Un rostro que no envejece

14 de Septiembre, 2059. Domingo. Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown. 17:12.

​Kristen cerró el archivo digital con un gesto seco de la mano, dejando que los datos de los flujos de capital de RentASpirit y Aureus Magical Research se fuesen de la pantalla de su portatil. La alerta de seguridad era casi ridícula: "¿Cliente que no envejece?". En este mundo de bioescultura y tratamientos de leonización, eso no era un crimen, era una factura cara. Pero el SIN falsificado... eso era otra historia. 

​Se ajustó la falda de tubo gris grafito y se miró en el reflejo del ventanal que daba a las brumas de Seattle. Gareth y sus estúpidos rumores de pasillo la llamaban zorra implacable. Ella prefería el término eficiente. Si Richard Gordon era un millonario Leonizado, un inmortal o simplemente un estafador brillante, a Kristen no le importaba, siempre y cuando ese capital terminara bajo su gestión.

​Recogió su maletín de cuero sintético y revisó la dirección: el Austral. No era el tipo de lugar donde MFS solía enviar a sus agentes, pero Kristen no era una agente común.


14 de Septiembre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 17:48.

Kristen caminó por el pantalán de madera sintética, el sonido de sus tacones de aguja resonando con una precisión militar que desentonaba con el suave chapoteo del agua contra los cascos de los yates. Llevaba el maletín de MFS como un escudo, pero sus ojos, entrenados en el mercado de futuros, estaban escaneando la silueta del Austral.

No era un barco de recreo común. Había algo en las líneas del yate, una opulencia silenciosa que gritaba "dinero antiguo" o, más probablemente, "dinero muy bien escondido". Al llegar a la pasarela, se detuvo frente a la figura de Faisal Qureshi. Kristen no se dejó intimidar por el porte militar del capitán ni por la atmósfera de lujo que se respiraba a bordo; de hecho, aquel olor a salitre y privilegios la excitaba profesionalmente.

— Kristen Anderson, de Mitsuhama Financial Services —dijo, extendiendo una tarjeta con un movimiento fluido—. Tengo una discrepancia urgente en la auditoría de activos del señor Richard Gordon. No es algo que pueda discutirse por un canal de comm ordinario, Capitán.

Faisal la midió con la mirada, imperturbable. Kristen mantuvo la sonrisa profesional, esa que usaba para cerrar contratos de siete cifras o para hundir a rivales como Gareth.

— Sé que el señor Gordon valora su... discreción. Yo valoro su solvencia. Y ahora mismo, ambas están en riesgo si no hablamos en persona.


14 de Septiembre, 2059. Domingo. Shillsole Bay Marina, Muelle Privado 12. A bordo del Austral. 17:50.

Faisal dejó a Kristen en la cubierta de popa, donde el mobiliario de diseño y el bar bien surtido sugerían una vida que ella solo conocía a través de hojas de cálculo. Mientras ella fingía revisar unos datos en su terminal de muñeca, el capitán se alejó unos pasos para activar su comunicador privado.

— Señor, perdone la interrupción —la voz de Faisal sonó baja y calmada en el commlink de Richard—. He tenido una visita en la pasarela. Una mujer de Mitsuhama, una tal Anderson. Dice que hay problemas con una auditoría que le ha realizado. Tiene ese brillo en los ojos de quien cree que ha encontrado una mina de oro, y no parece que vaya a irse sin una firma... o una explicación.

Faisal asintió levemente, manteniendo su expresión de piedra profesional. Se dio la vuelta y caminó de regreso hacia Kristen, que estaba apoyada en la borda observando las luces de los rascacielos de Seattle reflejarse en el agua oscura.

— El señor Gordon —dijo Faisal, extendiendo su commlink privado hacia ella con un gesto seco pero cortés—. Quiere hablar con usted.

Kristen arqueó una ceja, sorprendida de que el acceso fuera tan directo. Tomó el dispositivo, notando el frío del metal en su mano, y se lo llevó al oído. Su voz cambió al instante: dejó atrás la autoridad impostada para el capitán y adoptó ese tono de terciopelo corporativo, una mezcla de eficiencia y una insinuación de que ella podía ser su mejor aliada... o su problema más caro.

— Señor Gordon. Soy Kristen Anderson, de Mitsuhama Financial Services —comenzó, su mirada fija en el horizonte del puerto—. Siento interrumpir su descanso en el Austral, pero me temo que su situación en el banco ha pasado de ser "preferente" a ser... "crítica". He bloqueado personalmente una alerta de nivel rojo en su expediente para venir a hablar con usted antes de que el sistema automatizado haga algo irreversible.

Hizo una pausa calculada, dejando que el sonido del viento en la cubierta llenara el silencio.

— No suelo hacer visitas a domicilio por un SIN de dudosa procedencia, pero su historial de movimientos financieros me dice que usted no es un cliente corriente. Y yo no soy una banquera corriente. ¿Me invita a subir con usted o prefiere que dejemos que el sistema de seguridad de MFS termine su estudio sobre usted?

— Disculpe, no estoy a bordo. Pero explíqueme porfavor por qué tendría que importarme una mierda lo que pueda tener que decirme.

Kristen soltó una risa breve, casi un susurro, cargada de una confianza que rozaba la insolencia. Se alejó unos pasos de Faisal, buscando un rincón más privado en la cubierta, y dejó que sus dedos recorrieran la barandilla de caoba del yate.

— Porque si no le importase, señor Gordon, no habríamos tenido esta conversación —respondió Kristen, bajando el tono de voz a una frecuencia más íntima, casi conspiradora—. Verá, para Mitsuhama usted es un número de cuenta con un SIN que huele a falsificación... algo impropio de alguien con su patrimonio. Pero para mí, usted es una anomalía fascinante.

Se detuvo, mirando hacia la suite principal del barco, imaginando el lujo vacío.

— He pasado las últimas 48 horas buceando en el entramado de RentASpirit, Aureus y el Austral. Es un diseño financiero precioso, se lo reconozco. Pero tiene una grieta: yo. Y soy la única que ha evitado que el departamento de seguridad de MFS envíe a un equipo de auditoría —o algo peor— a llamar a su puerta esta misma noche.

Hizo una pausa, dejando que la amenaza velada flotara en el aire antes de lanzar el anzuelo de la ambición.

— No quiero cerrarle la cuenta, Richard. Quiero que su capital trabaje conmigo, bajo mi protección. Y a cambio, yo me encargaré de que su eterna juventud y sus negocios paralelos sigan siendo su secreto. Digamos que tengo un talento especial para hacer que los problemas desaparezcan si el beneficio es el adecuado.

— ¿Dónde y cuándo nos vemos? No soy mujer de hablar de millones a través de un commlink.

— ¿O algo peor? ¿Mitsuhama va a enviar el qué, dice?

Kristen apretó el auricular, detectando el tono gélido y casi divertido de "Gordon". Se dio cuenta de que había cometido el error de subestimar el ego de un hombre que navegaba en un yate como aquel. Se recompuso al instante, apoyando la espalda contra la barandilla del Austral y dejando que una sonrisa felina asomara a su rostro, aunque él no pudiera verla.

— Tiene razón. He sonado como una burócrata de manual —admitió con una voz más baja y cargada de una honestidad cortante—. Mitsuhama no enviará nada que usted no pueda manejar, estoy segura. Pero enviarán ruido. Auditorías forenses, bloqueos de activos preventivos, ojos indiscretos sobre sus empresas... En definitiva, le quitarán esa paz que tanto le ha costado comprar con su discreción.

Se humedeció los labios, cambiando el ángulo del ataque. Ya no era la banquera amenazante, era la mujer que veía una oportunidad de oro.

— Lo que trato de decirle, Richard, es que mi departamento tiene la orden de fidelizarlo para sacar información. Pero yo tengo mis propios planes. No he venido aquí por lealtad a la corporación, he venido porque alguien con su capacidad para burlar al tiempo y al sistema financiero durante décadas... es exactamente el tipo de cliente para el que yo quiero trabajar.

Miró a Faisal, que permanecía a unos metros como una estatua de piedra, y luego volvió al commlink.

— No me malinterprete. No busco asustarle, eso sería estúpido por mi parte. Busco que me deje demostrarle por qué es mejor tenerme a su lado, manejando sus sombras en MFS, que tener que buscarse un SIN nuevo cada pocos años porque un sistema de seguridad ha detectado que su rostro no cambia.

— ¿Me va a decir dónde está, o prefiere que siga admirando su barco mientras adivino cuál es su próximo movimiento?

El silencio repentino tras el "clic" de la desconexión dejó a Kristen con el auricular en la mano y una expresión de desconcierto que raramente se permitía mostrar. El viento del puerto de Seattle agitó su cabello, pero ella permaneció inmóvil, procesando el desplante.

Faisal, que no había perdido detalle de la escena desde su posición, dio un paso al frente con la parsimonia de quien ha visto a mucha gente importante ser ignorada por su jefe. Extendió la mano en silencio para recuperar el dispositivo.

Kristen apretó los labios, sintiendo una mezcla punzante de humillación profesional y una curiosidad casi eléctrica. Nadie le colgaba a Kristen Anderson cuando tenía una soga al cuello; o Gordon era un suicida, o tenía un as en la manga que ella ni siquiera alcanzaba a vislumbrar.

— El señor Gordon no es un hombre de muchas palabras cuando no le interesa la oferta —dijo Faisal con voz neutra, guardándose el terminal en el bolsillo de la chaqueta—. Si no hay nada más, señorita Anderson, me temo que el Austral es propiedad privada y mi turno de vigilancia continúa.

Kristen se ajustó la chaqueta del traje, recuperando su compostura de hierro en un segundo. Miró al capitán a los ojos, tratando de leer algo de la naturaleza de su jefe en la lealtad de aquel hombre.

— Dígale que me gusta que sea difícil —respondió ella, dándose la vuelta para bajar por la pasarela con la misma seguridad con la que había subido—. Pero también dígale que Mitsuhama es un tiburón que no deja de nadar. Si no quiere que yo sea su escudo, tendrá que aprender a lidiar con los dientes.

Mientras caminaba por el muelle hacia su sedán de lujo, Kristen ya estaba activando su terminal de muñeca. Si "Richard" creía que un desplante la iba a ahuyentar, no la conocía en absoluto. Ahora, más que una cuenta que captar, él era un enigma que tenía que poseer.


4 de Octubre, 2059. Sábado. Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown. 19:46.

Habían pasado casi tres semanas desde el encuentro en el muelle. Kristen había mantenido un perfil bajo respecto al expediente, marcándolo en el sistema de la corporación como "En proceso de auditoría personalizada: Prioridad Media". Era su forma de orinar en el territorio para que otros comercial  no metiesen las narices mientras ella planeaba su siguiente movimiento.

Sentada en su despacho, con las luces de la oficina en modo nocturno, Kristen observaba una fotografía digital que había rescatado de los archivos de seguridad del puerto: Richard Gordon, de espaldas, subiendo al Austral meses atrás. Comparada con una foto de 2032, no había ninguna duda. Gordon era un milagro biológico o algo mucho más extraño.

A Kristen le excitaba el peligro, especialmente si viene envuelto en una cuenta bancaria con muchos ceros.


5 de Octubre, 2059. Domingo. Ático de Deus,  Belltown. 20:17. 

La noche caía sobre la ciudad con una lluvia fina y ácida que emborronaba las luces de neón de los rascacielos. En el interior del ático, el silencio solo era interrumpido por el zumbido casi imperceptible de los sistemas de filtrado de aire. Sobre la mesa de centro, descansaba una caja de madera lacada, abierta, revelando el brillo ambarino de una botella de Junk Daniel's Single Barrel.

​Junto a ella, la nota de Kristen Anderson parecía un desafío silencioso. La caligrafía era firme, sin los temblores de quien teme las repercusiones de manipular registros corporativos. Kristen no solo había detectado la anomalía de "Richard Gordon", sino que, en un movimiento audaz y unilateral, había "limpiado" el expediente en los servidores de Mitsuhama Financial Services. Había borrado las alertas de seguridad y reclasificado la cuenta como de "Alta Fidelidad", blindándola contra futuras auditorías rutinarias.

​Era un regalo caro. No por el precio del whisky, sino por el riesgo profesional que ella había asumido al manipular datos. Al hacerlo, le estaba entregando a Richard un mensaje claro: Soy capaz de mover los hilos de una megacorporación a tu favor, y lo he hecho sin que me lo pidas.

​Kristen no buscaba asustar a Richard con burocracia barata; buscaba seducirlo con su propia utilidad. Se había posicionado no como una empleada de MFS que vigilaba sus activos, sino como una agente infiltrada a su servicio.

​La invitación al Club Penumbra para la noche siguiente a las 23:00 no llevaba el sello de Mitsuhama. Era una cita privada, fuera del radar, en un lugar donde las sombras eran lo suficientemente densas como para que una banquera implacable y un hombre sin edad pudieran hablar de negocios que no figurarían en ningún libro de contabilidad.


6 de Octubre, 2059. Lunes. Ático de Deus,  Belltown. 23:00.

El reloj del ático marcó las 23:00. Mientras la lluvia de Seattle golpeaba con fuerza rítmica los cristales reforzados, Richard se sirvió un generoso vaso del Junck Daniel's que Kristen le había enviado. El hielo chocó contra el cristal con un sonido seco, el único eco en la estancia aparte del suave zumbido de los servidores.

A kilómetros de allí, en el Club Penumbra, el ambiente era radicalmente distinto. El local, un santuario de luces violetas y cuero negro, bullía con el murmullo de la élite de las sombras. Kristen Anderson estaba sentada en un reservado lateral, lejos del alcance de las cámaras principales. Llevaba un vestido de seda oscuro que parecía fundirse con las sombras del club, una elección que distaba mucho de su armadura gris de Mitsuhama.
Había pedido un Manhattan y, durante la primera media hora, mantuvo una postura de absoluta confianza, revisando ocasionalmente su terminal de pulsera con la calma de quien sabe que el pez acabará picando.

00:00 AM

La medianoche llegó y Kristen pidió su segunda copa. Su expresión, antes gélida y segura, empezó a transformarse. No era desesperación —ella era demasiado profesional para eso—, sino una irritación fría que se manifestaba en la forma en que apretaba el tallo de la copa. Miró hacia la entrada cada vez que la puerta neumática se abría, pero el rostro que buscaba no aparecía.

00:30 AM

El reservado se sentía ahora como una jaula. Kristen se dio cuenta de que Richard Gordon no solo era un cliente difícil; era un hombre que disfrutaba ejerciendo el poder del silencio. Había aceptado el favor (la limpieza de su expediente) y el regalo (el whisky), pero le había devuelto el vacío.
Se levantó con movimientos lentos y precisos, ocultando la punzada de humillación bajo una máscara de indiferencia. Pagó la cuenta y salió al aire frío de la noche. Mientras esperaba a que su coche se aproximara automáticamente a la acera, sacó un cigarrillo y tras encenderlo, inhaló una calada de vapor que se disolvió en la lluvia.
— Bien jugado, Richard —susurró para sí misma, con los ojos entrecerrados—. Pero ahora me debes una noche. Y yo siempre cobro mis deudas con intereses.



7 de Octubre, 2059. Martes. Apartamento de Kristen Anderson, Downtown. 19:21.

Kristen entró en el vestíbulo de su edificio con el rostro rígido, todavía procesando una jornada de reuniones estériles en Mitsuhama. El conserje robótico, un modelo de última generación con chasis de cromo, se activó al detectar su señal biométrica.
— Bienvenida a casa, señorita Anderson. Ha recibido un paquete de entrega prioritaria. Se han seguido todos los protocolos de escaneo de seguridad.
Kristen frunció el ceño. No esperaba nada. El conserje extendió un brazo articulado entregándole una caja de un negro mate profundo, envuelta en una cinta de seda roja que contrastaba violentamente con la pulcritud blanca del vestíbulo.
— ¿Remitente? —preguntó ella, tomando la caja. Notó que el peso era ligero, pero el aroma que emanaba de las juntas de la sintemadera ya empezaba a envolverla.
— Entrega por mensajería privada anónima, señorita. No figura en el registro de red.
Kristen subió en el ascensor de alta velocidad en silencio, apretando la caja contra su costado. Una vez dentro de su apartamento, con la ciudad de Seattle brillando a través de las paredes de cristal, dejó el paquete sobre la mesa de mármol de la entrada.
Al desatar la cinta y levantar la tapa, el perfume —ese aroma que Kassandra había seleccionado con precisión de cirujano para que oliera a zorra— golpeó sus sentidos. Era una fragancia que no pedía permiso, que hablaba de alcobas caras y de intenciones oscuras. Al apartar el papel de seda, la lencería roja semitransparente parecía brillar bajo los focos del techo. Los tacones de aguja, de un rojo lacado casi obsceno, descansaban en el fondo.

Kristen dejó escapar un suspiro entrecortado. Se llevó una mano a la nuca, sintiendo un escalofrío. No necesitaba una nota. Aquel regalo era una respuesta silenciosa a su plantón en el Penumbra: Richard Gordon no solo la había ignorado, sino que la había desnudado con la mirada a través de alguna cámara, calculando cada centímetro de su cuerpo para enviarle aquel "uniforme".
Se miró al espejo del pasillo, todavía con su traje de ejecutiva de MFS, y luego volvió a mirar el encaje rojo. La humillación de haber sido medida luchaba contra una fascinación irresistible por el hombre que se atrevía a tratarla como a una fulana.



9 de Octubre, 2059. Jueves. Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown. 10:30.

Kristen Anderson llenaba su mente con la imagen de la lencería roja guardada en casa en el cajón superior de su cómoda. 
Para Kristen, el regalo no era un obsequio, era una orden silenciosa. Y ella, una mujer acostumbrada a dar órdenes, estaba descubriendo que la anticipación de obedecerla le provocaba un insomnio eléctrico.



9 de Octubre, 2059. Jueves. Shillsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 21:15.

La noche era cerrada y una niebla densa se arrastraba sobre la superficie del agua, ocultando los cascos de los barcos. Faisal Qureshi estaba en la cubierta de popa del Austral, revisando los sistemas de anclaje, cuando el sonido de unos tacones sobre el metal de la pasarela rompió el ritmo del oleaje.
El capitán se giró lentamente. No esperaba visitas, y menos a esa hora.

Al final de la pasarela, bajo la luz mortecina de un foco del muelle, apareció Kristen. No llevaba el traje gris de ejecutiva. Vestía una gabardina negra de cuero, larga hasta los tobillos, ceñida con fuerza a la cintura. El cuello estaba subido, ocultando parte de su rostro, pero sus ojos brillaban con una determinación feroz.

Faisal la observó acercarse. Cuando ella llegó al límite de la cubierta, se detuvo. El viento sopló y, por un breve instante, la gabardina se entreabrió al caminar, dejando ver un destello de encaje rojo semitransparente y el brillo de unos zapatos de aguja que no estaban diseñados para caminar por un puerto, sino para ser admirados bajo luces mucho más cálidas.
El aroma del perfume —denso, carnal, el que Cassie había elegido— llegó a Faisal antes que las palabras de la mujer. El capitán mantuvo su expresión profesional, aunque un destello de reconocimiento cruzó sus ojos.

— Señorita Anderson —dijo Faisal con voz grave—. Es tarde para una visita.
Kristen dio un paso más, entrando en el espacio personal del capitán, sin rastro de la timidez que alguien podría esperar de una mujer que viste solo lencería bajo un abrigo.
— He venido a ver a su jefe. Dígale que me he puesto su... regalo. Y que no tengo intención de volver a casa con él puesto.
Faisal asintió levemente y activó su comunicador.
— Señor... la banquera de Mitsuhama está en la cubierta. Y creo que esta vez no ha venido a hablar de números. Pide que le haga saber que se ha puesto su regalo y no tiene intención de volver con él puesto. 
— Pon el commlink en manos libres, Faisal. Quiero hablar con ambos.
Faisal asintió con un gesto seco y profesional, activando el altavoz del dispositivo y manteniéndolo a una distancia media entre él y Kristen. El sonido ambiental del puerto —el crujido de las defensas del yate contra el muelle y el lejano rumor de la ciudad— pareció desvanecerse para dar paso a la voz de Richard, que ahora llenaba el espacio de la cubierta de popa.
Kristen se quedó inmóvil, con la barbilla ligeramente elevada. Bajo la luz cenital del Austral, el cuero negro de su gabardina brillaba con la humedad de la niebla. El perfume que Cassie había elegido flotaba en el aire, una mezcla embriagadora que Faisal, a pesar de su disciplina, no pudo ignorar.

— El manos libres está activado, señor. La señorita Anderson le escucha —confirmó el capitán, manteniendo la mirada al frente, aunque su presencia servía de anclaje para la tensa atmósfera que se había creado.
Kristen apretó un poco más el cinturón de su gabardina, pero no bajó la mirada. Sabía que, aunque no estuvieras allí físicamente, la estabas observando a través de las cámaras.
— Me has hecho esperar, Richard —dijo ella, su voz firme pero con un matiz de ronquera provocada por la anticipación—. Me has ignorado, me has medido como si fuera una de tus propiedades y me has enviado un uniforme de zorra.
Hizo una pausa deliberada y, con un movimiento lento y cargado de desafío, desabrochó los dos botones superiores de su abrigo, dejando que el encaje rojo semitransparente asomara bajo la luz, contrastando violentamente con su piel pálida.
— Aquí estoy. He venido en tus términos. Ahora quiero saber si vas a seguir escondiéndote tras tu capitán y tus cámaras, o si vas a ejercer el control que tanto te gusta presumir.

— Faisal, quiero que desnudes a la señorita Anderson y me des tu sincera opinión sobre ella, sin filtros. Quiero que me la describas para saber qué me estoy perdiendo.

