Princesa Afrodita
19 de Enero, 2065. Jueves. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 23:21.
Kassandra Petrokova dio un respingo al verles aparecer de la nada al pie de la pasarela. Su cuerpo, entrenado y escultural bajo la lencería negra, se tensó instantáneamente. Por un segundo, la alegría de ver a Deus sano y salvo iluminó su rostro, pero esa luz se apagó de golpe al ver su brazo rodeando con posesividad la cintura de aquella elfa —posiblemente la más atractiva que había visto—.
Kassandra bajó la pasarela a paso rápido, con la elegancia de una pantera, mientras las otras cuatro chicas —asomándose por la barandillas del nivel superior— empezaban a cuchichear. Todas iban uniformadas igual: lencería de seda, tacones que resonaban en la cubierta y una actitud de disponibilidad absoluta.
—Richard... —Kassandra llegó al final de la pasarela y se detuvo a dos metros de ellos. Se obligó a mantener la compostura profesional, pero sus ojos azules estában fijos en Sela con una intensidad abrasadora—. El Intelibot no avisó de que traerías... compañía.
Kassandra hizo un esfuerzo visible por no mirar el brazo de Deus sobre la cintura de la elfa. El anillo de diamantes que llevaba en su mano izquierda relumbra con el movimiento nervioso de sus dedos. Ella era la capitana, la que había dormido en su cama más veces que ninguna, y ahora se encontraba con una desconocida que no viste el uniforme del servicio, sino que llega como una invitada de honor.
Sela, por su parte, se quedó helada. Miró a Kassandra, luego levantó la vista hacia las otras mujeres que observaban desde arriba con curiosidad y una pizca de envidia. El panorama de cinco ninfómanas vestidas para el placer esperándo al mago no era algo que esperase.
—Kassandra, te presento a mí compañera. Prefiere mantenerse en el anonimato —miró a Sela esperando que entienda— llamémosla Afrodita, Princesa Afrodita. Es muy especial para mí, y se nos unirá como mi acompañante en este viaje.
—Princesa Afrodita —Deus hizo una reverencia teatral, jocosa y sobreinterpretada frente a ella— Te presento a Kassandra, mi mujer de confianza y quien se encarga de todo.
Sela, por su parte, miraba a Deus con una mezcla de confusión y asombro tras su reverencia teatral. El nombre de "Afrodita" parecía pesarle en los hombros, pero entendía el juego del anonimato. Observó a Kassandra y luego a las otras cuatro chicas con una timidez que empezaba a transformarse en una curiosidad algo abrumada. No era ciega: veía la lencería, veía la belleza uniforme de las cinco mujeres y veía la mirada de odio contenido de la capitana.
—Es un placer —logró decir Sela, tratando de mantener la compostura mientras se pegaba un poco más al costado de Deus, buscando su calor.
Kassandra tragó saliva, obligándose a recuperar su máscara profesional. Se cuadró ligeramente, haciendo un esfuerzo supremo por no dejar que su voz temblase.
—Entendido, Richard. "Princesa Afrodita" —dijo el nombre con una cortesía que cortaba como una cuchilla—. Bienvenida al Nephilim.
Se giró hacia Deus, evitando mirar de nuevo a Sela.
—Todo está listo. Los motores están al 100%, los tanques de agua dulce llenos y el suministro de víveres estibado. El Intelibot ha procesado nuestro plan de navegación hasta Mikonos. No hay impedimentos —hizo una pausa y añadió con un tono ligeramente más bajo—. Tu suite está preparada.
Kassandra abrió paso hacia la pasarela, extendiendo la mano para invitarles a subir, aunque su mirada se desvíó un momento hacia el horizonte oscuro del mar, como si buscara allí la respuesta a por qué todo había cambiado en una sola noche.
Deus hizo un gesto a las chicas de arriba, levantando la diestra con el índice hacia abajo, indicando que esperaba verlas dentro, en el salón.
En el interior del Nephilim, en el salón, las chicas bajaron, con sus tacones sonando sobre la sintemadera del yate. Sela las vio desfilar en lencería bajando la escalera de caracol.
Deus se quitó su gabardina Urban Wardrobe dejando ver su puñal de orichalco y la Ares Predator de su sobaquera. Extiendo la gabardina a Kristen para que la recogiese, y dio dos besos a cada una, que los recibieron con obvia extrañeza, sin entender como está mujer causaba este cambio en el mago.
Kristen recibió la prenda con una delicadeza mecánica. Su rostro era una máscara de profesionalidad forzada mientras observaba cómo el dueño del yate —su dueño— saludaba informalmente a sus compañeras, sus ojos brillando con esa mezcla de adoración y alivio por su regreso. Empero el ambiente en el salón era denso; todas habían captado la tensión que emanaba de Kassandra, y ellas mismas lo sentían ahora.
Sela —Afrodita ahora— se quedó un paso por detrás de ti. Al ver la actitud sumisa y el vestuario mínimo de las cuatro mujeres, sus ojos verdes se abrieron con una claridad diáfana. Comprendió que el Nephilim no era solo un barco de lujo, sino un ecosistema diseñado para la voluntad de su salvador.
