14 de Septiembre, 2056. Jueves. Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown.
Kristen cerró el archivo digital con un gesto seco de la mano, dejando que los hologramas de los flujos de capital de RentASpirit se disolvieran en el aire climatizado de su despacho. La alerta de seguridad era casi ridícula: "¿No envejecimiento?". En este mundo de bioescultura y tratamientos de leonización, eso no era un crimen, era una factura cara. Pero el SIN falsificado... eso era otra historia. Eso era una correa de cuello.
Se ajustó la falda de tubo gris grafito y se miró en el reflejo del ventanal que daba a las brumas de Seattle. Gareth y sus estúpidos rumores de pasillo la llamaban "zorra implacable". Ella prefería el término "eficiente". Si Richard Gordon era un mago, un inmortal o simplemente un estafador brillante, a Kristen no le importaba, siempre y cuando ese capital terminara bajo su gestión.
Recogió su maletín de cuero sintético y revisó la dirección: el Austral. No era el tipo de lugar donde MFS solía enviar a sus agentes, pero Kristen no era una agente común.
Puerto de Seattle, Muelle Privado 12. Atardecer.Kristen caminó por el pantalán de madera sintética, el sonido de sus tacones de aguja resonando con una precisión militar que desentonaba con el suave chapoteo del agua contra los cascos de los yates. Llevaba el maletín de MFS como un escudo, pero sus ojos, entrenados en el mercado de futuros, estaban escaneando la silueta del Austral.
No era un barco de recreo común. Había algo en las líneas del yate, una opulencia silenciosa que gritaba "dinero antiguo" o, más probablemente, "dinero muy bien escondido". Al llegar a la pasarela, se detuvo frente a la imponente figura de Faisal Qureshi. Kristen no se dejó intimidar por el porte militar del capitán ni por la atmósfera de libertad hedonista que se respiraba a bordo; de hecho, aquel olor a salitre y privilegios la excitaba profesionalmente.
— Kristen Anderson, de Mitsuhama Financial Services —dijo, extendiendo una tarjeta holográfica con un movimiento fluido—. Tengo una discrepancia urgente en la auditoría de activos del señor Richard Gordon. No es algo que pueda discutirse por un canal de comm ordinario, Capitán.
Faisal la midió con la mirada, imperturbable. Kristen mantuvo la sonrisa profesional, esa que usaba para cerrar contratos de siete cifras o para hundir a rivales como Gareth.
— Sé que el señor Gordon valora su... discreción. Yo valoro su solvencia. Y ahora mismo, ambas están en riesgo si no hablamos en persona.
A bordo del Austral
Faisal dejó a Kristen en la cubierta de popa, donde el mobiliario de diseño y el bar bien surtido sugerían una vida que ella solo conocía a través de hojas de cálculo. Mientras ella fingía revisar unos datos en su terminal de muñeca, el capitán se alejó unos pasos para activar su comunicador privado.
— Señor, perdone la interrupción —la voz de Faisal sonó baja y calmada por el canal interno—. He tenido una visita en la pasarela. Una mujer de Mitsuhama, una tal Anderson. Dice que hay problemas con la auditoría de "Richard Gordon". Tiene ese brillo en los ojos de quien cree que ha encontrado una mina de oro, y no parece que vaya a irse sin una firma... o una explicación.
Faisal asintió levemente, manteniendo su expresión de piedra profesional. Se dio la vuelta y caminó de regreso hacia Kristen, que estaba apoyada en la borda observando las luces de los rascacielos de Seattle reflejarse en el agua oscura.
— El señor Gordon —dijo Faisal, extendiendo su commlink privado hacia ella con un gesto seco pero cortés—. Quiere hablar con usted.
Kristen arqueó una ceja, sorprendida de que el acceso fuera tan directo. Tomó el dispositivo, notando el frío del metal en su mano, y se lo llevó al oído. Su voz cambió al instante: dejó atrás la autoridad impostada para el capitán y adoptó ese tono de terciopelo corporativo, una mezcla de eficiencia y una insinuación de que ella podía ser su mejor aliada... o su problema más caro.
— Señor Gordon. Soy Kristen Anderson, de Mitsuhama Financial Services —comenzó, su mirada fija en el horizonte del puerto—. Siento interrumpir su descanso en el Austral, pero me temo que su situación en el banco ha pasado de ser "preferente" a ser... "crítica". He bloqueado personalmente una alerta de nivel rojo en su expediente para venir a hablar con usted antes de que el sistema automatizado haga algo irreversible.
Hizo una pausa calculada, dejando que el sonido del viento en la cubierta llenara el silencio.
— No suelo hacer visitas a domicilio por un SIN de dudosa procedencia, pero su historial de movimientos financieros me dice que usted no es un cliente corriente. Y yo no soy una banquera corriente. ¿Me invita a subir con usted o prefiere que dejemos que la IA de seguridad de MFS termine su estudio sobre usted?
— Disculpe, no estoy a bordo. Pero explíqueme porfavor por qué tendría que importarme una mierda lo que pueda tener que decirme.
Kristen soltó una risa breve, casi un susurro, cargada de una confianza que rozaba la insolencia. Se alejó unos pasos de Faisal, buscando un rincón más privado en la cubierta, y dejó que sus dedos recorrieran la barandilla de caoba del yate.
— Porque si no le importara, señor Gordon, no habríamos tenido esta conversación —respondió Kristen, bajando el tono de voz a una frecuencia más íntima, casi conspiradora—. Verá, para Mitsuhama usted es un número de cuenta con un SIN que huele a falsificación de baja estofa... algo impropio de alguien con su patrimonio. Pero para mí, usted es una anomalía fascinante.
Se detuvo, mirando hacia la suite principal del barco, imaginando el lujo vacío.
— He pasado las últimas 48 horas buceando en RentASpirit y el entramado del Austral. Es un diseño financiero precioso, se lo reconozco. Pero tiene una grieta: yo. Y soy la única que ha evitado que el departamento de seguridad de MFS envíe a un equipo de auditoría —o algo peor— a llamar a su puerta esta misma noche.
Hizo una pausa, dejando que la amenaza velada flotara en el aire antes de lanzar el anzuelo de la ambición.
— No quiero cerrarle la cuenta, Richard. Quiero que su capital trabaje conmigo, bajo mi protección. Y a cambio, yo me encargaré de que su "eterna juventud" y sus negocios paralelos sigan siendo su secreto. Digamos que tengo un talento especial para hacer que los problemas desaparezcan si el beneficio es el adecuado.
— ¿Dónde y cuándo nos vemos? No soy mujer de hablar de millones a través de un commlink.
— ¿O algo peor? ¿Mitsuhama va a enviar el qué, dice?
Kristen apretó el auricular, detectando el tono gélido y casi divertido de "Gordon". Se dio cuenta de que había cometido el error de subestimar el ego de un hombre que navegaba en un yate como aquel. Se recompuso al instante, apoyando la espalda contra la barandilla del Austral y dejando que una sonrisa felina asomara a su rostro, aunque él no pudiera verla.
— Tiene razón. He sonado como una burócrata de manual —admitió con una voz más baja y cargada de una honestidad cortante—. Mitsuhama no enviará nada que usted no pueda manejar, estoy segura. Pero enviarán ruido. Auditorías forenses, bloqueos de activos preventivos, ojos indiscretos sobre RentASpirit... En definitiva, le quitarán esa paz que tanto le ha costado comprar con su discreción.
Se humedeció los labios, cambiando el ángulo del ataque. Ya no era la banquera amenazante, era la mujer que veía una oportunidad de oro.
— Lo que trato de decirle, Richard, es que mi departamento tiene la orden de "fidelizarlo" para sacar información. Pero yo tengo mis propios planes. No he venido aquí por lealtad a la corporación, he venido porque alguien con su capacidad para burlar al tiempo y al sistema financiero durante décadas... es exactamente el tipo de cliente para el que yo quiero trabajar.
Miró a Faisal, que permanecía a unos metros como una estatua de piedra, y luego volvió al commlink.
— No me malinterprete. No busco asustarle, eso sería estúpido por mi parte. Busco que me deje demostrarle por qué es mejor tenerme a su lado, manejando sus sombras en MFS, que tener que buscarse un SIN nuevo cada pocos años porque un sistema de seguridad ha detectado que su rostro no cambia.
— ¿Me va a decir dónde está, o prefiere que siga admirando su barco mientras adivino cuál es su próximo movimiento?
El silencio repentino tras el "clic" de la desconexión dejó a Kristen con el auricular en la mano y una expresión de desconcierto que raramente se permitía mostrar. El viento del puerto de Seattle agitó su cabello, pero ella permaneció inmóvil, procesando el desplante.
Faisal, que no había perdido detalle de la escena desde su posición, dio un paso al frente con la parsimonia de quien ha visto a mucha gente importante ser ignorada por su jefe. Extendió la mano en silencio para recuperar el dispositivo.
