18 de Marzo, 2057. Sábado. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 18:41.
El viento del puerto soplaba con una frialdad cortante, agitando el abrigo marrón claro de Cassie mientras sus botas altas negras de tacón resonaban con eco sobre las tablas del pantalán. A su lado, Sonia caminaba todavía encajando las novedades. Kassandra caminaba a su lado, guiándola hacia la imponente silueta del Austral, el yate que servía de harem y refugio dorado para Deus.
Mientras se acercaban a la pasarela, las palabras de Kassandra seguían dando vueltas en la cabeza de Sonia, pesadas como el plomo.
Richard no era solo un hombre de negocios con atractivo y descarado.
Según Kassandra, era un antiguo shadowrunner legendario conocido en las sombras como Deus. Un nombre que evocaba tanto respeto como terror en los callejones de la metroplex. Kassandra le había confesado, con una mezcla de orgullo y sumisión, que Deus era probablemente el mago más poderoso del mundo, por mucho que lo hubiese negado telefónicamente ante posibles escuchas. Así se entendía que Richard, —Deus— hubiese podido observar la suite de Sonia, o incluso entrar a dejar la botella de tequila.
El eco de las botas de Kassandra sobre la pasarela de madera de teca marcó el ritmo de su entrada al Austral. Kassandra guiaba a Sonia con un movimiento grácil, abriendo las pesadas puertas de cristal reforzado que daban acceso al salón principal.
Al cruzar el umbral, el aire cambió: del salitre del puerto pasó a una atmósfera climatizada, con un sutil aroma a cuero caro y sándalo.
El salón del yate era una obra maestra de diseño minimalista. Los ventanales panorámicos ofrecían una vista del puerto, pero el interior era lo que realmente capturaba la atención.
Sonia se quedó parada en el centro del salón cuadrado, sintiendo la inmensidad de los 12 metros de espacio a su alrededor. El contraste era total: a los lados, el puerto de Seattle brillaba bajo la noche; al fondo, el imponente mueble bar de madera oscura.
En el centro del salón, tumbado en un diván de cuero oscuro que parecía más un trono que un mueble, se encontraba Richard. Llevaba una camisa de seda negra entreabierta, y transmitía la calma absoluta de quien sabe que no necesita demostrar su poder. Sus ojos, profundos y analíticos, se clavaron en Sonia, evaluándola con la precisión de un escáner.
Junto a Deus se encontraba Wendy, tumbada a su lado en el divan, apretada contra él. Su cabello pelirrojo caía en ondas salvajes sobre sus hombros, creando un contraste vibrante con su piel clara. Vestía únicamente un conjunto de lencería de encaje negro de diseño exquisito y unos tacones de aguja. Wendy no parecía una sirvienta, sino una leona descansando junto de su amo, mirando a Sonia con una mezcla de curiosidad y suficiencia.
Sonia ajustó la correa de su mochila, consciente de que su ropa sencilla —los vaqueros, la camiseta negra y la gorra— la hacía parecer una intrusa en este lujoso yate.
Kassandra avanzó hacia la pareja, tumbados en el divan, y se sentó con confianza en uno de los sofás, a su izquierda.
—Creo que Aztechnology no nos ha seguido.
—Richard, osea, Deus —Sonia todavía se estaba adaptando— tomé precauciones en el hotel para que no me rastreásen, llamé desde varios puntos.
—Tenemos a una pequeña pícara —La voz de la pelirroja sonó sinceramente jovial.
—Esta es Wendy, Sonia. —Kassandra señaló a la belleza pelirroja, pegada a Deus en el divan. Vive aquí en el Austral, tendréis mucho tiempo de conoceros. Ahora esta será también tu casa.
—Las malas noticias son que Aztechnology nos vigila. Ya estuvieron en este barco cuando te marchaste. Tienen un puesto de vigilancia en una azotea al este desde donde vigilan 24 horas. Os habrán visto llegar y pronto vendrán a por tí. —Deus mantenía la calma en el diván mientras hablaba mirando a Sonia.