—Cassie, porfavor, haz las presentaciones. Voy con Mason —Deus dejó a Kristen con su gabardina y se dirigió escaleras arriba, hacia el puente.
Kassandra dió un paso al frente. Su voz era clara, pero había un filo de hielo en cada sílaba mientras cumplía la orden:
—Os presento, princesa Afrodita—dijo, volviéndose hacia Sela con una sonrisa que no llegaba a sus ojos azules—. Permítame presentarle a la tripulación —Kassandra señaló con un gesto elegante de su mano a cada una de las mujeres, que mantenían una postura perfecta:
—Kristen, que vive en el Nephilim por temporadas, es la asesora económica de Deus, Sonia, que se unió al Nephilim ya hace años, y Wendy, que es un quien se encarga del yate en puerto. Yo suelo estar con Deus en su ático cuando atracamos. —Las chicas devolvieron una sonrisa forzada a la elfa, todavía sin ubicarse.— El capitán Mason gobierna los aspectos náuticos, vive también a bordo, luego le conocerá, y Mary es nuestra masajista.
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| Sonia |
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| Wendy |
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| Kristen |
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| Mary |
Mientras los nombres se sucedían, Sela recorrió la filas de cuerpos esculturales en lencería. Su mirada se cruza con la de Kassandra, y por un instante, se produjo un duelo silencioso entre la mujer que lo había tenido todo hasta hoy y la que acababa de aparecer de la nada para ocupar el lugar de honor junto a Deus.
Kassandra terminó la presentación y se quedó esperando, firme.
—Sí
—Le gusta este look de tacones y lencería, si quiere integrarse en la tripu...
—No, gracias —Interrumpió Sela. Las cinco mujeres eran perfectamente conscientes del duelo que se libraba con las palabras. —¿El camarote de Deus, porfavor?
Las chicas se miraron. Deus. Nisoquiera era Richard quien la había subido a bordo, si no Deus, su auténtico rostro.
19 de Enero, 2065. Jueves. Shilsole Bay Marina, Abandonando el puerto. 23:27.
El Nephilim se deslizó sobre las aguas negras de Seattle con una vibración casi imperceptible, pero dentro de la suite principal, la atmósfera estaba cargada de una electricidad mucho más peligrosa que la de los motores. El lujo de la suite pareció cerrarse sobre ellos.
"Afrodita" se detuvo en mitad de la estancia, dándole la espalda a la cama de dimensiones colosales. No se había quitado la chaqueta de cuero, y sus manos, aún tensas por la adrenalina, se cerraron en puños. Se giró hacia Deus con una llamarada de orgullo herido en los ojos verdes. No era la mujer vulnerable que necesitaba ser rescatada; era la mujer que, tras haber recuperado su nombre, descubría que su salvador tenía un harén esperándole en cada puerto.
—¿Así que este es tu concepto de hogar? —preguntó ella, y su voz cortó el aire con una frialdad que nada tenía que ver con la lluvia del exterior—. Un palacio flotante lleno de zorras uniformadas que se pasean en lencería esperando a que su señor regrese de jugar a los héroes.
Dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal, con la mandíbula apretada. El hecho de que aquellas mujeres fueran hermosas, seleccionadas y serviles solo alimentaba una furia que ella no se molestó en ocultar.
—Me traes aquí... a un sitio donde soy simplemente la novedad del día entre una selección de modelos —escupió las palabras con asco, clavando su mirada en la de Deus—. ¿Qué se supone que soy para ti, Deus? ¿La pieza de colección que te faltaba para completar el decorado? Porque si crees que voy a ser una más en tu lista de atenciones pagadas, es que no me conoces en absoluto.
Se cruzó de brazos, desafiante, esperando que él justificara aquel despliegue de excesos que la hacía sentir, por primera vez desde la oficina del Pandemonium, que volvía a ser un objeto en manos de alguien poderoso.
—Dime, ¿cuál es el horario de visitas? ¿Tengo que ponerme yo también lencería?
—Tú estás perfecta con lencería, sin lencería, o con una careta de troll, para que vamos a engañarnos.
Deus lanzó el comentario con una despreocupación que desarmó por completo la atmósfera trágica que ella intentaba sostener. La crudeza de sus palabras, mezclada con ese matiz de burla sobre la "careta de troll", hizo que la tensión dramática de Afrodita se tambaleara. Ella, que esperaba una respuesta profunda o una agresión equivalente a su desafío, se encontró con una verdad tan aplastante como cínica: su belleza era un hecho absoluto que no dependía de su ropa ni de su actitud.
Afrodita soltó un bufido, una mezcla de exasperación y una risa contenida que no pudo evitar. Aquella honestidad brutal de Deus le resultó más irritante que cualquier insulto, porque le recordaba que, hiciera lo que hiciese, seguía estando bajo su escrutinio.
—Eres un imbécil —murmuró ella, aunque la rigidez de sus hombros desapareció por fin—. Ni siquiera me dejas tener una escena dramática en condiciones.
