Una sorpresa inesperada

16 de Enero, 2065. Jueves. Ático de Deus, Belltown. 05:43.

La oscuridad de la suite comenzó a disiparse no por la entrada de la luz solar, sino por un resplandor gradual y ambarino que emanaba de las molduras del techo, simulando un amanecer artificial diseñado para no agredir los sentidos. Un canto de pájaros comenzó a sonar. 

—Buenos días, Sela —la voz del intelibot fluyó por la habitación—. Son las siete cuarenta y tres. El señor Gordon ha pedido despertarla. 

​Sela se removió entre las sábanas de hilo, todavía atrapada en ese limbo donde los sueños se mezclan con la realidad. El recuerdo de los besos de la noche anterior y el peso de su propia historia la envolvieron antes de que pudiera abrir los ojos del todo.

​Fue entonces cuando, por encima del murmullo de los pájaros, escuchó tres golpes rítmicos y firmes en la madera de la puerta principal.

​—¿Sela? —la voz de Deus llegó desde el otro lado, amortiguada pero clara, cargada de una energía que contrastaba con el silencio de la madrugada—. Sé que es temprano, pero tú sorpresa espera.

​Se hizo un breve silencio. Ella pudo imaginarlo al otro lado, perfectamente vestido y con esa mirada expectante.

—Tómate tu tiempo —añadió él—, pero no tardes demasiado. Salimos en 27 minutos.

Se incorporó lentamente, dejando que las sábanas se deslizaran por su piel. Suspiró, frotándose el rostro con las manos mientras trataba de sacudirse el rastro de las pesadillas que siempre acechaban en las sombras de su mente. Al levantarse, sus pies descalzos se hundieron en la lujosa alfombra.

Se incorporó lentamente, dejando que las sábanas se deslizaran por su piel. Suspiró, frotándose el rostro con las manos mientras trataba de sacudirse el rastro de las pesadillas que siempre acechaban en las sombras de su mente. Al levantarse, sus pies descalzos se hundieron en la lujosa alfombra

Sonrió para sí misma. Caminó hacia el baño. Necesitaba esos veintisiete minutos. Necesitaba asearse y prepararse con el mismo cuidado con el que un caballero medieval se ajustaba la cota de malla.
Se miró al espejo, satisfecha. Empezó a arreglarse, no para lucirse ante él, sino para presentarse ante la sorpresa como él creía que era. 

Sela se detuvo frente al espejo, observando su reflejo con una mezcla de desafío y melancolía. Con movimientos lentos, casi ceremoniales, sus dedos buscaron el cierre de su sujetador a la espalda. El chasquido del metal al soltarse rompió el silencio del baño, liberando el peso de sus pechos. Luego, sus manos descendieron por la curva de sus caderas, pulgares enganchados en el fino encaje de sus bragas, deslizándolas hacia.
Cruzó el umbral de la ducha, que no era una cabina convencional, sino una pequeña estancia revestida de azulejos diminutos y brillantes que reflejaban la luz como escamas de un pez abisal. El suelo era de piedra pulida, cálida bajo sus pies gracias a la calefacción radiante. En un rincón bajo la alcachofa, un banco de mármol tallado —donde reposaban champúes y acondicionadores— la invitaba a abandonar cualquier resto de tensión.
Se sentó en el banco, dejando que el agua comenzara a caer desde el techo en una lluvia densa. El hilo musical, oculto tras las paredes, empezó a emitir una melodía de sintetizadores suaves y notas etéreas que parecían vibrar en sintonía con el repicar de las gotas.

El vapor comenzó a llenar la estancia en segundos, transformando el baño en una cápsula de cristal y mármol aislada del mundo. Sela se quedó bajo el agua, que caía con la fuerza de una tormenta tropical, caliente y pesada. El contacto del líquido sobre su piel fue un choque eléctrico que la hizo arquear la espalda, dejando que los chorros golpearan sus hombros y resbalaran por sus pechos.

Cerró los ojos, entregándose a la sensación. 
Tomó gel, y sus manos, cubiertas con aroma a sándalo, recorrieron su propio cuerpo con una lentitud casi litúrgica. Deslizó sus dedos por la curva de su cadera y la firmeza de sus muslos, reconociendo cada rincón de su anatomía. El agua caliente era un bálsamo que relajaba sus músculos tensos, mientras sus pezones se erizaban bajo el castigo rítmico de las gotas.