Kristen apretó los labios, sintiendo una mezcla punzante de humillación profesional y una curiosidad casi eléctrica. Nadie le colgaba a Kristen Anderson cuando tenía una soga al cuello; o Gordon era un suicida, o tenía un as en la manga que ella ni siquiera alcanzaba a vislumbrar.
— El señor Gordon no es un hombre de muchas palabras cuando no le interesa la oferta —dijo Faisal con voz neutra, guardándose el terminal en el bolsillo de la chaqueta—. Si no hay nada más, señorita Anderson, me temo que el Austral es propiedad privada y mi turno de vigilancia continúa.
Kristen se ajustó la chaqueta del traje, recuperando su compostura de hierro en un segundo. Miró al capitán a los ojos, tratando de leer algo de la naturaleza de su jefe en la lealtad de aquel hombre.
— Dígale que me gusta que sea difícil —respondió ella, dándose la vuelta para bajar por la pasarela con la misma seguridad con la que había subido—. Pero también dígale que Mitsuhama es un tiburón que no deja de nadar. Si no quiere que yo sea su escudo, tendrá que aprender a lidiar con los dientes.
Mientras caminaba por el muelle hacia su sedán de lujo, Kristen ya estaba activando su terminal de muñeca. Si "Richard" creía que un desplante la iba a ahuyentar, no la conocía en absoluto. Ahora, más que una cuenta que captar, él era un enigma que tenía que poseer.
4 de Octubre, 2056. Miércoles. Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown.
Han pasado casi tres semanas desde el encuentro en el muelle. Kristen ha mantenido un perfil bajo respecto a tu expediente, marcándolo en el sistema de la corporación como "En proceso de auditoría personalizada: Prioridad Media". Es su forma de orinar en el territorio para que otros agentes de seguridad no metan las narices mientras ella planea su siguiente movimiento.
Sentada en su despacho, con las luces de la oficina en modo nocturno, Kristen observa una fotografía digital que ha rescatado de los archivos de seguridad del puerto: tú, de espaldas, subiendo al Austral meses atrás. Comparada con una foto de "Richard Gordon" de 2032, no hay duda. Eres un milagro biológico o algo mucho más peligroso.
A Kristen le excita el peligro, especialmente si viene envuelto en una cuenta bancaria con ceros infinitos.
5 de Octubre, 2056. Jueves. Ático de Deus, Belltown.
La noche caía sobre la ciudad con una lluvia fina y ácida que emborronaba las luces de neón de los rascacielos. En el interior del ático, el silencio solo era interrumpido por el zumbido casi imperceptible de los sistemas de filtrado de aire. Sobre la mesa de centro, descansaba una caja de madera lacada, abierta, revelando el brillo ambarino de una botella de Junk Daniel's Single Barrel.
Junto a ella, la nota de Kristen Anderson parecía un desafío silencioso. La caligrafía era firme, sin los temblores de quien teme las repercusiones de manipular registros corporativos. Kristen no solo había detectado la anomalía de "Richard Gordon", sino que, en un movimiento audaz y unilateral, había "limpiado" el expediente en los servidores de Mitsuhama Financial Services. Había borrado las alertas de seguridad y reclasificado la cuenta como de "Alta Fidelidad", blindándola contra futuras auditorías rutinarias.
Era un regalo caro. No por el precio del whisky, sino por el riesgo profesional que ella había asumido al manipular datos de nivel ejecutivo. Al hacerlo, le estaba entregando a Richard un mensaje claro: Soy capaz de mover los hilos de una megacorporación a tu favor, y lo he hecho sin que me lo pidas.
Kristen no buscaba asustar al mago con burocracia barata; buscaba seducirlo con su propia utilidad. Se había posicionado no como una empleada de MFS que vigilaba sus activos, sino como una agente infiltrada a su servicio.
La invitación al Club Penumbra para la noche siguiente a las 23:00 no llevaba el sello de Mitsuhama. Era una cita privada, fuera del radar, en un lugar donde las sombras eran lo suficientemente densas como para que una banquera implacable y un hombre sin edad pudieran hablar de negocios que no figurarían en ningún libro de contabilidad.
6 de Octubre, 2056. Viernes. Ático de Deus, Belltown.
El reloj del ático marcó las 23:00. Mientras la lluvia de Seattle golpeaba con fuerza rítmica los cristales reforzados, Richard se sirvió un generoso vaso del Junck Daniel's que Kristen le había enviado. El hielo chocó contra el cristal con un sonido seco, el único eco en la estancia aparte del suave zumbido de los servidores.
A kilómetros de allí, en el Club Penumbra, el ambiente era radicalmente distinto. El local, un santuario de luces violetas y cuero negro, bullía con el murmullo de la élite de las sombras. Kristen Anderson estaba sentada en un reservado lateral, lejos del alcance de las cámaras principales. Llevaba un vestido de seda oscuro que parecía fundirse con las sombras del club, una elección que distaba mucho de su armadura gris de Mitsuhama.
Había pedido un Manhattan y, durante la primera media hora, mantuvo una postura de absoluta confianza, revisando ocasionalmente su terminal de pulsera con la calma de quien sabe que el pez acabará picando.
00:00 AM
La medianoche llegó y Kristen pidió su segunda copa. Su expresión, antes gélida y segura, empezó a transformarse. No era desesperación —ella era demasiado profesional para eso—, sino una irritación fría que se manifestaba en la forma en que apretaba el tallo de la copa. Miró hacia la entrada cada vez que la puerta neumática se abría, pero el rostro que buscaba no aparecía.
00:30 AM
El reservado se sentía ahora como una jaula. Kristen se dio cuenta de que Richard Gordon no solo era un cliente difícil; era un hombre que disfrutaba ejerciendo el poder del silencio. Había aceptado el favor (la limpieza de su expediente) y el regalo (el whisky), pero le había devuelto el vacío.
Se levantó con movimientos lentos y precisos, ocultando la punzada de humillación bajo una máscara de indiferencia. Pagó la cuenta y salió al aire frío de la noche. Mientras esperaba a que su coche se aproximara automáticamente a la acera, sacó un cigarrillo y tras encenderlo, inhaló una calada de vapor que se disolvió en la lluvia.
— Bien jugado, Richard —susurró para sí misma, con los ojos entrecerrados—. Pero ahora me debes una noche. Y yo siempre cobro mis deudas con intereses.
7 de Octubre, 2056. Sábado. Apartamento de Kristen Anderson, Downtown.
Kristen entró en el vestíbulo de su edificio con el rostro rígido, todavía procesando una jornada de reuniones estériles en Mitsuhama. El conserje robótico, un modelo de última generación con chasis de cromo, se activó al detectar su señal biométrica.
— Bienvenida a casa, señorita Anderson. Ha recibido un paquete de entrega prioritaria. Se han seguido todos los protocolos de escaneo de seguridad.
Kristen frunció el ceño. No esperaba nada. El conserje extendió un brazo articulado entregándole una caja de un negro mate profundo, envuelta en una cinta de seda roja que contrastaba violentamente con la pulcritud blanca del vestíbulo.
— ¿Remitente? —preguntó ella, tomando la caja. Notó que el peso era ligero, pero el aroma que emanaba de las juntas de la sintemadera ya empezaba a envolverla.
— Entrega por mensajería privada anónima, señorita. No figura en el registro de red.
Kristen subió en el ascensor de alta velocidad en silencio, apretando la caja contra su costado. Una vez dentro de su apartamento, con la ciudad de Seattle brillando a través de las paredes de cristal, dejó el paquete sobre la mesa de mármol de la entrada.
Al desatar la cinta y levantar la tapa, el perfume —ese aroma que Kassandra había seleccionó con precisión de cirujano para que oliera a zorra— golpeó sus sentidos. Era una fragancia que no pedía permiso, que hablaba de alcobas caras y de intenciones oscuras. Al apartar el papel de seda, la lencería roja semitransparente parecía brillar bajo los focos del techo. Los tacones de aguja, de un rojo lacado casi obsceno, descansaban en el fondo.
Kristen dejó escapar un suspiro entrecortado. Se llevó una mano a la nuca, sintiendo un escalofrío. No necesitaba una nota. Aquel regalo era una respuesta silenciosa a su plantón en el Penumbra: Richard Gordon no solo la había ignorado, sino que la había desnudado con la mirada a través de alguna cámara, calculando cada centímetro de su cuerpo para enviarle aquel "uniforme".
Se miró al espejo del pasillo, todavía con su traje de ejecutiva de MFS, y luego volvió a mirar el encaje rojo. La humillación de haber sido medida luchaba contra una fascinación irresistible por el hombre que se atrevía a tratarla como a una fulana.
9 de Octubre, 2056. Lunes. Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown.
Kristen Anderson llenaba su mente con la imagen de la lencería roja guardada en el cajón superior de su cómoda.