Un silencio espeso, casi sólido, cayó sobre la cubierta del Austral. Faisal no parpadeó. Como hombre de formación militar y lealtad absoluta a Deus, su rostro permaneció como una máscara de piedra, aunque sus dedos se cerraron con fuerza sobre el terminal.
Kristen, por su parte, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la niebla de Seattle. La orden era una humillación calculada, un recordatorio de que en ese barco ella no era la "conseguidora de cuentas" de una megacorporación, sino un objeto de escrutinio. Sin embargo, en lugar de retroceder, una chispa de rebeldía y excitación cruzó sus ojos. Dio un paso hacia Faisal, desafiante.
— Órdenes del señor, Capitán —susurró ella, con una sonrisa gélida—. No le haga esperar.

Faisal guardó el comunicador en el bolsillo de su chaqueta y dio un paso al frente. Con movimientos lentos y precisos, como si estuviera desarmando una pieza de equipo delicada, sus manos enguantadas buscaron el nudo del cinturón de la gabardina de Kristen. El cuero crujió bajo sus dedos.
Deshizo el nudo y, con una parsimonia que bordeaba lo cruel, deslizó el abrigo por los hombros de la mujer. La prenda cayó al suelo de la cubierta como una piel muerta, dejando a Kristen expuesta bajo los focos en el encaje rojo semitransparente. Los tacones de aguja la obligaban a arquear la espalda, realzando una figura que el uniforme de Mitsuhama siempre había intentado domesticar.
Faisal dio un paso atrás y la rodeó lentamente, evaluándola con la frialdad de quien inspecciona un activo valioso. Tras unos segundos que parecieron eternos, el capitán activó de nuevo el canal.

— Señor —la voz de Faisal sonó profunda, carente de cualquier titubeo emocional—. Es... imponente. La lencería se ajusta a ella con una precisión que roza lo obsceno. Tiene la piel pálida, muy tersa, lo que hace que el rojo destaque de una forma casi agresiva.
Se detuvo frente a ella, obligando a Kristen a sostenerle la mirada mientras seguía describiéndola para ti.
— No hay rastro de la rigidez de la oficina. Sus medidas son perfectas, pero es su actitud lo que llama la atención. Se mantiene firme bajo mi mirada, como si estuviera disfrutando de la inspección. Tiene ese tipo de cuerpo que parece diseñado para el lujo, pero sus ojos... sus ojos dicen que es capaz de cualquier cosa por mantener el control, incluso mientras se entrega. En mi opinión, señor... se está perdiendo a una mujer que no solo es una pieza de colección, sino una depredadora que ha decidido dejarse atrapar. Es, en mi opinion, una zorra de altísima alcurnia.
Kristen respiró hondo, con el pecho subiendo y bajando bajo el encaje rojo, esperando tu veredicto a través del altavoz.

— Dices que la lencería se ajusta a ella. Pero yo dije que la desnudases.

El aire pareció congelarse en la cubierta. Faisal no dudó, pero por primera vez en toda la noche, un destello de algo parecido a la expectación cruzó su mirada profesional. La orden de Deus no dejaba lugar a interpretaciones: quería la verdad absoluta, sin encajes que mediaran en el juicio.
Faisal dio un paso hacia Kristen. Ella, que hasta ese momento se había sentido poderosa en su papel de "regalo envuelto", sintió un vuelco en el estómago. Ser observada en lencería era una provocación; ser despojada de ella en una cubierta abierta, frente a un hombre de piedra y bajo la mirada invisible de un magnate adinerado, era una entrega total.
El capitán no fue brusco, pero sí implacable. Sus manos, expertas y firmes, buscaron los cierres del conjunto rojo. El sonido metálico de los corchetes al soltarse fue nítido en el silencio de la noche. Kristen cerró los puños a los costados, sintiendo cómo el frío de la niebla de Seattle mordía su piel desnuda mientras el encaje resbalaba por sus caderas hasta amontonarse sobre su gabardina de cuero.
Ahora, Kristen Anderson estaba completamente expuesta. Solo los tacones de aguja rojos permanecían en su lugar, dándole una estatura y una vulnerabilidad felina. Faisal volvió a rodearla, esta vez más cerca, dejando que el silencio se prolongara para que el peso de la observación fuera absoluto.

— Señor —la voz de Faisal volvió a sonar por el manos libres, más densa que antes—. La lencería mentía. No se ajustaba a ella; la contenía.
Se detuvo a apenas unos centímetros de Kristen, cuya respiración era ya un jadeo rítmico que empañaba el aire frío.
— Sin el rojo, es... abrumadora. Tiene una constitución atlética bajo la suavidad de la piel, la clase de cuerpo que se nota que ha sido esculpido con disciplina. Sus hombros están rectos, pero sus pezones están duros por el frío y la excitación. Se nota que no está acostumbrada a que la traten así, y sin embargo, sus pupilas están tan dilatadas que apenas se ve el color de sus ojos. Mi opinión sincera, señor... es que es una mujer que tiene hambre de este nivel de sometimiento. Está temblando, pero no intenta cubrirse. Está ofreciéndole su orgullo en una bandeja de plata. Es... magnífica, señor. Una pieza que no debería dejar fuera de su colección ni un minuto más.
Kristen no dijo nada. Se limitó a clavar sus ojos en la cámara del puente, desnuda, desafiante y vibrante, esperando a que la voz del hombre que lo controlaba todo decidiera su destino final esa noche.

— ¿Está depilada?

Faisal se acercó un paso más, invadiendo el último reducto de espacio personal de la mujer. Con la misma mano con la que manejaba el timón del Austral en aguas bravas, obligó a Kristen a separar ligeramente las piernas, examinando la intersección de sus muslos bajo la luz blanca de los focos de cubierta.
Kristen apretó los dientes, sintiendo cómo el frío y la humillación se mezclaban con una corriente eléctrica que le recorría la columna. Nunca en su vida, ni siquiera en sus días de escort en Seattle, se había sentido tan reducida a una mera descripción técnica.

— Señor —la voz de Faisal resonó en el altavoz, clara y sin rastro de lascivia, lo que hacía la descripción aún más clínica—. Está impecable. Un trabajo de estética corporativa, supongo. Completamente despejada, piel suave, sin rastro de vello.
El capitán levantó la vista hacia el rostro de Kristen, que mantenía la barbilla alta mientras un par de mechones de cabello rubio se le pegaban a las mejillas por la humedad.
— Se ha preparado para esto, señor. No hay un solo detalle de su cuerpo que no haya sido cuidado para ser exhibido. Es una superficie lisa, lista para lo que usted tenga planeado. Está aquí, desnuda, en su barco, y a juzgar por cómo se le escapa el pulso en el cuello... está deseando que deje de hablar de ella y empiece a usarla.
Kristen exhaló un vapor denso por la boca, sus ojos fijos en la lente de la cámara.

— ¿Es suficiente, Richard? —preguntó ella, con la voz cargada de un desafío que ya no intentaba ocultar la sumisión—. ¿O quieres que Faisal te dé también mi temperatura corporal?

— Gran sugerencia, Kristen. ¿Por donde quieres que te meta un dedo?

La crudeza de la pregunta golpeó a Kristen con la fuerza de una bofetada física. El contraste entre la elegancia del Austral y la vulgaridad directa de la orden de Richard rompió por completo el barniz de "negociación" que ella aún intentaba mantener en su mente.
Faisal, sin esperar a que ella respondiera, dio un paso hacia su espalda. Sus manos, firmes y frías por el ambiente nocturno, se posaron sobre las caderas de la mujer, obligándola a inclinarse ligeramente sobre la barandilla de caoba del yate. El contacto del cuero del guante contra su piel desnuda la hizo estremecerse violentamente.
Kristen apretó los dedos contra la madera fría. Sabía que estaba siendo observada, que cada centímetro de su reacción estaba siendo analizado en una pantalla de alta resolución. La zorra implacable de Mitsuhama estaba desapareciendo, dejando paso a una mujer que, por primera vez, no tenía el control de la transacción.

— Por donde usted quiera, señor —respondió ella, con la voz quebrada pero cargada de una urgencia oscura—. Delante, detrás... úseme como quiera. Solo... deje de mirar y haga que su capitán cumpla sus órdenes.

Faisal, siguiendo la línea del interrogatorio, deslizó su mano desde la cadera hacia la parte posterior de los muslos de Kristen, evaluando la zona con la misma precisión técnica que antes.
— Está lista, señor —informó Faisal al altavoz, con su voz de barítono imperturbable—. Su cuerpo está cediendo por completo. Si me permite la observación... parece que prefiere que la decisión la tome usted. Está esperando que el dedo que entre sea el que marque quién es el dueño de este barco... y de ella.

— Suficiente. No estoy a bordo Kristen. Creo que vas a tener que volver a casa. ¿O necesitabas algo concreto de mí hoy?

El silencio que siguió a tus palabras fue más cortante que el viento del puerto. Faisal, con la disciplina de un autómata, retiró las manos de las caderas de Kristen al instante. Dio un paso atrás, recuperando su postura militar, dejando a la mujer inclinada sobre la borda, desnuda y vibrante, en un vacío repentino.
Kristen se quedó congelada un segundo, procesando la humillación. No estaba allí. Todo el despliegue, la desnudez frente al capitán, la inspección clínica... había sido un ejercicio de poder a distancia. Se irguió lentamente, girándose hacia la cámara con los ojos encendidos por una mezcla de rabia líquida y una frustración física que le hacía doler el pecho.
Estaba de pie sobre el muelle privado, completamente desnuda salvo por sus tacones rojos, rodeada por el lujo del Austral y la mirada imperturbable de Faisal.

— ¿Algo concreto? —repitió ella, con una risa amarga que se convirtió en un desafío—. No, Richard. Supongo que solo quería comprobar si eras tan real como tus cuentas bancarias o si eras solo un fantasma que se esconde tras un commlink.
Se agachó para recoger su gabardina de cuero del suelo, sin ninguna prisa por cubrirse, haciendo gala de una última pizca de orgullo herido. Se puso el abrigo sobre los hombros, dejando que el cuero frío chocara contra su piel caliente.
— Me envías lencería para que me la ponga y luego me cierras la puerta en la cara cuando lo hago. Bien —dijo, ajustándose el cinturón con un tirón seco—. Ya sé qué tipo de juego juegas. Te gusta el hambre, no la cena.
Miró a Faisal, quien ya sostenía el abrigo de ella con cortesía profesional para ayudarla, y luego volvió a dirigirse al altavoz del commlink.
— Me vuelvo a casa. Pero no creas que esto termina con un desplante. Mañana volveré a ser la banquera de Mitsuhama que tiene tu SIN en sus manos. Y la próxima vez que quieras ver qué hay bajo mi ropa, tendrás que venir a buscarlo tú mismo... si es que te atreves.

Faisal hizo un gesto hacia la pasarela, invitándola a abandonar el barco.
— La escoltaré hasta su vehículo, señorita Anderson —dijo el capitán con voz neutra.

— Un momento. No, Kristen. Volverás al Austral cuando vuelva a apetecer te o yo te reclame. No vas a desafiarme, eso tiene que quedar claro. No sé si queda claro con lo que te escucho decir.

Kristen se detuvo en seco a mitad de la pasarela. El eco de la voz de Richard, amplificado por los potentes altavoces de cubierta, pareció vibrar en el metal bajo sus pies. Se giró lentamente, sujetando con fuerza las solapas de su gabardina de cuero, su rostro iluminado por la luz fría del puerto.
Había una lucha interna visible en ella. Por un lado, la ejecutiva de Mitsuhama, acostumbrada a ser la que dicta las condiciones; por otro, la mujer que acababa de ser diseccionada verbal y físicamente bajo las órdenes de su cliente, y que sentía el vacío de su ausencia como una quemadura.
Faisal permaneció a escasos metros, una sombra vigilante.

— ¿Claridad, Richard? —respondió ella, y esta vez su voz no tenía rastro de sarcasmo, solo una tensión eléctrica—. Me has tenido desnuda frente a tu capitán mientras me describía como a una yegua de carreras. Y ahora me dices que volveré cuando tú lo decidas.
Dio un paso hacia atrás, regresando a la cubierta, desafiando la sugerencia de Faisal de que se marchara. Se acercó a la cámara principal, dejando que el brillo de sus ojos, dilatados y salvajes, llenara una pantalla en el puente de mando que nadie miraba.
— No te equivoques. No es que vuelva cuando me reclames. Es que no he dejado de pensar en este barco desde que me colgaste el commlink la primera vez. Lo que ha pasado esta noche no es un desafío, es una rendición. Pero no esperes que sea una rendición mansa.

Se soltó el cinturón de la gabardina de nuevo, dejando que se abriera ligeramente, mostrando que seguía siendo suya, pero manteniendo la mirada fija en el objetivo de la cámara.
— Queda claro, Richard. Queda perfectamente claro. Soy tuya para cuando te apetezca, pero recuerda esto: cuanto más me hagas esperar, más caro te va a salir el interés de esta cuenta. Ahora mismo, lo único que deseo es que seas tú quien esté aquí para terminar lo que esté Capitán hacempezado.
Miró a Faisal y luego volvió a la cámara, con una sonrisa que era mitad promesa y mitad veneno.
— Me voy a casa. Y me voy a dormir con este perfume puesto, pensando en lo que vas a hacerme cuando finalmente te dignes a aparecer. Hasta entonces, intenta no aburrirte demasiado con tus pantallas.

— No. No hay ningún interés en tu cuenta Kristen. No vas a volver a hablar así. Si sigues hablando así Faisal te dará una bofetada, así que porfavor no le obligues. Compórtate.

El silencio que siguió a tu advertencia fue sepulcral, roto únicamente por el siseo del viento entre los mástiles. Faisal, al escuchar la orden, no se movió, pero su postura cambió sutilmente; sus hombros se tensaron y su mirada se volvió una advertencia física, una promesa de obediencia absoluta a la órden  de Richard, allá donde estuviese. Estaba listo para cumplirlo sin un ápice de duda.
Kristen se quedó petrificada. La palabra "bofetada" pareció vibrar en el aire con más peso que cualquier amenaza corporativa que hubiera escuchado en Mitsuhama. El rubor que antes era de excitación se transformó en una palidez súbita. La realidad de su situación —desnuda bajo su abrigo, en un territorio donde las leyes de la ciudad no existían y donde ella no era más que un cuerpo a merced de tu voluntad— la golpeó de frente.
Sus labios temblaron un instante, intentando formular una réplica mordaz por puro instinto, pero la mirada gélida y profesional de Faisal, que esperaba el más mínimo desliz para actuar, la hizo callar. Bajó la cabeza, dejando que su cabello castaño ocultara su rostro, y por primera vez, su lenguaje corporal fue de sumisión genuina.

— Lo... lo siento —susurró, con una voz que apenas era un hilo, despojada de toda la arrogancia anterior—. No volverá a ocurrir, Richard. Me comportaré.
Faisal no relajó la tensión hasta que tú lo indicaste con tu silencio. El capitán dio un paso atrás, dándole espacio para que ella pudiera recomponerse, aunque el mensaje había quedado grabado a fuego: en el Austral, su voz no tenía valor y su orgullo era un estorbo.

— Señorita Anderson —dijo Faisal con una cortesía que ahora sonaba amenazante—, la pasarela está despejada.
Kristen asintió levemente, sin volver a mirar a la cámara. Se ajustó el cinturón de la gabardina con manos temblorosas y caminó hacia el muelle con pasos rápidos y silenciosos, sin el rítmico golpeteo desafiante de sus tacones. Había sido domada por control remoto.



10 de Octubre, 2059. Viernes. Ático de Deus,  Belltown. 06:30.

La mañana en el ático de Richard Gordon comenzó con la precisión de un mecanismo de alta relojería. 
Tras el despertar, Richard se desfogó con Kassandra, una coreografía de piel y dominio que sirvió para purgar los restos de la excitación eléctrica que la escena de Kristen en el puerto había dejado en su sistema. Para Richard, era una forma de limpieza operativa; para Cassie, era la confirmación silenciosa de su lugar privilegiado en su mundo.

Tras una ducha rápida y revitalizante, Richard ejecutó los movimientos finales de su rutina matutina. Encargó la entrega de una única rosa roja para que llegara al ático después de su partida, un detalle para Cassie. 
Luego, se enfundó en un traje de la gama Iron Executive de Urban Wardrobe. La prenda, con su sutil blindaje de fibras de aramida y un corte que gritaba poder corporativo, le sentaba como lo que era; una armadura diseñada a medida para vestir con etiqueta corporativa.

Bajó al garaje, donde el Eurocar Westwind aguardaba en un silencio expectante. El motor de hidrógeno despertó con un ronroneo casi imperceptible y Richard se incorporó al flujo de tráfico de Seattle, dirigiéndose hacia el corazón de la bestia: la sede de Mitsuhama Financial Services.



10 de Octubre, 2059. Viernes. Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown. 10:15.
 
El edificio de Mitsuhama era un monolito de cristal negro que parecía absorber la luz del día. Richard cruzó el vestíbulo con la zancada de quien es dueño del suelo que pisa. Los escáneres biométricos y los guardias de seguridad de la firma se apartaron a su paso, reconociendo el sistema de seguridad a un cliente de alto nivel.


En la planta 42, las puertas del despacho de Kristen Anderson se deslizaron con un susurro neumático.
Kristen estaba sentada tras su escritorio de plasticristal, trabajando en un portátil —Mitsuhama, obviamente—. Al ver entrar a Richard, su máscara de hierro corporativo se agrietó. Se puso en pie de inmediato, un acto reflejo de subordinación que su cuerpo había aprendido la noche anterior en la cubierta del Austral.

— Señor... Gordon —articuló ella. Su voz, que solía ser un instrumento de precisión, flaqueó apenas un milisegundo.

Sus ojos recorrieron el traje de Richard, notando cómo la elegancia del Iron Executive lo hacía parecer aún más inalcanzable que a través de las cámaras. El recuerdo de estar desnuda y vulnerable ante su capitán, mientras él la juzgaba desde la distancia, inundó su mente, haciendo que un rastro de rubor subiera por su cuello, oculto por el cuello alto de su blusa de seda gris.

— No esperaba una visita personal hoy —continuó, intentando recuperar el tono profesional—. ¿En qué puede ayudarle Mitsuhama Financial?

Kristen permanecía tensa, esperando el primer golpe psicológico de Richard en este entorno donde ella, supuestamente, debería sentirse segura.

— Buenos días, Kristen —Richard la tomó con suavidad de un hombro mientras la dio un beso en los labios. Su lengua entró en su boca buscando tanto la de ella, como la reacción de la mujer.

El contacto fue tan inesperado como una descarga eléctrica en la gélida atmósfera de la oficina. Richard no esperó invitación; se movió con la seguridad del depredador que regresa a un territorio que ya ha marcado. Al rodear su hombro, su mano sintió la rigidez de los músculos de Kristen, una tensión que se quebró en el momento en que sus labios sellaron los de ella.

El beso no fue una cortesía. Fue una incursión. Cuando la lengua de Richard buscó la suya, Kristen dejó escapar un ahogo sordo, un sonido que quedó atrapado entre sus bocas. Por un segundo, su mente corporativa gritó "peligro" —estaban en un despacho rodeado de sensores de Mitsuhama, bajo el escrutinio de una megacorporación que valoraba el protocolo por encima de la vida—, pero su cuerpo, todavía resonando por la humillación y el deseo de la noche anterior, traicionó toda lógica.
Kristen no se apartó. Al contrario, sus dedos se clavaron en la tela resistente del Iron Executive de Richard, buscando un punto de apoyo mientras correspondía al beso con una urgencia desesperada. Era la reacción de alguien que ha estado muerta de sed y de repente encuentra una fuente, incluso si sabe que el agua es veneno.
Richard pudo sentir el temblor en sus labios y cómo ella cedía el control del beso casi de inmediato, permitiéndole explorar y dominar el espacio de su boca con la misma impunidad con la que la había hecho inspeccionar en el puerto.
Cuando Richard se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para ver sus ojos empañados y sus mejillas encendidas, Kristen respiraba con dificultad. Su máscara de ejecutiva se había desintegrado por completo.

— Richard... —susurró ella, con la voz rota, mirando de reojo hacia la puerta translúcida del despacho—. Las cámaras...

A pesar del miedo a las represalias de MFS, su cuerpo seguía inclinado hacia él, gravitando en su órbita, esperando la siguiente orden o el siguiente movimiento.

— ¿Descansaste al volver a casa?

Richard mantuvo la mano en su hombro, una presión leve pero constante que le impedía recuperar su postura de ejecutiva. Sus ojos, fríos y analíticos, no se apartaron de los de ella, disfrutando de la confusión que nublaba la mirada de la mujer.
Kristen tragó saliva, tratando de recuperar el aliento. La pregunta, formulada con una cortesía casi cruel después de la intensidad del beso y la humillación de la noche anterior, la descolocó por completo.

— No —admitió ella en un susurro, renunciando a mentir—. Apenas pude cerrar los ojos.

Se pasó una mano por el cabello, un gesto inusual de nerviosismo en una mujer de su rango. El contraste entre el despacho de alta tecnología y la vulnerabilidad física de Kristen era absoluto.

— Me pasé la noche repasando cada palabra que dijiste a través de ese altavoz —continuó, bajando la voz al notar que su secretaria pasaba por el pasillo exterior—. El perfume... me obligó a recordar el frío del puerto cada vez que me movía en la cama. Fue... una tortura muy precisa, Richard.
Se humedeció los labios, que aún conservaban el rastro del beso de él, y se atrevió a mirarlo con una pizca de esa antigua chispa de ambición, aunque ahora teñida de una necesidad de aprobación que antes no existía.

— Supongo que ese era el objetivo, ¿no? Que no pudiera descansar. Que solo pudiera pensar en lo que pasaría cuando volviera a verte. Y aquí estás, en medio de mi oficina, rompiendo todas las reglas de Mitsuhama.

