachel Divine. Por eso largamos a los gorilas y las camareras, no hemos matado a nadie, chumm.

El pandillero del pasillo, viendo que su compañero hablaba para salvar el cuello, se acercó tambaleante, manteniendo las manos bien visibles.
— Es cierto —añadió con urgencia—. El plan era fácil: entrar rápido, neutralizar a las chicas y llevarnos a Rachel Divine. Se suponía que era un encargo limpio. El pago era de doscientos mil neoyenes. Veinte mil para cada uno incluyendo a Sting y Green Lucifer.
El primer elfo, se puso de pie y escupió un poco de saliva espesa antes de continuar.
— Nos dijeron que la elfa era un pedido especial para Yamatetsu. Teníamos que entregarla viva en un garaje subterráneo, en la intersección de la 12 con Lincoln, en el Downtown. Allí nos esperarían unos tipos en furgonetas negras, gente de la corporación o mercenarios contratados por ellos, no lo sabemos. Solo teníamos que soltarla y recoger el resto del pago.
Los dos se quedaron mirando a Deus con un terror reverencial. Alrededor, las bailarinas observaban la escena con una mezcla de asco y fascinación, mientras el silencio del club volvía a ser absoluto, roto solo por el llanto silencioso de la chica del bikini dorado.

La mirada de Deus, gélida y distante, les indicó a las mujeres que el control ya no era suyo, sino de ellas.
— Le debéis mucho a estas señoritas.

​La reacción fue inmediata, un estallido de energía contenida que rompió la atmósfera contenida del club. 
La primera en moverse fue la mujer del disfraz de enfermera. Sin decir una palabra, se abalanzó sobre el elfo que había estado burlándose de ellas antes de la llegada de Deus. Sus uñas, largas y cuidadas para el espectáculo, se convirtieron en garras que buscaron el rostro del pandillero, desgarrando la piel y dejando surcos rojos que empezaron a sangrar al instante.

​Inspiradas por su rabia, las otras bailarinas se unieron a la descarga. La joven de las orejas de conejita, cuyo corsé de raso negro ya no ocultaba nada ante el vigor de sus movimientos, utilizó sus tacones como arma contra las rodillas del elfo. 

​Una de las strippers en bragas, se lanzó sobre el guardia del pasillo. Sus manos se cerraron alrededor del cuello del elfo con una fuerza nacida de la pura desesperación, mientras las demás pateaban y golpeaban cualquier parte de los Ancianos. 

​Los pandilleros, que antes se sentían los dueños de la situacion, se encogieron en posición fetal, emitiendo gemidos ahogados y súplicas que nadie escuchó. No intentaron defenderse; el terror que les inspiraba la presencia silenciosa de Deus era mayor que el dolor que les infligían las mujeres. Sabían que, si levantaban una mano contra ellas, el mago no dudaría en convertirlos en ceniza antes de que pudieran parpadear.

El sonido rítmico de las ostias contra el cuero de las cazadoras o los huesos de los elfos llenó el salón, un metrónomo de venganza que sustituyó a la música industrial que solía sonar en el Pandemonium.

​Desde la oficina, el sonido de los aspersores continuaba como un susurro constante, mezclándose con los gritos de los elfos y los jadeos de las mujeres que reclamaban su dignidad a través de la violencia.



14 de Enero, 2065. Miércoles. El Pandemonium, SODO. 22:34

La salida del Pandemónium nunca había sido tan silenciosa. Incluso el silencio impuesto tras la llegada de los Ancianos quedaba atrás, asfixiado por el peso de lo que acababa de ocurrir. 

Deus avanzaba con paso firme, sosteniendo a Rachel —ahora vestida con vaqueros y blusa bajo su gabardina— con una delicadeza que contrastaba con la violencia con la que había matado a los Ancianos. 

​Cerca de la salida de servicio, las otras ocho bailarinas esperaban en la penumbra. Formaban un semicírculo. Al ver aparecer a Deus con Rachel, un escalofrío colectivo recorrió el grupo. No hubo gritos, solo el sonido roto de una respiración contenida.

​Martha, la mayor del grupo, dio un paso adelante. Sus ojos, cargados de un maquillaje que empezaba a cuartearse, se fijaron en el rostro pálido de su compañera. Con una mano temblorosa, le acarició un mechón de pelo todavía pegado a la frente por el agua de los aspersores.

​—Ya está —susurró con una voz que luchaba por no quebrarse—. Ya no estás allí dentro.

​Una a una, se acercaron. No necesitaban palabras; el vínculo que las unía se había forjado en ese mismo escenario que hoy se sentía como una tumba. Saphyre le apretó suavemente la mano, que colgaba lánguida, depositando en ella una pequeña piedra de cuarzo que siempre llevaba en su camerino para la buena suerte. Lucy y Helen se abrazaron entre sí, ocultando el llanto en los hombros de la otra, mientras sus miradas seguían a Rachel como si quisieran transmitirle toda la fuerza que les quedaba.
​No era solo una despedida de Rachel; era el adiós a la parte de ellas que también se había roto esa noche.

​—Llévatela lejos —dijo Saphyre, la chica del traje de enfermera, mirando a Deus con una mezcla de súplica y esperanza—. Que no vuelva a saber de los putos Ancianos nunca más.

​Deus asintió en silencio. Mientras cruzaba el pasillo hacia la noche exterior, las nueve mujeres compartieron un último momento de comunión. 
Las ocho que se quedaban permanecieron inmóviles, viendo cómo la silueta de su compañera se desvanecía en la oscuridad, liberada al fin del infierno, dejando tras de sí un rastro de purpurina y una promesa muda de que ninguna sería olvidada.


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