—¿Deus? —La forma en que Wendy se apretó a Deus en el diván y le pasó el brazo sobre el pecho, recordó a Sonia que Kassandra ya le dijo que habían visitado el yate.
—Deus es un maestro invocador, Sonia, descubrirás que tiene informantes y siervos invisibles a su servicio. —Kassandra mantenía la calma.
—Yo soy adepta de Xochiquétzal, Deus, puedo invocar espíritus también si necesitas apoyo, pero necesito tiempo.
—No te preocupes, acabo de ordenar a mis elementales que destruyan su puesto de vigilancia, pero vendrán igualmente. —Deus se puso en pie— Señoritas, las emplazó a retirarse a sus camarotes. —Wendy se levantó también.
—No, Deus. Me quedo contigo, cojo mi pistola y... —Kassandra parecía decidida a plantar cara.
—Os marcháis las tres, Cassie. —El tono de Deus no aceptaba réplica— Aztechnology puede ponerse violenta y volar mucho plomo. Prefiero no tener que escudaros con conjuros a las tres a la vez.
Wendy se abrazó a Deus con los ojos cerrados, dejando entrever una emoción que Sonia no llegaba a entender. La pelirroja dio un beso al mago y le dirigió una mirada personal antes de retirarse y hacerle un gesto a Sonia para que le siguiese.
—Ven. A tí precisamente es a quien intentarán coger.
Kassandra, todavía sentada, se puso en pie.
—Intenta que no rompan el salón, porfavor.
Al pasar junto al mago, le puso la mano al hombro y le lanzó una sonrisa que era confianza pura.
—Si la cosa se complica, subiré corriendo. En serio. La próxima vez avisa si hay mirones, tus elementales y tú os lo habéis guardado en secreto. —Había reproche en su mirada.
Deus permaneció un instante inmóvil en el centro de la estancia. A través de los ventanales panorámicos, las luces de la bahía temblequeaban sobre el agua negra del estrecho de Puget.
Se acercó al mueblebar de madera oscura, se sirvió un dedo de cristalino tequila en un vaso de cristal tallado y esperó.
18 de Marzo, 2057. Sábado. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 18:59.
Un rugido sordo de motores fueraborda rompió la monotonía de las olas. Dos lanchas rápidas, pintadas de un negro mate que absorbía la escasa luz del puerto, viraron bruscamente hacia el Muelle 12. No traían luces de posición.
—No es tan buena táctica como os creéis —murmuró Deus para sí mismo, mientras sus labios dibujaban una sonrisa gélida.
Su mente se evadió al plano astral, llamando la atención del par de elementales de agua que tenía listos para proteger el yate, y les dio las directrices para el combate.
De repente, dos enormes crestas de espuma y sargazo se elevaron a ambos lados de las embarcaciones de Aztechnology. No eran simples olas; eran los elementales de agua de Deus manifestándose con una furia silenciosa. El líquido se moldeó en torsos masivos de los que brotaron brazos hidrodinámicos, gruesos como troncos de roble, que terminaban en manos compuestas por garras de corriente líquida.
Las lanchas, que venían a toda velocidad para realizar el abordaje, se encontraron atrapadas. Uno de los elementales extendió sus miembros fluidos y rodeó la proa de la primera embarcación, levantándola del agua con una fuerza sobrenatural antes de estrellarla de costado contra el oleaje. Los mercenarios, que segundos antes se sentían seguros tras sus blindajes corporales, fueron engullidos por la masa líquida que parecía tener vida propia, arrastrándolos hacia el fondo del puerto.
La segunda lancha intentó virar desesperadamente, pero un segundo espíritu surgió justo debajo de ella. Los brazos de agua se cerraron sobre la borda, tirando con un peso de toneladas. El motor rugió en un intento inútil de escape, escupiendo humo negro antes de que una de las extremidades del elemental golpeara el casco con la contundencia de un mazo de demolición, abriendo una vía de agua instantánea.