Para Kristen, el regalo no era un obsequio, era una orden silenciosa. Y ella, una mujer acostumbrada a dar órdenes, estaba descubriendo que la anticipación de obedecerla le provocaba un insomnio eléctrico.
Puerto de Seattle, Muelle Privado 12. 21:15.
La noche era cerrada y una niebla densa se arrastraba sobre la superficie del agua, ocultando los cascos de los barcos. Faisal Qureshi estaba en la cubierta de popa del Austral, revisando los sistemas de anclaje, cuando el sonido de unos tacones sobre el metal de la pasarela rompió el ritmo del oleaje.
El capitán se giró lentamente. No esperaba visitas, y menos a esa hora.
Al final de la pasarela, bajo la luz mortecina de un foco del muelle, apareció Kristen. No llevaba el traje gris de ejecutiva. Vestía una gabardina negra de cuero, larga hasta los tobillos, ceñida con fuerza a la cintura. El cuello estaba subido, ocultando parte de su rostro, pero sus ojos brillaban con una determinación feroz.
Faisal la observó acercarse. Cuando ella llegó al límite de la cubierta, se detuvo. El viento sopló y, por un breve instante, la gabardina se entreabrió al caminar, dejando ver un destello de encaje rojo semitransparente y el brillo de unos zapatos de aguja que no estaban diseñados para caminar por un puerto, sino para ser admirados bajo luces mucho más cálidas.
El aroma del perfume —denso, carnal, el que Cassie había elegido— llegó a Faisal antes que las palabras de la mujer. El capitán mantuvo su expresión profesional, aunque un destello de reconocimiento cruzó sus ojos.
— Señorita Anderson —dijo Faisal con voz grave—. Es tarde para una visita.
Kristen dio un paso más, entrando en el espacio personal del capitán, sin rastro de la timidez que alguien podría esperar de una mujer que viste solo lencería bajo un abrigo.
— He venido a ver a su jefe. Dígale que me he puesto su... regalo. Y que no tengo intención de volver a casa con él puesto.
Faisal asintió levemente y activó su comunicador.
— Señor... la banquera de Mitsuhama está en la cubierta. Y creo que esta vez no ha venido a hablar de números. Pide que le haga saber que se ha puesto su regalo y no tiene intención de volver con él puesto.
— Pon el commlink en manos libres, Faisal. Quiero hablar con ambos.
Faisal asintió con un gesto seco y profesional, activando el altavoz del dispositivo y manteniéndolo a una distancia media entre él y Kristen. El sonido ambiental del puerto —el crujido de las defensas del yate contra el muelle y el lejano rumor de la ciudad— pareció desvanecerse para dar paso a la voz de Richard, que ahora llenaba el espacio de la cubierta de popa.
Kristen se quedó inmóvil, con la barbilla ligeramente elevada. Bajo la luz cenital del Austral, el cuero negro de su gabardina brillaba con la humedad de la niebla. El perfume que Cassie había elegido flotaba en el aire, una mezcla embriagadora que Faisal, a pesar de su disciplina militar, no pudo ignorar.
— El manos libres está activado, señor. La señorita Anderson le escucha —confirmó el capitán, manteniendo la mirada al frente, aunque su presencia servía de anclaje para la tensa atmósfera que se había creado.
Kristen apretó un poco más el cinturón de su gabardina, pero no bajó la mirada. Sabía que, aunque no estuvieras allí físicamente, la estabas observando a través de las cámaras.
— Me has hecho esperar, Richard —dijo ella, su voz firme pero con un matiz de ronquera provocada por la anticipación—. Me has ignorado, me has medido como si fuera una de tus propiedades y me has enviado un uniforme de zorra.
Hizo una pausa deliberada y, con un movimiento lento y cargado de desafío, desabrochó los dos botones superiores de su abrigo, dejando que el encaje rojo semitransparente asomara bajo la luz, contrastando violentamente con su piel pálida.
— Aquí estoy. He venido en tus términos. Ahora quiero saber si vas a seguir escondiéndote tras tu capitán y tus cámaras, o si vas a ejercer el control que tanto te gusta presumir.
— Faisal, quiero que desnudes a la señorita Anderson y me des tu sincera opinión sobre ella, sin filtros. Quiero que me la describas para saber qué me estoy perdiendo.
Un silencio espeso, casi sólido, cayó sobre la cubierta del Austral. Faisal no parpadeó. Como hombre de formación militar y lealtad absoluta a Deus, su rostro permaneció como una máscara de piedra, aunque sus dedos se cerraron con fuerza sobre el terminal.
Kristen, por su parte, sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la niebla de Seattle. La orden era una humillación calculada, un recordatorio de que en ese barco ella no era la "conseguidora de cuentas" de una megacorporación, sino un objeto de escrutinio. Sin embargo, en lugar de retroceder, una chispa de rebeldía y excitación cruzó sus ojos. Dio un paso hacia Faisal, desafiante.
— Órdenes del señor, Capitán —susurró ella, con una sonrisa gélida—. No le haga esperar.
Faisal guardó el comunicador en el bolsillo de su chaqueta y dio un paso al frente. Con movimientos lentos y precisos, como si estuviera desarmando una pieza de equipo delicada, sus manos enguantadas buscaron el nudo del cinturón de la gabardina de Kristen. El cuero crujió bajo sus dedos.
Deshizo el nudo y, con una parsimonia que bordeaba lo cruel, deslizó el abrigo por los hombros de la mujer. La prenda cayó al suelo de la cubierta como una piel muerta, dejando a Kristen expuesta bajo los focos en el encaje rojo semitransparente. Los tacones de aguja la obligaban a arquear la espalda, realzando una figura que el uniforme de Mitsuhama siempre había intentado domesticar.
Faisal dio un paso atrás y la rodeó lentamente, evaluándola con la frialdad de quien inspecciona un activo valioso. Tras unos segundos que parecieron eternos, el capitán activó de nuevo el canal.
— Señor —la voz de Faisal sonó profunda, carente de cualquier titubeo emocional—. Es... imponente. La lencería se ajusta a ella con una precisión que roza lo obsceno. Tiene la piel pálida, muy tersa, lo que hace que el rojo destaque de una forma casi agresiva.
Se detuvo frente a ella, obligando a Kristen a sostenerle la mirada mientras seguía describiéndola para ti.
— No hay rastro de la rigidez de la oficina. Sus medidas son perfectas, pero es su actitud lo que llama la atención. Se mantiene firme bajo mi mirada, como si estuviera disfrutando de la inspección. Tiene ese tipo de cuerpo que parece diseñado para el lujo, pero sus ojos... sus ojos dicen que es capaz de cualquier cosa por mantener el control, incluso mientras se entrega. En mi opinión, señor... se está perdiendo a una mujer que no solo es una pieza de colección, sino una depredadora que ha decidido dejarse atrapar. Es, en mi opinion, una zorra de altísima alcurnia.
Kristen respiró hondo, con el pecho subiendo y bajando bajo el encaje rojo, esperando tu veredicto a través del altavoz.
— Dices que la lencería se ajusta a ella. Pero yo dije que la desnudases.
El aire pareció congelarse en la cubierta. Faisal no dudó, pero por primera vez en toda la noche, un destello de algo parecido a la expectación cruzó su mirada profesional. La orden de Deus no dejaba lugar a interpretaciones: quería la verdad absoluta, sin encajes que mediaran en el juicio.
Faisal dio un paso hacia Kristen. Ella, que hasta ese momento se había sentido poderosa en su papel de "regalo envuelto", sintió un vuelco en el estómago. Ser observada en lencería era una provocación; ser despojada de ella en una cubierta abierta, frente a un hombre de piedra y bajo la mirada invisible de un mago, era una entrega total.
El capitán no fue brusco, pero sí implacable. Sus manos, expertas y firmes, buscaron los cierres del conjunto rojo. El sonido metálico de los corchetes al soltarse fue nítido en el silencio de la noche. Kristen cerró los puños a los costados, sintiendo cómo el frío de la niebla de Seattle mordía su piel desnuda mientras el encaje resbalaba por sus caderas hasta amontonarse sobre su gabardina de cuero.
Ahora, Kristen Anderson estaba completamente expuesta. Solo los tacones de aguja rojos permanecían en su lugar, dándole una estatura y una vulnerabilidad felina. Faisal volvió a rodearla, esta vez más cerca, dejando que el silencio se prolongara para que el peso de la observación fuera absoluto.
— Señor —la voz de Faisal volvió a sonar por el manos libres, más densa que antes—. La lencería mentía. No se ajustaba a ella; la contenía.
Se detuvo a apenas unos centímetros de Kristen, cuya respiración era ya un jadeo rítmico que empañaba el aire frío.