Se acercó a él y le puso las manos sobre los hombros. Ya no había furia en su gesto, sino una resignación teñida de una sensualidad mucho más auténtica y menos coreografiada. Se puso de puntillas para quedar a la altura de su oído, rozando con sus labios el lóbulo de Deus mientras sentía la textura de su piel.
—Un imbécil con mucha suerte —corrigió en un susurro—. Porque tienes razón. Estoy perfecta.
Le dio un mordisco rápido y juguetón en la oreja antes de separarse apenas unos milímetros, mirándolo fijamente a los ojos.
Deus no añadió nada más. El deseo, crudo y sin adornos, tomó el mando de la suite. La agarró de la cintura con una fuerza que le recordó a ella quién poseía el control y la lanzó sobre la inmensidad de la cama. Sela soltó un jadeo cuando su espalda golpeó el edredón de seda negra, pero no fue un grito de miedo, sino de una liberación salvaje.
Deus se colocó entre los muslos de su Afrodita para reclamar el espacio entre sus piernas. Sus manos no buscaron delicadeza; se cerraron sobre las muñecas de Sela, anclándolas contra la seda oscura mientras su boca descendía sobre la suya con una violencia hambrienta. El beso supo a desafío, una lucha de lenguas donde no hubo concesiones, solo la urgencia de marcar territorio.
Sela arqueó la espalda. El roce del cuero de su propia chaqueta contra el pecho de él creaba una fricción eléctrica que solo alimentaba su impaciencia. Deus liberó sus manos solo para bajarlas con brusquedad por sus costados, buscando el metal de la cremallera de la chaqueta de Sela. Con un movimiento seco y ascendente, la chaqueta de sintecuero se separó, exponiendo la camiseta de Concrete Dreams bajo la luz ámbar de la suite.
Él terminó de despojarse de su propia ropa; la Ares Predator y el cuchillo de orichalco fueron apartados sin ceremonias.
Las manos de el mago no tardaron en quitarla el sujetador. Sela sintió el aire fresco de la suite golpeando su torso desnudo, seguido de inmediato por el calor de las palmas de Deus, que reclamaron su piel con una posesión absoluta. Él bajó entonces hacia las bragas, deslizando sus dedos por los costados, enganchó la tela y la arrastró con lentitud por sus muslos, obligando a Sela a arquear la pelvis para facilitar el despojo.
Deus se detuvo un instante, manteniendo el peso de su cuerpo sobre los codos para contemplar el paisaje. Bajo la luz ámbar de la suite, Sela se extendía como una deidad recuperada de un templo olvidado. Su pelo albino largo, se desparramaba sobre la seda oscura del edredón como hilos de oro líquido, enmarcando un rostro donde la altivez se mezclaba ahora con el desamparo del deseo.
Al verla así, Deus recordó la primera vez que la observó en el Pandemónium. Allí, bajo los focos estroboscópicos, ella se movía con una cadencia hipnótica, una danza que parecía desafiar las leyes de la física. Recordó cómo el sudor hacía brillar sus hombros mientras giraba, y cómo sus ojos verdes, felinos y distantes, ignoraban a la multitud para fijarse solo en el vacío, o quizás en un futuro que solo ella imaginaba.
Ahora, esos mismos ojos verdes lo taladraban desde el colchón, vibrantes de una furia contenida que se transformaba en hambre. Deus bajó la mirada hacia sus orejas, esas orejas picudas de elfa, no demasiado largas pero lo suficientemente afiladas para conferirle un aire exótico. En sus lóbulos, dos pequeños pendientes, dos esferas de un verde idéntico al de sus iris.
Deus deslizó una mano por su torso, reconociendo la firmeza de sus pechos, de un tamaño generoso que llenaba sus palmas sin romper la armonía atlética de su figura. Eran cumbres de piel pálida que subían y bajaban al ritmo de un corazón desbocado. En su mente, volvió a verla bailar, recordando cómo el movimiento rítmico de sus pechos bajo la gasa transparente en el club atraía todas las miradas, esperando el momento en que Rachel Divine mostrase al desnudo su cuerpo.
Siguió descendiendo, recorriendo con los dedos el vientre plano, tenso por la anticipación, hasta llegar a la base de su feminidad. El vello púbico, rubio meticulosamente recortado, remarcaba que Sela era, en cada detalle, una belleza natural fundidas con las habilidades de una mujer que sabe cómo lucirla.
Ella sonrió, casi como si pudiera leer su mentr, y él comprendió que el baile no había terminado; simplemente había cambiado de escenario. El escenario ya no era una barra del Pandomonium sino la cama de su propio barco, y esta vez, él era el único espectador para el que ella pensaba actuar.
Sela se incorporó con una agilidad felina, horcajadas sobre él, pero sin permitir que la unión fuera completa todavía. Sus rodillas se hundieron en el colchón a ambos lados de los muslos de Deus, y comenzó un movimiento de caderas alante y atras, rítmico, con su polla atrapada entre sus labios, frotándose alante y atrás. Era la misma cadencia de sus lap-dances, pero esta vez no había ropa por medio.