Richard sonrió levemente, una expresión que no llegó a sus ojos. 
— Si, algo así era la idea. No te quiero robar tiempo ¿Te apetecería vernos hoy en el Penumbra? ¿21:30?

Richard deslizó su mano desde el hombro de Kristen hasta su mandíbula, obligándola a sostenerle la mirada mientras ella procesaba la invitación. El nombre del club flotó entre ambos como un recordatorio del desplante original: el lugar donde ella había esperado en vano, ahora se convertía en el escenario de su posible redención... o de una nueva fase de su entrega.
Kristen parpadeó, sorprendida por la invitación directa. Su mente corporativa intentó calcular su agenda —reuniones de inversión, comités de riesgo, auditorías de cuentas—, pero todo se desvaneció frente a la presencia del hombre que vestía un traje de combate de lujo.

— El Penumbra —repitió ella, con una nota de anticipación en la voz—. Esta vez seré yo quien llegue temprano, Richard. No pienso darte ninguna excusa para que vuelvas a dejarme sola en ese reservado.
Se enderezó, tratando de recuperar una brizna de su compostura profesional mientras Richard se alejaba un paso, dándole el espacio justo para respirar pero no para sentirse libre.
— Estaré allí. A la hora que digas. Y esta vez... —hizo una pausa, bajando la voz y dejando que un rastro de esa zorra que Faisal describió asomara en sus ojos— ...esta vez sabré exactamente qué ponerme bajo el vestido para que no tengas que imaginarlo.

Richard asintió con una leve inclinación de cabeza, satisfecho con la capitulación. Sabía que Kristen pasaría el resto del día en una oficina climatizada, pero su mente estaría a kilómetros de allí, atrapada en la promesa de la noche.



10 de Octubre, 2059. Viernes. Club Penumbra, Seattle. 21:30.

El club era un latido de neón violeta y bajos profundos que hacían vibrar el pavimento. Richard llegó en su Westwind, dejando que el autopiloto del deportivo aparcase mientras él entraba en el santuario de sombras.

Kristen ya estaba allí.

Estaba sentada en el mismo reservado de la última vez, pero su actitud era radicalmente distinta. No estaba revisando su terminal ni fingiendo desinterés. Estaba vigilando la entrada con una atención felina. Llevaba un vestido negro, pero esta vez de un tejido mucho más fino, casi líquido, y el perfume que Richard le envió.
Al verlo aparecer, ella se puso en pie lentamente. No hubo saludo formal. El aire entre ellos estaba ya demasiado viciado por el control y la sumisión.

— Has venido —dijo ella, con una mezcla de alivio y una excitación que no podía ocultar—. He pedido tu whisky. Junck Daniel's, tal como te gusta.

— ¿Por qué no iba a venir? ¿No eres una de las mujeres más interesantes de Seattle como para bien merecer toda mi atención?

Richard se sentó con la parsimonia de un monarca que ocupa su trono, dejando que el cuero del reservado crujiera bajo el peso de su traje Iron Executive. Ignoró el vaso de whisky por un momento, prefiriendo fijar sus ojos en los de Kristen. La frase, cargada de una galantería que en su boca sonaba a sentencia, hizo que ella se estremeciera visiblemente.

Kristen se sentó frente a él, cruzando las piernas con un movimiento lento. El roce de su propia piel le recordó que, bajo ese vestido de seda, no llevaba más que el recuerdo de las órdenes de Richard.

— Lo dices como si fuera un cumplido —respondió ella, inclinándose hacia delante, invadiendo el espacio de la mesa—, pero viniendo de ti, suena a que soy un espécimen bajo observación. Una "cuenta interesante" que estás decidiendo si liquidar o mantener abierta.

Tomó su copa con dedos que aún conservaban un ligero temblor, vestigios del encuentro en la oficina. El ambiente del Penumbra, con su luz violeta y su música electrónica palpitante, creaba una burbuja de intimidad que contrastaba con la frialdad clínica del puerto.

— Me has tenido bajo tu bota desde que me enviaste ese paquete, Richard. Me has desnudado frente a tu tripulación y me has besado en mi propio despacho delante de mis superiores. Si soy interesante, es porque tú has decidido que lo sea.
Hizo una pausa, humedeciendo sus labios con el licor, y lo miró con una intensidad cruda, despojada de cualquier pretensión de poder corporativo.
— Así que dime... ahora que tienes toda mi atención y yo tengo la tuya, ¿qué es lo que realmente buscas en "una de lad mujeres más interesante de Seattle"? ¿Es el placer de la conquista o el morbo de ver cuánto más puedo someterme antes de romperme?

— He decidido que te quiero en mi tripulación. El Austral es la casa de Faisal pero también de otras mujeres que gozan de mi atención. 
Se desviven por satisfacer mis fantasías, van por el yate en lencería y tacones para mí. —Richard dio un buen trago de whiskey— Las pone ser mías y yo las he escogido para que lo sean; hay una antigua modelo rusa, una antigua comercial de vinos, y una hija de corporativos, algo ninfómana y cuyo padre seguro que me odia a rabiar por qué me follo a su hijita. Ya hemos visto que sabes entregarte, la pregunta para mí es si quieres entregarte a mí.

Richard dejó el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco, el sonido subrayando la finalidad de sus palabras. 

Kristen escuchaba con los labios entreabiertos, procesando la imagen que él acababa de proyectar: el Austral no era solo un barco, era un ecosistema de propiedad privada, un harén moderno de mujeres que habían intercambiado su autonomía por el privilegio de estar bajo su ala.
La oferta era escandalosa, peligrosa y profundamente degradante para cualquier ejecutiva de su nivel. Debería levantarse y abofetearlo. Sin embargo, el calor que sentía en el vientre y la forma en que su pulso martilleaba en sus oídos le decían otra cosa. La idea de abandonar la farsa de los informes financieros y los comités de riesgo para convertirse en una de las elegidas de Richard, de vivir bajo su mirada y sus reglas, la atraía con una fuerza gravitatoria aterradora.

— Me estás pidiendo que deje mi vida, para ser... ¿qué? —preguntó, aunque su voz carecía de la combatividad de antes—. ¿Tu juguete de alta gama? ¿Tu banquera personal en lencería y tacones?
Se inclinó más hacia él, dejando que el escote de su vestido se abriera, mostrando que ya había aceptado parte del trato antes de que él lo formulara.
— Lo que viste anoche en la cubierta... cómo permití que Faisal me tocara y cómo me mantuve firme mientras me describía... —hizo una pausa, tragando saliva—. No fue solo porque tuviera que hacerlo. Fue porque nunca me había sentido tan vista en toda mi vida.
Kristen alargó la mano por encima de la mesa, pero no para tocar la mano de Richard, sino para rozar el puño de su traje Iron Executive, una señal de respeto a su poder.
— Si me quieres en tu tripulación, Richard, no quiero ser solo una más en la lista. Quiero que sepas que cuando me entregue, me estaré entregando más que esa modelo rusa o esa comercial de vinos. Yo sé... 

El chasquido de la bofetada resonó seco y violento, cortando el pulso de la música electrónica del club como un hachazo. La cabeza de Kristen giró bruscamente hacia un lado, y el impacto fue tal que su cabello castaño voló sobre su rostro, ocultándolo por un instante.
El silencio que siguió en el reservado fue absoluto. Kristen se quedó congelada en esa posición, con la mejilla apoyada contra su hombro, mientras el calor del golpe empezaba a florecer en una mancha rojiza sobre su piel pálida. No hubo grito, ni protesta, ni siquiera un intento de cubrirse.

Richard no retiró la mano de inmediato, dejando que la tensión del acto cargara el aire de una electricidad pesada.
Lentamente, Kristen volvió a girar la cabeza hacia él. Tenía un mechón de pelo pegado al labio y los ojos le escocían por el impacto, pero no había rastro de indignación. Lo que vio Richard en sus pupilas, dilatadas hasta el extremo bajo la luz violeta, fue una mezcla de shock puro y una gratitud retorcida. La bofetada había sido la respuesta real, la firma física en el contrato que acababan de sellar.
Se pasó la punta de la lengua por el labio, probando el sabor metálico de una pequeña herida que el golpe había abierto, y luego clavó su mirada en la de él, ofreciéndole la otra mejilla con un gesto sutil, casi imperceptible.

— Así es como empieza —murmuró ella, con la voz temblorosa pero cargada de una sumisión absoluta—. ¿He hablado demasiado otra vez, Richard? 

— Sobre Kassandra, la modelo, ni por un momento creas que puedes ser más especial que ella. ¿Estamos?
Kristen, con la marca de la mano de Richard todavía palpitando en su piel, sintió cómo ese recordatorio de su posición la golpeaba más fuerte que la propia bofetada. La mención de Kassandra actuó como un ancla de realidad. 

— Estamos. —respondió ella, corrigiendo su tono de inmediato. Su voz era ahora un susurro dócil, despojado de cualquier rastro de la altanería que solía exhibir en las oficinas de Mitsuhama.
Bajó la mirada hacia la mesa, incapaz de sostener la autoridad de los ojos de Richard. Había comprendido la jerarquía. No era una invitación a ser su reina, sino a ser parte de un engranaje diseñado para su placer y conveniencia. La idea de ser "una más", de tener que competir por su atención con una modelo rusa o una ninfómana de alta alcurnia, encendió en ella una chispa de celos que alimentaba su sumisión.

— La respuesta es sí. Quiero entregarme. Pero quiero que empieces a reclamar lo que es tuyo ahora mismo. No quiero volver a ese apartamento vacío esta noche.
Richard la observó en silencio, midiendo la sinceridad de su capitulación.

— Bien —concluyó él, terminando su bebida—. Te llevaré al Austral. No volverás a tu casa. Mañana irás a trabajar desde el barco, y cuando regreses, Kassandra te enseñará cuáles son tus obligaciones cuando yo esté a bordo. Ahora quiero una mamada. 

Richard no se movió. Permaneció apoyado en el respaldo de cuero del reservado, con una pierna cruzada sobre la otra, observándola con la misma frialdad con la que un arquitecto estudia un plano. Sus palabras cayeron con el peso de una orden absoluta, sin margen para el coqueteo ni el preámbulo.
Kristen sintió que el aire se espesaba en sus pulmones. Miró a su alrededor; la música seguía latiendo, las luces violetas parpadeaban y el murmullo del club continuaba, pero para ella, el mundo se había reducido a la bragueta del pantalón de Richard y al ardor que aún sentía en la mejilla.
— El placer es mio —susurró.

No hubo vacilación. Se deslizó del asiento y se puso de rodillas sobre la alfombra oscura del reservado. La seda de su vestido se amontonó alrededor de sus muslos. Al estar ahí abajo, la figura de Richard, envuelto en su traje Iron Executive, se le antojó titánica, casi religiosa.
Kristen extendió sus manos y, con la delicadeza de quien manipula algo sagrado y peligroso a la vez, comenzó a desabrochar el cinturón de Richard. El sonido del metal al soltarse fue apenas un eco bajo los bajos del club. Cuando finalmente lo liberó de la tela, el contraste de su piel contra el aire acondicionado del local la hizo estremecerse.
Levantó la vista hacia Richard una última vez, buscando alguna señal, pero él solo la miraba desde arriba, con un vaso de whisky en la mano y la expresión de quien espera un servicio que le es debido.
Kristen cerró los ojos y se inclinó hacia delante, entregándose a su primera tarea oficial como parte de la tripulación. El aroma a sexo, poder y el rastro del Junck Daniel's de los labios de Richard la envolvieron mientras sus labios rodeaban su miembro, decidida a demostrar que, aunque no fuera la primera como Kassandra, su ambición la haría la mejor en cada detalle.



18 de Octubre, 2059. Sábado. Shillsole Bay Marina, Muelle Privado 12. A bordo del Austral. 20:12.

La noche sobre el Austral es de un azul profundo, casi eléctrico. Desde el puente de mando, Richard observa los monitores de alta definición. El silencio de la cabina solo se rompe por el zumbido de los sistemas de navegación y el murmullo del agua climatizada del jacuzzi de la cubierta de popa.

​En la pantalla, Kristen y Sonia aparecen bajo la luz ambiental de los LED subacuáticos.

​Sonia se mueve con una confianza despreocupada. Se despoja de su bata de seda con un movimiento fluido, dejando que caiga a sus pies. Kristen lo hace observando el cuerpo de la otra mujer como quien estudia a su competencia directa. Ambas entran en el agua humeante, dejando que las burbujas las rodeen mientras se acomodan en los asientos ergonómicos.

​Richard sube el volumen de los micrófonos direccionales. Sus voces llegan nítidas, mezcladas con el chapoteo del agua.

​— Dios, necesitaba esto —dice Sonia, echando la cabeza hacia atrás y dejando que el vapor le humedezca el rostro—. Ese hombre te drena la energía, ¿verdad? Pero de una forma que te hace querer más.

​Kristen se abraza las rodillas bajo el agua, mirando a Sonia con curiosidad.

— Es... diferente a todo lo que conocía —admite Kristen, bajando la voz—. No es solo el dinero o el barco. Hay algo en él... 

​Sonia suelta una carcajada cristalina y se inclina hacia Kristen, como si fueran amigas de toda la vida compartiendo secretos en un dormitorio de universidad.

​— Oh, cariño, no es "algo". Es él —Sonia baja el tono, volviéndose repentinamente seria—. ¿Sabes con quién te has metido realmente? Richard no es solo un hombre con un buen traje y una cuenta en el Zurich-Orbital. Dicen que, en el plano astral, Richard es una tormenta. Es probablemente el mago más capaz del país... quizá del mundo. 

​Kristen guarda silencio, procesando la información mientras mira hacia la estructura del puente de mando, sin saber que Richard la está observando en ese mismo instante.

​— Por eso su voluntad es tan... absoluta —continúa Sonia, acercándose más a ella—. Por eso nos tiene aquí. No somos solo su "tripulación". Somos parte de su ecosistema. Y si eres inteligente descubrirás que no hay lugar más seguro en la Tierra que estar bajo su protección.

​Sonia sonríe de forma pícara, salpicando un poco de agua hacia Kristen.

— Antaño corrió en las sombras. Tú le llamas Richard, pero es el nombre de una identidad falsa, como shadowrunner se hacía llamar Deus. Para nosotras es su nombre, y es toda una declaración de intenciones. 

Richard observa cómo Kristen asiente lentamente, con una mezcla de temor y una ambición renovada ardiendo en sus ojos. Se recuesta en el sillón de cuero del puente, con la luz de los monitores reflejada en sus pupilas. La charla casi tribal de las mujeres en el jacuzzi le resulta gratificante. 

En la pantalla, Kristen parece haber perdido parte de la rigidez que la caracterizaba en el despacho de Mitsuhama. El agua caliente y la revelación de Sonia sobre las capacidades de Richard están surtiendo efecto.

— ¿Y Kassandra? —pregunta Kristen, bajando el tono, con una curiosidad que roza la envidia—. Richard mencionó que ella es... especial. Que no debo intentar compararme.

Sonia suelta un suspiro y se desliza un poco más bajo el agua, dejando que las burbujas le acaricien los hombros.

— Kassandra es la base de todo esto, Kristen. Si Richard es la tormenta, ella es el pararrayos. No es solo una modelo preciosa que folla como Dios; es su ancla. Se conocen desde hace mucho y ella entiende sus silencios mejor que nadie. No intentes competir por su puesto porque te quemarás. Kassandra no es una rival, es una maestra.

Sonia se incorpora un poco, apoyando los codos en el borde del jacuzzi y mirando hacia la ciudad iluminada.

— A veces, cuando Richard está trabajando en sus asuntos —dice, haciendo énfasis en la palabra—, ella es la única que puede entrar en su estudio.

Kristen asiente, pensativa, pasando una mano por el agua.

— El otro día, cuando nos conocimos en mi despacho, bueno, en el Penumbra, me besó, me abofeteó, le hice una mamada, y luego me llevó a pasear por el muelle. Fue como si me estuviera recalibrando.— suelta Kristen.

Sonia se ríe, una risa suave y cómplice.

— Bienvenido al mundo de Richard Gordon. Te rompe para ver cómo encajas las piezas de nuevo. A mí me hizo esperar tres días encerrada en el Pike Place Market antes de dignarse a dirigirme la palabra. Para cuando apareció, yo estaba dispuesta a lamerle las botas solo por oír su voz. Lo que te hizo a ti... ese golpe, ese paseo... es su forma de decirte que ya no eres una banquera. Eres parte de su propiedad. Y créeme, una vez que aceptas que le perteneces, el resto del mundo parece tan... aburrido.

Sonia se gira hacia Kristen con una mirada depredadora y divertida.

— ¿Sabes qué es lo mejor? Que él nos está escuchando ahora mismo. Siempre lo hace. Le gusta saber qué pensamos cuando creemos que estamos solas.

Kristen se tensa y mira instintivamente hacia las cámaras del puente, su rostro iluminado por el vapor y el neón. Sus ojos buscan a Richard tras el cristal tintado, una mezcla de pudor por haber sido descubierta y una excitación creciente al saberse observada.

En la pantalla, el efecto de las palabras de Sonia es devastadoramente eficaz. Kristen se ha quedado petrificada al mirar hacia la cámara, dándose cuenta de que su desnudez —física y emocional— está siendo grabada, procesada y disfrutada por el hombre que ahora sabe que es mucho más que un mago.

Sonia, disfrutando del impacto, se acerca a Kristen en el agua, reduciendo la distancia hasta que sus hombros se rozan.

— No te tapes, tonta —le susurra Sonia, aunque el micrófono direccional capta cada sílaba—. A él le gusta que sepas que te mira. Mira hacia allí... imagina que su mirada es una caricia. Si te escondes, pierdes. Si te ofreces, ganas.

Kristen traga saliva, y aunque sus manos tiemblan bajo el agua, hace un esfuerzo consciente por relajar los hombros y erguir el pecho, ofreciendo su perfil a la lente con una obediencia que ya no nace del miedo, sino de una nueva forma de adoración.

Richard no se mueve. Se limita a observar cómo el vapor del jacuzzi desdibuja las facciones de Kristen, mientras Sonia, con la veteranía de quien ya ha sido moldeada por el fuego, se desliza por el agua hasta quedar justo al lado de la banquera.
En la pantalla, el lenguaje corporal de ambas es un poema de sumisión. Kristen está tensa, con la espalda erguida, consciente de que cada poro de su piel está siendo escrutado desde el puente de mando.

— ¿Crees que nos hará dormir juntas? —pregunta Kristen de repente, con una voz que oscila entre el temor y una curiosidad oscura.
Sonia suelta una risa ahogada, juguetona. Estira una mano bajo el agua y Richard ve, a través de la cámara subacuática, cómo roza el muslo de Kristen.

— Richard no hace lo que se espera. A veces quiere que Kassandra nos ignore para que sintamos el peso de su indiferencia. Otras veces, le gusta que seamos nosotras las que nos exploremos mientras él lee un libro. Nunca sabes. 

Sonia se separa y se apoya en el borde.
— Mira sus ojos, Kristen. Si alguna vez tienes la suerte de verle usar su poder, verás que sus ojos no son humanos en ese momento. Hay algo... antiguo tras ellos. —Sonia hace una pausa, bajando el tono a un nivel casi devocional.

Sonia dirige su mirada hacia Kristen. 
— Supongo que no te supone un problema follarte un coño.
La pregunta de Sonia cayó en el aire cargado de vapor con la contundencia de un desafío. Kristen, que aún estaba procesando la idea de Richard como una entidad casi divina, se quedó paralizada. El silencio que siguió solo estaba roto por el borboteo rítmico del jacuzzi.
En la pantalla del puente de mando, Richard pudo ver cómo las pupilas de Kristen se dilataban. No era solo sorpresa; era la comprensión de que el Austral no solo exigía la entrega de su voluntad hacia él, sino la ruptura de cualquier barrera o preferencia anterior.
Sonia no esperó respuesta. Se acercó más, eliminando el espacio personal, hasta que sus pechos rozaron el brazo de Kristen bajo el agua.
— Aquí no hay etiquetas, Kristen —continuó Sonia, con una voz aterciopelada que el micrófono captó con una claridad casi obscena—. No hay hetero, ni bi, ni normas de etiqueta de la alta sociedad de Seattle. Solo hay lo que a él le agrada. Y créeme, a Richard le encanta la estética de dos mujeres fundiéndose mientras él nos observa. Le relaja. Le alimenta.

Kristen tragó saliva, mirando el rostro de Sonia, que estaba a escasos centímetros del suyo. La confianza depredadora de la otra mujer la hacía sentir pequeña, pero al mismo tiempo, despertaba una chispa de curiosidad que nunca se había permitido explorar en su estructurada vida corporativa.
— Yo nunca he follado con otra tía —respondió. 
Sonia sonrió, una expresión de triunfo suave, y deslizó una mano bajo el agua, buscando la rodilla de Kristen para subir lentamente por su muslo.

— Entonces hoy es noche de estreno.  —Sonia inclinó la cabeza, exponiendo su cuello bajo la luz de los LED—. Richard está ahí arriba, Kristen. Mirándonos. ¿Vas a darle el espectáculo que se merece?

Kristen desvió la mirada hacia la cámara del puente de mando por un breve segundo, como buscando permiso o quizás una orden final. Al no recibir nada más que el silencio absoluto de Richard, volvió sus ojos hacia Sonia. Un rastro de ambición, la misma que la había llevado a la cima de Mitsuhama, brilló en su mirada. Si este era el precio para estar al lado del mago, iba a pagarlo con la misma excelencia con la que cerraba sus contratos.
— Supongo que no me supone un problema —respondió Kristen, con una firmeza nueva en la voz, mientras sus manos, bajo el agua, buscaban por primera vez la cintura de Sonia.