— Sin el rojo, es... abrumadora. Tiene una constitución atlética bajo la suavidad de la piel, la clase de cuerpo que se nota que ha sido esculpido con disciplina. Sus hombros están rectos, pero sus pezones están duros por el frío y la excitación. Se nota que no está acostumbrada a que la traten así, y sin embargo, sus pupilas están tan dilatadas que apenas se ve el color de sus ojos. Mi opinión sincera, señor... es que es una mujer que tiene hambre de este nivel de sometimiento. Está temblando, pero no intenta cubrirse. Está ofreciéndole su orgullo en una bandeja de plata. Es... magnífica, señor. Una pieza que no debería dejar fuera de su colección ni un minuto más.
Kristen no dijo nada. Se limitó a clavar sus ojos en la cámara del puente, desnuda, desafiante y vibrante, esperando a que la voz del hombre que lo controlaba todo decidiera su destino final esa noche.
— ¿Está depilada?
Faisal se acercó un paso más, invadiendo el último reducto de espacio personal de la mujer. Con la misma mano con la que manejaba el timón del Austral en aguas bravas, obligó a Kristen a separar ligeramente las piernas, examinando la intersección de sus muslos bajo la luz blanca de los focos de cubierta.
Kristen apretó los dientes, sintiendo cómo el frío y la humillación se mezclaban con una corriente eléctrica que le recorría la columna. Nunca en su vida, ni siquiera en sus días de escort en Seattle, se había sentido tan reducida a una mera descripción técnica.
— Señor —la voz de Faisal resonó en el altavoz, clara y sin rastro de lascivia, lo que hacía la descripción aún más clínica—. Está impecable. Un trabajo de estética corporativa, supongo. Completamente despejada, piel suave, sin rastro de vello.
El capitán levantó la vista hacia el rostro de Kristen, que mantenía la barbilla alta mientras un par de mechones de cabello rubio se le pegaban a las mejillas por la humedad.
— Se ha preparado para esto, señor. No hay un solo detalle de su cuerpo que no haya sido cuidado para ser exhibido. Es una superficie lisa, lista para lo que usted tenga planeado. Está aquí, desnuda, en su barco, y a juzgar por cómo se le escapa el pulso en el cuello... está deseando que deje de hablar de ella y empiece a usarla.
Kristen exhaló un vapor denso por la boca, sus ojos fijos en la lente de la cámara.
— ¿Es suficiente, Richard? —preguntó ella, con la voz cargada de un desafío que ya no intentaba ocultar la sumisión—. ¿O quieres que Faisal te dé también mi temperatura corporal?
— Gran sugerencia, Kristen. ¿Por donde quieres que te meta un dedo?
La crudeza de la pregunta golpeó a Kristen con la fuerza de una bofetada física. El contraste entre la elegancia del Austral y la vulgaridad directa de la orden de Richard rompió por completo el barniz de "negociación" que ella aún intentaba mantener en su mente.
Faisal, sin esperar a que ella respondiera, dio un paso hacia su espalda. Sus manos, firmes y frías por el ambiente nocturno, se posaron sobre las caderas de la mujer, obligándola a inclinarse ligeramente sobre la barandilla de caoba del yate. El contacto del cuero del guante contra su piel desnuda la hizo estremecerse violentamente.
Kristen apretó los dedos contra la madera fría. Sabía que estaba siendo observada, que cada centímetro de su reacción estaba siendo analizado en una pantalla de alta resolución. La "zorra implacable" de Mitsuhama estaba desapareciendo, dejando paso a una mujer que, por primera vez, no tenía el control de la transacción.
— Por donde usted quiera, señor —respondió ella, con la voz quebrada pero cargada de una urgencia oscura—. Delante, detrás... úseme como quiera. Solo... deje de mirar y haga que su capitán cumpla sus órdenes.
Faisal, siguiendo la línea del interrogatorio, deslizó su mano desde la cadera hacia la parte posterior de los muslos de Kristen, evaluando la zona con la misma precisión técnica que antes.
— Está lista, señor —informó Faisal al altavoz, con su voz de barítono imperturbable—. Su cuerpo está cediendo por completo. Si me permite la observación... parece que prefiere que la decisión la tome usted. Está esperando que el dedo que entre sea el que marque quién es el dueño de este barco... y de ella.
— Suficiente. No estoy a bordo Kristen. Creo que vas a tener que volver a casa. ¿O necesitabas algo concreto de mí hoy?
El silencio que siguió a tus palabras fue más cortante que el viento del puerto. Faisal, con la disciplina de un autómata, retiró las manos de las caderas de Kristen al instante. Dio un paso atrás, recuperando su postura militar, dejando a la mujer inclinada sobre la borda, desnuda y vibrante, en un vacío repentino.
Kristen se quedó congelada un segundo, procesando la humillación. No estabas allí. Todo el despliegue, la desnudez frente al capitán, la inspección clínica... había sido un ejercicio de poder a distancia. Se irguió lentamente, girándose hacia la cámara con los ojos encendidos por una mezcla de rabia líquida y una frustración física que le hacía doler el pecho.
Estaba de pie sobre el muelle privado, completamente desnuda salvo por sus tacones rojos, rodeada por el lujo del Austral y la mirada imperturbable de Faisal.
— ¿Algo concreto? —repitió ella, con una risa amarga que se convirtió en un desafío—. No, Richard. Supongo que solo quería comprobar si eras tan real como tus cuentas bancarias o si eras solo un fantasma que se esconde tras una pantalla.
Se agachó para recoger su gabardina de cuero del suelo, sin ninguna prisa por cubrirse, haciendo gala de una última pizca de orgullo herido. Se puso el abrigo sobre los hombros, dejando que el cuero frío chocara contra su piel caliente.
— Me envías lencería para que me la ponga y luego me cierras la puerta en la cara cuando lo hago. Bien —dijo, ajustándose el cinturón con un tirón seco—. Ya sé qué tipo de juego juegas. Te gusta el hambre, no la cena.
Miró a Faisal, quien ya sostenía el abrigo de ella con cortesía profesional para ayudarla, y luego volvió a dirigirse al altavoz del commlink.
— Me vuelvo a casa. Pero no creas que esto termina con un desplante. Mañana volveré a ser la banquera de Mitsuhama que tiene tu SIN en sus manos. Y la próxima vez que quieras ver qué hay bajo mi ropa, tendrás que venir a buscarlo tú mismo... si es que te atreves.
Faisal hizo un gesto hacia la pasarela, invitándola a abandonar el barco.
— La escoltaré hasta su vehículo, señorita Anderson —dijo el capitán con voz neutra.
— Un momento. No, Kristen. Volverás al Austral cuando vuelva a apetecer te o yo te reclame. No vas a desafiarme, eso tiene que quedar claro. No sé si queda claro con lo que te escucho decir.
Kristen se detuvo en seco a mitad de la pasarela. El eco de tu voz, amplificado por los potentes altavoces de cubierta, pareció vibrar en el metal bajo sus pies. Se giró lentamente, sujetando con fuerza las solapas de su gabardina de cuero, su rostro iluminado por la luz fría del puerto.
Había una lucha interna visible en ella. Por un lado, la ejecutiva de Mitsuhama, acostumbrada a ser la que dicta las condiciones; por otro, la mujer que acababa de ser diseccionada verbal y físicamente bajo tus órdenes, y que sentía el vacío de tu ausencia como una quemadura.
Faisal permaneció a escasos metros, una sombra vigilante que bloqueaba cualquier otra salida que no fuera la que tú permitieras.
— ¿Claridad, Richard? —respondió ella, y esta vez su voz no tenía rastro de sarcasmo, solo una tensión eléctrica—. Me has tenido desnuda frente a tu capitán mientras me describía como a una yegua de carreras. Me has preguntado por mis rincones más íntimos desde la comodidad de tu escondite. Y ahora me dices que volveré cuando tú lo decidas.
Dio un paso hacia atrás, regresando a la cubierta, desafiando la sugerencia de Faisal de que se marchara. Se acercó a la cámara principal, dejando que el brillo de sus ojos, dilatados y salvajes, llenara tu pantalla.
— No te equivoques. No es que "vuelva" cuando me reclames. Es que no he dejado de pensar en este barco desde que me colgaste el commlink la primera vez. Lo que ha pasado esta noche no es un desafío, es una rendición. Pero no esperes que sea una rendición mansa.
Se soltó el cinturón de la gabardina de nuevo, dejando que se abriera ligeramente, mostrando que seguía siendo tuya para observar, pero manteniendo la mirada fija en el objetivo de la cámara.
— Queda claro, Richard. Queda perfectamente claro. Soy tuya para cuando te apetezca, pero recuerda esto: cuanto más me hagas esperar, más caro te va a salir el interés de esta cuenta. Ahora mismo, lo único que deseo es que seas tú quien esté aquí para terminar lo que Faisal empezó.
Miró a Faisal y luego volvió a la cámara, con una sonrisa que era mitad promesa y mitad veneno.