Ella se inclinó hacia adelante, dejando que sus pechos rozaran el torso desnudo de Deus, y buscó sus labios con un beso lento, cargado de una ternura que contrastaba con la fricción deliberada de su sexo contra el de él. Su coño, húmedo y cálido, se deslizaba sobre la dureza de Deus, subiendo y bajando en un baile de tortura voluntaria que buscaba prolongar la anticipación.
—¿Recuerdas cuántos neoyenes quemaste en el reservado? —susurró ella entre beso y beso, con la voz empañada por el deseo—. Recuerdo cada vez que te sentabas en aquella silla de cuero sintético. El olor a tabaco caro y a desesperación de los otros hombres siempre se desvanecía cuando tú entrabas.
Sela deslizó sus manos por los hombros de Deus, bajando hasta su pecho para sentir el latido de su corazón. Se detuvo para besarle la comisura de los labios, con una suavidad que parecía querer curar las cicatrices que ambos cargaban.
—Los otros clientes me miraban como si fuera un trozo de carne que podían comprar con un credistick —continuó ella, mientras sus caderas seguían castigándole con ese roce constante—. Pero tú... tú me mirabas como si estuvieras buscando a la mujer que había debajo del maquillaje. Notaba cómo te tensabas cuando mis manos rozaban tu cuello, y no era solo excitación, Deus. Era algo más pesado. Algo que me hacía querer dejar de bailar para el resto y bailar solo para ti.
Deus la rodeó por la cintura, atrayéndola más hacia él, permitiendo que el contacto fuera total, aunque ella seguía negándole la entrada, disfrutando de ese juego de poder.
—Me dabas buenas propinas —rio ella suavemente, un sonido que vibró contra el pecho de Deus mientras volvía a besarle, esta vez con más profundidad—. Pero lo que realmente me enganchaba era tu mirada. Yo sabía que sentías algo, Deus.
Sela hundió su rostro en el cuello de él, aspirando su aroma, mientras el movimiento de su pelvis se volvía más intenso, más exigente.
—Lo que no tenía ni puta idea era que eras un jodido mago rico. Las chicas decíamos que serías un sicario, un shadowrunner con pasta para las propinas y un Westwind.
Deus no aguanto más aquella tortura de fricción y recuerdos. Sus manos se cerraron sobre la cintura de Sela con una fuerza que no admitía más demoras, anclándola en su sitio antes de tirar de ella hacia abajo con un movimiento brusco y decidido. En un solo empuje ascendente de sus caderas, la penetró por completo.
Sela soltó un grito ahogado que se perdió en el techo de la suite. Deus comenzó a embestirla desde abajo, marcando un ritmo poderoso y constante que hacía que el cuerpo de ella se elevade y botase sobre él. El calor de Sela envolvía su polla como un guante de seda líquida, una presión húmeda y palpitante que parecía querer succionar su esencia con cada movimiento. Notó la textura de su coños, terso y apretado, rodeándolo con una urgencia que confirmaba que ella lo deseaba tanto como él a ella.
Mientras sus caderas trabajaban con una cadencia implacable, Deus se incorporó lo justo para alcanzar el pecho de ella. Atrajo uno de sus pechos firmes hacia su boca y comenzó a comerle el pezón con un hambre feroz, alternando entre succiones profundas y leves mordiscos. La piel de ella sabía a la esencia floral que siempre la acompañaba, un contraste embriagador con el aroma a sexo que inundaba el aire.
Con cada embestida, Deus sentía cómo el roce se volvía más intenso, una fricción que enviaba descargas eléctricas por toda su polla. La humedad de Sela facilitaba el deslizamiento, pero la estrechez de su canal lo obligaba a esforzarse en cada penetración, sintiendo cómo ella se contraía espasmódicamente a su alrededor, abrazándolo desde dentro. Era una conexión física que borraba los meses de distancia en el Pandemónium; ya no eran cliente y bailarina, sino dos amantes gozando en un yate que cortaba las olas.
Sela hundió las uñas en los hombros de Deus, tirando de él para que no se detuviera, mientras su pelo albino y sus pechos latigaban el aire con cada sacudida. Él no bajó el ritmo; al contrario, apretó más su cintura, sintiendo el sudor que empezaba a lubricar el contacto de sus vientres, y continuó devorándo sus pechos, decidido a que la elfa se corriera en un estallido de carne y deseo.
Tras unos minutos de entrega absoluta, la elfa apoyó las palmas de las manos sobre el pecho de Deus y obligó a su propio cuerpo a erguirse, rompiendo el ritmo frenético de las embestidas ascendentes de él.
Él intentó mantener el mando, pero Sela clavó sus rodillas en el colchón y fijó su peso, atrapándolo dentro de ella con una presión deliberada de sus músculos pélvicos. Le dedicó una sonrisa cargada de una malicia exquisita, mientras su pelo caía como una cortina de seda sobre sus hombros.
Comenzó a moverse sobre él con una lentitud exasperante. Elevaba sus caderas casi hasta el límite, dejando que él sintiera cómo su polla se deslizaba centímetro a centímetro por sus paredes internas casi hasta salir de su coño, para luego dejarse caer con todo su peso, succionándolo de nuevo hacia el fondo. Era un movimiento circular, denso y húmedo, diseñado para maximizar el roce en la cabeza del pene de Deus. Sela cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, escuchando la respiración cada vez más pesada de él.