En el interior del salón, Deus dio un sorbo a su tequila. El ligero balanceo del yate, provocado por la agitación del agua en el exterior, fue la única señal física de la masacre que estaba ocurriendo fuera. Como los comandos de Aztechnology traerían oxígeno para bucear, sería esperable que sobreviviesen a los elementales.
El espectáculo bajo la superficie del Muelle 12 era una danza de muerte fluida y asfixiante.
Los comandos de Aztechnology, equipados con armaduras corporales de alta tecnología y respiradores, lucharon con una desesperación profesional. Intentaron desenfundar sus cuchillos de combate y disparar ráfagas cortas de sus subfusiles sumergibles, pero sus movimientos eran lentos, como si pelearan contra melaza densa. Para los elementales de Deus, el agua no era un obstáculo, sino su propio cuerpo, y las balas no eran capaces de dañarles si la voluntad del tirador no era férrea.
Uno de los espíritus, una masa de corriente translúcida y violenta, envolvió a tres de los buzos con sus brazos de agua. No buscaba simplemente ahogarlos; los manipulaba como si fueran muñecos de trapo.
Cada vez que uno de los mercenarios lograba impulsarse, una corriente de presión hidráulica lo arrastraba hacia el fondo de nuevo.
El segundo elemental se ensañó con el resto del equipo. Se transformó en un torbellino localizado que succionó a los nadadores hacia su centro. Los comandos se golpeaban entre sí, sus cascos chocando con ruidos sordos que el agua amplificaba. Uno de los comandos logró activar una carga de profundidad de mano, pero antes de que pudiera soltarla, el elemental le fracturó el brazo con un giro de corriente, manteniendo la granada pegada al pecho del hombre mientras lo arrastraba hacia el lecho marino.
Desde el norte, recortando su silueta contra las luces de los rascacielos de Seattle, un helicóptero de ataque de Aztechnology descendió sobre la bahía como un enorme insecto depredador. Sus focos de búsqueda barrieron la superficie del agua, revelando por un instante los remolinos de espuma blanca donde los elementales aún mantenían sumergidos al equipo de asalto.
Deus observó cómo el potente foco de búsqueda del aparato barría el yate con una precisión quirúrgica, evitando dañar la estructura donde sabían que se encontraba Sonia. No dispararon. En su lugar, las compuertas laterales se deslizaron y ocho cuerdas de descenso rápido cayeron como serpientes negras hacia la teca de la cubierta.
Deus dio una mirada rápida al plano astral. Y como sospechaba, ahí estaba, flotando sobre la cubierta del Austral un shaman de la megacorporacion, quizás proyectado desde el propio helicóptero. Comenzaría por él.
Brevemente, envío sus sentidos al mundo astral. El shaman se sorprendió al ver aparecer su manifestación, pero eso fue todo lo que pudo hacer. Deus tomó todo el poder de sus focos, poder en bruto en sus manos que moldeó rápidamente y lanzó hacia el shaman como un torrente de poder mágico.
El shaman, posiblemente no llegase a relacionar al recién llegado con Richard, quien no mostraba aura mágica alguna, y el conjuro lo tomó por sorpresa, más poderoso de lo que nunca había visto. El conjuro lo arrasó sin resistencia como un tsunami se leva por delante un banco mal atornillado al suelo, borrándolo del espacio astral —y de la vida, allí donde su cuerpo se encontrase—.
Deus volvió a su cuerpo solo unos segundos después, a tiempo de ver cómo las primeras botas de los comandos tocaban su barco con un impacto sordo que vibró por todo el casco.
Los hombres, vestidos con armaduras de infiltración urbana y visores nocturnos se movieron en formación de cuña hacia las entradas del salón. Su objetivo era entrar, extraer a la hija de Guzmán y desaparecer antes de que el incidente escalara.
Deus permaneció impasible en el centro del salón, con la luz del foco del helicóptero dándole un aura casi divina. Los comandos le vieron, y los punteros láser de sus armas se colocaron sobre él atravesando las ventanas del salón.