— Me voy a casa. Y me voy a dormir con este perfume puesto, pensando en lo que vas a hacerme cuando finalmente te dignes a aparecer. Hasta entonces, intenta no aburrirte demasiado con tus pantallas.
— No. No hay ningún interés en tu cuenta Kristen. No vas a volver a hablar así. Si sigues hablando así Faisal te dará una bofetada, así que porfavor no le obligues. Compórtate.
El silencio que siguió a tu advertencia fue sepulcral, roto únicamente por el siseo del viento entre los mástiles. Faisal, al escuchar la orden, no se movió, pero su postura cambió sutilmente; sus hombros se tensaron y su mirada se volvió una advertencia física, una promesa de obediencia absoluta a tu comando. Estaba listo para cumplirlo sin un ápice de duda.
Kristen se quedó petrificada. La palabra "bofetada" pareció vibrar en el aire con más peso que cualquier amenaza corporativa que hubiera escuchado en Mitsuhama. El rubor que antes era de excitación se transformó en una palidez súbita. La realidad de su situación —desnuda bajo su abrigo, en un territorio donde las leyes de la ciudad no existían y donde ella no era más que un cuerpo a merced de tu voluntad— la golpeó de frente.
Sus labios temblaron un instante, intentando formular una réplica mordaz por puro instinto, pero la mirada gélida y profesional de Faisal, que esperaba el más mínimo desliz para actuar, la hizo callar. Bajó la cabeza, dejando que su cabello rubio ocultara su rostro, y por primera vez, su lenguaje corporal fue de sumisión genuina.
— Lo... lo siento —susurró, con una voz que apenas era un hilo, despojada de toda la arrogancia anterior—. No volverá a ocurrir, Richard. Me comportaré.
Faisal no relajó la tensión hasta que tú lo indicaste con tu silencio. El capitán dio un paso atrás, dándole espacio para que ella pudiera recomponerse, aunque el mensaje había quedado grabado a fuego: en el Austral, su voz no tenía valor y su orgullo era un estorbo.
— Señorita Anderson —dijo Faisal con una cortesía que ahora sonaba amenazante—, la pasarela está despejada.
Kristen asintió levemente, sin volver a mirar a la cámara. Se ajustó el cinturón de la gabardina con manos temblorosas y caminó hacia el muelle con pasos rápidos y silenciosos, sin el rítmico golpeteo desafiante de sus tacones. Había sido domada por control remoto.
10 de Octubre, 2056. Viernes. Ático de Deus, Belltown. 06:30 AM.
La mañana en el ático de Richard Gordon comenzó con la precisión de un mecanismo de alta relojería.
Tras el despertar, Richard se desfogó con Kassandra, una coreografía de piel y dominio que sirvió para purgar los restos de la excitación eléctrica que la escena de Kristen en el puerto había dejado en su sistema. Para Richard, era una forma de limpieza operativa; para Cassie, era la confirmación silenciosa de su lugar privilegiado en su mundo.
Tras una ducha rápida y revitalizante, Richard ejecutó los movimientos finales de su rutina matutina. Encargó la entrega de una única rosa roja para que llegara al ático después de su partida, un detalle para Cassie.
Luego, se enfundó en un traje de la gama Iron Executive de Urban Wardrobe. La prenda, con su sutil blindaje de fibras de aramida y un corte que gritaba poder corporativo, le sentaba como lo que era; una armadura diseñada a medida para vestir con etiqueta corporativa.
Bajó al garaje, donde el Eurocar Westwind aguardaba en un silencio expectante. El motor de hidrógeno despertó con un ronroneo casi imperceptible y Richard se incorporó al flujo de tráfico de Seattle, dirigiéndose hacia el corazón de la bestia: la sede de Mitsuhama Financial Services.
Oficinas de Mitsuhama Financial Services, Downtown. 10:15 AM.
El edificio de Mitsuhama era un monolito de cristal negro que parecía absorber la luz del día. Richard cruzó el vestíbulo con la zancada de quien es dueño del suelo que pisa. Los escáneres biométricos y los guardias de seguridad de la firma se apartaron a su paso, reconociendo el sistema de seguridad a un cliente de alto nivel.
En la planta 42, las puertas del despacho de Kristen Anderson se deslizaron con un susurro neumático.
Kristen estaba sentada tras su escritorio de plasticristal, trabajando en un portátil —Mitsuhama, obviamente—. Al ver entrar a Richard, su máscara de hierro corporativo se agrietó. Se puso en pie de inmediato, un acto reflejo de subordinación que su cuerpo había aprendido la noche anterior en la cubierta del Austral.
— Señor... Gordon —articuló ella. Su voz, que solía ser un instrumento de precisión, flaqueó apenas un milisegundo.
Sus ojos recorrieron el traje de Richard, notando cómo la elegancia del Iron Executive lo hacía parecer aún más inalcanzable que a través de las cámaras. El recuerdo de estar desnuda y vulnerable ante su capitán, mientras él la juzgaba desde la distancia, inundó su mente, haciendo que un rastro de rubor subiera por su cuello, oculto por el cuello alto de su blusa de seda gris.
— No esperaba una visita personal hoy —continuó, intentando recuperar el tono profesional—. ¿En qué puede ayudarle Mitsuhama Financial?
Kristen permanecía tensa, esperando el primer golpe psicológico de Richard en este entorno donde ella, supuestamente, debería sentirse segura.
— Buenos días, Kristen —Richard la tomó con suavidad de un hombro mientras la dio un beso en los labios. Su lengua entró en su boca buscando tanto la de ella, como la reacción de la mujer.
El contacto fue tan inesperado como una descarga eléctrica en la gélida atmósfera de la oficina. Richard no esperó invitación; se movió con la seguridad del depredador que regresa a un territorio que ya ha marcado. Al rodear su hombro, su mano sintió la rigidez de los músculos de Kristen, una tensión que se quebró en el momento en que sus labios sellaron los de ella.
El beso no fue una cortesía. Fue una incursión. Cuando la lengua de Richard buscó la suya, Kristen dejó escapar un ahogo sordo, un sonido que quedó atrapado entre sus bocas. Por un segundo, su mente corporativa gritó "peligro" —estaban en un despacho rodeado de sensores de Mitsuhama, bajo el escrutinio de una megacorporación que valoraba el protocolo por encima de la vida—, pero su cuerpo, todavía resonando por la humillación y el deseo de la noche anterior, traicionó toda lógica.
Kristen no se apartó. Al contrario, sus dedos se clavaron en la tela resistente del Iron Executive de Richard, buscando un punto de apoyo mientras correspondía al beso con una urgencia desesperada. Era la reacción de alguien que ha estado muerta de sed y de repente encuentra una fuente, incluso si sabe que el agua es veneno.
Richard pudo sentir el temblor en sus labios y cómo ella cedía el control del beso casi de inmediato, permitiéndole explorar y dominar el espacio de su boca con la misma impunidad con la que la había hecho inspeccionar en el puerto.
Cuando Richard se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para ver sus ojos empañados y sus mejillas encendidas, Kristen respiraba con dificultad. Su máscara de ejecutiva se había desintegrado por completo.
— Richard... —susurró ella, con la voz rota, mirando de reojo hacia la puerta translúcida del despacho—. Las cámaras...
A pesar del miedo a las represalias de MFS, su cuerpo seguía inclinado hacia él, gravitando en su órbita, esperando la siguiente orden o el siguiente movimiento.
— ¿Descansaste al volver a casa?
Richard mantuvo la mano en su hombro, una presión leve pero constante que le impedía recuperar su postura de ejecutiva. Sus ojos, fríos y analíticos, no se apartaron de los de ella, disfrutando de la confusión que nublaba la mirada de la mujer.
Kristen tragó saliva, tratando de recuperar el aliento. La pregunta, formulada con una cortesía casi cruel después de la intensidad del beso y la humillación de la noche anterior, la descolocó por completo.
— No —admitió ella en un susurro, renunciando a mentir—. Apenas pude cerrar los ojos.
Se pasó una mano por el cabello, un gesto inusual de nerviosismo en una mujer de su rango. El contraste entre el despacho de alta tecnología y la vulnerabilidad física de Kristen era absoluto.
— Me pasé la noche repasando cada palabra que dijiste a través de ese altavoz —continuó, bajando la voz al notar que su secretaria pasaba por el pasillo exterior—. El perfume... me obligó a recordar el frío del puerto cada vez que me movía en la cama. Fue... una tortura muy precisa, Richard.
Se humedeció los labios, que aún conservaban el rastro del beso de él, y se atrevió a mirarlo con una pizca de esa antigua chispa de ambición, aunque ahora teñida de una necesidad de aprobación que antes no existía.
— Supongo que ese era el objetivo, ¿no? Que no pudiera descansar. Que solo pudiera pensar en lo que pasaría cuando volviera a verte. Y aquí estás, en medio de mi oficina, rompiendo todas las reglas de Mitsuhama.