Sela cerró los ojos, dejando que la presión del agua caliente martilleara su nuca. El vapor era una neblina densa que se le pegaba a la garganta, obligándola a respirar con la boca entreabierta, saboreando el aire cargado de humedad. Sus manos comenzaron a viajar por su piel con una curiosidad renovada, como si necesitaran borrar con tacto propio las huellas invisibles de unas manos que no deseaba recordar.
Se recreó en el roce de sus dedos sobre sus senos, sintiendo cómo la piel se tensaba bajo el contraste del agua ardiente. Imaginó, por un segundo, que no eran sus propias manos las que recorrían la curva de su vientre hacia abajo, sino las de Deus. Pensó en la devoción que él le había mostrado en la sala de cine, en esa necesidad contenida que vibraba en su voz, y se preguntó qué sentiría él al verla así, empapada, con el cabello pegado a la espalda como una segunda piel blanca.
Un calor más profundo y punzante nació en su centro, una pulsación que reclamaba atención. Se hundió en la fantasía de su control absoluto quebrándose ante ella, de su boca recorriendo el camino que ahora trazaban sus propios dedos. Era un juego peligroso; el erotismo de sentirse deseada por un hombre tan poderoso la hacía sentir, paradójicamente, dueña de sí misma. 

Sacudió la cabeza, tratando de disipar el vaho de sus pensamientos antes de que la consumieran por completo, y comenzó a enjabonarse deprisa. 

—¡Oye! —gritó Sela, elevando la voz por encima del estrépito del agua, con un tono en el que la urgencia se mezclaba con una pizca de su antigua picardía—. ¡Si esperas que esté lista en veinte minutos, vas a tener que darme pistas!

Se puso de pie, y tomó la alcachofa para acelerar. Apuntaba el chorro contra sí mientras con la mano derecha continuaba enjabonándose, esperando la respuesta.

—¿A dónde diablos me llevas? —volvió a exclamar—. ¡Necesito saber si debo vestirme para una cena de gala o para un club o para qué! ¡Dime qué me pongo antes de que elija algo que arruine tus planes!

La voz de Deus atravesó la madera con una claridad cristalina, como si el mismo aire del ático se hubiera doblegado para transportar sus palabras hasta el rincón más íntimo de la ducha.

​—A París, princesa.

​La respuesta cayó sobre ella con más fuerza que el torrente de agua caliente. Sela se quedó inmóvil, con las manos aún apoyadas sobre sus brazos enjabonados y los ojos muy abiertos. Durante un segundo, el único sonido fue el latir de los sintetizadores del hilo musical.

​—¿París? —repitió ella en un susurro, aunque sabía que él no la escuchaba con la misma facilidad.

​París. La ciudad de las luces, conservaba un aura de romance que Seattle nunca podría emular. Una risa incrédula, casi infantil, escapó de sus labios mojados. Dios, el mago no se andaba con chiquitas cuando hablaba de sorpresas; no la llevaba a otro distrito, la llevaba al otro lado del Atlántico.

​—¡Vístete con algo ligero y elegante, pero prepárate para el frío de la mañana en el Sena! —continuó la voz de Deus desde el pasillo, con ese tono de mando que ahora a ella le resultaba extrañamente reconfortante—. ¡Tenemos un vuelo suborbital a las 9!

​Sela comenzó a darse champú en su cabello, sintiendo una descarga de adrenalina que dió paso a una energía vibrante, una urgencia por devorar la vida que la hizo moverse con una agilidad que casi había olvidado.

​—¡Estás loco! —gritó— ¡Completamente loco!

​Su mente ya estaba en la ropa que había traído en su mochila, descartando vestidos, buscando algo que estuviera a la altura de un almuerzo frente a la Torre Eiffel. Sus pensamientos vagaban sorprendidos por la promesa de un cielo despejado sobre Francia y los ojos de un hombre que estaba dispuesto a cruzar el océano solo para verla sonreír.



