Una sorpresa inesperada
Sela se removió entre las sábanas de hilo, todavía atrapada en ese limbo donde los sueños se mezclan con la realidad. El recuerdo de los besos de la noche anterior y el peso de su propia historia la envolvieron antes de que pudiera abrir los ojos del todo.
Fue entonces cuando, por encima del murmullo de los pájaros, escuchó tres golpes rítmicos y firmes en la madera de la puerta principal.
—¿Sela? —la voz de Deus llegó desde el otro lado, amortiguada pero clara, cargada de una energía que contrastaba con el silencio de la madrugada—. Sé que es temprano, pero tú sorpresa espera.
Se hizo un breve silencio. Ella pudo imaginarlo al otro lado, perfectamente vestido y con esa mirada expectante.
Se incorporó lentamente, dejando que las sábanas se deslizaran por su piel. Suspiró, frotándose el rostro con las manos mientras trataba de sacudirse el rastro de las pesadillas que siempre acechaban en las sombras de su mente. Al levantarse, sus pies descalzos se hundieron en la lujosa alfombra
Sonrió para sí misma. Caminó hacia el baño. Necesitaba esos veintisiete minutos. Necesitaba asearse y prepararse con el mismo cuidado con el que un caballero medieval se ajustaba la cota de malla.La voz de Deus atravesó la madera con una claridad cristalina, como si el mismo aire del ático se hubiera doblegado para transportar sus palabras hasta el rincón más íntimo de la ducha.
—A París, princesa.
La respuesta cayó sobre ella con más fuerza que el torrente de agua caliente. Sela se quedó inmóvil, con las manos aún apoyadas sobre sus brazos enjabonados y los ojos muy abiertos. Durante un segundo, el único sonido fue el latir de los sintetizadores del hilo musical.
—¿París? —repitió ella en un susurro, aunque sabía que él no la escuchaba con la misma facilidad.
París. La ciudad de las luces, conservaba un aura de romance que Seattle nunca podría emular. Una risa incrédula, casi infantil, escapó de sus labios mojados. Dios, el mago no se andaba con chiquitas cuando hablaba de sorpresas; no la llevaba a otro distrito, la llevaba al otro lado del Atlántico.
—¡Vístete con algo ligero y elegante, pero prepárate para el frío de la mañana en el Sena! —continuó la voz de Deus desde el pasillo, con ese tono de mando que ahora a ella le resultaba extrañamente reconfortante—. ¡Tenemos un vuelo suborbital a las 9!
Sela comenzó a darse champú en su cabello, sintiendo una descarga de adrenalina que dió paso a una energía vibrante, una urgencia por devorar la vida que la hizo moverse con una agilidad que casi había olvidado.
—¡Estás loco! —gritó— ¡Completamente loco!
Su mente ya estaba en la ropa que había traído en su mochila, descartando vestidos, buscando algo que estuviera a la altura de un almuerzo frente a la Torre Eiffel. Sus pensamientos vagaban sorprendidos por la promesa de un cielo despejado sobre Francia y los ojos de un hombre que estaba dispuesto a cruzar el océano solo para verla sonreír.
Deus la esperaba junto a la salida, y la imagen que proyectaba detuvo el aliento de Sela por un segundo. Él lucía —bajo una gabardina gris más larga que la de Sela— un traje de corte impecable, de un negro tan profundo que parecía absorber la luz. La corbata, perfectamente anudada, y el reloj de pulsera que brillaba con una sobriedad letal en su muñeca, terminaban de perfilarlo como un hombre de un poder absoluto y una elegancia devastadora.
Sela se detuvo a pocos pasos, fascinada. Sus ojos recorrieron la figura de Deus, desde el pulcro cuello de su camisa hasta la forma en que el traje marcaba sus hombros anchos. Se sintió pequeña, pero al mismo tiempo inmensamente poderosa al ver cómo la mirada de él, se encendía con una chispa de adoración pura al verla aparecer.
—Si el objetivo era dejarme sin palabras antes de salir de Seattle, lo has conseguido —murmuró ella, con una sonrisa que ya no guardaba rastros de miedo—. Estás... bien. París no sabe lo que le espera.
Él no respondió, simplemente le ofreció el brazo con un gesto de caballero de otra era, mientras su mirada la recorría con intensidad.