Abrieron fuego destrozando el ventanal, pero la lluvia de plomo chocó contra la barrera arcana antibalas con la que se había cubierto.
Cuatro comandos se posicionaron rápidamente frente a las puertas de cristal correderas que daban acceso al gran salón cuadrado. A través de la transparencia de la doble corredera, vieron a Richard y volvieron a abrir fuego, volviendo a resultar inútiles sus ráfagas. Richard no se había ocultado; permanecía de pie, sosteniendo su vaso de tequila con una mano y manteniendo la otra relajada a un costado, impasible bajo la segunda lluvia de plomo.
Uno de los soldados, el líder de la escuadra, apoyó la mano en el asidero de acero inoxidable y deslizó una de las hojas, con su vidrio destrozado, para abrirla con suavidad.
—Señor —dijo el líder del equipo, su voz distorsionada por el modulador del casco táctico—. Tenemos órdenes de escoltar a la señorita Sonia Guzmán de vuelta a su residencia. No complique las cosas.
Los otros siete apuntaron sus subfusiles inteligentes hacia el pecho de Deus, los puntos rojos de las miras láser bailando sobre la seda negra de su camisa. El helicóptero, suspendido sobre ellos, inundaba el interior con una luz blanca y estéril que hacía que las sombras del salón parecieran vivas.
Deus lanzó otro conjuro contra el grupo, volviendo a drenar energía arcana de sus focos, mientras una tercera lluvia de balas volvía a llover sobre él inútilmente.
Los ocho comandos se desplomaron muertos cuando el conjuro de área acabó con su vida con un poder imposible de manejar para los magos corrientes.
Deus salió a la cubierta del Austral y miró hacia los potentes focos. Gesticuló con su mano derecha formando una bola de fuego que procedió a lanzar contra el helicóptero. La explosión, con su rugido, su calor y su luz violó la noche haciendo que el helicóptero bailasen bajo el impacto, antes de continuar hacia delante, trazar un amplio giro y regresar hacia el interior de Seattle, lejos de Shilsole Bay, como último superviviente de una operación de estracción que nadie había esperado que terminase así.
18 de Marzo, 2057. Sábado. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 19:21.
El muelle se había convertido en un carnaval de luces rojas y azules que se reflejaban en el casco del Austral. Fuera, el sonido de las bolsas de cadáveres cerrándose con ese chirrido plástico tan característico marcaba el ritmo de la noche. Agentes de Lone Star asignados al puerto nautico, con sus uniformes relucientes, deambulaban por el pantalán y observaban el fracaso del equipo táctico de Aztechnology con una mezcla de incredulidad y suspicacia bien disimulada.
En la pasarela del yate, la tensión era un muro físico. El Detective Miller, un hombre de rostro curtido y ojos cansados que delataban décadas de lidiar con la delincuencia de Seattle, discutía con las figuras imperturbables de Kassandra y el Capitán Faisal.
—Detective, ya se lo he dicho tres veces —dijo Kassandra, cruzándose de brazos con una elegancia que rozaba la insolencia—. El propietario del yate se ha marchado. No hay ninguna orden de registro pero le hemos permitido registrarlo. Si usted cree que el señor Gordon es un mago que ha abandonado invisible el puerto llevándose a esa muchacha, perfecto, no sería ilegal y no tengo que convencerle de nada.
—Mire, señorita... —Miller consultó su tableta de datos—, Kassandra. Aztechnology ha informado de una operación fallida de rescate de activos. Dicen que la hija de un ejecutivo está aquí retenida. Solo necesito verificar que la señorita Guzmán está bien para cerrar este informe y largarnos de su vista.
Cassie intentó desviar el tema.
—Además, el Austral está recogido como domicilio esporádico del señor Gordon. Si Aztechnology envía a sus comandos, y mueren, bueno, parece legítima defensa.
—Creamé que entre las respuestas que el señor Guzmán espera no está debatir lo que ha pasado con sus hombres. ¿Me pueden confirma porfavor tan solo que Sonia Guzmán ha estado a bordo? —insistió Miller, mirando por encima del hombro de ambos hacia el salón donde se divisaban los cristales rotos.