Sonia había tomado la iniciativa con la maestría de quien conoce perfectamente el guion. Había rodeado el cuello de Kristen con sus brazos, atrayéndola hacia sí, mientras sus piernas se enredaron bajo el agua burbujeante. Kristen, aunque inicialmente rígida, cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás, entregándose al tacto experto de la otra mujer.

​Desde los micrófonos, Richard escuchaba el cambio en la respiración de Kristen: había pasado de ser entrecortada y nerviosa a un jadeo profundo, entregado.

​— Eso es... —susurró Sonia contra los labios de Kristen, antes de capturarlos en un beso lento y húmedo—. Siente su mirada sobre nosotras, Kristen. Siente cómo te posee a través de esa lente. —Sonia se frota contra su aprendiz— No estás conmigo... estás con él, a través de mí.

​La cámara de alta definición permitió a Richard apreciar detalles mínimos: el contraste de la piel sonrosada por el calor del jacuzzi, las gotas de agua que resbalaban por los hombros de Kristen y la forma en que sus dedos se clavaban en la espalda de Sonia, buscando un anclaje en ese mar de sensaciones nuevas.

​Sonia se separó apenas un centímetro para mirar a Kristen a los ojos, asegurándose de que la banquera no perdía de vista la cámara del puente de mando.

​— Míralo, Kristen. No cierres los ojos —le ordenó Sonia en un tono bajo pero imperativo—. Ofrécete. Que vea cómo aprendes a ser suya en todas las formas posibles.

​Kristen, con los labios entreabiertos y la mirada nublada por la excitación y el calor, obedeció. Miró fijamente hacia la lente, exponiendo su vulnerabilidad y su deseo ante el hombre que, suponía, la observaba desde la cima del barco. Sus manos descendieron bajo el agua, para acariciar a Sonia, que había dejado de frotarse contra ella. 

Sonia, percibiendo que el silencio de Richard era una forma de aprobación, intensificó el juego. Se deslizó hacia abajo, sumergiéndose parcialmente para lamer la entrepierna de su aprendiz mientras sus manos emergían para acariciar los pechos de Kristen. La banquera había dejado de luchar contra la extrañeza de la situación; ahora, sus movimientos tenían una urgencia cruda. Su respiración llegaba a los altavoces del puente como un vendaval de jadeos cortos, interrumpidos por el sonido del agua desplazándose contra los bordes de acrílico.

— Eso es, Kristen... mírale... no te atrevas a apartar los ojos de él —insiste Sonia con un susurro que suena a mando.

Kristen tenía la cabeza apoyada en el borde del jacuzzi, el cabello castaño totalmente empapado y pegado a su cuello. Sus ojos estában fijos en la lente de la cámara, desenfocados por el placer pero brillantes de una devoción recién descubierta. Era consciente de que cada espasmo de sus músculos, cada reacción de su piel al tacto de Sonia, estába siendo analizada por el hombre en el puente. Se sentía como un insecto bajo el microscopio de un dios, y la sensación la excitaba hasta un punto que nunca creyó posible.
Sonia se elevó de nuevo, el agua resbalando por sus pechos, y besó el cuello de Kristen.
Kristen soltó un gemido largo y agudo que rebotó en las paredes del puente de mando. Su cuerpo se arqueó, ofreciéndose por completo a la cámara, entregando la última brizna de su orgullo en ese acto de exhibicionismo deseado.
Kristen había perdido todo rastro de decoro. Sus manos se aferraron al borde del jacuzzi con fuerza mientras Sonia, con una eficiencia casi quirúrgica, la llevaba por un camino de sensaciones que la banquera nunca se había permitido imaginar provenientes de otra mujer.

El vapor esmeralda y violeta de las luces LED envolvió los cuerpos, creando una imagen pictórica, casi irreal. Kristen echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, y un grito de puro desgarro y liberación escapó de sus labios, perdiéndose en la inmensidad del puerto de Seattle. Sonia la sostuvo, susurrándole palabras que Richard no necesitó oír para saber que eran de adoctrinamiento.

Tras el clímax, los cuerpos se relajaron y quedaron a la deriva en el agua turbulenta. El silencio volvió a reinar, solo interrumpido por el jadeo pesado de Kristen, que parece haber sido vaciada de su antigua identidad. Sonia la abrazó por detrás, entrelazando sus dedos sobre el vientre de la otra mujer, y ambas miraron fijamente hacia la cámara del puente.



26 de Octubre, 2059. Domingo. Sky City, restaurante giratorio de la Aguja Espacial. 18:46.

El exterior del restaurante de la Aguja Espacial giraba lentamente a 152 metros del suelo, ofreciendo una panorámica hipnótica de Seattle: un tapiz de luces de neón y cromo bajo la lluvia incesante, contenido por la negrura del Puget Sound. 
En una de las mesas más exclusivas, junto al ventanal, girando lentamente con el suelo del restaurante, Richard Gordon y Kristen Anderson cenaban en un ambiente cargado de sofisticación, mientras la vista de la metroplex cambiaba a medida que el restaurante giraba. 



Richard, impecable en su traje negro de corte clásico, camisa blanca y corbata, observaba la ciudad con la calma de un depredador. 
Frente a él, Kristen era la viva imagen de la ambición seductora. Llevaba una minifalda negra que apenas ocultaba sus muslos al cruzarlos, unos tacones de aguja negros que reposaban bajo la mesa, y una blusa blanca de seda con un escote tan profundo que resultaba audaz. Su chaqueta y su bolso colgaban del respaldo de su silla.
La cena estaba llegando a su fin. El vino tinto, un Burdeos añejo que Richard había seleccionado, brillaba en sus copas. Kristen, consciente de cada movimiento, inclinó ligeramente el cuerpo hacia adelante, permitiendo que la luz de la mesa resaltara la curva de su escote.

— El plantón del Penumbra fue un movimiento maestro, Richard —dijo Kristen, su voz bajando a un susurro aterciopelado que competía con el zumbido suave del restaurante—. Me enseñó una lección valiosa: no sigues las reglas de nadie. Y eso... me excita terriblemente.

Deslizó su mano por el mantel de lino, deteniéndose a milímetros de la de Richard, sin llegar a tocarla, pero creando una tensión eléctrica.

— Sé que tienes a otras a tu servicio —continuó, sus ojos fijos en los de él, con un brillo felino—. Sonia... Wendy... —pronunció los nombres con un ligero desdén, apenas perceptible—. Son... útiles, supongo. Cumplen sus funciones. Pero yo soy diferente, Richard. Yo no soy solo tú zorra. Soy la mejor inversión que tendrás.

Se humedeció los labios lentamente, sosteniendo su mirada.

Deus dejó que el silencio se prolongara, ignorando deliberadamente el cebo sobre la jerarquía de sus otras mujeres. No tenía interés en alimentar una competencia de mujeres celosas por sus atenciones.

​Se reclinó en su silla, sosteniendo la copa de Burdeos por el tallo, y recorrió con una mirada lenta y pesada la figura de Kristen. El contraste de la seda blanca contra su piel, la audacia de su escote y la forma en que la luz de los rascacielos arrancaba destellos de su cabello eran, sencillamente, hipnóticos. Por un momento, el mago dejó de lado al estratega.

​— Kristen —dijo con una voz profunda, cortando su discurso sobre influencias y poder—, guarda las garras. He venido a cenar contigo para conocerte, no para discutir la jerarquía del Austral

​Dejó la copa sobre el mantel y se inclinó ligeramente hacia ella, acortando la distancia. Sus ojos se clavaron en los de la mujer con una intensidad que nada tenía que ver con los negocios.

​— Estás preciosa. —admitió con franqueza—. No me interesa ahora mismo cómo crees que encajas frente a Sonia o Wendy. 

​Hizo un gesto vago con la mano, restándole importancia a todo lo que no fuera ella en ese instante.

​— Cuéntame algo que me ayude a conocerte. 

Kristen sostuvo la mirada de Deus, sintiendo el peso de esa observación directa. Bebió un sorbo lento de su Burdeos, dejando que el rastro del vino tiñera sus labios antes de responder. Se acomodó en la silla, permitiendo que la minifalda subiera un par de centímetros más.

Dejó la copa sobre la mesa con un movimiento lento, casi vulnerable. Se reclinó en la silla, y por primera vez en toda la noche, sus hombros se relajaron, perdiendo esa rigidez defensiva de quien siempre está lista para el ataque.

​— Nadie me pregunta por la chica, Richard —admitió, y su voz perdió el brillo metálico de la seducción para volverse más ronca, más humana—. Todo el mundo quiere a la banquera que soluciona problemas o a la mujer que viste de seda blanca. Pero nadie quiere saber cómo llegué aquí.

​Se miró las manos un segundo antes de volver a clavar sus ojos en los de él. 

​— Mis padres... ellos creen que soy una historia de éxito corporativo. No tienen ni idea de que mientras estudiaba en la universidad de Seattle, pasaba las noches en hoteles de lujo como escort para pagar los créditos de Zurich-Orbital. Me prostituí, Richard. Y lo hice con una eficiencia que demostraba que era lo mio. Incluso modifiqué mis feromonas para tener ventaja en el negocio. Quizás la mejor inversión de mi vida. 

Hizo una pausa, dejando que la confesión flotara entre ellos. 

— Fue una inversión. Como escort, era mi ventaja competitiva. En las salas de juntas de MFS, en el día a día, es lo que te digo, la inversión más rentable en mejora personal. 

Se humedeció los labios, y sus ojos brillaron con una intensidad felina, buscando los de Deus.

— Luego cuando me ascendieron es cuando por contrato me ciberimplantaron con el kit de secretaria como lo llamamos. Que sepas que si me lo pides, puedes desahogarte conmigo, todo lo que quieras soltar, y en cuanto borre la conversación no recordaré nada de lo que hayas dicho. 

​Una pequeña sonrisa, esta vez triste y sincera, asomó a sus labios. Se inclinó hacia adelante, pero esta vez no para lucir el escote de su blusa, sino para buscar una conexión real, casi desesperada, en los ojos de Richard.

​— Hace mucho tiempo que no hablo con alguien por el placer de hablar, de tú a tú, así que por mí es el mejor plan. 

​Suspiró, y por un instante, la banquera desapareció por completo. Solo quedaba Kristen, una mujer joven, brillante y agotada.

— ¿Te gustaba ser puta?

No había juicio en la voz de Richard, solo una curiosidad clínica, casi desprovista de moral, que obligó a Kristen a quedarse inmóvil.

​Ella parpadeó, procesando la palabra. "Puta". Una palabra que en los pasillos de Mitsuhama era un susurro venenoso de Gareth, pero que en la boca de Deus sonaba como una categoría técnica, un hecho despojado de su carga de vergüenza.

​Kristen cogió la copa. Sus dedos temblaron un milímetro. Miró a Richard a los ojos, buscando esa chispa de desprecio que estaba acostumbrada a ver en los hombres, pero solo encontró esa atención absoluta, casi magnética.

​— No es una cuestión de gustar, Richard —respondió ella, y su voz recuperó una firmeza nueva—. Pero si quieres una respuesta sincera... me gustaba el poder.

​Se inclinó un poco más, y esta vez el escote de su blusa blanca no era una invitación, sino un uniforme de guerra que ella portaba con orgullo recuperado.

​— Me gustaba entrar en una habitación y saber que hombres que movían imperios perdían la capacidad de articular palabra por mi culpa. Me gustaba ver cómo sus secretos se derramaban sobre las sábanas mientras yo mantenía los míos bajo llave. Y, sobre todo, me gustaba la libertad que me daba ese dinero sucio. Cada noche que pasaba con un extraño era un ladrillo más en el muro que me separaba de la mediocridad de mis padres. 

​Suspiró, y una sombra de honestidad brutal cruzó su rostro.

​— ¿El sexo? Era un trámite. A veces aburrido, a veces degradante. Era la dueña de mi propia degradación para comprar mi futuro... 

​Se humedeció los labios, sosteniendo la mirada de Deus sin parpadear.
— ¿Y tú? ¿Quieres hablar de cómo desde 2032 el sistema de Mitsuhama dice que no has envejecido? 

— No.

— ¿Y puedo negociar este punto de alguna manera, señor Gordon? —Kristen, impostada mente jocosa, no se resignaba. 

— No.

Richard dejó el "No" flotando en el aire con la contundencia de una sentencia judicial. La ciudad seguía girando a sus pies, pero en la mesa el tiempo parecía haberse congelado.

​Kristen no se amilanó. Al contrario, la negativa pareció alimentarla. Abandonó la postura defensiva y se inclinó aún más, invadiendo el espacio personal de Richard. Sus dedos, largos y cuidados, rozaron con una delicadeza casi eléctrica el dorso de la mano del mago, trazando una línea invisible que subía por la manga de su chaqueta negra.

​— Richard... —su voz bajó un octava, volviéndose íntima, casi un susurro que solo él podía captar por encima del murmullo del restaurante—. Mírame. He desnudado ante ti la parte más oscura de mi vida. No lo he hecho como una táctica de venta.

​Le sostuvo la mirada, pero esta vez no había desafío, sino una calidez amigable, una invitación a la complicidad que rara vez se permitía. Sus ojos recorrieron el rostro de él, deteniéndose en esas facciones que, según los archivos, no habían cambiado en décadas.

​— Estamos solos en esto. Los dos somos infiltrados, los dos hemos hecho cosas que el mundo consideraría "sucias" para llegar a donde estamos. Yo vendí mi cuerpo para comprar mi cerebro; tú... tú pareces haberle ganado la partida al mismo tiempo.

​Se humedeció los labios de nuevo, y su expresión se suavizó, mostrando una vulnerabilidad que se sentía genuina, como si realmente necesitara que ese puente que estaban tendiendo no fuera unidireccional.

​— No quiero tu secreto para chantajearte, ni para subir en MFS. A estas alturas, ya sabes que prefiero ser tu aliada que su empleada. Solo... tengo curiosidad por el hombre detrás de la máscara de Richard Gordon. ¿Es magia? ¿Es biotecnología de vanguardia? 

​Apretó suavemente su mano sobre la de él, un gesto de cercanía física que buscaba derribar su última barrera.

​— Estamos forjando algo aquí, Richard. No me dejes fuera de esa parte de ti. Prometo que tus secretos estarán seguros conmigo.


26 de Octubre, 2059. Domingo. Mirador de la Aguja Espacial. 19:21.

Subieron del Sky City hacia la plataforma de observación exterior, a 158 metros de altura. Al cruzar la puerta, el viento de Seattle los golpeó con fuerza, cargado de humedad.

El mirador exterior era un prodigio de transparencia y vértigo. Atrás habían quedado las antiguas rejillas metálicas de comienzos de siglo; el perímetro estaba sellado por paneles de vidrio de casi ocho metros de altura, inclinados hacia el vacío 150 grados. Solo en sus extremos —justo en las antípodas de las marcas en los vidrios de no cruzar, a 8 metros de transparencia inclinada— se levantaban verjas antisuicidio que enganchaban verticales con el enrejado del techo, encerrando a los visitantes. 

Todo el suelo era igualmente transparente, mostrando las calles allá abajo. A lo largo de la pasarela se distribuían los Skyrisers —bancos de cristal macizo reclinados hacia el exterior, hacia los paneles—,  inclinados de tal forma que permitían a quien se sentara reclinarse hacia atrás, quedando sobre el abismo, con nada más que aire y transparencia entre su espalda y el pavimento de las calles, cientos de metros más abajo.

​Richard se detuvo frente a uno de los cristales inclinados, dejando que las ráfagas de aire agitaran su traje negro. Desde allí, la vista era sobrecogedora: las luces de neón de los rascacielos, la arcología Renraku, la pirámide de Aztechnology y otra infinidad de luces en una ciudad que no dormía, mientras que hacia el oeste, las aguas oscuras del estrecho de Puget se perdían en la sombra de las montañas Olympic.

​Kristen se acercó a él, desafiando el frío con su blusa de seda blanca ondeando por el viento. Se cerró su chaqueta sin lograr protegerse del frio. 

​— Aquí arriba, el tiempo parece no tener el mismo peso que abajo. —dijo ella, alzando la voz por encima del silbido del viento, mientras buscaba de nuevo sus ojos— Es un lugar apropiado para hablar de lo que no envejece, ¿no crees? 

​Se acercó un paso más, quedando a escasos centímetros de Richard. La transparencia del suelo y las paredes creaba la ilusión de que ambos flotaban sobre la metroplex.

​Deus sonrió.

— En otro momento insistir podría costarte un bofetón —el rostro de Kristen cambió— pero hoy sería un delito. 

Deus se despojó de su pesado abrigo negro en un movimiento fluido y, con una autoridad silenciosa, lo colocó sobre los hombros de Kristen. 

— Gracias

La atrajo hacia sí, mantuvo su mirada anunciando lo que iba a pasar, y sus labios se unieron en un beso cargado de una urgencia hambrienta. El beso fue profundo y exploratorio, una colisión de voluntades en la que sus lenguas se buscaron con una voracidad salvaje. Se encontraron y se enroscaron la una con la otra en una danza húmeda y rítmica, deslizándose con una fricción lenta y deliberada que parecía querer saborear hasta el último rincón de sus bocas. El contacto era intenso, una lucha de texturas suaves y cálidas que ignoraba por completo el gélido aire de la plataforma de observación.

​Mientras sus bocas se fundían, las manos de ambos reclamaron el territorio del otro con la misma falta de escrúpulos que definía sus vidas. Kristen hundió los dedos de su mano derecha en el firme pectoral de Deus, sintiendo la fuerza latente bajo la camisa, mientras su mano izquierda descendió con una decisión absoluta, cerrándose con fuerza alrededor de su miembro, cuya dureza era ya evidente a través de la tela del pantalón.

​Deus, por su parte, la ancló contra su cuerpo con una posesión total. Su mano derecha se deslizó sobre la seda blanca de la blusa, ascendiendo hasta encontrar el pecho derecho de Kristen, apretando su turgencia con una presión que mezclaba el deseo con el dominio. Al mismo tiempo, su mano izquierda bajó por la curva de su espalda hasta hundirse con fuerza en la carne de su nalga izquierda, elevándola ligeramente hacia él —haciendo trastabillar a Kristen sobre sus tacones de aguja— para que sus cuerpos no dejaran un solo milímetro de espacio entre ellos.

— Vamos a algún sitio. —rogó ella. 

Deus asintió. 

Caminaron juntos por la plataforma, con el viento de la altura agitando sus ropas por última vez antes de entrar en el núcleo de la torre. Kristen no permitió que un solo centímetro de aire los separara; rodeó la cintura de Deus con un brazo, aferrándose a él con una posesividad silenciosa pero absoluta. Se pegó a su costado, sintiendo la firmeza de su zancada y el calor que emanaba de su cuerpo, disfrutando de esa embriagadora sensación de tenerlo solo para ella.

Al llegar frente a las puertas metálicas del ascensor, ella no lo soltó. Mientras esperaban que el mecanismo se activara, Kristen apoyó la mejilla contra su hombro, cerrando los ojos un instante para dejarse envolver por su presencia. Deus permaneció imperturbable, pero su mano descendió con lentitud hasta posarse sobre el hombro de ella, un gesto que, aunque discreto, sellaba esa unión frente al vacío que los rodeaba.

Las puertas se deslizaron con un susurro. Deus pulsó el nivel 0, y el elevador inició su caída controlada. A través de la pared transparente, las luces de Seattle se convirtieron en líneas verticales de neón que ascendían a una velocidad vertiginosa. El descenso comenzó y la presión en los oídos marcó el inicio de su caída controlada hacia el asfalto. 
Kristen se despojó del abrigo de Deus. La prenda aún conservaba el calor de su cuerpo y aquel aroma a sándalo que se le había instalado en la memoria. Con un gesto pausado, extendió los brazos para entregárselo. Él no se apresuró; esperó a que ella sostuviera la mirada antes de tomar la pesada lana negra. 
Deus se colocó su abrigo. Kristen mantuvo su agarre, a su izquierda, sintiendo cómo el elevador realizaba su descenso vertiginoso hacia el corazón de la ciudad. A través del vidrio, el mundo exterior subía a toda velocidad, pero para ella, el único punto de gravedad era el hombre al que seguía abrazada, ignorando la caída mientras se deleitaba en la exclusividad de aquel momento compartido.



Kristen no aflojó el agarre; al contrario, hundió los dedos en la cintura de Deus.

— Me gusta que no me sueltes —dijo él, con una voz que vibró directamente contra la sien de ella. No era un cumplido, era una observación clínica, cargada de una satisfacción oscura—. 

​Kristen levantó la vista, encontrando el reflejo de los ojos de Deus en el titanio de la puerta.

​— Creo que nunca me habías hablado así —respondió ella en un susurro—. Hoy no te suelto ni aunque me obligues. 

​Él esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, y su mano se cerró con un poco más de fuerza sobre el hombro de ella, atrayéndola aún más hacia su centro.

​— Cuidado con lo que deseas, Kristen —advirtió él mientras los números del panel digital descendían frenéticamente—. Una vez lleguemos al ático, "obligarte" será la única regla que quede en pie. ¿Estás preparada para dejar de ser dueña de tí misma?

​Ella no respondió con palabras. Simplemente apretó más el brazo alrededor de su talle, sintiendo el latido constante de Deus contra su costado, aceptando el contrato implícito que el descenso estaba a punto de sellar.

Las puertas del ascensor se deslizaron con un susurro final al alcanzar la planta baja, revelando el imponente vestíbulo de la torre. El espacio era una catedral de mármol blanco y cristal, bañada por una luz cenital que contrastaba con la penumbra íntima que habían compartido durante el descenso.

​Kristen no relajó su agarre. Al cruzar el umbral del ascensor, mantuvo su brazo firme alrededor de la cintura de Deus, ignorando las miradas discretas del personal de seguridad y de los pocos visitantes tardíos que aún deambulaban por el hall. Caminaba pegada a él, marcando cada paso al unísono, deleitándose en la solidez de su cuerpo y en la envidia silenciosa que imaginaba despertar en quienes los veían pasar. Para ella, el vasto vestíbulo no era más que un pasillo necesario para llegar a su siguiente destino; su mundo se reducía al hombre que tenía al lado.