Su destino estaba a pocos minutos: la imponente silueta de Notre Dame se alzaba ante ellos, recortada contra el cielo nocturno. Sela la miraba con fascinación por la historia del lugar.
Caminaban en silencio, solo interrumpido por el eco de sus pasos sobre los adoquines y el murmullo distante de la ciudad. La proximidad de Deus, la majestuosidad de Notre Dame y la promesa de lo que estaba por venir en París creaban una tensión eléctrica en el aire, un erotismo sutil y poderoso que envolvía a la pareja mientras se adentraban en el corazón de la ciudad de la luz.
16 de Enero, 2065. Viernes. Tour Eiffel, Distrito 15. 20:44
—Como sorpresa ¿Te parece bien?
Ella lo miró de soslayo, fascinada por la figura que él cortaba bajo las luces amarillentas de la ciudad. El contraste era absoluto: la historia milenaria de Notre Dame de fondo y Deus, con su traje impecable y su gabardina gris, luciendo como el arquitecto de un futuro que ella apenas empezaba a vislumbrar.
—¿Una sorpresa? —repitió ella en un susurro, mientras ajustaba los bordes de su gabardina marrón para protegerse del viento—. Deus, todo desde que salimos de Seattle ha sido una sorpresa. El vuelo, el hotel...
Sela esbozó una sonrisa que mezclaba la vulnerabilidad con una chispa de audacia. Se acercó un paso más a él, permitiendo que el aroma de su perfume se mezclara con el aire metálico de la noche parisina.
—Me parece más que bien —concluyó, fijando sus ojos verdes en los de él con una intensidad que rivalizaba con el brillo de las gárgolas sobre sus cabezas—. Pero viniendo de ti, sospecho que sorpresa es una palabra que se queda corta. ¿Qué es lo que realmente estamos haciendo aquí?
Deus no cambió su expresión, pero la forma en que su mirada recorrió el rostro de Sela indicaba que estaba saboreando el momento. París era el escenario perfecto, y ellos, sin equipaje y vestidos para una gala que parecía no tener fin, eran los únicos protagonistas que importaban en aquel rincón del mundo.
El mago no respondió de inmediato. En su lugar, acortó la distancia que los separaba, ignorando el frío que soplaba desde el Sena. Su mano, firme y cálida, buscó el rostro de Sela, con el pulgar recorriendo la línea de su mandíbula con una parsimonia que la hizo estremecer bajo la gabardina marrón.
La luz de las farolas parisinas se reflejaba en el reloj de su muñeca, marcando un tiempo que parecía haberse detenido solo para ellos. Sela sintió cómo el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas, atrapada entre la majestuosidad de la piedra antigua y la intensidad de aquel hombre que la miraba como si fuera el único objeto de valor en toda la ciudad.
—Buscaba un sitio chulo para darte otro beso —murmuró él, con una voz que era puro terciopelo y autoridad.
Sela soltó una pequeña risa contenida, un sonido cristalino que se perdió en la brisa.
—París es un cliché, Richard —le susurró ella, aunque sus ojos verdes brillaban con una anticipación que desmentía sus palabras—. Pero tienes que admitir que Notre Dame, de noche y con este frío... es un escenario difícil de superar.
Él no esperó más. El beso fue una colisión de mundos: el frío del exterior contra el calor abrasador de sus labios, la suavidad del perfume de ella contra la fragancia densa y masculina de él. Fue un beso que sellaba su llegada a Francia. Sela se aferró a las solapas de la gabardina gris de Deus, sintiéndose protegida.
Sela observaba a Deus con una mezcla de asombro y desconcierto. Hacía apenas unos minutos, él había despachado al camarero con una ráfaga de francés fluido, gutural y elegante, pidiendo vino y un par de platos del día sin siquiera consultar la carta.
—Me siento como si hubiera caído en una película en la que me han quitado el guion —comentó Sela, jugueteando con el tallo de su copa de vino—. Es extraño. No tengo maletas, no tengo mi propia ropa para mañana, y ni siquiera sé qué vamos a cenar porque no entendí ni una palabra de lo que dijiste.
Deus dejó que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomara a sus labios mientras se quitaba el reloj y lo apoyaba con cuidado sobre la mesa, como si quisiera que el tiempo dejara de correr.