Richard sonrió levemente, una expresión que no llegó a sus ojos.
— Si, algo así era la idea. No te quiero robar tiempo ¿Te apetecería vernos hoy en el Penumbra? ¿21:30?
Richard deslizó su mano desde el hombro de Kristen hasta su mandíbula, obligándola a sostenerle la mirada mientras ella procesaba la invitación. El nombre del club flotó entre ambos como un recordatorio del desplante original: el lugar donde ella había esperado en vano, ahora se convertía en el escenario de su posible redención... o de una nueva fase de su entrega.
Kristen parpadeó, sorprendida por la invitación directa. Su mente corporativa intentó calcular su agenda —reuniones de inversión, comités de riesgo, auditorías de cuentas—, pero todo se desvaneció frente a la presencia del hombre que vestía un traje de combate de lujo.
— El Penumbra —repitió ella, con una nota de anticipación en la voz—. Esta vez seré yo quien llegue temprano, Richard. No pienso darte ninguna excusa para que vuelvas a dejarme sola en ese reservado.
Se enderezó, tratando de recuperar una brizna de su compostura profesional mientras Richard se alejaba un paso, dándole el espacio justo para respirar pero no para sentirse libre.
— Estaré allí. A la hora que digas. Y esta vez... —hizo una pausa, bajando la voz y dejando que un rastro de esa "zorra" que Faisal describió asomara en sus ojos— ...esta vez sabré exactamente qué ponerme bajo el vestido para que no tengas que imaginarlo.
Richard asintió con una leve inclinación de cabeza, satisfecho con la capitulación. Sabía que Kristen pasaría el resto del día en una oficina climatizada, pero su mente estaría a kilómetros de allí, atrapada en la promesa de la noche.
Club Penumbra, Seattle. 21:30 PM.
El club era un latido de neón violeta y bajos profundos que hacían vibrar el pavimento. Richard llegó en su Westwind, dejando que el autopiloto del deportivo aparcase mientras él entraba en el santuario de sombras.
Kristen ya estaba allí.
Estaba sentada en el mismo reservado de la última vez, pero su actitud era radicalmente distinta. No estaba revisando su terminal ni fingiendo desinterés. Estaba vigilando la entrada con una atención felina. Llevaba un vestido negro, pero esta vez de un tejido mucho más fino, casi líquido, y el perfume que Richard le envió.
Al verlo aparecer, ella se puso en pie lentamente. No hubo saludo formal. El aire entre ellos estaba ya demasiado viciado por el control y la sumisión.
— Has venido —dijo ella, con una mezcla de alivio y una excitación que no podía ocultar—. He pedido tu whisky. Junck Daniel's, tal como te gusta.
— ¿Por qué no iba a venir? ¿No eres una de las mujeres más interesantes de Seattle como para bien merecer toda mi atención?
Richard se sentó con la parsimonia de un monarca que ocupa su trono, dejando que el cuero del reservado crujiera bajo el peso de su traje Iron Executive. Ignoró el vaso de whisky por un momento, prefiriendo fijar sus ojos en los de Kristen. La frase, cargada de una galantería que en su boca sonaba a sentencia, hizo que ella se estremeciera visiblemente.
Kristen se sentó frente a él, cruzando las piernas con un movimiento lento. El roce de su propia piel le recordó que, bajo ese vestido de seda, no llevaba más que el recuerdo de las órdenes de Richard.
— Lo dices como si fuera un cumplido —respondió ella, inclinándose hacia delante, invadiendo el espacio de la mesa—, pero viniendo de ti, suena a que soy un espécimen bajo observación. Una "cuenta interesante" que estás decidiendo si liquidar o mantener abierta.
Tomó su copa con dedos que aún conservaban un ligero temblor, vestigios del encuentro en la oficina. El ambiente del Penumbra, con su luz violeta y su música electrónica palpitante, creaba una burbuja de intimidad que contrastaba con la frialdad clínica del puerto.
— Me has tenido bajo tu bota desde que me enviaste ese paquete, Richard. Me has desnudado frente a tu tripulación y me has besado en mi propio despacho delante de mis superiores. Si soy interesante, es porque tú has decidido que lo sea.
Hizo una pausa, humedeciendo sus labios con el licor, y lo miró con una intensidad cruda, despojada de cualquier pretensión de poder corporativo.
— Así que dime... ahora que tienes toda mi atención y yo tengo la tuya, ¿qué es lo que realmente buscas en "una de lad mujeres más interesante de Seattle"? ¿Es el placer de la conquista o el morbo de ver cuánto más puedo someterme antes de romperme?
— He decidido que te quiero en mi tripulación. El Austral es la casa de Faisal pero también de otras mujeres que gozan de mi atención.
Se desviven por satisfacer mis fantasías, van por el yate en lencería y tacones para mí. —Richard dio un buen trago de whiskey— Las pone ser mías y yo las he escogido para que lo sean; hay una antigua modelo rusa, una antigua comercial de vinos, y una hija de corporativos, algo ninfómana y cuyo padre seguro que me odia a rabiar por qué me follo a su hijita. Ya hemos visto que sabes entregarte, la pregunta para mí es si quieres entregarte a mí.
Richard dejó el vaso vacío sobre la mesa con un golpe seco, el sonido subrayando la finalidad de sus palabras.
Kristen escuchaba con los labios entreabiertos, procesando la imagen que él acababa de proyectar: el Austral no era solo un barco, era un ecosistema de propiedad privada, un harén moderno de mujeres que habían intercambiado su autonomía por el privilegio de estar bajo su ala.
La oferta era escandalosa, peligrosa y profundamente degradante para cualquier ejecutiva de su nivel. Debería levantarse y abofetearlo. Sin embargo, el calor que sentía en el vientre y la forma en que su pulso martilleaba en sus oídos le decían otra cosa. La idea de abandonar la farsa de los informes financieros y los comités de riesgo para convertirse en una de las elegidas de Richard, de vivir bajo su mirada y sus reglas, la atraía con una fuerza gravitatoria aterradora.
— Me estás pidiendo que deje mi vida, para ser... ¿qué? —preguntó, aunque su voz carecía de la combatividad de antes—. ¿Tu juguete de alta gama? ¿Tu banquera personal en lencería y tacones?
Se inclinó más hacia él, dejando que el escote de su vestido se abriera, mostrando que ya había aceptado parte del trato antes de que él lo formulara.
— Lo que viste anoche en la cubierta... cómo permití que Faisal me tocara y cómo me mantuve firme mientras me describía... —hizo una pausa, tragando saliva—. No fue solo porque tuviera que hacerlo. Fue porque nunca me había sentido tan vista en toda mi vida.
Kristen alargó la mano por encima de la mesa, pero no para tocar la mano de Richard, sino para rozar el puño de su traje Iron Executive, una señal de respeto a su poder.
— Si me quieres en tu tripulación, Richard, no quiero ser solo una más en la lista. Quiero que sepas que cuando me entregue, me estaré entregando más que esa modelo rusa o esa comercial de vinos. Yo sé...
El chasquido de la bofetada resonó seco y violento, cortando el pulso de la música electrónica del club como un hachazo. La cabeza de Kristen giró bruscamente hacia un lado, y el impacto fue tal que su cabello rubio voló sobre su rostro, ocultándolo por un instante.
El silencio que siguió en el reservado fue absoluto. Kristen se quedó congelada en esa posición, con la mejilla apoyada contra su hombro, mientras el calor del golpe empezaba a florecer en una mancha rojiza sobre su piel pálida. No hubo grito, ni protesta, ni siquiera un intento de cubrirse.
Richard no retiró la mano de inmediato, dejando que la tensión del acto cargara el aire de una electricidad pesada.
Lentamente, Kristen volvió a girar la cabeza hacia él. Tenía un mechón de pelo pegado al labio y los ojos le escocían por el impacto, pero no había rastro de indignación. Lo que vio Richard en sus pupilas, dilatadas hasta el extremo bajo la luz violeta, fue una mezcla de shock puro y una gratitud retorcida. La bofetada había sido la respuesta real, la firma física en el contrato que acababan de sellar.
Se pasó la punta de la lengua por el labio, probando el sabor metálico de una pequeña herida que el golpe había abierto, y luego clavó su mirada en la de él, ofreciéndole la otra mejilla con un gesto sutil, casi imperceptible.
— Así es como empieza —murmuró ella, con la voz temblorosa pero cargada de una sumisión absoluta—. ¿He hablado demasiado otra vez, Richard?
— Sobre Kassandra, la modelo, ni por un momento creas que puedes ser más especial que ella. ¿Estamos?
Kristen, con la marca de la mano de Richard todavía palpitando en su piel, sintió cómo ese recordatorio de su posición la golpeaba más fuerte que la propia bofetada. La mención de Kassandra actuó como un ancla de realidad.