Cada vez que sentía que Deus intentaba acelerar o recuperar la iniciativa, ella le ponía una mano en el pecho, frenándolo, mientras continuaba con aquel trote rítmico y tortuoso. Sus pechos firmes se balanceaban ante los ojos de él, y Sela aprovechó para rozar sus propios pezones, ya endurecidos por la succión previa, con las yemas de sus dedos, tentando a Deus a que volviera a por ellos mientras ella seguía exprimiendo su resistencia.
Deus sentía cómo la sangre golpeaba con fuerza en su miembro, atrapado en aquel guante de carne caliente que parecía conocer exactamente dónde presionar para llevarlo al borde del abismo. La humedad de Sela era ahora un torrente que facilitaba ese baile hipnótico. Ella lo miraba de reojo, vigilando cada espasmo de los músculos de él, buscando ese momento exacto en el que el mercenario perdiera la compostura y se rompiera finalmente dentro de ella.
Deus no permitió que ella dictara el final de aquel polvo. Con un movimiento explosivo de pura fuerza bruta, atrapó las muñecas de Sela y la volteó sobre el edredón antes de que ella pudiera reaccionar. La inercia del movimiento hizo que el pelo blanco de la elfa se desparramara por la almohada como seda al viento, mientras Deus se desplomaba sobre ella, anclándola con todo su peso contra el colchón.
Sin mediar palabra, la penetró de nuevo con una acometida profunda que le sacó el aire de los pulmones. Se instaló entre sus muslos y comenzó a follarla en una posición de misionero cargada de una violencia primitiva y hambrienta. Cada embestida de Deus era un golpe seco de carne contra carne que hacía que la cama del Nephilim crujiera rítmicamente. Sus manos se hundieron a los lados de la cabeza de Sela, mientras sus ojos buscaban los de ella con una fijeza depredadora.
Sela, atrapada bajo la potencia de Deus, pasó de la sorpresa al éxtasis más absoluto. Sus piernas se envolvieron con desesperación alrededor de la cintura de él, cruzando los tobillos para intentar absorber cada centímetro de su polla. Los gemidos de la elfa se volvieron roncos, transformándose en gritos ahogados cada vez que Deus la golpeaba con el pubis, sintiendo cómo el roce era cada vez más eléctrico y febril debido a la lubricación que inundaba sus cuerpos.
La sensación en su glande era una señal inequívoca de que el final estaba cerca. No se detuvo a saborear la lentitud que ella le había propuesto antes; en su lugar, aceleró aún más, casi sacando su polla para volver a empujarla hasta el fondo en cada embestida.
Sela echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello y dejando que sus orejas picudas rozaran la tela de la almohada mientras sus manos buscaban los hombros de Deus para marcarlo con las uñas. El balanceo del yate parecía sincronizarse con el vaivén de sus pelvis.
Deus apretó los dientes, manteniendo el ritmo implacable a pesar de que el placer amenazaba con nublarle el juicio. Soportó el placer, esperando el momento exacto en que ella perdiera el control. No tardó en llegar: Sela arqueó la espalda de forma violenta, hundiendo las uñas en los hombros de Deus mientras un grito desgarrado moría en su garganta. Sus ojos verdes se perdieron en el vacío y su cuerpo entero sufrió una sacudida eléctrica, señal de un clímax que la dejó temblando y sin aliento sobre el edredón.
Solo entonces, Deus se retiró con un movimiento fluido, dejando que el rastro de su unión brillara sobre la piel de ambos bajo la luz ámbar. Sela, todavía recuperando el aire y con el pulso desbocado, no permitió que la escena terminara ahí. Con una determinación renovada por el éxtasis, se deslizó por el colchón hasta quedar arrodillada entre las piernas de él. Su pelo cayó hacia adelante, ocultando parcialmente su rostro mientras sus manos guiaban el miembro de Deus hacia su boca.
Sela comenzó una mamada profunda y experta, rodeándolo con la calidez de su lengua y aplicando una succión rítmica que terminó por demoler las últimas defensas del mago. Deus la apartó el pelo para mirar su cara. Sela le devolvió la mirada. Deus le aguanto la mirada sintiendo cómo el placer acumulado encontraba finalmente su vía de escape. Cuando el estallido llegó, fue violento y prolongado. Sela no se apartó; lo acogió con una entrega absoluta, tragándose cada gota de su corrida sin romper el contacto visual.
Se hizo un silencio denso en la suite, roto solo por el murmullo lejano de los motores del Nephilim. Sela se incorporó lentamente, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar mientras una sonrisa de triunfo asomaba en su rostro. Sus ojos lanzaron una mirada libidinosa a Deus antes de recostarse contra el pecho de Deus, buscando el calor de su piel.
El mago rodeó a Sela con un brazo, atrayéndola hacia su pecho con una posesión que ya no era violenta, sino protectora. Ella se acomodó en el hueco de su hombro, dejando que su pelo se esparciera sobre la piel de él como una manta de seda.