—La falta de equipaje es libertad —respondió él, fijando su mirada en ella—. En cuanto al idioma... solo tienes que confiar en mí.
—Confiar es fácil cuando eres alguien que parece dominar el mundo en dos idiomas diferentes —replicó ella, recostándose en su silla. Bajo la mesa, sentía el roce de sus medias térmicas—. Pero es una sensación desconcertante. Siempre he sido de las que planean. Estar aquí, en una calle que no sabría encontrar en un mapa, en un sitio de barrio y dependiendo de ti para pedir un vaso de agua... es aterradoramente estimulante.
—París no se trata de planear —dijo Deus, mientras el camarero regresaba para dejar una tabla de quesos y pan recién horneado. Él le dio las gracias con un breve «Un grand merci»—. Se trata de dejarse llevar. ¿Te asusta depender de mí para entender lo que pasa a tu alrededor?
Sela tomó un trozo de pan, sintiendo el calor de la miga. Miró a su alrededor: las risas de los franceses, el sonido de los platos, la luz tenue. Luego volvió a mirarlo a él, tan impecable en su traje negro incluso en aquel entorno sencillo.
—Me asusta lo mucho que me gusta —admitió ella en un susurro—.
—Esa es la idea, princesa —concluyó él, alzando su copa para brindar—. Y eso es todo lo que importa.
Por encima de todo, el plato se embellecía con flores comestibles de pensamiento y capuchina, cuyas tonalidades vibrantes hacían que la ensalada pareciera un jardín en miniatura bajo las luces del comedor. Un hilo de aceite de oliva virgen extra con esencia de trufa blanca se deslizaba entre los ingredientes, desprendiendo un aroma embriagador.
Se encontraban en el mismísimo centro de la plaza Charles de Gaulle, justo al emerger del túnel peatonal, donde el caótico y continuo rugido del tráfico quedaba de pronto silenciado por la aplastante magnitud del monumento que tenían frente a sí.
Desde esa cercanía absoluta, el Arco del Triunfo se erguía en la noche como un colosal pórtico de luz dorada que rasgaba la oscuridad del cielo parisino. Los potentes focos, ocultos en la base, bañaban la piedra caliza y perfilaban con sombras dramáticas cada detalle de los inmensos altorrelieves; las figuras de la Marsellesa parecían cobrar vida propia en un claroscuro perfecto, tensando sus músculos y gritando mudas consignas bajo la luz artificial.
En el instante en que Sela pisó el mármol pulido de la recepción, la atmósfera pareció detenerse una fracción de segundo. Con su gabardina marrón abrochada, y aquellas botas altas que acentuaban sus largas piernas, se convirtió en el centro de gravedad del salón. Su altura imponente y la singularidad de su belleza atrajeron las miradas furtivas del recepcionista, de los botones que hacían guardia junto a los carros dorados y de un par de huéspedes que apuraban una última copa en los sofás de terciopelo. Deus caminó a su lado, imperturbable bajo su abrigo gris, ignorando el escrutinio ajeno con la misma frialdad con la que dominaba cualquier espacio. Parecía asumir aquellas miradas hacia ella como un tributo lógico, el simple reconocimiento de algo que le pertenecía.
Mientras esperaban el ascensor de paneles de caoba y espejos biselados, Sela suspiró suavemente, observando sus reflejos contiguos en el cristal.
—Ha sido un día interminable —comentó ella, cruzándose de brazos bajo la gabardina mientras las puertas se cerraban y los aislaban del resto del mundo—. Mi cerebro todavía cree que estamos en la costa oeste.
Deus la observó a través del espejo, manteniendo su postura erguida y las manos en los bolsillos de la gabardina.
—El desfase horario siempre pasa factura la primera noche. Descansarás.
Sela se apoyó contra la pared tapizada de seda del ascensor, preparando el terreno para lo que inevitablemente aguardaba en la suite.
—Esa cama de la habitación es impresionante... —continuó, midiendo el tono para sonar casual, pero con una intención cristalina—. Y enorme. Supongo que dormir en una cama de matrimonio cuando estás tan agotada es lo ideal. Cada uno tiene su propio hemisferio, te acurrucas en tu lado y literalmente puedes desmayarte hasta el día siguiente sin rozar a la otra persona.