​Al salir a la calle, el aire fresco de la noche de Seattle los golpeó de frente, trayendo consigo el aroma a lluvia reciente y el eco distante del tráfico. La ciudad rugía a su alrededor. Kristen sintió una oleada de calor que nació en la base de su vientre y se extendió rápidamente, transformándose en un latido sordo y exigente entre sus piernas. Kristen fue consciente, con una mezcla de pudor y deleite salvaje, de la humedad creciente que empezaba a empapar la seda de su lencería. 
Era una excitación eléctrica, alimentada por la sumisión que él le había prometido en el ascensor y por la forma en que él la reclamaba ante el mundo sin decir una palabra. Notó cómo el tejido fino se adhería a su piel, una prueba tangible de cuánto lo deseaba y de lo preparada que estaba su cuerpo para lo que vendría en el ático.

Se detuvieron un momento en la acera, bajo el estrecho voladizo de cristal de la entrada. Deus se giró levemente hacia ella, permitiendo que ese contacto posesivo continuara mientras escaneaba el entorno con su mirada analítica.

— Estamos a menos de media hora. Pero suficiente para que pienses en lo que voy a hacer contigo —y echaron a caminar, agarrados, atravesando la rotonda que conducía a la aguja espacial. 

Kristen sintió una oleada de calor que nació en la base de su vientre y se extendió rápidamente, transformándose en un latido sordo y exigente entre sus piernas. Kristen fue consciente, con una mezcla de pudor y deleite salvaje, de la humedad creciente que empezaba a empapar la seda de su lencería. 

Era una excitación eléctrica, alimentada por la sumisión que él le había prometido en el ascensor y por la forma en que él la reclamaba ante el mundo sin decir una palabra. Notó cómo el tejido fino se adhería a su piel, una prueba tangible de cuánto lo deseaba y de lo preparada que estaba su cuerpo para lo que vendría en el ático.

Ella se mordió el labio inferior, incapaz de apartar la mirada, sintiendo cómo esa humedad se volvía más evidente con cada segundo de tensión compartida bajo las luces de la calle.

— Voy a encharcar las bragas. Esto es lo que buscaba cuando fui al Austral. ¿Me estás dando alguna clase de premio hoy? 

— No. Hoy tú vas a ser mi premio. 

Deus se colocó delante de Kristen, y deslizó su mano derecha bajo el borde de la falda de tubo de Kristen. El tejido ofreció una resistencia mínima antes de que sus dedos encontraran la seda húmeda de su lencería. Kristen ahogó un gemido, apretándose contra él mientras sentía la intrusión experta. Él hundió el dedo anular con una presión decidida, confirmando la humedad de su coño.

Movió su dedo en un círculo, y lo retiró con cuidado de que sus jugos no rozasen ni en sus bragas ni en su blusa, por dentro de su falda. 
El brillo de su excitación sobre su dedo era evidente bajo las luces de la rotonda de la aguja espacial. 

A pocos metros, una chica de unos veinte años,  lo vio todo. Sus ojos, fijos en la escena, no mostraron juicio, sino una fascinación oscura. 

Sin mediar palabra, alzó el dedo hacia su cara mirando a Kristen a los ojos. No la acerco su dedo, ella rodeó el dedo de Deus con la lengua, lamiéndolo con una entrega rítmica y descarada mientras mantenía la mirada clavada en la desconocida.
Saboreó la mezcla de su propio flujo cálido y el rastro metálico de la piel de Deus. Rodeó el dedo con la lengua. Succionó el dedo con fuerza, dejando que sus mejillas se hundieran ligeramente. Kristen no ocultó nada; quería que aquella desconocida viera la devoción en su rostro, la forma en que su lengua repasaba la yema del dedo de Deus para no dejar ni rastro de su humedad. Era un acto de comunión impúdico en plena vía pública. 

La joven espectadora se humedeció los labios, cautivada por la sumisión de Kristen y la autoridad gélida de Deus. Se estableció un vínculo silencioso entre ellas; un reconocimiento de deseos compartidos en medio de la acera pública. Deus, consciente de la audiencia, no apresuró el gesto. Retiró el dedo de la boca de Kristen, pero no se alejó. 

— Creo que lo mejor es que te quites las bragas. 

Kristen, con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada, no dudó. Bajo la mirada fija de la desconocida, Kristen flexionó ligeramente las rodillas. El diseño ceñido de su falda de tubo la obligaba a realizar movimientos precisos, casi coreografiados, lo que hacía que el acto de desnudarse en plena calle resultara aún más evidente para cualquiera que mirara.

Metió las manos bajo el dobladillo de la falda, sus dedos moviéndose con una urgencia que contrastaba con la inmovilidad de Deus. Con un movimiento grácil pero decidido, deslizó la fina prenda de encaje hacia abajo.
La gente que pasaba no pudo ignorar la escena: una mujer joven, de pie y con la espalda recta, despojándose de su ropa interior a la vista de todos. Kristen tuvo que levantar un pie y luego el otro, un equilibrio precario que Deus permitió apoyando una mano firme en su cadera para sostenerla. Cuando finalmente tuvo la pequeña prenda en la mano, empapada por su propia excitación, se la tendió a Deus.

Él la tomó, sin rastro de pudor, bajo la mirada de la chica, cuya expresión oscilaba entre el deseo y el asombro puro. 

Kristen, sintió el aire frío de la noche directamente contra su piel bajo la falda, una sensación que la hizo estremecerse mientras mantenía la mirada clavada en la desconocida, como si le estuviera entregando un desafío silencioso.

No hubo un ápice de vacilación en su gesto; con una parsimonia que rayaba en lo sacrílego, alzó las bragas hasta su rostro en mitad de la acera. Cerró los ojos un instante y aspiró con fuerza, llenando sus pulmones con el aroma almizclado y punzante de la excitación de Kristen, un rastro biológico que reclamaba como suyo frente a los ojos atónitos de los transeúntes.

​Kristen observó la escena con el pulso martilleando en sus sienes, sintiendo el vacío repentino bajo su falda de tubo y la mirada eléctrica de la gente que se detenía, incapaz de procesar la cruda intimidad que se desplegaba ante ellos.

​La chica de veinte años, que hasta ese momento había permanecido hipnotizada por la entrega de Kristen, pareció despertar de un trance al ver el gesto de Deus. Una mezcla de pudor tardío y una agitación que no supo gestionar la hizo reaccionar. Apartó la vista bruscamente, como si el calor de la escena quemara, y comenzó a caminar. Se alejó de la rotonda, dejando atrás la sombra de la Aguja Espacial que se alzaba como un tótem de acero a sus espaldas.

​Deus bajó la mano, guardando la prenda en el bolsillo interior de su abrigo. Un vórtice de audacia en mitad del flujo urbano de Seattle. 


26 de Octubre, 2059. Domingo. Ático de Deus,  Belltown. 19:57. 

El ático los recibió con silencio y oscuridad, un silencio que parecía amplificar el sonido de sus pasos sobre el suelo de marmol negro. Deus dejó su abrigo sobre un sofa de cuero y se giró hacia Kristen, que permanecía de pie, agradeciendo el calor del interior frente al frío de la noche.

​Deus se acercó a ella con una parsimonia depredadora y le tomó la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada bajo la tenue iluminación de los focos empotrados.

​— Esta noche no serás solo para mí, Kristen —sentenció con una voz que vibró en el pecho de la joven—. Voy a llamar a Grant, un socio ocasional que me conoce como Richard.

​Kristen sintió un vuelco en el estómago. No era esto lo que esperaba. 

​— Él tiene intereses compartidos conmigo —continuó Deus, deslizando el pulgar por el labio inferior de ella—. A veces tenemos detalles entre nosotros. Cuando estemos con él, dejarás de ser mi acompañante para convertirte en la sumisa de ambos. No habrá distinciones, ni preferencias. Sus órdenes tendrán el mismo peso que las mías.

​Deus la soltó y caminó hacia el mueble bar, 

​— Prepárate. Vete al baño y depilate. —Señaló hacia el pasillo, y comenzó a servirse un whisky sin hielo mientras el sonido del cristal chocando contra la madera subrayaba la sentencia.

El sonido de goma de unas zapatillas sobre el mármol se dejó escuchar. Kassandra emergió de la penumbra, moviéndose con una gracia natural. Llevaba un pijama de seda azul profundo; el tejido caía sobre su cuerpo con una fluidez casi líquida, resaltando una belleza que no necesitaba de artificios para resultar abrumadora.
Cassie no dijo nada de inmediato. Simplemente apoyó una mano en el marco de la puerta mientras recorría con la mirada a la ultima  incorporación al Austral. En su rostro no había celos, solo la evaluación experta de quien conoce perfectamente las reglas del juego que Deus estaba a punto de desplegar.
El contraste era brutal: Kristen, todavía agitada por la excitación de la calle y la inminente llegada de Grant, frente a la serenidad aristocrática de Kassandra, que parecía habitar un plano superior de existencia dentro de aquellas paredes.

El desconcierto golpeó a Kristen con la fuerza de una marea fría, desdibujando por un instante la excitación que la traía en vilo desde la calle. Sus pensamientos se atropellaban, buscando una lógica que el ático de Deus parecía haber devorado.

¿Qué hacía ella aquí? La imagen de la rusa estaba ligada en su memoria al yate, a ese entorno de lujo flotante donde Kassandra reinaba como una deidad de hielo. Verla emerger de las sombras del pasillo, rompió el esquema mental de Kristen. 
La presencia de Kassandra en el hogar privado de Deus, con la autoridad silenciosa de quien no necesita pedir permiso, era un recordatorio brutal de su privilegio, y la forma en que se movía por el espacio, y ese pijama de seda azul sugerían una intimidad doméstica.

​A ese choque se sumaba la declaración de Deus sobre Grant. Su mente retrocedió a los momentos en la calle, a la humedad en su ropa interior y al dedo de Deus en su boca, buscando consuelo en la exclusividad de ese deseo. Pero ahora, esa exclusividad se fragmentaba.

​Ella había venido esperando follar con Deus, la entrega total a su voluntad, pero esto transformaba su entrega en una transacción, en un espectáculo para dos. Un regalo con lazo para un socio comercial. 

​— No te esperaba, Kassandra. 

— Vivo aquí con Deus. —Miró a Deus— ¿Va a venir Grant, he oído? ¿Necesitas algo de mí? 

Ese pensamiento se instaló en la mente de Kristen como un intruso persistente. El ático, que hasta hace un momento le parecía el escenario de una aventura clandestina y peligrosa con Deus, se transformó de repente en un hogar compartido. Se sintió ridícula con su falda de tubo, todavía impregnada del olor de la calle y del rastro de su propia excitación, frente a la elegancia soberana de la rusa.

Kristen miró a Deus, buscando algún rastro de explicación en su rostro impasible, pero solo encontró la frialdad del acero. La sorpresa inicial de Kristen dio paso a una punzada de inseguridad: ¿cuánto de lo que había sucedido en el ascensor y en la calle era real, y cuánto era simplemente el preámbulo de un espectáculo orquestado?

— No, hoy la estrella es Kristen. No sé si quedaremos aquí o donde —dió un trago al vaso— descuida. ¿Que tal la tarde?

— Sin más.

Deus asintió. 
— Muestra el baño a Kristen, tiene que depilarse. 

— Es que a Grant le gustan los coñitos depilados —explicó Cassie a Kristen, y la hizo un gesto con la mano para que la acompañase—

Deus camino hasta el videoteléfono, consultó su agenda, y llamó tomando un trago del vaso. 

​—Grant, ¿cómo va todo? —dijo Deus al descolgarse la línea. Su tono era de una cordialidad superficial, la voz de un hombre que discute cifras y territorios con la misma calma con la que planea una velada—. Supongo que el cierre del trimestre en Ares te tiene ocupado.

​Hizo una pausa, escuchando la respuesta al otro lado.

​— Escucha, deberíamos vernos. Tengo algo que te interesará probar. Una chica nueva.  Tiene un filtro de memoria. Me he acordado de que hace tiempo que no tengo un detalle contigo, compañero. 

​Deus escuchó y tomó otro pequeño sorbo.

​— No, no está entrenada, pero tiene talento natural, si te la ofrezco es por algo. 

Deus sonrió. 

— Claro, ¿dónde? 


26 de Octubre, 2059. Domingo. Ático de Deus,  Belltown. 20:23. 

Kristen reapareció en el salón. El sonido seco de los finos tacones contra el mármol negro resonaba al caminar. marcaba un ritmo de urgencia contenida. Llevaba las medias perfectamente ajustadas, tensas sobre sus muslos, pero la falda de tubo colgaba ahora de su mano.
Cassie se había desvanecido en las profundidades del pasillo.

Deus, esperaba sentado en el sofa. Kristen se detuvo frente a él.

Con un gesto seco de su mano, le indicó que separara las piernas lo justo para permitirle el acceso, una orden que Kristen acató mientras el tacón de sus agujas repiqueteaba suavemente contra el suelo.
Él se inclinó, reduciendo la distancia hasta que Kristen pudo sentir su olor. La inspección fue minuciosa. El depilado era integral, de una perfección clínica que no dejaba ni rastro de vello, dejando la piel de los labios mayores con una textura de seda pálida, casi marmórea.
Deus extendió dos dedos y separó los pliegues con una firmeza técnica. La mucosa, de un rosa encendido y profundo, brillaba bajo los focos, revelando la humedad que Kristen no había dejado de generar desde que estaban en la calle. El contraste entre la piel exterior, fría y tersa, y el interior trémulo y lubricado, era absoluto.
— Perfecto —comentó él, con una voz que no ocultaba su satisfacción—. A Grant le gustará. 

Kristen dio un paso hacia él, y buscó la mirada de Deus con una mezcla de devoción y anhelo. Sus ojos, empañados por la intensidad de la noche, brillaban con una honestidad desarmante. Su voz surgió suave, cargada de un cariño que solo nace de la entrega total.
— Me esforzaré al máximo por satisfacer a Grant, Deus —susurró, y cada palabra parecía una caricia dirigida a él—. No dejaré que tu nombre quede en duda ante tu socio. Seré la sumisa perfecta para tu amigo, se lo daré todo... pero quiero que sepas que solo lo hago por ti.

Hizo una pequeña pausa.
— Mi deseo es entregarme a ti, te lo dije. Si acepto que él me use es únicamente porque es una orden tuya. Y yo... yo solo quiero cumplir cada uno de tus deseos. Mi obediencia es mi regalo para ti, Deus. Lo que él me haga, será porque tú se lo has regalado.

En su rostro no había rastro de duda, solo la determinación de quien ha encontrado su propósito en la voluntad de otro.



26 de Octubre, 2059. Domingo. Frente a la entrada del edificio. Belltown. 23. 20:26. 

El descenso en el ascensor privado fue un susurro de ingeniería y velocidad. Los 21 pisos quedaron atrás y el indicador digital se detuvo en la planta 0. Al abrirse las puertas, el hall del edificio los recibió con una opulencia fría de mármol y seguridad discreta, pero Deus no se detuvo; atravesaron el vestíbulo hacia las puertas de cristal que daban directamente a la noche de Seattle.

​Al salir, el aire húmedo de Belltown les golpeó el rostro. Se encontraban en Wall Street, una de las arterias que definían el carácter híbrido de Belltown. A ambos lados de la calzada, la arquitectura se alzaba como un desfiladero de hormigón, vidrio y ladrillo.

​Hacia el noreste, la silueta prismática del viejo Spire se elevaba desafiante con sus más de 40 pisos, pero en Wall Street, lo que predominaba era la densidad de los edificios residenciales de lujo y oficinas que promedian las 10 o 20 plantas. Estructuras también clásicas como las Avalon Belltown Towers, la Helios Towers, o la S-K Skytower, con sus fachadas acristaladas y balcones privados, se asomaban en la altura por detrás de otros edificios.

​Wall Street en este tramo era una pendiente que descendía suavemente hacia el litoral, hacia el oeste. Las farolas proyectaban charcos de luz naranja sobre el pavimento, iluminando los alcorques de los árboles que jalonan la acera y las entradas acristaladas de pequeños locales y cafeterías que a esta hora ya estaban cerrados o cerrando. Una sucesión de fachadas que alternaban el modernismo elegante de torres recientes con bloques de apartamentos más robustos y funcionales de finales del siglo XX, todos ellos formando una muralla de ventanas iluminadas.

Deus tomo su commlink de su bolsillo y llamó a su Westwind. 

El bramido sordo de un motor de alto rendimiento anunció su llegada saliendo del garaje apenas 1 minuto despues. El vehículo asomó por la rampa cercana en dirección a ellos. 
El Eurocar Westwind turbo, de un negro mate tan profundo que parecía absorber la iluminación urbana, avanzó con una elegancia depredadora. Se detuvo frente a ellos con las luces cortas encendidas, proyectando dos haces de luz blanca y fría que cortaban la bruma ligera de Seattle, haciendo brillar el pavimento húmedo.

Con un siseo hidráulico, la puerta de gaviota del lado de la carretera —la del conductor— se elevó hacia el cielo. 

— Sube —ordenó él con una suavidad que cortaba como el cristal—. 

Con una mezcla de firmeza y una cortesía oscura, Deus la guio hacia el interior del Westwind. La ayudó a acomodarse en el asiento de cuero envolvente, que parecía abrazar su cuerpo. 

Deus acarició su labio inferior lentamente antes de bajar su puerta y apartarse. Ella lo vio alejarse unos pasos, rodeando la silueta del Westwind por la parte delantera. Bajo la luz fría de los faros, la figura de Deus recortaba la oscuridad.

Hundida en el asiento de cuero, ella lo siguió con la mirada a través del parabrisas. Sentía el pulso acelerado, pensando en su inminente entrega a un desconocido como en sus años de universidad. 

Deus se deslizó en el interior con una agilidad felina, cerrando el ala de gaviota tras de sí. El habitáculo quedó sellado, aislando el ruido de otros coches y sustituyéndolo por el zumbido electrónico de los sistemas de navegación que cobraban vida en el salpicadero.

Él no arrancó de inmediato. Apoyó las manos sobre el volante de fibra de carbono y giró la cabeza hacia ella. En la penumbra del coche, solo rota por el resplandor azul de los controles, sus ojos buscaron los de ella con una intensidad que la hizo encogerse en el asiento.

— El trayecto será corto —dijo él, y su voz, atrapada en la acústica perfecta del Westwind, sonó más profunda, más peligrosa—. 

Sin esperar respuesta, Deus presionó el encendido. El motor turbo rugió a sus espaldas.

El Westwind se deslizó por las arterias de Belltown como una sombra de obsidiana. En el interior del habitáculo, el silencio solo era interrumpido por el ronroneo del motor turbo. Kristen, sentada en el asiento del copiloto, sentía cómo la textura del sintecuero —frío, liso y con un agarre implacable— se presionaba directamente contra su coño desnudo.

​El contacto del material sintético contra su sexo depilado era una provocación constante. Cada vibración del deportivo, cada aceleración de Deus que la hundía contra el respaldo, hacía que sus labios rozaran la superficie del asiento, generando una fricción eléctrica que disparaba su temperatura interna. Aquella sensación de exposición total actuó como un disparador en su memoria.

​Los años de escort regresaron a ella. Recordó las suites de hoteles de cinco estrellas y los áticos acristalados donde la educación se disolvía tras la primera ronda de copas. Se vio a sí misma en aquellas fiestas privadas, rodeada de hombres con trajes a medida y relojes que costaban fortunas, convirtiéndose en el centro de una atención depredadora.
Recordó la sensación de ser poseída por dos hombres a la vez, una coreografía de poder donde ella era el nexo de unión entre dos egos corporativos. El peso de uno sobre su espalda mientras el otro reclamaba su boca; el ritmo descompasado de cuatro manos recorriendo su piel y la forma en que sus voluntades se imponían sobre la suya hasta correrse dentro de ella. 
En aquellos momentos, Kristen no era una mujer, sino un divertimento de lujo, una fiesta que los ejecutivos utilizaban para sellar pactos o celebrar victorias.

​Ese recuerdo, lejos de incomodarla, intensificó la humedad que manchaba ahora el asiento del Westwind. La idea de volver a ese estado de objeto compartido, pero esta vez bajo la dirección y el mandato de Deus, la hacía temblar. Mientras el deportivo enfilaba la calle hacia el encuentro con Grant, Kristen apretó los muslos contra el sintecuero, aceptando que esa noche su pasado y su presente se fundirían en una sola entrega absoluta.



26 de Octubre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 23. 20:49. 

El Blue Sky se alzaba en el pantalán 23 sobre las aguas del puerto como un coloso de acero y cristal, una fortaleza de lujo absoluto que eclipsaba a cualquier otra embarcación. Con sus cien metros de eslora, el yate no era solo un transporte, era una declaración de poder arquitectónico. 
Sus cuatro cubiertas escalonadas se elevaban en una gradación perfecta, alternando amplias terrazas de teca con ventanales panorámicos que reflejaban las luces de neón de la ciudad.
En la popa, la cubierta principal se abría en una plataforma de baño, accesible por escalinatas gemelas que ascendían desde la cubierta inferior de popa hacia el área de relax donde se encontraba la piscina, iluminada en la noche  con su luz azulada. 
Las cubiertas superiores, protegidas por voladizos de diseño aerodinámico, albergaban salones exteriores sombreados, y espacios de observación que ofrecían una vista de 360 grados sobre el litoral. En la cubierta superior, Deus bien sabía que se encontraba el helipuerto.
El casco blanco tenía una elegancia depredadora incluso estando atracado.
Al final del pantalán 23, la pasarela del Blue Sky esperaba bajo la vigilancia de un guardia de Lone Star del puerto. El suave balanceo de la estructura contra las defensas del muelle emitía un quejido sordo, el único sonido que rompía la atmósfera de exclusividad que rodeaba al navío.