16 de Enero, 2065. Viernes. Ático de Deus, Belltown. 06:02.

Sela cruzó el umbral de su habitación convertida en una visión de fuego y nieve que parecía desafiar la atmósfera aséptica del ático. 

Su look era un conjunto vibrante y atrevido. El elemento central consistía en un vestido corto, de un color rojo carmesí saturado y sólido, confeccionado en una tela con cuerpo que le permitía mantener una estructura definida.
El vestido presentaba un escote en pico pronunciado y un diseño de tipo halter, por lo que dejaba los hombros, los brazos y gran parte de la espalda al descubierto, lo que resaltaba la figura de Sela. La falda era corta, llegaba a la mitad del muslo y poseía un corte evasé con vuelo y pliegues anchos, los cuales estaban diseñados para moverse y abrirse dramáticamente con cada giro o paso rápido.
Bajo el vuelo de la falda, las medias térmicas, necesarias para el frío parisino, le daban una seguridad adicional a sus pasos, que terminaban en la firmeza de unas botas rojas altas.
Aquellas botas eran ajustadas, de caña alta hasta justo por debajo de la rodilla, y contaban con un tacón fino y alto que aportaba una silueta estilizada y poderosa. 
Además, de su hombro izquierdo colgaba un bolso de mano pequeño y minimalista de color negro, con una fina correa del mismo tono, que rompía la monotonía del rojo y añadía un toque práctico y sofisticado. Su brazo derecho, por el contrario, portaba una gabardina marrón para enfrentar el frío del que ese vestido no la protegía. 


Había dedicado cada minuto a su ritual: el maquillaje era sutil pero impecable, destacando sus ojos verdes con un perfilado que les devolvía su filo felino. Su perfume, una mezcla de gardenia y notas metálicas suaves, se adelantó a ella, llenando el pasillo con una estela de sofisticación.

​Deus la esperaba junto a la salida, y la imagen que proyectaba detuvo el aliento de Sela por un segundo. Él lucía —bajo una gabardina gris más larga que la de Sela— un traje de corte impecable, de un negro tan profundo que parecía absorber la luz. La corbata, perfectamente anudada, y el reloj de pulsera que brillaba con una sobriedad letal en su muñeca, terminaban de perfilarlo como un hombre de un poder absoluto y una elegancia devastadora. 

​Sela se detuvo a pocos pasos, fascinada. Sus ojos recorrieron la figura de Deus, desde el pulcro cuello de su camisa hasta la forma en que el traje marcaba sus hombros anchos. Se sintió pequeña, pero al mismo tiempo inmensamente poderosa al ver cómo la mirada de él, se encendía con una chispa de adoración pura al verla aparecer.

​—Si el objetivo era dejarme sin palabras antes de salir de Seattle, lo has conseguido —murmuró ella, con una sonrisa que ya no guardaba rastros de miedo—. Estás... bien. París no sabe lo que le espera.

​Él no respondió, simplemente le ofreció el brazo con un gesto de caballero de otra era, mientras su mirada la recorría con intensidad.



16 de Enero, 2065. Viernes. Aeropuerto internacional, Seatac. 08:42.

Sela y Deus se encontraban de pie, una pareja que atraía miradas furtivas en la sala  VIP de la  terminal del aeropuerto internacional. 
Se encontraban en una sala VIP de espera, un santuario de calma y lujo apartado del bullicio de la terminal principal. El espacio era amplio y minimalista, decorado con muebles de diseño contemporáneo en tonos neutros de gris, beige y madera clara. 
Sofás y sillones de cuero suave se distribuían en pequeñas áreas de conversación, invitando al descanso y la relajación. Grandes ventanales de suelo a techo ofrecían vistas panorámicas de la pista de aterrizaje y los aviones que iban y venían, mientras que la luz natural inundaba la estancia. Una barra de bar bien surtida ofrecía una selección de bebidas premium y aperitivos gourmet, atendida por personal uniformado. Una pared de agua en cascada creaba un sonido relajante, mientras que la música ambiental suave y los aromas sutiles envolvían a los selectos pasajeros.