Deus ladeó ligeramente la cabeza. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella a través del reflejo, captando el mensaje al instante. No hubo decepción en su rostro, ni sorpresa, solo aquella calma analítica que nunca lo abandonaba.
—Mi intención al traerte a París no era darte un maratón nocturno. —respondió él, con una voz que rozaba una fina ironía pero que mantenía un respeto absoluto—.
Ella dejó escapar una pequeña sonrisa de alivio, agradeciendo que él hubiera desarmado la posible tensión con elegancia.
El interior estaba envuelto en una suave penumbra. Sela se deshizo de la gabardina marrón, dejándola caer sobre el respaldo de un sillón orejero, y se descalzó las botas rojas con un suspiro que sonó a rendición absoluta. Mientras tanto, Deus cruzó la habitación hacia los enormes ventanales. Con un par de movimientos fluidos, tiró de los gruesos cortinajes de terciopelo oscuro, bloqueando cualquier atisbo de la luz de los neones parisinos y sumiendo la estancia en una oscuridad protectora, apenas rota por el cálido resplandor de las lámparas de noche.
Deus se había movido para dejar su gabardina sobre la de Sela en el sillón orejero, observándola en silencio. Su figura seguía siendo una silueta impecable. Sacó su teléfono del bolsillo interior de la chaqueta; la luz de la pantalla iluminó levemente las facciones angulosas y severas de su rostro, revelando un par de notificaciones urgentes.
—Descansa —murmuró él, con un tono lo bastante bajo como para no interrumpir el sopor que ya la envolvía, pero con su característica firmeza—. Tengo llamadas que atender. Estaré en el bar.
17 de Enero, 2065. Sábado. Hotel Elixir, Distrito 3. 00:28.
El bar del Hotel Elixir conservaba una atmósfera de club privado, con paredes revestidas de sintemadera oscura y una iluminación tan tenue que las botellas de cristal tras la barra parecían gemas talladas. Deus se encontraba sentado en una de las banquetas de cuero, elegante en su traje negro.
Frente a él, un vaso de cristal tallado contenía un Junk Daniels de color ámbar profundo, con un solo cubo de hielo que giraba lentamente. Su mano izquierda, con el reloj brillando bajo la luz focal de la barra, sostenía el teléfono con una calma que resultaba casi intimidante. No miraba a nadie; su atención parecía perdida en su teléfono.
El silencio de su aislamiento se rompió cuando una chica joven se deslizó en el taburete contiguo. Vestía de forma sencilla, con un jersey de punto holgado y una bufanda de lana que delataba su estatus de viajera o estudiante de paso por la capital. Sus mejillas estaban todavía encendidas por el frío de la calle y llevaba una mochila pequeña.
—París es demasiado grande para beber en silencio —dijo ella en francés, intentando forzar una sonrisa llena de audacia juvenil—. ¿O es que estás celebrando algo tan importante que no puedes compartirlo?
Deus no giró la cabeza de inmediato. Primero tomó un sorbo pausado de su bebida, saboreando el licor mientras la joven lo estudiaba con una mezcla de fascinación y nerviosismo. La elegancia devastadora del hombre y su aura de poder absoluto eran un imán irresistible para alguien acostumbrado a la vida común de las facultades o los hostales.
—No celebro nada —respondió él finalmente, en un francés perfecto y gélido que hizo que la chica se enderezara en su asiento—.
La estudiante, lejos de amedrentarse, se inclinó un poco más hacia él, buscando captar su mirada.
—Soy estudiante de Historia del Arte, estoy aquí de viaje... y he visto muchas estatuas en el Louvre hoy, pero ninguna tenía una expresión tan interesante como la tuya. ¿Vienes mucho por aquí o solo estás de paso, como yo?
Deus giró lentamente el rostro hacia ella. Sus ojos, oscuros y desprovistos de cualquier calidez emocional, recorrieron la figura de la joven con una rapidez clínica.
La joven era la viva imagen de la espontaneidad y la juventud, un contraste absoluto con la rigidez de Deus. Parecía estar en sus primeros veinte años, con una belleza natural que no requería artificios; llevaba el rostro lavado, salvo por un ligero toque de brillo en los labios que se mordía con nerviosismo.