Kristen contempló la mole del yate. Sabía que una vez cruzara esa pasarela y subiera pasaría a tener dos amos. 

Subieron por la escalinata real hacia la tercera cubierta del Blue Sky. La tripulación, impecable en sus uniformes azul celeste, los saludaba en el ascenso. Al llegar a la terraza superior, Grant estaba de pie junto a un bar exterior, con una copa en la mano y la silueta de los rascacielos de la ciudad a sus espaldas. Grant tenía unos 40 años, barba y melena rubia castaña recogida. Vestía con camisa y vaqueros. 

— Richard, viejo amigo —dijo Grant, con una sonrisa depredadora, mientras le daba la mano y su mirada caía sobre Kristen—. Y esta... esta debe ser la nueva chica de la que me hablaste.

Richard avanzó, dejando a Kristen un paso por detrás, permitiendo que el corporativo de Ares la evaluara.
— Lo es. Y créeme, tiene todo lo que te gusta. 

— Tienes filtro de datos, dice Richard —comentó Grant, mientras sus ojos escaneaban a Kristen con una frialdad clínica—. ¿Qué capacidad?

​La voz de Kristen sonó firme, aunque la ansiedad la recorría.

​— Estoy vacía, 460 horas —respondió ella.

​Cuatrocientas sesenta horas de vacío absoluto. Casi veinte días de vida que podían ser borrados, reescritos o simplemente extirpados de su consciencia.

​Mientras Deus y Grant intercambiaban una mirada de complicidad profesional, el estómago de Kristen se contrajo. Sabía, por experiencia amarga, que cuando un hombre como Grant preguntaba por la capacidad del filtro, no era por una cuestión de discreción empresarial. Se pedía el filtrado cuando el sexo dejaba de ser un intercambio y se convertía en una experimentación que la moral ordinaria no podría sostener.

​El olvido programado era la licencia para la crueldad. Si ella no iba a recordar, ellos no tenían por qué contenerse. La preocupación se instaló en su pecho como un peso de plomo: bajo la apariencia de un yate de lujo y cócteles caros, se estaba abriendo la puerta a una sesión donde su humanidad sería secundaria. Pero quería hacerlo para Deus. Vino a su cabeza la posibilidad de que ella misma le diese a Deus está idea en la aguja espacial, al decirle que podía contarla sus secretos. 

​— Ok muñeca, comienza a filtrar. Emitemé tú clave de control —Sacó su móvil e hizo algo con él, seguramente configurar una alerta si el ciberimplante se apagaba. 

"Richard" dio un paso hacia ella y le puso una mano en el hombro, un gesto que en otra ocasión habría sido de apoyo, pero que ahora se sentía como el de un carnicero mostrando la calidad de la carne.

— Es una excelente sumisa. ¿Pasamos dentro mejor? 

— Donde queráis chicos. Estoy filtrando, pero honestamente no necesitáis esas preocupaciones conmigo. Voy a mejorar todas vuestras fantasías. No estoy aquí para poner pegas. 



26 de Octubre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 23. 20:52. 

Al cruzar el umbral de la suite principal del Blue Sky, el mundo exterior desapareció bajo capas de insonorización y lujo hermético. La estancia era un santuario de diseño contemporáneo, sumergida en una paleta de tonos azules que oscilaban entre el cian eléctrico de las luces indirectas y el azul medianoche de los paneles de terciopelo que revestían las paredes. El espacio se dividía en un salón privado con sofás de diseño orgánico y una zona de descanso dominada por una cama de dimensiones arquitectónicas, cuyo edredón de seda recordaba a la superficie de un océano en calma.

​Kristen caminó sobre la alfombra de lana virgen, cuyo espesor amortiguaba el sonido de sus tacones. La iluminación, estratégicamente colocada en el suelo y el techo, creaba sombras alargadas que hacían que Richard y Grant parecieran figuras de un sueño lúcido o de una pesadilla programada.

​Deus se sirvió un licor transparente en un vaso de cristal tallado mientras Grant se despojaba de su chaqueta, arrojándola sobre uno de los sillones de color cobalto. La atmósfera se volvió densa, cargada de una intención depredadora que el entorno azulado no lograba suavizar.

​— El diseño es de un estudio milanés —comentó Grant, recorriendo la suite con una mirada de satisfacción antes de centrarla de nuevo en Kristen—. Todo aquí está pensado para que nada perturbe los sentidos. 

​Se acercó a ella, deteniéndose justo en el límite de su espacio personal. El olor a perfume cítrico y tabaco de Grant se mezcló con el aroma a seda limpia de la suite.

​— Ponte de rodillas, Kristen —ordenó Richard desde el mueble bar, sin volverse, con una autoridad que no admitía matices—. 

​Kristen obedeció, sintiendo cómo sus rodillas se hundían en la suavidad de la alfombra azul mientras su falda de tubo se tensaba contra sus muslos.

La iluminación cian del salón privado del Blue Sky bañaba la escena, otorgándole una cualidad subacuática y onírica. Kristen, arrodillada sobre la espesa alfombra azul, sentía el peso de las miradas de ambos hombres convergiendo sobre ella.

​Grant dio un paso adelante, rompiendo la distancia de cortesía. Su figura se recortaba contra los paneles de terciopelo medianoche, imponente y cargada de una autoridad que no necesitaba alzar la voz.

​— ¿Cómo te llamas, preciosa? —preguntó Grant, con una entonación que mezclaba la curiosidad con el desdén de quien pregunta el nombre de un modelo de coche deportivo.

​— Kristen, señor —respondió ella, manteniendo la vista baja, su voz apenas un susurro que se perdía en la insonorización perfecta de la suite.

​— Bien, Kristen. Desnúdame —ordenó él, extendiendo ligeramente los brazos, ofreciéndose como un pedestal que ella debía desmantelar.

​Richard, recostado contra el mueble bar de laca azul, observaba la escena con una calma gélida. Dio un sorbo lento a su bebida, el tintineo del hielo contra el cristal tallado fue el único sonido que subrayó la orden. Kristen sabía, agradecía,  que cada movimiento suyo estaba siendo evaluado no solo por el anfitrión, sino por el hombre al que realmente pertenecía su voluntad.

​Kristen comenzó por los zapatos. Desabrochó los cordones con una lentitud ceremonial. Luego, subió hacia el cinturón de cuero negro. El clic del metal al soltarse resonó en el salón como el inicio de una cuenta atrás. Le retiró el vaquero dejando sus piernas con calcetines y boxers negros. Se puso de pies y comenzó a desabotonar la camisa blanca de algodón egipcio. 
El bofetón la tomó por sorpresa y la derribó a la izquierda. 

— ¿Te hemos dicho que te levantes?

— No, señor. Disculpe, señor. 

— Disculpaté con una mamada, Kristen.

Con un gesto brusco, tomó a Kristen por el cabello, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para que sus ojos encontraran los de él antes de empezar a mamar. Él mismo se sacó su miembro henchido de la opresión de sus boxers. 
Kristen se entregó a la tarea con una técnica depurada, una herencia de sus años de escort que su cuerpo recordaba mejor que su mente. Envolvió la base con una mano mientras su lengua trazaba círculos frenéticos alrededor de la corona, estimulando cada terminación nerviosa con una precisión quirúrgica.

Richard observaba desde el mueble bar. Levantó la copa en un brindis silencioso hacia Grant, reconociendo la eficiencia de su sumisa.

El sonido de la succión, rítmico y húmedo, llenaba el salón insonorizado. Kristen se esforzó por profundizar la toma, dejando que su garganta se abriera para recibirlo por completo, sintiendo las venas pulsantes de Grant contra su paladar. El aroma a jabón caro y la virilidad cruda del huesped inundaban sus sentidos.
Cada vez que Grant soltaba un gruñido de aprobación, Kristen intensificaba el ritmo, usando su saliva para lubricar el movimiento ascendente y descendente de sus labios. Sus rodillas se hundían en la lana virgen de la alfombra mientras sus ojos.
Grant le puso la otra mano en la nuca, marcando un compás más agresivo, empujando con una urgencia que amenazaba con asfixiarla, pero ella no retrocedió. Aceptó la embestida con docilidad, sabiendo que este era solo el prólogo de lo que el filtro de memoria se encargaría de borrar al amanecer.

Grant, con la respiración entrecortada y la mano aún hundida en el cabello de Kristen, desvió la mirada hacia el mueble bar. Una sonrisa de triunfo y camaradería iluminó su rostro sudoroso bajo la luz cian.
— Richard —soltó Grant con un gruñido ronco, mientras obligaba a Kristen a mantener el ritmo—. Kristen puede con los dos. Ven aquí.

Richard dejó la copa sobre el mármol azul con un chasquido seco que resonó en la suite. Se acercó con esa parsimonia depredadora que lo caracterizaba, desabrochándose el pantalón con una mano mientras la otra se mantenía en el bolsillo, destilando una confianza absoluta. Cuando llegó a la altura de Kristen, liberó su propia erección, que surgió tensa y autoritaria, reclamando su lugar en la escena.
Kristen no necesitó una orden, el instinto y la devoción que sentía por él la hicieron reaccionar al instante. Ajustó su posición en la alfombra, abriendo más la boca para dar cabida a la nueva exigencia.
Kristen mamaba ahora a ambos hombres simultáneamente. Su lengua trabajaba con una urgencia febril, alternando entre uno y otro, masturbando suavemente al hombre que no atendía, intentando que ninguno de los dos perdiera la intensidad del momento. 
Richard le tomó la cara con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos mientras ella se esforzaba por complacerlo. En esa mirada, Kristen encontró la validación que buscaba: él la estaba usando como el instrumento definitivo de su hospitalidad. 
Estaba cumpliendo su promesa; se entregaba a Grant porque era la voluntad de su dueño.

El sonido de la succión era ahora más pesado, interrumpido solo por los jadeos roncos que rebotaban en las paredes de terciopelo de la suite.
Grant apretó los puños, hundiendo los dedos en los hombros de Kristen con una fuerza que delataba su pérdida de control. Sus caderas empezaron a buscar un compás más errático, más urgente, mientras su respiración se volvía espasmódica.

— Maldita sea, Richard... esta chica es buena —gruñó Grant, con la voz rota por la presión—. Me voy... a correr ya.

Con un movimiento brusco y dominante, Grant la tomó por el mentón y la obligó a soltarlo, tirando de su cabeza hacia atrás para que quedara expuesta bajo la luz cian del techo. Kristen obedeció al instante, manteniendo la boca entreabierta y los ojos empañados fijos en el rostro del corporativo de Ares, mientras Richard permanecía a escasos centímetros, observando la culminación del acto con una calma soberana.

— Mírame, Kristen —ordenó Grant, con la polla latiendo con violencia a milímetros de su piel—. Quiero bañarte. 

Un segundo después, la tensión de Grant estalló. La primera descarga de semen golpeó su mejilla derecha con fuerza, cálida y densa, seguida de varias más que recorrieron el puente de su nariz y se depositaron sobre sus labios. Kristen no parpadeó; aceptó el bautismo de Grant como la ofrenda que era, dejando que el fluido blanco contrastara con la palidez de su piel bajo la iluminación azulada del yate.

Kristen trasladó su atención a Richard, metiéndose su miembro en la boca. Vió cómo Grant armaba su brazo y se preparó para el bofetón. Lo encajó, sintiendo la corrida de Grant en su cara salir desplazada por el golpe. Parece que Grant disfrutaba sacando la mano de paseo. 

— Primero me dejas la polla limpia y luego acabas con él. 

— Sí señor. 

Utilizó su lengua con una lentitud ritual, comenzando por la base del pene de Grant para recoger las últimas gotas que manchaban la piel todavía tensa. Sus movimientos eran suaves, casi felinos, trazando círculos húmedos que limpiaban el rastro blanquecino y denso con eficacia. El sabor metálico y salino de la eyaculación de Grant la resultaba agradable. 
Con una mano, sujetaba con firmeza el miembro de Grant, que empezaba a perder turgencia tras la corrida, mientras su lengua recorría el glande y descendía por el tronco, asegurándose de que no quedara ni una sola marca de su clímax. Cada lametón era una muestra de respeto hacia el anfitrión de su dueño, una tarea que realizaba con la cabeza gacha, dejando que su cabello castaño cayera sobre sus hombros y ocultara parte de su rostro manchado.

— Buen trabajo, Kristen —murmuró Grant, dejando escapar un suspiro de satisfacción profunda mientras sentía la calidez de la boca de la joven dejando su piel impecable—. 

Cuando terminó, Kristen succionó suavemente la punta para sellar la limpieza y se retiró apenas unos centímetros, permaneciendo de rodillas. Levantó la vista hacia Richard, con los labios todavía brillantes por la humedad y una gota solitaria de semen decorando su barbilla, deseando que ahora le permitiesen acabar de ordenarle con su boca. 

Miró a Grant. 
— Señor, ¿Puedo volver a Richard? 

— ¿A Richard? ¿Como a Richard?

Kristen esperaba algún juego de esta clase, igual que se había anticipado al tercer bofetón. 
— Volver a comerle la polla para que se corra. —Lanzó un mirada suplicante a Richard. 

— ¿Lo necesitas? ¿No puedes estar un rato sin comerte una polla?

— No, señor. Necesito comerme su polla. 

Richard no esperó respuesta, la acercó la polla a la boca, y ella saltó como un resorte, sin esperar tampoco permiso. 
Kristen se volcó sobre él con una devoción renovada. Sus labios, todavía marcados por el rastro cálido de Grant, envolvieron la erección de Richard, que palpitaba con una urgencia contenida. Kristen se entregó a una succión rítmica y profunda que hacía que la garganta le doliera. El sabor de Grant se mezcló con la esencia familiar de Richard.

​Richard no apartaba la vista de ella. El sonido de la saliva y el roce de la seda de su falda contra la alfombra azul eran la única banda sonora. Kristen subía y bajaba, decidida a que el clímax de Richard la llenase la boca.

​— Espera Richard. Acaba de desnudarme y luego lo dejas seco. 

— ¿Puedo ponerme de pies, señor?

— Tu zorra aprende rápido, amigo. Permiso concedido, guarra. 

Kristen acabó de desabotonar la y sacó la camisa blanca fuera de los hombros de Grant. Luego volvió a agacharse y le retiró los calcetines y el boxer. 

— Desnudate tú, zorrita. 

Primero, sus manos subieron a los hombros. Con una parsimonia calculada, deslizó la pequeña chaqueta que cubría sus hombros, dejando que la prenda cayera al suelo. Sus brazos quedaron expuestos, pálidos y tersos, antes de que sus dedos buscaran la cremallera lateral de la falda de tubo. El siseo del metal al bajar fue el único sonido en la habitación. Kristen contuvo el aliento mientras la falda se deslizaba por sus caderas, revelando por fin la la ausencia de bragas y su coño recién depilado.

​La tela cayó amontonándose alrededor de sus tobillos. Ahora, Kristen permanecía en pie solo con sus medias, sus gafas, y sus tacones de aguja. La luz del techo incidía directamente sobre su sexo depilado, que brillaba con una humedad residual que no intentó ocultar. Se tomó un segundo para desabrochar los ligueros, sus dedos moviéndose con una precisión técnica sobre los muslos tensos.

​Hizo rodar las medias hacia abajo, una a una, con una lentitud que obligaba a los dos hombres a seguir el recorrido de sus manos hasta que sus piernas quedaron totalmente desnudas, salvo por el calzado de aguja que la hacía parecer más alta. Finalmente, se deshizo de la blusa de seda, desabrochando cada botón desde el cuello hacia el abdomen, dejando que la prenda se abriera y revelara sus pechos, cuyos pezones reaccionaban al aire fresco de la suite. Dejó sus gafas con su ropa. 

​Se quedó allí, completamente desnuda en el centro del salón azul, con la barbilla alta y los brazos a los lados. 

— Cómele, cómele la polla si lo necesitas. 

Kristen se arrodilló de nuevo ante Richard, y volvió a mamar su pene, asomando fuera del pantalón de su traje. 

— ¿Tu muñeca está limpia, no? 

— Sí, señor. —Kristen se levantó, doblada a noventa grados, y separó sus piernas para mostrar su coño y tomar postura— Hoy no hay que preocuparse por nada. 

Sintió la presencia de Grant situándose justo detrás de ella. Sin mediar palabra, el corporativo de Ares le separó las nalgas con una rudeza técnica. Antes de que Kristen pudiera procesar el movimiento, Grant la penetró de un solo empuje, seco y profundo.

​Un gemido ahogado murió en la garganta de Kristen, contenido por la presencia de Richard en su boca. La invasión fue total; la diferencia de ritmo entre la succión que ella ejecutaba y la embestida que recibía por detrás era disonante. Grant la sujetaba por las caderas, marcando un compás agresivo que la empujaba una y otra vez contra Richard, convirtiéndola en el nexo físico y vibrante entre los dos socios.

​Richard se mantenía estable, con su polla saliendo de la bragueta mientras sentía cómo el cuerpo de ella reaccionaba a la penetración de Grant. Kristen estaba atrapada en una pinza de carne y poder: por delante, la autoridad de su dueño saturaba sus sentidos; por detrás, la fuerza bruta del anfitrión de Ares la empujaba, con fuerza. 

​El sonido de los cuerpos chocando en la penumbra azul, el roce de la piel sudada y el jadeo descompasado de lujuria. Kristen se esforzaba por mantener la técnica, por no perder el ritmo con Richard a pesar de que cada embestida de Grant la sacudía por completo.

Por delante, la boca de Kristen estaba saturada por Richard. El sabor de su dueño, metálico y familiar, era lo que deseaba. Su garganta se abría por puro instinto de obediencia, aceptando la verga como un mandato sagrado. 
Por detrás, sentía cómo cada penetración de Grant la humedecía lentamente hacia el orgasmo, una polla caliente que empezaba a disfrutar. La sensación era de una dualidad violenta: mientras su boca intentaba ser suave y técnica para complacer a su dueño, sus caderas eran sacudidas por el ritmo seco de Grant.

​El espasmo de Richard fue seco y potente. Kristen sintió la primera descarga golpeando el fondo de su garganta, un chorro espeso y ardiente que la obligó a atragantarse por un segundo, pero no paró. Mantuvo la boca sellada alrededor de él, succionando con fuerza mientras las sucesivas pulsaciones llenaban su cavidad bucal.

​El momento en que Grant se corrió fue una marea de presión y calor, sintió cómo el cuerpo del socio de su dueño se tensaba detrás de ella. Las embestidas secas de Grant se detuvieron en un empuje final, profundo y posesivo. Kristen sintió el espasmo violento de los músculos de Grant a través de las paredes de su vagina. Fue una pulsación rítmica, un latido frenético que precedió a la inundación.
La sensación de Grant corriéndose dentro de ella fue una quemadura líquida. Kristen experimentó su interior siendo colmado por el semen ardiente que contrastaba con la frialdad de la suite azul. Sintió cada descarga como un pulso de calor que se expandía por su vientre.
Era una sensación de desbordamiento absoluto. Mientras Grant se doblaba sobre ella y  gruñía contra su nuca, Kristen cerró los ojos. La humedad interna, el calor de la corrida de Grant mezclándose con su propia lubricación, la hacía sentirse como la puta que nunca había dejado de ser. El peso de Grant sobre su espalda, su respiración agitada en su oído y la conciencia de ese fluido ajeno reclamando su interior, bajo la mirada de tranquila aprobación de Richard la hicieron disfrutar.  



26 de Octubre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 23. 21:46. 

Richard se encontraba ahora desnudo y  tendido cuan largo era sobre el edredón de seda, con la espalda hundida en la blandura del colchón. Kristen, totalmente entregada a la inercia de la noche, se encontraba tendida directamente sobre él. 
Su cuerpo, pálido y brillante por el sudor, estaba orientado hacia su dueño, con las piernas abiertas de par en par para permitir que Richard la penetrara. El contacto piel con piel era total; ella sentía el latido del corazón de Richard contra sus pechos y el ritmo constante, casi mecánico, con el que él reclamaba su sexo. Kristen hundía el rostro en el hueco del cuello de su dueño mientras se dejaba llevar por la cadencia de sus embestidas.
Sobre ella, el peso de Grant caía sobre su espalda, aplastándola deliciosamente contra Richard y convirtiéndola en el relleno vibrante de una prensa humana. Grant la penetraba por el culo, y Kristen era incapaz de determinar sus gritos de placer ahogados contra el hombro de Richard, por cual de los dos hombres eran causados. 

​La sensación era de una plenitud absoluta y asfixiante. Kristen estaba atrapada entre dos fuerzas opuestas: el empuje ascendente de Richard, que la llenaba desde abajo, y el peso descendente de Grant, que la reclamaba por detrás y hacia adelante. Cada movimiento de uno repercutía en el otro, creando una fricción interna que parecía incendiar sus entrañas. El olor de los dos hombres, el calor de sus cuerpos fundiéndose con el suyo y el sonido rítmico de la seda del edredón formaban una atmósfera de placer sin convencionalismos.

​Richard le sujetaba las manos, entrelazando sus dedos con los de ella sobre la almohada, manteniendo una conexión visual gélida mientras Grant, sobre su espalda, marcaba un ritmo más salvaje. Kristen no tardó demasiado en volver a correrse. Los dos hombres la siguieron después. 



26 de Octubre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 23. 22:14. 

El fragor de la sesión se había disuelto en una calma tranquila. Los tres yacían desmadejados sobre el edredón de seda, formando una composición de cuerpos exhaustos bajo la luz cenital de la suite. El aire, antes saturado de sudor y esfuerzo, ahora transportaba el aroma seco del tabaco.