Él, impecable con su traje negro que parecía absorber la luz y la gabardina gris larga y abierta, mantenía una postura erguida, con la mirada fija en el panel de salidas que anunciaba su vuelo. 
Ella, a su lado, con una elegancia que desafiaba la sobriedad del entorno, con el pequeño bolso negro colgado del hombro y la gabardina marrón doblada contra su regazo. 
Llevaban un rato allí, de pie observando pasajeros que pasaban a su alrededor cargados con maletas de todos los tamaños. Ellos, en cambio, estaban allí, de pie, sin nada más que lo que llevaban puesto y el pequeño bolso de Sela. La ausencia de equipaje, en un lugar donde este era el compañero inseparable de cada viajero, los distinguía del resto, sugiriendo una urgencia o un estatus que despertaba curiosidad. 
El hilo musical del aeropuerto, una mezcla de melodías suaves y anuncios, creaba un fondo sonoro constante mientras esperaban el momento de embarcar, una espera que, en su caso, parecía estar libre de las preocupaciones habituales de los viajes.

El teléfono de Deus sonó, y él se dedicó a él antes de volver a guardarlo. 


DE: Elena 2065/01/16 08:43 UTC-8
PARA: Jim
ASUNTO: Re:Re: [Vacío]

No he podido responder antes. Saúl no se separaba de mí, me pidió quedarme a dormir en su yate y me ha traído a la oficina. No es de los que hablan. Creo que incluso sospecha que soy tú chivata. 
Ha sido duro y quiere que nos veamos más a menudo. 

Me gustaría hablar. Voy a seguir implicándome, pero estoy muy rallada, necesito saber que no estoy sola. Me temo que esto va para largo y no sé si podré soportarlo. 

¿Me recomiendas leer algo concreto? Necesito centrarme en eso.



DE: Deus 2065/01/16 08:43 UTC-8
PARA: Elena Stonier
ASUNTO: Re:Re:Re: [Vacío]

Envíame tú dirección. Pasaré a hablar y a lo que necesites. Introducción a la Masonería de los EUCA es una buena lectura inicial. 



Apenas al guardarlo, si teléfono volvió a pitar, pero Deus mantuvo su atención en la elfa. 



16 de Enero, 2065. Viernes. Hotel Elixir, Distrito 3. 20:36.

Caminaban por las calles adoquinadas de París, envueltos en la atmósfera densa y antigua de la ciudad. Se habían registrado en el Hotel Elixir, y se habían lanzado de inmediato a la noche parisina.


Sela agradecía la calidez de su gabardina marrón, ahora abotonada sobre su vestido. El tejido grueso la protegía, pero el movimiento de sus piernas al caminar revelaba el brillo de sus botas altas, un contraste audaz con la sobriedad del entorno histórico. 
Deus caminaba a su lado, imperturbable, con su gabardina gris larga y abierta ondeando ligeramente con la brisa helada. Su traje negro y su corbata permanecían impecables, como si el viaje transatlántico no hubiera tenido efecto sobre él. El reloj en su muñeca capturaba la luz de las farolas, un recordatorio silencioso de la precisión con la que se movía su mundo.

​Su destino estaba a pocos minutos: la imponente silueta de Notre Dame se alzaba ante ellos, recortada contra el cielo nocturno. Sela la miraba con fascinación por la historia del lugar.

​Caminaban en silencio, solo interrumpido por el eco de sus pasos sobre los adoquines y el murmullo distante de la ciudad. La proximidad de Deus, la majestuosidad de Notre Dame y la promesa de lo que estaba por venir en París creaban una tensión eléctrica en el aire, un erotismo sutil y poderoso que envolvía a la pareja mientras se adentraban en el corazón de la ciudad de la luz.


16 de Enero, 2065. Viernes. Tour Eiffel, Distrito 15. 20:44

—Como sorpresa ¿Te parece bien?

Sela se detuvo en seco frente a la imponente fachada de la catedral, dejando que el frío aire de París golpeara su rostro mientras asimilaba las palabras de Deus. La pregunta, lanzada con esa calma gélida que lo caracterizaba, flotaba entre ellos como un desafío y una promesa a la vez.