—Le puedo confirmar, Detective, que si esa chica con la que he venido es quien usted dice, ya puede ver qué no está en el Austral. No creo que tengamos que responder a nada más. Responda lo que quiera a Aztechnology, e igualmente ellos que actúen como consideren, y que envíen a morir a cuántos soldados quieran. Aquí todos somos mayorcitos para cuidar nuestros intereses. —Y una confianza así, declarada por esos ojos azules que lo miraban desafiantes, mientras los cuerpos de los comandos, asesinados sin heridas por algún conjuro psíquico eran recogidos de la cubierta, y otros tantos flotaban en el agua pendiente de recogerse, era una amenaza perfectamente fundamentada que a Miller no le pasó desapercibida.
18 de Marzo, 2057. Sábado. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 21:49.
El salón principal presentaba una estampa de lujo profanado. Ambas hojas de la puerta corredera y una ventana estaban rotas, con restos de cristal tanto dentro como en cubierta.
El sutil aroma a sándalo y cuero había sido sustituido por el olor a pólvora quemada y el salitre que entraba por las aberturas.
Kassandra se había encargado de servir copas para todos. Se movía por el salón con una elegancia felina, aunque sus dedos traicionaban una ligera vibración al dejar la botella sobre el mueble bar de madera oscura. Se sentó, observando los cristales rotos.
—Faisal, que venga cuanto antes alguien a recolocar las ventanas. No estamos precisamente en verano para estar así.
El capitán asintió. Portaba una tablet de la que estaba bien pendiente, mostrando las cámaras exteriores y las del puerto.
Wendy, que se había cambiado a un vestido negro sobre su lencería, estaba sentada en el sofá con su vaso de Junk Daniels. Miraba la puerta rota con una suficiencia casi depredadora.
—Su padre no se detendrá —dijo Wendy, con la voz un poco ronca—. No es solo por Sonia. Es por el mensaje que Deus le ha escupido en la cara. Y... —hizo una pausa—, Sonia tenía razón. Aztechnology tiene muchos más juguetes que un helicóptero y dos lanchas.
—Perdonen, tenemos visitas, señoritas.
Faisal tecleó en su tablet y la pantalla del mueblebar cobró vida, mostrando una imagen en directo de una cámara del puerto, que mostraba a tres hombres dirigiéndose hacia el muelle 12. Uno era el Detective Miller, otro era un desconocido, vestido con abrigo, y el tercero, también bajo un abrigo, era el hombre que ya asaltó el yate sedando a Faisal y Wendy hace 3 días.
Wendy se levantó y señaló a la pantalla
—¡Ese es el hijo de puta del otro día, Cassie!
—Tranquila cariño. Deus ha acabado antes con un equipo entero, si saben lo que les conviene no lo provocarán.
Faisal estaba atento a su tablet.
—No parecen venir muy preparados. Quizás uno sea un mago. Traeré pistolas.
Cuando los tres hombres llegaron a la pasarela que ascendía a cubierta, encontraron en la cubierta a Faisal y Wendy empuñando sus Ceskas checas, y a Kassandra con una Colt Manhunter empuñada a dos manos, que los recibió con su mira láser apoyándose en el pecho del desconocido.
El Detective Miller intentó apaciguar las cosas.
—Calma todo el mundo, porfavor. Están en su casa, pero el señor Guzmán viene de buena fé solo a hablar.

—Baje el arma, señorita —dijo Guzmán, elevando la voz para ser oído bien—. No he venido a recuperar a mi hija por la fuerza. Ya he comprobado que Richard Gordon es un mago capaz de defenderse su yate. Solo quiero hablar con el hombre que se hace llamar Richard Gordon, de hombre a hombre.
Faisal y Wendy intercambiaron una mirada tensa, pero obedecieron, bajando sus Ceskas con renuencia. Kassandra fue la última en ceder, bajando la Colt Manhunter pero manteniendo el pulgar sobre el seguro.