​Richard sostenía un cigarrillo entre los dedos, observando cómo el hilo de humo gris ascendía en espirales perezosas hacia el extractor silencioso del techo. A su derecha un cenicero de cristal recién inaugurado. A su izquierda, Kristen ocupaba el centro de la cama, con la piel todavía brillante y el cabello desparramado como una mancha oscura sobre las sábanas.
​Grant, tumbado al otro lado, mantenía una mano apoyada sobre el muslo de ella. Sus dedos se movían con una distracción casi mecánica, acariciando el monte de venus depilado de Kristen. Era un gesto posesivo pero relajado, el de un hombre que evalúa la textura de una propiedad tras haberla puesto a prueba.

​Kristen, con la voz algo ronca pero recuperando la modulación profesional, rompió el silencio dirigiéndose a Grant.

​— ¿Entonces hacen esto a menudo, señor? ¿En vez de tomar copas buscan chicas juntos? Tendréis una cola de tías esperando. —comentó ella, girando un poco la cabeza hacia Grant—. ¿Si soy buena me meteréis en esa lista y volveréis a llamarme, señor?

​Grant soltó una pequeña risa entre dientes, sin dejar de acariciarla con las yemas de los dedos.

​—Richard siempre ha tenido buen gusto. Nos conocimos a raíz de Aureus y una formación externa que buscábamos en Ares. Me llamó la atención su acompañante rusa y resultó que compartíamos gustos. Le gusta lo mejor. Es un tío que sabe lo que quiere.

​—Lo es —asintió ella, buscando por un momento la mirada de Richard a través del humo—. Y seguro que tú, señor, tampoco te conformás con cualquier caso.

​Richard exhaló una nube de humo, escuchándoles hablar. 

26 de Octubre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 23. 22:46. 

La atmósfera en la suite se transformó con la llegada de Shawnee. La azafata personal de Grant entró con una frescura que contrastaba violentamente con el aire cargado de la estancia. Aún con el uniforme de tripulación impecable —una falda entallada y una blusa de seda blanca que marcaba sus curvas—, irradiaba una vitalidad de quien acaba de empezar la noche mientras otros ya la habían disfrutado.
Anunció a Grant que activaba su filtro de datos sin que la pidiese nada y él recuperó su teléfono para configurar alguna alerta. 
Bajo la mirada de los dos hombres, Shawnee se despojó de su ropa con una eficiencia juguetona y se arrodilló en la alfombra azul frente a Kristen.

Ahora, ambas mujeres estaban en el suelo, formando una figura de simetría femenina. Shawnee, con la piel fresca y el pulso acelerado por la excitación de haber sido llamada a la suite, entrelazó sus piernas con las de Kristen en una tijera cerrada. Sus sexos depilados se presionaban el uno contra el otro, creando una fricción húmeda y rítmica.
Shawnee se frotaba con un hambre voraz, sus muslos fuertes rodeando la cintura de Kristen, buscando el calor que Kristen ya emanaba tras horas de servicio. Sus jadeos eran claros, agudos, cargados de una libido que apenas comenzaba a arder.
En Kristen se notaba el peso de la noche. Sus movimientos eran más lentos, más profundos, cargados de una sumisión exhausta. Su piel estaba marcada por las corridas de los hombres, y cada roce de Shawnee se sentía como una chispa sobre brasas ardientes. Aceptaba a Shawnee con una entrega mecánica, dejando que la frescura de la otra mujer la arrastrara de nuevo al borde del orgasmo.

Richard y Grant se habían retirado a la barra del salón, observando la escena como coleccionistas evaluando la interacción entre dos piezas de diferente calibre. Richard sostenía su copa de cristal tallado, mientras Grant se servía un whisky con hielo, disfrutando del espectáculo de ver a su empleada más fiel fundiéndose con la de su socio.

—Mira esa diferencia, Richard —comentó Grant en voz baja, el tintineo del hielo subrayando sus palabras—. Shawnee es un animal hambriento, pero tu chica... tu chica tiene esa pátina de puta usada que la hace irresistible. 

Richard asintió lentamente, sus ojos gélidos fijos en el punto donde los cuerpos de las dos mujeres se unían.

Abajo, en la moqueta, Shawnee hundió los dedos en el cabello de Kristen, forzando un beso húmedo mientras sus sexos seguían frotándose con una urgencia creciente. Kristen cerró los ojos, sintiendo la vitalidad de Shawnee.
La azafata se movía con un ritmo implacable, buscando la fricción exacta con urgencia.
El contacto entre sus sexos depilados fue directo y crudo. Sin la barrera del vello, la fricción se convirtió en un roce resbaladizo y ardiente. Kristen sintió la humedad fresca y abundante de Shawnee empapando su propia piel, mezclándose con los rastros densos que los dos empresarios habían dejado en su interior. Cada vez que la pelvis de la azafata chocaba contra la suya, una punzada eléctrica le recorría el vientre. Era un contraste brutal: la vitalidad intacta de Shawnee frente al agotamiento profundo de la sumisa.
En medio de aquel trance húmedo, la mente de Kristen experimentó un destello. Al cerrar los ojos bajo la respiración agitada de Shawnee, la insonorizada suite del Blue Sky se desvaneció. 

El azul gélido de la habitación fue reemplazado en su memoria por el espeso vapor esmeralda y violeta de las luces LED del Austral.
Recordó a Sonia. La vio elevarse de nuevo, con el agua caliente resbalando por sus pechos, antes de descender para besarle el cuello. Sintió el eco de sus propias manos aferrándose al borde de aquel jacuzzi, perdiendo todo rastro de decoro mientras Sonia, con una eficiencia casi quirúrgica, la arrastraba por un abismo de sensaciones inéditas. 
Aquella noche, en el muelle 12, Kristen se había entregado en un acto de exhibicionismo deseado, ofreciéndose por completo al ojo de la cámara de seguridad. Recordó el grito de pura liberación que había escapado de su garganta, y cómo, tras el clímax, Sonia había quedado abrazándola por detrás mientras miraban fijamente hacia la cámara del puente de mando.

Un gemido agudo de Shawnee la devolvió de golpe a la alfombra. La azafata aceleró el ritmo de la tijera, frotándose con una presión frenética que reclamaba el clítoris de Kristen, agarrándose a sus muslos. 
A través de las pestañas entreabiertas, distinguió las siluetas de Richard y Grant en la barra del bar.
Saber que estaba bajo las miradas de los corporativos, le dio a la fricción un matiz de sumisión. Kristen se rindió al roce continuo y brutal de sus cuerpos empapados, echando la cabeza hacia atrás tal y como lo hizo en aquel jacuzzi, con un largo suspiro de placer.



26 de Octubre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 23. 23:38. 

La gran cama de seda azul se convirtió de nuevo en el epicentro de una coreografía bajo las frías luces cian del Blue Sky
Richard, en pie a los bordes del colchón, dominando la escena desde lo alto. A la altura de su cintura, Shawnee se arrodilló sobre el edredón, entregándose a su pene con un hambre voraz. La azafata envolvía la polla de Richard con sus labios, mientras trabajaba con una técnica impecable.

​Pero la atención de la azafata morena no estaba puesta únicamente en el invitado. Ceñido a sus caderas llevaba un arnés oscuro del que sobresalía un consolador. Frente a ella, Kristen se mantenía a cuatro patas, con la columna arqueada y la cabeza gacha en una postura de entrega. Shawnee aferraba a Kristen por las caderas y la penetraba por el culo con el consolador.

​Bajo la figura encorvada de Kristen, Grant se había posicionado bocarriba, agarrando a Kristen por los pechos mientras la penetraba profundamente. Kristen quedó una vez más atrapada en una red de embestidas acompasadas —fruto de la práctica— que no le daban tregua. 
Por delante, Kristen sentía la humedad y el calor de Grant, que la llenaba con una urgencia rítmica y febril; por detrás, la implacable dureza del consolador de la azafata la follaba con la experiencia de su portadora. 
El sonido de los cuerpos chocando contra la seda se mezclaba con los jadeos, componiendo una banda sonora de degradación técnica.
Kristen cerró los ojos, apretando los dientes y aferrando las sábanas azules con los nudillos blancos mientras la pareja la estiraba hasta el límite de su resistencia física. La presión de la doble penetración la empujaba hacia un abismo ciego, excitándola desde el dolor y la sumisión. 



26 de Octubre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 23. 23:52. 

El sudor se enfriaba sobre la piel de los cuatro, que yacían entrelazados en una maraña de extremidades sobre el edredón de seda, ahora desordenado y húmedo en algunas zonas. El silencio de la suite solo era interrumpido por el zumbido del aire acondicionado.
Grant fue el primero en romper la inercia, incorporándose ligeramente sobre un codo mientras observaba el reloj digital de la mesilla.

— Maldita sea —gruñó Grant, con la voz todavía ronca por el esfuerzo—. Es hora de ir terminando, tengo que irme. Me levanto a las seis.

Richard, que mantenía una mano apoyada distraídamente sobre el vientre de Kristen, le miró al responder.
— ¿Tan temprano? 

— A las ocho tengo reunión para revisar el nuevo modelo de dron de vigilancia urbana, luego informes e informes, no puedo llegar con la mente nublada.

Grant dio una palmada suave en el muslo de Shawnee, que descansaba con la cabeza apoyada en el hombro de Kristen.
— Arriba. 

Richard exhaló un suspiro de resignación, abriendo finalmente los ojos para mirar a su socio.
— El deber no descansa, ni siquiera en el Blue Sky. 

— El dinero no se hace solo —asintió Grant mientras se sentaba en el borde de la cama, buscando su ropa esparcida por la alfombra—. 

Kristen permaneció inmóvil, mirando al techo con la mirada vacía, escuchando cómo el mundo real de horarios y vigilancia urbana empezaba a reclamar a los hombres, mientras ella se preparaba mentalmente para el vacío que el borrado de memoria traería consigo. 

Grant se sentó en el borde de la cama, con la espalda todavía perlada de sudor, y se volvió hacia Richard con una seriedad que no admitía réplicas. Sus ojos, fijos y carentes de cualquier rastro de humor.
— Pero escucha, Richard, ¿sabes lo que me la pone realmente dura? La ruleta rusa.

Shawnee, que iba a empezar a vestirse, se quedó paralizada. Su mirada se centró en Grant como si le viese por primera vez. Kristen, que seguía tendida sobre el edredón, sintió un frío polar recorriéndole la espina dorsal. Valoró detener el filtrado de sus recuerdos ante el caríz que tomaba la conversación, pero la alerta que hubiese saltado en el teléfono de Grant, y la impasibilidad de Richard la hicieron esperar. 

—Quiero que mis zorras demuestren que son totalmente mías —continuó Grant—. Mi Ruger Super Warhawk, una sola bala en el tambor de seis. Introducido en el coño, un solo disparo. El azar decidiendo si viven o mueren. 

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el jadeo entrecortado de Shawnee.
—¡Grant! —exclamó Shawnee, su voz quebrándose en un sollozo ahogado mientras retrocedía hacia la pared—. ¿He hecho eso?... esto es una locura.

Kristen sintió que el pánico le oprimía la garganta. La idea del acero frío del revólver invadiendo su intimidad, con la muerte latente tras un percutor metálico, era un horror que superaba cualquier sumisión. Miró a Richard suplicante, buscando en sus ojos gélidos alguna señal de que aquello era solo una broma cruel de despedida, pero solo encontró sorpresa y desinterés. 

Grant se puso en pie y caminó hacia su mesilla. Con un movimiento decidido, sacó del primer cajón un Ruger Super Warhawk. El metal plateado del arma centelleó bajo los focos de la suite. 

— Es la prueba definitiva de sumision, Richard —sentenció Grant, poniendo a girar el tambor con impulso decidido de su pulgar

Richard, impasible, observaba la escena con curiosidad. Shawnee se tapó la cara con las manos temblorosas, mientras Kristen permanecía petrificada.

— El placer radica en saber que, si les ordeno hacerlo, lo hacen. No porque quieran morir, sino porque su sumisión es tan absoluta que mi orden pesa más que su propio instinto de supervivencia. —Grant pasó la yema del pulgar por el martillo del arma— 
Ese segundo antes de apretar el gatillo, cuando tienen el cañón dentro del coño como un vibrador... esa es mi mayor fantasía. 

— Quiero terminar con esto —protestó Shawnee—, voy a apagar el filtro, se acabó. 

— Te lo digo cada vez, encanto, si lo apagas te mato. No saldrías viva al muelle. Lo más sensato que puedes hacer es metertelo en el coño y disparar. Y cada vez, lo acabas haciendo, nena. Hazlo para mí otra vez. 

El rostro de Shawnee se transformó en terror puro. El temblor que había empezado en sus manos se extendió por todo su cuerpo. Al mirar el Ruger Super Warhawk en manos de Grant, todo tomó sentido. ¿Cuántas veces lo habría comprendido antes?
Recordó a Elena, la azafata que ocupaba su puesto hace cuatro meses; recordó a Maya, la modelo que Grant se llevó de viaje y de la que nunca se volvió a saber nada. Ahora, viendo el brillo del tambor del revólver y la mirada de lujuria absoluta en los ojos de su jefe, Shawnee comprendió la verdad.

—Por eso... —susurró Shawnee, su voz apenas un hilo de aire que se perdía en la inmensidad de la estancia—. Por eso la suite está insonorizada. ¡Por favor, no!
Miró a su alrededor con un terror renovado. La suite azul, que antes le parecía el colmo del lujo y la exclusividad, se reveló de golpe como lo que realmente era: un matadero insonorizado. Un espacio diseñado para el placer, y para que el sonido de un disparo de gran calibre y el grito final de una mujer se ahogaran entre capas de materiales aislantes, sin alertar a los demás huéspedes del Blue Sky.

—No es un juego, Kristen... —balbuceó Shawnee, girándose hacia la otra mujer aterrorizada con los ojos desorbitados—. 
Se imaginó el cañón frío del Ruger invadiendo su sexo, la presión del metal contra sus paredes internas y ese clic seco, definitivo, que decidiría si su existencia terminaba allí mismo, convirtiéndose en otra desaparecida más en los informes de seguridad de la corporación. El pánico la hizo hiperventilar; el aire de la suite, tan puro y filtrado, de pronto le supo a tumba.

Grant dio un paso hacia ella, y Shawnee retrocedió, pero Grant caminó hacia sus pantalones en la alfombra y tomó su móvil de un bolsillo. 

El terror de Kristen fue una implosión gélida que le detuvo el corazón. Sus ojos, fijos en el tambor del gran revolver, se dilataron. Ahora, el arma le revelaba la verdad: el sexo solo había sido el preámbulo, el aderezo para el plato principal que era la muerte al azar.
Miró a Richard, esperando ver una señal de indignación o, al menos, de protección hacia su última chica incorporada a su harem. Pero lo que vio la aterró aún más. Su dueño permanecía impasible, observando el revólver con una fascinación analítica, como si estuviera sopesando la rentabilidad de sacrificarla como favor a un socio como Grant. No había rastro del Deus de hace horas en el Sky City. En ese silencio, Kristen se sintió más desvalida que nunca en su vida.
Sus dedos se enterraron en la seda azul del edredón, buscando un anclaje que no existía. La insonorización de la suite, que antes le daba privacidad, ahora se le antojaba como el revestimiento de un ataúd d. Imaginó el frío del cañón del Ruger entrando en ella, sustituyendo el calor de los cuerpos por la indiferencia del acero, y la posibilidad de que su último pensamiento fuera el estruendo de un disparo  destrozándola desde dentro.
El pánico la dejó paralizada, convertida en una estatua de carne pálida. El sudor que antes era de excitación se volvió frío y pegajoso. Kristen comprendió que, en el mundo de los corporativos, ella no era más que un insecto al que se le permitía zumbar hasta que alguien decidía, por puro aburrimiento, arrancarle las alas. Su mente, al borde del colapso, llevó lágrimas a sus ojos. 

Grant llamó por su teléfono. 
— Otra vez. 

Otra vez. Esto ya había sucedido. 

Con el móvil en la diestra y el Ruger en su zurda, dio la llamada por finalizada y con una calma que resultaba más obscena que su propia excitación, se acercó a Shawnee. El contraste era atroz: él, con la erección, y ella, temblando de terror puro. 
—No te hagas de rogar —murmuró Grant, su voz arrastrándose con una suavidad predatoria—. Relájate. Un disparo, una bala entre seis. Mira lo empalmado que estoy. Un solo disparo y ya está. Mañana todo volverá a la normalidad, nena. La alternativa es un tiro en la cabeza, tú decides.

Grant extendió el brazo, ofreciendo la empuñadura del Ruger Super Warhawk. El acero brillante del revólver, parecía absorber la luz cian de la habitación.
Shawnee levantó la mirada, con los ojos anegados en un llanto silencioso y la boca entreabierta en un gesto de súplica muda. Sus manos temblorosas, se alzaron con una lentitud agónica. Cuando sus dedos rozaron finalmente el metal frío del arma, un espasmo de puro horror recorrió su espina dorsal.
El peso del revólver la obligó a bajar los brazos por un instante; era una masa de muerte potencial que se sentía extraña y definitiva en su palma. Shawnee tomó el arma como si fuera un animal venenoso.

—Cógela, Shawnee —ordenó Grant, cuya respiración se había vuelto más pesada ante la visión de su azafata armada y aterrada—. Demuéstrale a Richard lo que significa la sumisión.

Shawnee cerró el puño alrededor de la culata. El frío del acero penetró en su piel, recordándole que no había salida de esa suite insonorizada. Miró el cañón, ese agujero negro que ahora era el centro de su universo, y comprendió que el hombre que la miraba con lascivia ya la había tenido así algunas veces que ella había olvidado gracias al filtro de datos. 
Con el Ruger temblando en su mano, Shawnee se convirtió en la protagonista de una pesadilla estadística, mientras Kristen, desde la cama, observaba el inicio del ritual con un vacío en el pecho.

Sonó el siseo neumático de la puerta y tres hombres de complexión atlética enfundados en trajes de corte impecable irrumpieron en la habitación. Se desplegaron con una eficiencia gélida, ocupando ángulos estratégicos mientras la puerta volvía a cerrarse. Lo más perturbador, sin embargo, no eran las pistolas que sostenían  sino las expresiones que cruzaban sus rostros. En sus labios bailaba una sonrisa de complicidad absoluta, esa clase de gesto que solo comparten quienes han limpiado escenas similares en el pasado. Sus ojos recorrían la cama, deteniéndose en la desnudez vulnerable de Kristen y Shawnee. 
No había sorpresa en ellos, solo la satisfacción sádica de quien llega justo a tiempo para el clímax de una función que ya conocían de memoria. 

Uno, un hombre de mandíbula cuadrada y mirada de tiburón, apuntó directamente al pecho de Richard. 
El segundo se situó cerca de la barra, encañonando a Kristen con una expresión de lujuria y sadismo absoluto. 
El tercero mantenía el cañón de su arma en dirección a Shawnee con una mueca de desprecio profesional, como si estuviera contemplando ganado marcado antes del sacrificio. 

— Tranquilo, Richard, todo está bien. Solo disfruta del show. Vamos nena, metelo bien dentro y tira del gatillo, sé que te entra. — Grant sonrió. 

Shawnee sintió que el frío del cañón del Ruger Super Warhawk era una sentencia de muerte que le subía por el brazo. Con los tres hombres trajeados apuntando a la escena y la mirada lasciva de Grant clavada en su humillación, la azafata comprendió que no había escapatoria en aquel ataúd de seda insonorizado. Sus dedos temblorosos rodearon la empuñadura de acero y, con un sollozo que se ahogó en su garganta, separó las piernas sobre la alfombra. 

Grant se masturbó lentamente. 

Kristen se arrastró por la seda del edredón, con la piel pálida contrastando violentamente con el azul profundo de la cama, hasta alcanzar el borde donde Richard permanecía impasible frente a los cañones de los recién llegados. Sus dedos, entumecidos por el pánico, se cerraron sobre el muslo de su dueño en un agarre desesperado, buscando un rastro de la protección. 
— Richard, por favor, haz algo —balbuceó con la voz rota por un llanto que no lograba estallar, mientras sus ojos buscaban los de él con una intensidad febril— No dejes que lo haga. 

Su súplica llenó el aire denso de la suite, un sonido lastimero que chocaba contra la indiferencia gélida de Richard, quien ni siquiera bajó la mirada para reconocer la existencia de la mujer que se deshacía. 

— Shawnee le pertenece, Kristen. 

El contacto del metal helado contra la piel sensible de su sexo depilado le provocó un escalofrío violento, una invasión mecánica que profanaba lo último que le quedaba de humanidad. En su mente, las imágenes de su vida pasaron como un metraje acelerado y borroso: los vuelos privados, el rostro de su madre en un lugar lejano que ya nunca volvería a ver, su hermano. Pensó en el estruendo que estaba a punto de ocurrir, en cómo el proyectil destrozaría su cuerpo desde dentro, convirtiendo su muerte en un misterio para quienes la conocieron. 
El tiempo se detuvo cuando introdujo el cañón profundamente, sintiendo la dureza del hierro reclamando su interior. Con los ojos cerrados con fuerza y las lágrimas empapando sus mejillas, Shawnee apretó el gatillo. 
El sonido del percutor al golpear la cámara vacía fue un click metálico, seco y rotundo, que resonó en el silencio absoluto de la suite. No hubo explosión, ni fuego, ni dolor. Solo el vacío de una recámara desierta y el jadeo entrecortado de una mujer que, por un segundo, creyó haber cruzado el umbral hacia la nada.
El eco del percutor golpeando el vacío aún vibraba en la mente de todos cuando Grant rompió el estatismo de la escena. Sin inmutarse por la presencia de los tres ejecutores que mantenían sus armas en alto, su mano continuó moviéndose con lentitud, acariciando su propia erección con un ritmo pausado. 
Su respiración era pesada, alimentada por el terror puro que exudaba la habitación. Con un gesto lánguido de la cabeza, dirigió su mirada hacia la azafata, que aún temblaba en la alfombra con el revólver. 
— Dáselo a ella —le ordenó a Shawnee, su voz rasposa sonando carente de cualquier atisbo de piedad— 

Shawnee, paralizada y al borde del colapso, apenas fue capaz de procesar la directriz. Lentamente, como si sus extremidades estuvieran sumergidas en plomo, retiró el metal frío de su intimidad y caminó hacia la cama, donde Kristen seguía aferrada a la pierna de Richard. 