Sela exhaló un suspiro largo, sintiendo cómo las preocupaciones se disolvían finalmente. Sus orejas picudas rozaron la mandíbula de él mientras escondía el rostro en su cuello, buscando su calor. El balanceo del Nephilim, que ahora encaraba las aguas abiertas del Pacífico con un ritmo monótono y profundo, actuó como una cuna gigante para ambos.
Deus mantuvo la mirada fija en el techo durante unos minutos, sintiendo el latido de Sela volviéndose lento y constante contra sus costillas. La luz ámbar de la estancia se atenuó automáticamente cuando el sistema del barco detectó la quietud, sumergiéndolos en una penumbra acogedora.
20 de Enero, 2065. Viernes. Pacífico Norte, frente a Vancouver Island. 05:47.
Las primeras luces del alba se filtraron por la ventana del camarote, bañando la estancia en un tono azul gélido que hacía que el pelo blanco de Sela pareciera brillar con luz propia. Ella estaba despierta, apoyada sobre un codo mientras observaba el rostro de Deus, quien aún dormía con una expresión inusualmente pacífica. El contraste entre la piel pálida de ella y la robustez oscura de él era evidente bajo las sábanas negras que los envolvían.
Aunque el placer de la noche anterior aún vibraba en sus músculos, el silencio de la mañana trajo consigo una marea de pensamientos amargos. Sela no era una ingenua; sabía que el Nephilim era el harén de Deus, y la presencia de Kassandra y las demás mujeres pesaba sobre ella como una losa.
"Me ha traído aquí, a su territorio, pero no soy la única", pensó Sela mientras sus dedos rozaban distraídamente la tela de la cama. "Soy la nueva en un harén de mujeres que ya conocen sus secretos, sus ritmos y, probablemente, cada rincón de este yate".
La furia silenciosa empezaba a gestarse bajo su apariencia tranquila. Aunque no había discutido con él, sentía una punzada de humillación al pensarse como una más en la colección de putitas de Deus. La lealtad de esas mujeres hacia él, y el tiempo que llevaban compartiendo su vida, la colocaban en una posición de desventaja. Sela no estaba acostumbrada a ser la segunda de nadie, y mucho menos a competir por el espacio que creía haber ganado tras su huida del Pandemónium.
Miró hacia la ventana, donde el cristal devolvía un reflejo tenue de sus ojos verdes. Había mucho que aclarar. No solo con Deus, cuya protección empezaba a sentirse como una jaula compartida, sino con ellas. Necesitaba marcar su territorio, entender quiénes eran esas mujeres y, sobre todo, asegurarse de que Deus entendiera que ella no era una pieza intercambiable en su tablero.
Con un movimiento silencioso y fluido, Sela salió de la cama, sus pies apenas haciendo ruido en el suelo de madera. Se dirigió hacia el rincón del camarote donde descansaba su mochila, un objeto que contenía la escasa ropa que había traído.
Buscando algo específico, sus dedos encontraron primero un pequeño objeto cilíndrico. Lo sacó y lo sostuvo bajo la luz tenue. Era un pintalabios rojo vibrante, del color de la sangre arterial y la pasión desenfrenada. Lo abrió, el sonido del clic resonando apenas, y se lo aplicó a los labios en un solo trazo decidido, sin necesidad de un espejo.
Luego, continuó buscando en la mochila hasta que sus dedos encontraron otra cosa. Era un bikini azul eléctrico, una pieza de tela que contenía su propia memoria dolorosa y poderosa. Era idéntico al que Bane le había rajado en la oficina del Pandemónium. La visión de la tela azul la trajo recuerdos dolorosos.
Revivió, con una nitidez aterradora, la parálisis que la gamma-escopolamina había dictado sobre sus músculos; era una estatua de carne, una observadora muda de su propia violación.
Esa impotencia de querer aullar de agonía y solo poder exhalar un susurro roto, fue lo que más le dolió en el alma.
El peso del recuerdo se volvió insoportable, una náusea que subía por su garganta mientras Sela revivía el momento final de aquella primera violación. Sintió de nuevo el espasmo del elfo, un gruñido de triunfo animal que precedió a la corrida caliente y no deseada en su interior. Aquella corrida la sintió como veneno quemando sus entrañas, una humedad intrusiva que contrastaba con la sequedad abrasiva que había sufrido antes. En su mente, vio a Bane retirarse con una suficiencia obscena, ajustándose los pantalones mientras se dirigía al sofá de sintecuero rojo, dejando un rastro de desprecio en su mirada.
Pero no hubo tregua. El horror de Sela se duplicó cuando, a través del velo de la gamma-escopolamina, vio cómo el otro elfo, que hasta entonces había estado bebiendo y riendo junto al bar, dejaba su copa con una parsimonia aterradora y se acercaba a la mesa de teca. El sonido de sus botas sobre la madera era el de un verdugo aproximándose. Sela, atrapada en su propio cuerpo, quiso cerrar las piernas, quiso desaparecer entre las fibras de la madera, pero solo pudo observar con pupilas dilatadas cómo el nuevo agresor se posicionaba donde antes había estado Bane.