—El señor Gordon no recibe visitas sin cita previa, señor Guzmán. Y menos a hombres que traen a sus propios verdugos como escolta —sentenció Kassandra— Además, como el detective Miller sabe, no se encuentra a bordo.
—Entonces hablaré con sus portavoces —dijo Guzmán, tratando de proyectar una autoridad que hablar desde el pantalan socavaba—. Mi oferta es simple: una compensación económica generosa por los daños sufridos y una suma adecuada por el regreso de mi hija. A cambio, Aztechnology clasificará este incidente como un error de inteligencia y retirará la vigilancia sobre el Austral.
Miller, el detective de Lone Star, suspiró, frotándose la sien.
—Solo quiero que esté bien —murmuró Guzmán, con una voz que había perdido todo su acero corporativo—. Solo quiero hablar con ella, para eso estoy aquí.
Vargas dio un paso al frente, su voz, ronca y desprovista de la derrota que emanaba de su jefe, cortó el aire cargado de salitre del salón.
—Escuchadme bien, porque no os lo voy a repetir —dijo Vargas, clavando sus ojos en los de Kassandra—. Esto no es un despliegue oficial de Aztechnology. Si lo fuera, el muelle estaría bloqueado por fragatas y drones de combate.
Dejad que hable con ella. Solo cinco minutos. Bajo vuestras reglas, con vuestras armas en nuestras nucas. Si el señor Guzmán escucha de su propia boca que está bien y que no la tenéis drogada o bajo un hechizo de control mental, todo bien.
Es una salida lógica —continuó Vargas—. Nos vamos con la paz mental de saber que Sonianactúa por voluntad propia, y vosotros dejáis de recibir visitas indeseadas. Es eso, o esperar a que el próximo favor que pida Michel sea una operación militar.
Kassandra sopesó las palabras de Vargas con la frialdad de quien ha sobrevivido a mil negociaciones en los márgenes de la legalidad. Sabía que el mercenario tenía razón en un punto crítico: la obsesión personal es un motor mucho más errático y destructivo que la lógica corporativa. Si Michel Guzmán seguía sintiendo que su hija era una prisionera, no dejaría de lanzar carne al triturador hasta que el Austral fuera un amasijo de metal humeante.
Kassandra sacó su commlink con movimientos lentos, asegurándose de que Miller y Vargas vieran que no estaba activando ninguna alarma.
—Está bien, Vargas. Vamos a comprobar si tu teoría de la paz mental funciona —dijo Kassandra, aunque sus ojos seguían fijos en Michel Guzmán—. Pero Sonia no está en este barco. Richard se la llevó hace tiempo.
Vargas frunció el ceño, y Guzmán alzó la cabeza con una chispa de renovada ansiedad. Kassandra sabía que Richard se había deshecho de los teléfonos de ambos para evitar rastreos, pero también sabía que a estas horas sin duda estarían ya en el ático.
—Voy a ponerlo en altavoz —advirtió Kassandra mientras el tono de llamada, una señal digital limpia y segura, empezaba a sonar—. No quiero trucos, Guzmán. Habláis, te marchas y paramos esto.
El silencio en el pantalán se volvió absoluto. Faisal mantenía su Ceska firme, pero apuntando al suelo. Wendy observaba el commlink como si fuera a estallar, y Michel Guzmán contenía el aliento, con los ojos clavados en el pequeño aparato que sostenía la mujer.
Kassandra confiaba en que Deus estaría deacuerdo: una breve prueba de vida para desactivar a un padre desesperado antes de que decidiera que la tierra quemada era su única opción.
Michel Guzmán dio un paso involuntario hacia el commlink que Kassandra sostenía.
Tras siete tonos que parecieron eternos, la llamada se abrió.
—¿Si?
—¿Sonia? —Michel comenzó a subir por la pasarela hacia la cubierta del Nephilim, pues el commlink no estaba preparado para escucharse bien a esas distancias, incluso sin el ruido del oleaje contra el casco.