— No, por favor. —Kristen, llorosa, se negó a tomar el arma. 

— Ella no, amigo. —Richard intervino por fin. 

Al escuchar esa sencilla negativa, el terror absoluto que paralizaba los pulmones de Kristen se resquebrajó de golpe, dejando paso a una ola de alivio tan vertiginosa que la hizo sollozar en voz alta. El frío metálico de la muerte inminente, que apenas un segundo antes amenazaba con invadirla, se desvaneció ante la barrera invisible que su amo acababa de levantar frente a ella. En ese instante de salvación, la humillación y el agotamiento de las horas previas perdieron todo su peso, transformándose en una devoción ciega y febril. Kristen enterró el rostro contra la pierna de Richard, empapándola con lágrimas de una gratitud abrumadora que le quemaba la garganta. Sus manos, que antes se aferraban a él por pura desesperación, ahora lo abrazaban con la reverencia absoluta de quien acaba de ser rescatada del abismo. Sentía que le debía la vida entera, que cada latido de su corazón a partir de ese momento pertenecía única y exclusivamente al hombre que, frente a la locura impredecible de Grant, había decidido que su existencia era demasiado valiosa para ser desechada. Aquella intercesión no le devolvió la dignidad ni la hizo sentirse libre, sino que selló su sumisión para siempre, atándola a Richard con una lealtad mucho más profunda que cualquier adoctrinamiento, convenciéndola de que bajo su dominio implacable residía también su única y verdadera protección en aquel mundo de depredadores.

— Mira como la tengo, colega, no me cortes el rollo. 

— Ella no. 

— ¿Vamos a joder la noche, colega? ¿Vamos a tener problemas?

Grant no detuvo su masturbación en ningún instante; sus ojos brillaban con una lascivia sombría, todo bajo la atenta y cínica mirada de los tres hombres trajeados y Richard. 

Deus no gesticuló, formuló el conjuro en su mente. Incluso sin sus fetiches encima —que aguardaban en su dormitorio del ático por discreción respecto a su aura oculta— reunió una gran cantidad de poder por su mera fuerza de voluntad y la lanzó hacia la habitación, abrazando a los tres hombres que les encañonaban, que se desplomaron sin aviso previo, como títeres cuyos hilos eran cortados de golpe por una fuerza invisible. 

— ¿Vamos a tener problemas, amigo?

Grant detuvo su paja, y su cara —y la de Shawnee — pasó a la sorpresa más absoluta. 

— ¿Que coño, Richard? ¿Magia? ¿Eres un jodido mago? ¿Que coño les has hecho?

— Dormirles. Despertarán aturdidos. Ahora vamos a marcharnos y dejaros descansar. Hablamos en otra ocasión si quieres ¿Deacuerdo? 

A Grant le costó articular palabra.
— Supongo. Sin problemas, colega. Si no la involucró en esto, ¿me dejarías a Kristen alguna vez? 

Deus se levantó alzando a Kristen. 
— Prefiero ir con ella donde sea, ya comentaremos. 

— Si te cansas de ella o quieres darla una lección acuérdate de mí. 



26 de Octubre, 2059. Domingo. Shilsole Bay Marina, Parking del club náutico. 23:58. 

Las puertas del Westwind se cerraron dejando fuera el aire del club nautico. En la penumbra del coche, Kristen se desplomó sobre su asiento. Estaba desvalida, con el cuerpo todavía vibrando por un eco de adrenalina que se negaba a remitir. 

​Kristen levantó la mirada, con los ojos enrojecidos y empañados. 

— Tuve más miedo que nunca —susurró con la voz quebrada— creí que moriría. Gracias por interceder. Sonia me avisó —alcanzó a decir entre sollozos— me dijo que tu poder no tenía límites.

​Se sentía abrumada por el despliegue de poder que había presenciado. En su vulnerabilidad, Kristen se sinceró por completo. 

— Ojalá todo hubiese seguido como en la Aguja Espacial, Deus. Allí me sentía tuya.

​A pesar del trauma, un pensamiento comenzó a darle una paz extraña y amarga. 

— Sé que en cuanto borre los recuerdos esto ya no estará —dijo con un suspiro de alivio desesperado—. Agradezco que esto se olvide para siempre. Me consuela saber que será como si nunca hubiese pasado.

Richard tomó su mano. El contacto fue un gesto de una calidez inesperada que atravesó las capas de terror que todavía la mantenían rígida. Kristen bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados, sintiendo cómo el pulso desbocado de su muñeca comenzaba a acompasarse con la calma de su amo. Al levantar la vista, se encontró con una expresión que nunca antes había visto en el rostro de Deus.
Por primera vez, la frialdad de sus ojos se había suavizado, dejando paso a algo que se filtraba a través de la máscara de control: un destello de cariño. Kristen contuvo el aliento, sintiendo que ese pequeño puente de humanidad era más poderoso que cualquier cosa. A pesar de lo que acababa de decir, el peso de esa caricia y la profundidad de ese contacto visual la hicieron dudar de que quisiera olvidar.

​"Este es un recuerdo que no quiero perder", pensó Kristen con una desesperación silenciosa, apretando la mano de Richard como si pudiera anclarse a ese instante. Se dio cuenta de que preferiría cargar con el horror de la suite con tal de conservar la prueba de que ella era importante para él. 

Deus soltó un suspiro contenido y rodeó las manos de Kristen con las suyas, atrapándolas en un cuenco de calidez protectora. Se inclinó hacia ella hasta que sus rostros estuvieron a escasos centímetros, y por primera vez, la autoridad de su voz no sonaba a una promesa inquebrantable.

—No voy a permitir que nada te haga daño —le dijo, sosteniéndole la mirada con una fijeza que la desarmó por completo—. Dame un abrazo.

Kristen se hundió en el abrazo de Richard, aferrándose a su espalda con las uñas clavadas en la tela de su chaqueta, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello. En la seguridad del Westwind, el temblor de sus hombros comenzó a ceder, sustituido por una gratitud devota que la hacía sentirse pequeña y, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente a salvo.
Kristen cerró los ojos con fuerza, deseando detener el tiempo en ese abrazo.

— ¿Quien eres, Deus? —ella no salió del hueco de su cuello en el que se había refugiado— Millonario, mago, vives bajo un SIN falso, mujeriego... ¿Cual es tu historia? ¿Que clase de nombre es Deus? Mataría por conocerte de verdad. 

Richard deslizó una mano con una lentitud casi reverente hacia el rostro de Kristen, acunando su mejilla con la palma mientras el pulgar recorría con suavidad el rastro húmedo de sus lágrimas. No había rastro de la frialdad del amo. Sus dedos se perdieron entre los mechones de su cabello, acariciando la raíz del pelo con una ternura que Kristen jamás habría asociado a su figura. Era un gesto íntimo, despojado de cualquier intención que no fuera el consuelo, el tipo de caricia que un novio dedicaría tras una pesadilla.

​Kristen cerró los ojos, abandonándose por completo a ese contacto que la hacía sentir, por primera vez, como una mujer amada. El roce de los dedos de Deus sobre su sien y la forma en que le apartaba el cabello del rostro la sumieron en un estado de paz hipnótica. Se sintió envuelta en una burbuja de calidez donde el horror de la suite empezaba a desdibujarse, sustituido por la presencia protectora del hombre que la protegía. 

— Deus... Richard... ¿Podrías llegar a amarme, darme un lugar junto a Kassandra por encima de tus otras chicas?

— Kristen, esto es algo que nadie sabe. —Intuyendo la importancia de lo que estaba por suceder, Kristen desactivó su filtro de datos. Su ciberojo marcó 3.16 Mp archivados en su cibercerebro— Soy de otro tiempo, de la roma de 275 años después de Cristo. En realidad, sería más correcto decir que ni siquiera soy humano. 

— Qué dices

— La verdad desnuda, nada más. Supongo que aprovechando que mañana no recordarás nada de esto. Soy una fuerza elemental, un elemental de tierra si prefieres decirlo así. En los tiempos de Aureliano, los pontifices Solis Invicti, los sacerdotes del Sol Invicto, me invocaron en un ritual de rutina como hoy en día hacen los magos. Pero este mundo me fascinó y cuando terminé mi servicio religioso hacia ellos, a diferencia de otros como yo, opté por quedarme en este mundo. 

— Deus, porfavor...

— Es la verdad. Se me ha llamado espíritu, elemental, nephilim, oráculo, y semidiós, pero está es la verdad. Mi poder emana de dos milenios de estudio y práctica del arte arcano, y mi fortuna del mismo tiempo cultivándola. He sido empresario, shadowrunner, y marginado, siempre fuera del estado y sin identidad. Recorro los siglos entregado al placer, y en mi viaje te he descubierto a tí. 

— No puedes hablar en serio. 

— Cada palabra es cierta. Este cuero no envejece por qué está formado por mi voluntad condensando patrones astrales. Funciona como un cuerpo humano, pero hay diferencias que un examen médico podría revelar. 

— ¿Es un juego de rol para condicionarme? Se ha escuchado de espíritus invocados que se liberan de sus invocadores pero...

— El principio es el mismo. —la interrumpió— De hecho soy exactamente eso, pero llevo aquí 2000 años y mi poder ha crecido. He tenido muchos nombres, todavía los tengo, Deus es solo el alias que me di a mí mismo cómo Shadowrunner hace 20 años cuando corría por las sombras. Lo dejé hace 4 años, pero la leyenda de Deus todavía dura en las sombras. Para algunos, Deus no es más que un mito, otros lo asocian perfectamente a este rostro. 

— No...

Al escuchar la confesión sobre su origen milenario y su naturaleza no humana, una mezcla de fascinación mística y un pavor existencial la dejó sin aliento. Sus emociones eran un torbellino violento; por un lado, la lógica gritaba que aquello era un delirio, una técnica de manipulación psicológica. Sin embargo, al mirar fijamente esos, Kristen sintió que la verdad se le imponía con el peso de los siglos.
Sintió una desorientación espacial, como si el suelo del deportivo se hubiera vuelto líquido. 
La idea de que el hombre que la poseía, que la protegía y que acababa de salvarla no fuera un simple millonario, sino una entidad elemental, un vestigio de la Roma de Aureliano, la hacía sentirse insignificante, una brizna de paja frente a un incendio forestal. 
El asombro se mezclaba con una vulnerabilidad absoluta; si él era un espíritu que habitaba un cuerpo de voluntad condensada, entonces su relación no era una simple dinámica de poder humano, sino un encuentro con lo numinoso.
Kristen experimentó una oleada de vértigo al procesar que estaba tocando la piel de un ser que había visto caer imperios y nacer religiones. Una parte de ella quería reír ante lo absurdo de la historia, pero el aura de autoridad que emanaba de Deus en ese momento era tan real, tan tangible, que el escepticismo se desmoronaba. Se sentía pequeña, elegida y aterrada a partes iguales. La confusión era total: ¿era ella el capricho efímero de un semidiós o el descubrimiento genuino de una entidad eterna en su viaje por los siglos? El miedo a lo desconocido luchaba contra una devoción renovada y casi religiosa, mientras su mente trataba de encajar la imagen del Shadowrunner legendario con el hombre que le acariciaba la cara con una ternura que ahora le parecía tan antigua como el tiempo mismo.

— Y lo siento, pero necesito que borres tu memoria de esta noche, por Grant si vuelves a coincidir con él, por mi secreto, y por tu misma tranquilidad. En algún momento volveré a contartelo, pero ahora es mejor que olvides. 

— Deus porfavor... —Ella sabía de sobra fingir, y además la información que quería ya estaba a buen recaudo en su memoria orgánica—

— No es justo para Cassie que tú lo sepas antes que ella. Cuando te deje en tu piso quiero que borres tu memoria. 

— Hablémoslo Deus, podemos...

No se esperaba el bofetón, que resonó en la cabina del deportivo. 


27 de Octubre, 2059. Lunes. Apartamento de Kristen Anderson, Downtown. 00:23. 

El agua hirviendo golpeaba los hombros de Kristen con una fuerza punzante, pero no lograba derretir el bloque de hielo que sentía instalado en la boca del estómago. El baño de su apartamento estaba denso por el vapor, pero el eco del percutor vacío seguía resonando en sus oídos al mezclarse con el repiqueteo de las gotas contra los azulejos. Apoyó la frente contra la pared de la ducha, cerrando los ojos mientras dejaba que el agua arrastrara el sudor y la tensión, pero no la pena. 

​Tres megapulsos de datos le atormentaban. Un paquete de información diminuto en su cibercerebro de 146 megapulsos, pero que contenía el peso de una revelación milenaria y el trauma más agudo de su existencia. Al menos que su cerebro biológico recordase. 

​Suspiró, y el sonido se quebró en su garganta. Si ejecutaba la purga, volvería a ser el lienzo en blanco que su amo exigía. Olvidaría el terror paralizante de la suite insonorizada, el desprecio sádico en la mirada de Grant y la certeza de que, para el socio corporativo, ella no era más que carne de matadero. Pero olvidar a Grant también significaba volver a cruzarse con él en el futuro sin las defensas del instinto, caminando ciega hacia las fauces de un depredador.

​Y luego estaba Deus. Kristen se pasó las manos temblorosas por el rostro, recordando la calidez insólita de sus dedos apartándole el cabello. Era una caricia que desafiaba toda lógica, el roce de una entidad que llevaba dos mil años caminando por el mundo. Había sentido, por primera vez que le importaba a un nivel emocional. 
"No voy a permitir que nada te haga daño. Dame un abrazo". Esas palabras martilleaban su recuerdo, provenientes de su memoria digital. La idea de borrar esa ternura, de extirpar ese momento de profunda humanidad que él le había regalado, le provocaba angustia. Quería conservar ese recuerdo egoístamente, atesorarlo como un escudo contra la frialdad de su vida diaria y recordarlo cada vez que le viera, aunque tuviese que fingir que no podía recordarlo.
​Sin embargo, el pánico a la desobediencia se enroscaba en su pecho como una serpiente. Deus no era simplemente su amo, era una fuerza de la naturaleza, un ser antiguo con dos mil años de estudio de la magia celoso de sus secretos. Si ella conservaba esos recuerdos y, en su próximo encuentro, él decidía auditar su memoria para garantizar que su secreto estaba a salvo el castigo por haber traicionado su orden podría ser infinitamente peor que cualquier juego macabro de Grant. Incluyendo el sacarla de su vida. 

​Al menos, se consolaba, la revelación más grande ya estaba asegurada. El recuerdo de la confesión de su verdadera identidad reposaba en su cerebro, no en su memoria digital al haber desactivado el filtro de datos antes. 

Kristen se deslizó por los azulejos húmedos hasta sentarse en el suelo de la ducha, abrazando sus rodillas. Lloró en silencio, destrozada entre el anhelo de mantener vivo el único destello de cariño que había conocido y el terror absoluto a desafiar a un dios que caminaba entre los mortales. No sabía qué hacer, y la angustia no paraba de crecer.


27 de Octubre, 2059. Lunes. Apartamento de Kristen Anderson, Downtown. 01:05. 

Sentada todavía en el suelo de la ducha, con las rodillas apretadas contra el cuerpo, miraba al vacío mientras el vapor empañaba los cristales del baño. En la esquina inferior de su visión cibernética, un indicador ambarino parpadeaba con una insistencia muda y letal: 3.16 Megapulsos. Confirmar purga.

​Ahí estaba todo. El horror, la salvación, y el tacto cálido de su amo en el Westwind. Borrar ese archivo significaba arrancar de su propia alma la única caricia genuina que había recibido en años, el único instante en que se había sentido valiosa por algo más que su función en MFS. 
Una pena honda, asfixiante, le retorció el estómago. Sollozó, y el sonido se perdió bajo el repiqueteo incesante del agua contra los azulejos. Quería conservar ese recuerdo. Quería esconderlo como un tesoro.
Pero entonces, cerró los ojos y el eco de la suite del Blue Sky inundó su mente, arrastrando consigo la dolorosa verdad de su realidad.

—No, por favor —suplicó Kristen en su recuerdo, llorosa, negándose a tomar el arma.

​—Ella no, amigo —había dentenciado Richard.

​Al revivir esa sencilla negativa, una ola de alivio vertiginosa la hizo sollozar en voz alta bajo el chorro de la ducha. 
Kristen recordó cómo enterró el rostro contra la pierna de Richard, empapándola con lágrimas de una gratitud abrumadora que le quemaba la garganta. 
Abrió los ojos de golpe, jadeando por la intensidad del recuerdo. 

Esa era la respuesta. Esa era la única verdad que importaba. ¿Cómo podía atreverse a desafiarlo? Conservar esos recuerdos era una arrogancia imperdonable para quien debía obedecer cada deseo de Deus. 
Él le había pedido el olvido, y el olvido era la única respuesta posible.

Con las manos temblorosas aferradas a sus propias piernas, Kristen dejó caer la cabeza hacia atrás. Las lágrimas de dolor por lo que iba a perder se mezclaron con el agua de la ducha. Era un sacrificio devastador, la extirpación de su propio corazón, pero lo hacía por él. 

​—Soy tuya... —susurró al vapor de la habitación, con la voz rota—. Solo tuya.

​Fijó su atención en el icono ambarino que parpadeaba en su retina. Su mente resignada, formuló la orden de ejecución que el wetware tradujo como una orden de software.

​La barra de progreso cruzó su visión periférica en un milisegundo: 0%... 100%. 3.16 Megapulsos purgados.

​En un parpadeo, el peso aplastante de la noche se desvaneció. Kristen parpadeó bajo el agua caliente, sintiendo una paz repentina pero hueca. 

La paradoja se instaló en el centro de su mente como un eco sin voz. Al ponerse en pie y cerrar el grifo de la ducha, Kristen experimentó una de las sensaciones más fascinantes de la neurología aplicada: la huella emocional indirecta. Los datos se habían ido, pero la cicatriz del conflicto permanecía. 

Miró su reflejo en el espejo empañado y vio a una mujer con los ojos enrojecidos, con las mejillas surcadas por un llanto cuya causa había sido afrontar la pérdida de lo que acababa de borrar. Recordaba la angustia por deber borrar el recuerdo, aunque no recordase el recuerdo ahora borrado. 

La pregunta latía en su cerebro como una migraña: ¿qué era aquello tan importante que le dolió tanto borrar?, ¿Que contendría ese recuerdo para no querer borrarlo a pesar del deseo de Deus? Sabía que Deus le había ordenado purgar sus recuerdos, y ella no contemplaba desobedecer ¿Que relación tenía con la revelación de Deus? En su memoria, la noche se detenía cuando Grant le pidió activar su filtro de datos, y saltaba al Westwind, con Deus explicándole su naturaleza sin tapujos. ¿Por qué engañó a su amo deteniendo el filtrado cuando él pensaba que seguía activo?

Encontrase en esa tormenta de dudas le sumía en una confusión metafísica. Si fuera solo un trauma sexual o una humillación, lo habría borrado con alivio, no con pena. Si fuera simple privacidad para Grant, el borrado hubiese sido un trámite administrativo.

Se quedó inmóvil frente al espejo, aturdida con que algo la hubiese llevado a desobedecer a Deus. 


7 de Noviembre, 2059. Viernes. Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown. 10:12.

​Todo encajaba. Las investigaciones a detalle de estos días habían mostrado que efectivamente el SIN meticulosamente falsificado de Richard Gordon llevaba desde la invención del SIN recibiendo movimientos fiscales que lo mantenían como accionista mayoritario de empresas como RentASpirit o Aureus Magical Research entre otras menores, así como propiedades como su ático de Belltown, el Austral, y otras propiedades como varios coches, pisos en lugares como Roma... Una fortuna que a través de los años mostraba un claro patrón diseñado con mimo para no exponer la mentira de Richard Gordon. 


Toda aquella información daba de alguna manera credibilidad a la historia de Deus. O por lo menos, mostraba que quien estuviese detrás de Richard Gordon llevaba construyendo esa identidad demasiado tiempo. 

Richard Gordon tenía registros sólidos desde antes del SIN, aunque difíciles de seguir por la falta de información centralizada. 
Cuando la décimo cuarta enmienda había exigido a los ciudadanos registrarse para obtener un SIN el 4 septiembre de 2036, Richard Gordon supuestamente lo había hecho, y no solo su fotografía ya mostraba su aspecto actual, si no que la documentación más antigua que había localizado, supuestamente un carnet de conducir del viejo estado de Washington de 1967, presuntamente Walter Gordon, su padre, mostraba también el mismo aspecto. 

Por otro lado, se había llevado a cenar a Ted, de seguridad, y sutilmente le había sonsacado en una conversación banal que, ciertamente, en las sombras de Seattle Deus era un mito popular, una suerte de hombre del saco entre los mercs, cuya existencia era discutida en los bajos fondos. 

La conclusión lógica era por tanto que era la puta de un espíritu del plano astral, encarnado en tiempos del imperio romano y que había acumulado poder y riquezas durante dos mil años. Eso la ponía cachonda, igual que saber que ninguna de sus chicas, incluyendo a Kassandra, conocía su secreto. 

Mentirle fingiendo no estar enterada no era complicado para ella, pero al menos había resuelto el misterio del cliente que no envejecía. Si algún día él cumplía su palabra de revelarle su naturaleza mágica, ella podría reconocerle que ya lo sabía. 




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