La sucesión, el trato de su cuerpo como un relevo en una cadena de montaje de depravación, fue lo que terminó de romper algo sagrado en su interior. El segundo hombre no perdió tiempo; sus manos, frías y rudas, volvieron a abrirla de par en par, ignorando el rastro de la violación anterior. Sela sintió el inicio de una nueva agonía, una repetición del ciclo de dolor y fricción, mientras Bane, desde el sofá, encendía un cigarrillo y observaba la escena con la calma de quien mira un espectáculo de variedades.
La vibración de la mesa, el olor a cuero del elfo y la sensación de ser tratada como un objeto inerte sobre una superficie de oficina la envolvieron de nuevo, provocándole un escalofrío, buscando desesperadamente que el presente borrara las huellas de aquel pasado inmediato.
Sela se colocó el bikini. Sin las botas altas de tacón del conjunto, bien parecía un bikini de playa y no parte de un juego de ropa para una stripper. El color resaltaba contra su piel pálida y su pelo albino. Sus ojos verdes ya no eran suaves; eran duros y afilados. Ella estaba lista. Dejó a Deus dormido en el camarote, y se dirigió hacia la puerta, con la intención clara de encontrar y discutir con alguna de esas putitas que creían tener un derecho sobre su hombre.
No quería simplemente encontrarse con las otras mujeres de Deus; quería confrontarlas. Quería que vieran lo que ella era, lo que él había hecho por ella, y lo que ella estaba dispuesta a hacer para mantener su lugar.
Sela abandonó la suite, dejó atrás el silencioso pasillo de los camarotes y subió los escalones hacia el salón principal. El silencio allí era absoluto, solo interrumpido por el leve crujido de la estructura del yate al enfrentarse al oleaje y el ruido del motor. Al no encontrar a nadie, empujó la pesada puerta de cristal y salió a la cubierta.
El frío de la mañana la golpeó de lleno, erizando su piel pálida, pero ella no retrocedió. Se apoyó en la borda, dejando que el viento agitara su pelo blanco mientras sus ojos verdes intentaban descifrar el horizonte. Las primeras luces del alba teñían el cielo de un violeta cenizo, revelando tierra hacia atrás y a la izquierda. Había tierra atrás y a la izquierda.
Sela se sintió desorientada. Sabía que se encontraban en algún punto del Pacífico, pero la geografía le resultaba ajena, un rompecabezas de costas que no lograba encajar. La inmensidad del océano parecía subrayar su soledad en aquel barco lleno de extrañas.
No había rastro de las otras mujeres en cubierta, y el frío no acompañaba, así que Sela dejó atrás la cubierta, y se dirigió hacia la estructura superior. Sus pasos, sobre el balanceo del yate, la llevaron hasta el puente de mando.
La calidez de la calefacción en el puente de mando acarició la piel de Sela en cuanto cruzó el umbral, un contraste radical con el gélido viento de la cubierta. El rugido del océano quedó amortiguado por el cristal reforzado, sustituido por el zumbido eléctrico de las pantallas de navegación y el suave parpadeo de los indicadores LED. La estancia estaba sumida en una penumbra técnica, apenas iluminada por el resplandor de los radares y las cartas náuticas digitales que mostraban una costa fragmentada a su izquierda.
Allí, bañada por el resplandor ámbar de los instrumentos de navegación, se encontraba Mary. La mujer estaba cómodamente instalada en el sillón de mando, con las piernas cruzadas y vestida únicamente con un conjunto de lencería que dejaba poco a la imaginación. Sostenía el timón con una mano mientras la otra descansaba cerca de un café humeante que reposaba en el apoyabrazos. La escena destilaba una familiaridad con el barco que a Sela le escoció más que el propio frío.
Se acercó a la consola principal, donde la profundidad del Pacífico se marcaba en números digitales. La tierra que había visto fuera seguía allí, una silueta persistente a babor, pero las coordenadas seguían siendo un misterio para ella. Estaba decidida a no ser una simple pasajera; si este era el mundo de Deus, ella iba a aprender a gobernarlo.
Sela retrocedió un paso, como si las palabras de Deus le hubieran propinado un golpe físico más doloroso que la visión de Kassandra. Sus manos, que antes buscaban su pecho, cayeron muertas a sus costados. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, nublados por una incomprensión absoluta, una desconexión emocional que abría un abismo entre ambos.
— ¿"Simplemente nos has encontrado"? —repitió Sela, y su voz sonó quebrada, despojada de su armadura de princesa—. Hablas de follar como quien habla de beber agua cuando tiene sed, Deus.
Se llevó una mano a la frente, apartando un mechón de pelo blanco con un gesto errático, casi febril. Su rostro reflejaba una confusión agónica. No lograba encajar la imagen de las manos de Deus adorando su cuerpo hace unas horas con la imagen de esas mismas manos aferrando la cintura de Kassandra poco después. Para ella, lo segundo anulaba lo primero; para él, parecía ser solo el orden natural del Nephilim.
— No lo entiendes... —susurró, y una chispa de celos primordiales, que ella aún se negaba a bautizar, asomó en su mirada—. Me has presentado como tu elegida, y después de follarme, te has ido a la primera que has visto al despertar. ¿Como no estaba en la cama, te has cambiado de camarote?