—¿Papá? —la voz de Sonia sonó extraña. No era el tono de alguien que está siendo interrogado, ni el de alguien asustado. Estaba cargada de una vibración profunda, una especie de neblina cálida que hizo que Wendy arqueara una ceja con curiosidad.
—Sonia... —Michel cerró los ojos. Habló en castellano—. Escúchame, estoy en el barco. Estos hombres me dicen que estás con ese hijoputa voluntariamente, que no te ha hechizado ni te hizo nada en aquella exposicion. Solo necesito oírlo de ti y entender por qué cojones el otro día te fuiste de aquella manera del desfile como si le conocieses. ¿Sabes que si identidad es falsa verdad?
—Estoy bien, papá —respondió Sonia. Su voz se elevó un poco al final de la frase, como si un escalofrío la hubiera recorrido de repente.
—Sonia, escúchame bien —dijo Michel, tratando de recuperar ese barniz de carisma que usaba para cerrar tratos—. No sé qué te ha dicho ese hombre. Pero dime qué quieres. ¿Qué tiene que pasar para que dejes a ese Richard? Puedo conseguirte lo que sea. Solo déjalo.
Al otro lado de la línea, la respuesta de Sonia se demoró. El silencio fue ocupado por el sonido de una respiración que se volvía más errática, más húmeda.
—Estoy... ah... donde quiero estar, papá —la voz de Sonia llegó acompañada de un gemido ahogado, una nota aguda que intentó reprimir sin éxito. No puedes... entenderlo.
Wendy dio un paso más hacia el commlink, con una sonrisa maliciosa empezando a bailar en sus labios. Ella conocía perfectamente esa modulación en la voz, ese esfuerzo por articular palabras coherentes mientras el cuerpo está siendo reclamado por algo más poderoso que la razón. Miró a Kassandra y le dedicó un guiño rápido, una señal silenciosa de que había captado exactamente lo que estaba sucediendo en el ático. Kassandra, por su parte, endureció la mandíbula. El plan de tranquilizar al padre estaba tomando un giro que no había previsto, o al menos no tan pronto.
—¿El vídeo de mamá? La idea fue mía papá.
—¿¡Qué?!
—Por todos esos años tratándome como si fuese una ninfómana que había que atar en corto para que no os avergonzarse, pues ahí... ahí tenéis.
Michel se quedó lívido. Sus labios temblaron, pero no salieron palabras. Wendy no pudo evitarlo y soltó una risita triunfal, cruzándose de brazos mientras disfrutaba de la devastación en el rostro de Guzmán. No hacía falta hablar castellano para entender lo que sucedía, y lo que Deus le estaba haciendo a Sonia. Kassandra, por el contrario, mantenía la vista fija en el ejecutivo, observando con seriedad cómo el hombre se desmoronaba por dentro.
—Sonia... cállate... eso no le incumbe a nadie...
—No... pero quiero que se enteren —la voz de Sonia bajó una octava, volviéndose peligrosamente íntima, y volvió al inglés—. Como pensabais que era una puta descarriada, me animé a la idea de que Richard se grabase follandose a mamá. Ah...
El Detective Miller desvió la mirada hacia el suelo, sintiéndose de repente como un intruso en una habitación donde se estaban ventilando secretos demasiado íntimos. Vargas mantenía el tipo. Faisal no entendía la facilidad de su jefe para acabar envuelto en estas historias.
—¡Basta! —rugió Michel, con la cara congestionada y las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Eres la puta que pareces! ¡Exactamente la puta que tu madre decía que eras!
El silencio que siguió al insulto de Michel fue denso, pero no vacío. A través del altavoz del commlink, ya no se oía solo la respiración de Sonia; ahora, intercalado entre sus palabras de desprecio, comenzó a filtrarse un sonido rítmico, húmedo y persistente.
Era el chapoteo inconfundible de la lubricación natural siendo agitada. Un clac-clac suave, profundo, que delataba la entrada y salida de los dedos de Deus moviéndose con una cadencia experta dentro de ella.