— Estamos. —respondió ella, corrigiendo su tono de inmediato. Su voz era ahora un susurro dócil, despojado de cualquier rastro de la altanería que solía exhibir en las oficinas de Mitsuhama.
Bajó la mirada hacia la mesa, incapaz de sostener la autoridad de los ojos de Richard. Había comprendido la jerarquía. No era una invitación a ser su reina, sino a ser parte de un engranaje diseñado para su placer y conveniencia. La idea de ser "una más", de tener que competir por su atención con una modelo rusa o una ninfómana de alta alcurnia, encendió en ella una chispa de celos que alimentaba su sumisión.
— La respuesta es sí. Quiero entregarme. Pero quiero que empieces a reclamar lo que es tuyo ahora mismo. No quiero volver a ese apartamento vacío esta noche.
Richard la observó en silencio, midiendo la sinceridad de su capitulación.
— Bien —concluyó él, terminando su bebida—. Te llevaré al Austral. No volverás a tu casa. Mañana irás a trabajar desde el barco, y cuando regreses, Kassandra te enseñará cuáles son tus obligaciones cuando yo esté a bordo. Ahora quiero una mamada.
Richard no se movió. Permaneció apoyado en el respaldo de cuero del reservado, con una pierna cruzada sobre la otra, observándola con la misma frialdad con la que un arquitecto estudia un plano. Sus palabras cayeron con el peso de una orden absoluta, sin margen para el coqueteo ni el preámbulo.
Kristen sintió que el aire se espesaba en sus pulmones. Miró a su alrededor; la música seguía latiendo, las luces violetas parpadeaban y el murmullo del club continuaba, pero para ella, el mundo se había reducido a la bragueta del pantalón de Richard y al ardor que aún sentía en la mejilla.
— El placer es mio —susurró.
No hubo vacilación. Se deslizó del asiento y se puso de rodillas sobre la alfombra oscura del reservado. La seda de su vestido se amontonó alrededor de sus muslos. Al estar ahí abajo, la figura de Richard, envuelto en su traje Iron Executive, se le antojó titánica, casi religiosa.
Kristen extendió sus manos y, con la delicadeza de quien manipula algo sagrado y peligroso a la vez, comenzó a desabrochar el cinturón de Richard. El sonido del metal al soltarse fue apenas un eco bajo los bajos del club. Cuando finalmente lo liberó de la tela, el contraste de su piel contra el aire acondicionado del local la hizo estremecerse.
Levantó la vista hacia Richard una última vez, buscando alguna señal, pero él solo la miraba desde arriba, con un vaso de whisky en la mano y la expresión de quien espera un servicio que le es debido.
Kristen cerró los ojos y se inclinó hacia delante, entregándose a su primera tarea oficial como parte de la tripulación. El aroma a sexo, poder y el rastro del Junck Daniel's de los labios de Richard la envolvieron mientras sus labios rodeaban su firmeza, decidida a demostrar que, aunque no fuera la primera como Kassandra, su ambición la haría la mejor en cada detalle.
18 de Octubre, 2056. Sábado. Puerto de Seattle, Muelle Privado 12. A bordo del Austral.
La noche sobre el Austral es de un azul profundo, casi eléctrico. Desde el puente de mando, Richard observa los monitores de alta definición. El silencio de la cabina solo se rompe por el zumbido de los sistemas de navegación y el murmullo del agua climatizada del jacuzzi de la cubierta de popa.
En la pantalla, Kristen y Sonia aparecen bajo la luz ambiental de los LED subacuáticos.
Sonia se mueve con una confianza despreocupada. Se despoja de su bata de seda con un movimiento fluido, dejando que caiga a sus pies. Kristen lo hace observando el cuerpo de la otra mujer como quien estudia a su competencia directa. Ambas entran en el agua humeante, dejando que las burbujas las rodeen mientras se acomodan en los asientos ergonómicos.
Richard sube el volumen de los micrófonos direccionales. Sus voces llegan nítidas, mezcladas con el chapoteo del agua.
— Dios, necesitaba esto —dice Sonia, echando la cabeza hacia atrás y dejando que el vapor le humedezca el rostro—. Ese hombre te drena la energía, ¿verdad? Pero de una forma que te hace querer más.
Kristen se abraza las rodillas bajo el agua, mirando a Sonia con curiosidad.
— Es... diferente a todo lo que conocía —admite Kristen, bajando la voz—. No es solo el dinero o el barco. Hay algo en él...
Sonia suelta una carcajada cristalina y se inclina hacia Kristen, como si fueran amigas de toda la vida compartiendo secretos en un dormitorio de universidad.
— Oh, cariño, no es "algo". Es él—Sonia baja el tono, volviéndose repentinamente seria—. ¿Sabes con quién te has metido realmente? Richard no es solo un hombre con un buen traje y una cuenta en el Zurich-Orbital. Dicen que, en el plano astral, Richard es una tormenta. Es probablemente el mago más capaz del país... quizá del mundo.
Kristen guarda silencio, procesando la información mientras mira hacia la estructura del puente de mando, sin saber que Richard la está observando en ese mismo instante.
— Por eso su voluntad es tan... absoluta —continúa Sonia, acercándose más a ella—. Por eso nos tiene aquí. No somos solo su "tripulación". Somos parte de su ecosistema. Y si eres inteligente descubrirás que no hay lugar más seguro en la Tierra que estar bajo su protección.
Sonia sonríe de forma pícara, salpicando un poco de agua hacia Kristen.
— Antaño corrió en las sombras. Tú le llamas Richard, pero es el nombre de una identidad falsa, como shadowrunner se hacía llamar Deus. Para nosotras es su nombre, y es toda una declaración de intenciones.
Richard observa cómo Kristen asiente lentamente, con una mezcla de temor y una ambición renovada ardiendo en sus ojos. Se recuesta en el sillón de cuero del puente, con la luz de los monitores reflejada en sus pupilas. La charla casi tribal de las mujeres en el jacuzzi le resulta gratificante.
En la pantalla, Kristen parece haber perdido parte de la rigidez que la caracterizaba en el despacho de Mitsuhama. El agua caliente y la revelación de Sonia sobre las capacidades de Richard están surtiendo efecto.
— ¿Y Kassandra? —pregunta Kristen, bajando el tono, con una curiosidad que roza la envidia—. Richard mencionó que ella es... especial. Que no debo intentar compararme.
Sonia suelta un suspiro y se desliza un poco más bajo el agua, dejando que las burbujas le acaricien los hombros.
— Kassandra es la base de todo esto, Kristen. Si Richard es la tormenta, ella es el pararrayos. No es solo una modelo preciosa que folla como Dios; es su ancla. Se conocen desde hace mucho y ella entiende sus silencios mejor que nadie. No intentes competir por su puesto porque te quemarás. Kassandra no es una rival, es una maestra.
Sonia se incorpora un poco, apoyando los codos en el borde del jacuzzi y mirando hacia la ciudad iluminada.
— A veces, cuando Richard está trabajando en sus... asuntos —dice, haciendo énfasis en la palabra—, ella es la única que puede entrar en su santuario.
Kristen asiente, pensativa, pasando una mano por el agua.
— El otro día, cuando nos conocimos en mi despacho, bueno, en el Penumbra, me besó, me abofeteó, le hice una mamada, y luego me llevó a pasear por el muelle. Fue como si me estuviera recalibrando.— suelta Kristen.
Sonia se ríe, una risa suave y cómplice.
— Bienvenido al mundo de Richard Gordon. Te rompe para ver cómo encajas las piezas de nuevo. A mí me hizo esperar tres días encerrada en un hotel de lujo sin salir de la habitación antes de dignarse a dirigirme la palabra. Para cuando apareció, yo estaba dispuesta a lamerle las botas solo por oír su voz. Lo que te hizo a ti... ese golpe, ese paseo... es su forma de decirte que ya no eres una banquera. Eres parte de su propiedad. Y créeme, una vez que aceptas que le perteneces, el resto del mundo parece tan... aburrido.
Sonia se gira hacia Kristen con una mirada depredadora y divertida.
— ¿Sabes qué es lo mejor? Que él nos está escuchando ahora mismo. Siempre lo hace. Le gusta saber qué pensamos cuando creemos que estamos solas.
Kristen se tensa y mira instintivamente hacia las cámaras del puente, su rostro iluminado por el vapor y el neón. Sus ojos buscan a Richard tras el cristal tintado, una mezcla de pudor por haber sido descubierta y una excitación creciente al saberse observada.
En la pantalla, el efecto de las palabras de Sonia es devastadoramente eficaz. Kristen se ha quedado petrificada al mirar hacia la cámara, dándose cuenta de que su desnudez —física y emocional— está siendo grabada, procesada y disfrutada por el hombre que ahora sabe que es mucho más que un mago.