Se abrazó a sí misma, clavando los dedos en sus propios brazos, temblando de una rabia que nacía de sentirse, por primera vez, intercambiable.
— Dices que matarías por mi dignidad... —Sela levantó la vista, y sus ojos eran dos puñales de esmeralda—. ¿Pero quién me protege de ti, Deus? ¿Quién repara mi dignidad cuando el hombre del que estaba enamorando ni se inmuta cuando le encuentro follándose a otra?
— Cassie no es cualquier otra. He terminado con mis chicas si es lo que quieres, pero mi relación con Cassie es distinta, no puedes evaluarla así.Sela se quedó petrificada ante la frialdad de esa frase. La declaración de Deus fue un muro de acero que cayó sobre sus hombros, aplastando cualquier esperanza de súplica. Sus ojos se dilataron, fijos en los de él, mientras el significado de esas palabras calaba en su mente: en el mundo de Deus, su voluntad era la única ley, y el "no" de una mujer era simplemente un obstáculo.
Sela dio un paso vacilante hacia adelante, con los ojos fijos en el rostro de Deus. El hombre de hierro, el que no aceptaba un "no", el que gobernaba su mundo con una lógica egoísta pero implacable, tenía los ojos empañados. Esa pequeña grieta en la armadura del mago más poderoso de Seattle, ese rastro de vulnerabilidad humana, desarmó el orgullo de Sela.
Sintió un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con la furia. Su pelo blanco cayó sobre su rostro mientras inclinaba ligeramente la cabeza, procesando que Deus estaba, a su manera, suplicando. Posiblemente Deus no supiese suplicar.
— No... —susurró ella, y su voz perdió todo el veneno—. No des esa orden.
Levantó una mano, esta vez con una lentitud infinita, y rozó con la yema de sus dedos la mejilla de Deus, justo donde la emoción parecía más evidente.
— Me pides tiempo... —continuó, y otra lágrima, esta vez de pura confusión emocional, resbaló por su mejilla—. Me pides que te enseñe a renunciar, cuando yo misma apenas estoy aprendiendo a pertenecerte.
Se pegó a su pecho desnudo, hundiendo el rostro en el hueco de su hombro, inhalando el aroma de Deus que luchaba contra el rastro de Kassandra. Cerró los ojos con fuerza.
— No quiero que el barco gire, Deus. Quiero que tú gires hacia mí. —Su voz se apagó en un murmullo contra su piel—. Te daré ese tiempo.
El rugido del motor del Nephilim llegaba como un eco lejano, recordándoles que, a pesar de la quietud de la habitación, seguían avanzando.
20 de Enero, 2065. Viernes. Pacífico Norte, bordeando aguas costeras de Tir Tairngire. 12:13.
La voz de Deus sonó por megafonía, hablando desde la cama de la suite, tirado —todavía desnudo— sobre las sábanas negras, con Sela extendida junto a él.
— Chicas, la princesa y yo comeremos hoy en la suite, pero porfavor, la princesa dio antes indicaciones. Sois todas muy guapas pero a partir de ya mismo, preferimos que uséis ropa, charlamos está noche cenando.
En el puente, el Capitán Mason mantuvo las manos firmes sobre el timón, pero sus hombros se relajaron de forma casi imperceptible. Las chicas habían comentado el encuentro de Cassie con Agrodita, y tras la tensión, el anuncio de que Deus se quedaría en la suite con Afrodita significaba que el equilibrio de poder acababa de inclinarse hacia la elfa. Como cualquier hombre hubiese optado.
En la cubierta de proa, Sonia estaba apoyada en la borda, dejando que la brisa marina le azotara el rostro. Al escuchar la voz de Deus por la megafonía exterior, sus dedos se cerraron con tal fuerza sobre la barandilla que sus nudillos palidecieron. Con un gesto brusco, se dio la vuelta y caminó hacia los camarotes, maldiciendo entre dientes la influencia de la nueva favorita.
Cerca de ella, Wendy dejó escapar un suspiro de alivio. Deus intentaba cambiar el ritmo con tacto. Ella nunca se había sentido cómoda con la exhibición constante; para ella, la lencería era una cadena, no un adorno. Sin mirar a Sonia, se dirigió a su cuarto agradecida por primera vez a Afrodita.
En el gimnasio, Mary se encontraba en mitad de su rutina de entrenamiento, con la piel brillante por el sudor. Se detuvo en seco al oír la voz de Deus. Se pasó una toalla por el cuello. Para ella, la ropa era una cuestión funcional; si Deus quería uniformes en lugar de encajes, ella sería la primera en estar lista.El comedor del Nephilim presentaba una atmósfera cargada de una tensión nueva. La orden de Deus había caído como un decreto, y la respuesta de las mujeres reflejaba sus personalidades y su aceptación —o resistencia— al nuevo orden impuesto por la "Princesa". La calefacción central del barco permitía que, aunque técnicamente fueran vestidas, la piel siguiera siendo protagonista.














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