—¿Lo oyes, papá? —susurró Sonia, y su voz se quebró en un suspiro líquido justo cuando el sonido del chapoteo se hizo más rápido, más intenso.
Era un sonido íntimo que pintaba en la mente de todos los presentes la imagen exacta de lo que estaba ocurriendo. Sonia no estaba simplemente hablando; estaba siendo estimulada frente a ellos, usando el placer como un escudo y una declaración de guerra.
Michel Guzmán se tambaleó. El sonido de los dedos trabajando en el interior de su hija parecía retumbar como si fueran martillazos. Sus ojos se fijaron en el commlink con un horror hipnótico; ya no podía fingir que era una charla, o que ella estaba drogada. El sonido era demasiado real, demasiado animal.
Vargas apartó la mirada, visiblemente incómodo por primera vez en toda la noche. El Detective Miller se llevó una mano a la cara, deseando estar en cualquier otro lugar de Seattle. Incluso Faisal, acostumbrado a las historias de su jefe, desvió la vista hacia el ventanal roto.
Solo Wendy y Kassandra permanecieron impasibles, disfrutando de la humillación sistemática del ejecutivo. El chapoteo continuó unos segundos más, volviéndose más errático y urgente, hasta que Sonia soltó un grito sordo de puro éxtasis
Se escuchó una pausa, el sonido de una respiración que se cortó en seco por la intensidad del orgasmo que Sonia estaba alcanzando bajo la lengua de Deus. Luego, una exhalación larga, temblorosa y cargada de una satisfacción que era el insulto definitivo para su padre.
—Si ser una puta es sentir esto... —la voz de Sonia volvió, más baja, más ronca, casi en un susurro post-orgásmico que rezumaba desprecio—, entonces debiste haberme... mmm... dejado serlo hace mucho tiempo, papá. Piraté... —logró decir ella, con la voz rota por el esfuerzo físico—. Piraté de una puta vez, ya no puedes dar más pena.
19 de Marzo, 2057. Domingo. Ático de Deus, Belltown. 08:26.
El sol de la mañana sobre Seattle no era más que un disco pálido filtrándose a través de la perpetua bruma gris, pero en la terraza del ático, el frío no existía gracias al sistema de calefacción radiante.
Sonia estaba sentada a horcajadas sobre él, con las piernas entrelazadas a su cintura bajo una pesada manta de lana de alpaca que los cubría a ambos. La piel de Sonia, aún sensible por la intensidad de una noche durmiendo poco, buscaba el contacto constante con la de Richard. Él permanecía recostado en el diván de exterior, sosteniendo con una mano la cintura de la chica y con la otra un porro que desprendía un aroma dulce y resinoso. Lo cedió a su nueva conquista.
Sonia tomó una calada profunda, cerrando los ojos mientras el humo llenaba sus pulmones, y luego lo soltó lentamente hacia el skyline de la ciudad que, desde esa altura, parecía una maqueta inofensiva. Le pasó el canuto a Deus con un gesto perezoso y apoyó la frente contra la de él, sintiendo el calor que emanaba de su pecho.
—Nunca había pasado tanto tiempo en silencio con alguien sin sentir que me estaban evaluando —confesó ella en un susurro—. En la corporación, cada cena, cada paseo, cada conversación era una preparación para algo. Una inversión. Aquí... —hizo una pausa, mirando sus manos entrelazadas— simplemente estoy. Es adictivo.
Richard fumó una calada y soltó el humo, dejando que el viento se lo llevara hacia la arcología Renraku en la distancia.
—La libertad siempre muerde un poco al principio —respondió él con una media sonrisa—. Pero te acabas acostumbrando al sabor.
Sonia soltó una pequeña risa y le quitó el porro de nuevo, dándole un beso fugaz que sabía a marihuana y a la promesa de un día que, por primera vez, le pertenecía por completo.
—Cuéntame algo de ti que no sepa —pidió ella, acomodándose mejor sobre él—. Algo que no sea sobre magia, ni sobre el Austral. ¿Quién era Deus de niño?
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