Sonia, disfrutando del impacto, se acerca a Kristen en el agua, reduciendo la distancia hasta que sus hombros se rozan.
— No te tapes, tonta —le susurra Sonia, aunque el micrófono direccional capta cada sílaba—. A él le gusta que sepas que te mira. Mira hacia allí... imagina que su mirada es una caricia. Si te escondes, pierdes. Si te ofreces, ganas.
Kristen traga saliva, y aunque sus manos tiemblan bajo el agua, hace un esfuerzo consciente por relajar los hombros y erguir el pecho, ofreciendo su perfil a la lente con una obediencia que ya no nace del miedo, sino de una nueva forma de adoración.
Richard no se mueve. Se limita a observar cómo el vapor del jacuzzi desibuja las facciones de Kristen, mientras Sonia, con la veteranía de quien ya ha sido moldeada por el fuego, se desliza por el agua hasta quedar justo al lado de la banquera.
En la pantalla, el lenguaje corporal de ambas es un poema de sumisión. Kristen está tensa, con la espalda erguida, consciente de que cada poro de su piel está siendo escrutado desde el puente de mando.
— ¿Crees que nos hará dormir juntas? —pregunta Kristen de repente, con una voz que oscila entre el temor y una curiosidad oscura.
Sonia suelta una risa ahogada, juguetona. Estira una mano bajo el agua y Richard ve, a través de la cámara subacuática, cómo roza el muslo de Kristen.
— Richard no hace lo que se espera. A veces quiere que Kassandra nos ignore para que sintamos el peso de su indiferencia. Otras veces, le gusta que seamos nosotras las que nos exploremos mientras él lee un libro o hace sus proyecciones astrales. Nunca sabes.
Sonia se separa y se apoya en el borde.
— Mira sus ojos, Kristen. Si alguna vez tienes la suerte de verle usar su poder, verás que sus ojos no son humanos en ese momento. Hay algo... antiguo tras ellos. —Sonia hace una pausa, bajando el tono a un nivel casi devocional.
Sonia dirige su mirada hacia Kristen.
— Supongo que no te supone un problema follarte un coño.
La pregunta de Sonia cayó en el aire cargado de vapor con la contundencia de un desafío. Kristen, que aún estaba procesando la idea de Richard como una entidad casi divina, se quedó paralizada. El silencio que siguió solo estaba roto por el borboteo rítmico del jacuzzi.
En la pantalla del puente de mando, Richard pudo ver cómo las pupilas de Kristen se dilataban. No era solo sorpresa; era la comprensión de que el Austral no solo exigía la entrega de su voluntad hacia él, sino la ruptura de cualquier barrera o preferencia anterior.
Sonia no esperó respuesta. Se acercó más, eliminando el espacio personal, hasta que sus pechos rozaron el brazo de Kristen bajo el agua.
— Aquí no hay etiquetas, Kristen —continuó Sonia, con una voz aterciopelada que el micrófono captó con una claridad casi obscena—. No hay "hetero", ni "bi", ni normas de etiqueta de la alta sociedad de Seattle. Solo hay lo que a él le agrada. Y créeme, a Richard le encanta la estética de dos mujeres fundiéndose mientras él nos observa. Le relaja. Le alimenta.
Kristen tragó saliva, mirando el rostro de Sonia, que estaba a escasos centímetros del suyo. La confianza depredadora de la otra mujer la hacía sentir pequeña, pero al mismo tiempo, despertaba una chispa de curiosidad que nunca se había permitido explorar en su estructurada vida corporativa.
— Yo nunca he follado con otra tía —respondió.
Sonia sonrió, una expresión de triunfo suave, y deslizó una mano bajo el agua, buscando la rodilla de Kristen para subir lentamente por su muslo.
— Entonces hoy es noche de estreno. —Sonia inclinó la cabeza, exponiendo su cuello bajo la luz de los LED—. Richard está ahí arriba, Kristen. Mirándonos. ¿Vas a darle el espectáculo que se merece?
Kristen desvió la mirada hacia la cámara del puente de mando por un breve segundo, como buscando permiso o quizás una orden final. Al no recibir nada más que el silencio absoluto de Richard, volvió sus ojos hacia Sonia. Un rastro de ambición, la misma que la había llevado a la cima de Mitsuhama, brilló en su mirada. Si este era el precio para estar al lado del mago, iba a pagarlo con la misma excelencia con la que cerraba sus contratos.
— Supongo que no me supone un problema —respondió Kristen, con una firmeza nueva en la voz, mientras sus manos, bajo el agua, buscaban por primera vez la cintura de Sonia.
Sonia ha tomado la iniciativa con la maestría de quien conoce perfectamente el guion. Ha rodeado el cuello de Kristen con sus brazos, atrayéndola hacia sí, mientras sus piernas se enredan bajo el agua burbujeante. Kristen, aunque inicialmente rígida, ha cerrado los ojos y ha dejado caer la cabeza hacia atrás, entregándose al tacto experto de la otra mujer.
Desde los micrófonos, Richard escucha el cambio en la respiración de Kristen: ha pasado de ser entrecortada y nerviosa a un jadeo profundo, entregado.
— Eso es... —susurra Sonia contra los labios de Kristen, antes de capturarlos en un beso lento y húmedo—. Siente su mirada sobre nosotras, Kristen. Siente cómo te posee a través de esa lente. No estás conmigo... estás con él, a través de mí.
La cámara de alta definición permite a Richard apreciar detalles mínimos: el contraste de la piel sonrosada por el calor del jacuzzi, las gotas de agua que resbalan por los hombros de Kristen y la forma en que sus dedos se clavan en la espalda de Sonia, buscando un anclaje en ese mar de sensaciones nuevas.
Sonia se separa apenas un centímetro para mirar a Kristen a los ojos, asegurándose de que la banquera no pierde de vista la cámara del puente de mando.
— Míralo, Kristen. No cierres los ojos —le ordena Sonia en un tono bajo pero imperativo—. Ofréceselo. Que vea cómo aprendes a ser suya en todas las formas posibles.
Kristen, con los labios entreabiertos y la mirada nublada por la excitación y el calor, obedece. Mira fijamente hacia la lente, exponiendo su vulnerabilidad y su deseo ante el hombre que la observa desde la cima del barco. Sus manos descienden bajo la línea del agua, siguiendo las instrucciones silenciosas que Sonia le dicta con el cuerpo.
Sonia, percibiendo que el silencio de Richard es una forma de aprobación, intensifica el juego. Se desliza hacia abajo, sumergiéndose parcialmente mientras sus manos emergen para guiar a Kristen. La banquera ha dejado de luchar contra la extrañeza de la situación; ahora, sus movimientos tienen una urgencia cruda. Su respiración llega a los altavoces del puente como un vendaval de jadeos cortos, interrumpidos por el sonido del agua desplazándose contra los bordes de acrílico.
— Eso es, Kristen... mírale... no te atrevas a apartar los ojos de él —insiste Sonia con un susurro que suena a mando.
Kristen tiene la cabeza apoyada en el borde del jacuzzi, el cabello castaño totalmente empapado y pegado a su cuello. Sus ojos están fijos en la lente de la cámara, desenfocados por el placer pero brillantes de una devoción recién descubierta. Es consciente de que cada espasmo de sus músculos, cada reacción de su piel al tacto de Sonia, está siendo analizada por el hombre en el puente. Se siente como un insecto bajo el microscopio de un dios, y la sensación la excita hasta un punto que nunca creyó posible.
Sonia se eleva de nuevo, el agua resbalando por sus pechos, y besa el cuello de Kristen.
Kristen suelta un gemido largo y agudo que rebota en las paredes del puente de mando. Su cuerpo se arquea, ofreciéndose por completo a la cámara, entregando la última brizna de su orgullo en ese acto de exhibicionismo forzado pero deseado.
Kristen ha perdido todo rastro de decoro. Sus manos se aferran al borde del jacuzzi con tal fuerza que sus nudillos están blancos, mientras Sonia, con una eficiencia casi quirúrgica, la lleva por un camino de sensaciones que la banquera nunca se permitió imaginar.
El vapor esmeralda y violeta de las luces LED envuelve los cuerpos, creando una imagen pictórica, casi irreal. Kristen echa la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, y un grito de puro desgarro y liberación escapa de sus labios, perdiéndose en la inmensidad del puerto de Seattle. Sonia la sostiene, susurrándole palabras que Richard no necesita oír para saber que son de posesión y adoctrinamiento.
Tras el clímax, los cuerpos se relajan y quedan a la deriva en el agua turbulenta. El silencio vuelve a reinar, solo interrumpido por el jadeo pesado de Kristen, que parece haber sido vaciada de su antigua identidad. Sonia la abraza por detrás, entrelazando sus dedos sobre el vientre de la otra mujer, y ambas miran fijamente hacia la cámara del puente.
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