Su cabello, de un castaño claro algo revuelto por el viento de París, estaba recogido de forma descuidada con una pinza de plástico, dejando escapar varios mechones que le enmarcaban la cara. Vestía un jersey de punto grueso, de un tono crema que resaltaba su piel fresca, y una bufanda de cuadros que todavía conservaba el olor a la humedad de la calle.
Sus ojos eran grandes y curiosos, cargados de esa mezcla de ingenuidad y audacia típica de quien está descubriendo el mundo con una mochila al hombro. Tenía una postura relajada, casi desgarbada, apoyando los codos en la barra con una familiaridad que chocaba frontalmente con la elegancia distante del entorno del Hotel Elixir. En su mirada se leía la emoción de la aventura y el deseo de conectar con aquel hombre.
La chica, envalentonada por la indiferencia de Deus, estiró la mano para rozar apenas la manga de su chaqueta negra. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y urgencia.
—Estoy en una habitación compartida con una compañera —Hizo una pausa, humedeciéndose los labios antes de soltar la propuesta con una audacia que rozaba la imprudencia—. Podríamos subir a la tuya. Solo por esta noche. No volveré a verte mañana, no habrá nombres ni preguntas. Solo... llévame contigo.
Deus se detuvo en seco. Su mirada bajó hacia la mano de la joven sobre su brazo con una frialdad tan absoluta que ella retiró los dedos como si se hubiera quemado con hielo.
—Ni novia está en mi habitación —exageró él.
—Vaya, he encontrado al último monógamo de París.
Deus esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, una mueca cargada de una superioridad que la chica no alcanzó a comprender del todo.
—No se trata de monogamia, te lo aseguro —replicó él, mientras el brillo metálico de su reloj cortaba la penumbra del bar—. Se trata de que ella es la única mujer que me interesa actualmente.
La estudiante soltó una risa seca, un tanto despechada, mientras se recolocaba la mochila al hombro. El rechazo de Deus no había sido el de un hombre tímido, sino el de un soberano que declina una ofrenda insignificante.
—Que envidia, chico. En fín, pues nada. —soltó ella con un encogimiento de hombros, forzando un aire de despreocupación—.
La joven ajustó la correa de su mochila con un gesto brusco, tratando de disimular que el rechazo la había dejado fuera de juego. Suspiró, lanzándole una última mirada de arriba abajo que mezclaba el resentimiento con una admiración residual.
Se dio la vuelta y caminó hacia los ascensores con ese paso ligero y ruidoso de quien todavía no ha aprendido a dominar el espacio que pisa. Deus la observó de reojo, viendo cómo su figura juvenil se reflejaba en los paneles de caoba antes de desaparecer tras el cierre metálico de las puertas.
El bar recuperó su quietud sepulcral de inmediato. Deus permaneció en el taburete, dejando que el silencio lo rodeara de nuevo, limpiando el aire de la charla trivial que acababa de vivir.
Deus se acomodó bajo las frías sábanas de lino, ajustando su respiración hasta que el latido de su corazón se convirtió en un tamborileo lento y distante. A su lado, la respiración de Sela marcaba un ritmo pausado, irradiando el calor de un cuerpo sumido en el descanso absoluto. Él cerró los ojos, no para dormir, sino para despertar en el otro lado.
Al mirar hacia la cama, Deus contempló su propio cuerpo físico en estado de trance, unido a él por el brillante hilo de plata de su enlace astral.
Én su forma proyectada, era una entidad de poder puro. Su forma astral brillaba con una luz fría, densa y cortante, definida por la inmensa disciplina de su voluntad mágica. Ya no llevaba traje ni reloj; era la manifestación desnuda de su intelecto y su poder. No necesitaba pulmones para respirar ni extremidades para moverse. En este reino, la forma seguía a la función, y el espacio no era más que un concepto que podía doblegar a voluntad.
Con un simple impulso mental, se elevó y atravesó el techo gris y translúcido de la habitación sin sentir roce alguno. París se desplegó bajo él, no como una ciudad de piedra y luces de neón, sino como un océano infinito de auras parpadeantes.
Liberado de su anclaje, Deus fijó su atención en el oeste, apuntando su conciencia hacia el otro lado del mundo, y se lanzó a través de la vasta y brillante inmensidad del plano astral a la velocidad del pensamiento.



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