La imponente mole de piedra se alzaba frente a ellos como un testimonio eterno del ingenio medieval, revelando desde aquel ángulo lateral la verdadera complejidad de su esqueleto gótico. 
Los arbotantes se extendían como costillas elegantes y ligeras desde los altos muros de la nave, proyectando sus arcos hacia los contrafuertes externos para sostener el peso de las bóvedas celestiales. Los pináculos remataban cada columna con una verticalidad que parecía buscar el cielo de París. El gran rosetón del transepto dominaba el centro de la estructura como un ojo de cristal y geometría. Por encima de todo, la esbelta aguja se elevaba sobre el crucero, mientras las gárgolas asomaban sus rostros grotescos desde las cornisas, vigilando el fluir del río Sena con su pétrea e inmutable mirada. Todo en aquel edificio transmitía una sensación de ligereza imposible, donde la roca se transformaba en encaje y los muros se rendían ante la inmensidad de los ventanales decorados.

Ella lo miró de soslayo, fascinada por la figura que él cortaba bajo las luces amarillentas de la ciudad. El contraste era absoluto: la historia milenaria de Notre Dame de fondo y Deus, con su traje impecable y su gabardina gris, luciendo como el arquitecto de un futuro que ella apenas empezaba a vislumbrar.

—¿Una sorpresa? —repitió ella en un susurro, mientras ajustaba los bordes de su gabardina marrón para protegerse del viento—. Deus, todo desde que salimos de Seattle ha sido una sorpresa. El vuelo, el hotel...

Sela esbozó una sonrisa que mezclaba la vulnerabilidad con una chispa de audacia. Se acercó un paso más a él, permitiendo que el aroma de su perfume se mezclara con el aire metálico de la noche parisina.

—Me parece más que bien —concluyó, fijando sus ojos verdes en los de él con una intensidad que rivalizaba con el brillo de las gárgolas sobre sus cabezas—. Pero viniendo de ti, sospecho que sorpresa es una palabra que se queda corta. ¿Qué es lo que realmente estamos haciendo aquí?

Deus no cambió su expresión, pero la forma en que su mirada recorrió el rostro de Sela indicaba que estaba saboreando el momento. París era el escenario perfecto, y ellos, sin equipaje y vestidos para una gala que parecía no tener fin, eran los únicos protagonistas que importaban en aquel rincón del mundo.

El mago no respondió de inmediato. En su lugar, acortó la distancia que los separaba, ignorando el frío que soplaba desde el Sena. Su mano, firme y cálida, buscó el rostro de Sela, con el pulgar recorriendo la línea de su mandíbula con una parsimonia que la hizo estremecer bajo la gabardina marrón.

​La luz de las farolas parisinas se reflejaba en el reloj de su muñeca, marcando un tiempo que parecía haberse detenido solo para ellos. Sela sintió cómo el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas, atrapada entre la majestuosidad de la piedra antigua y la intensidad de aquel hombre que la miraba como si fuera el único objeto de valor en toda la ciudad.

​—Buscaba un sitio chulo para darte otro beso —murmuró él, con una voz que era puro terciopelo y autoridad.

​Sela soltó una pequeña risa contenida, un sonido cristalino que se perdió en la brisa. 

​—París es un cliché, Richard —le susurró ella, aunque sus ojos verdes brillaban con una anticipación que desmentía sus palabras—. Pero tienes que admitir que Notre Dame, de noche y con este frío... es un escenario difícil de superar.

​Él no esperó más. El beso fue una colisión de mundos: el frío del exterior contra el calor abrasador de sus labios, la suavidad del perfume de ella contra la fragancia densa y masculina de él. Fue un beso que sellaba su llegada a Francia. Sela se aferró a las solapas de la gabardina gris de Deus, sintiéndose protegida.



16 de Enero, 2065. Viernes. Tour Eiffel, Distrito 15. 21:24

Se encontraban justo a los pies de la colosal estructura de hierro, en el mismo Campo de Marte, donde la escala del monumento los abrumaba por completo. 
Contemplaban con asombro cómo los cuatro pilares monumentales de base curva se elevaban desde el suelo, hundiéndose profundamente en sus cimientos de hormigón mientras se abrían paso entre los jardines circundantes. 

Al levantar la vista, la torre ya no parecía una simple aguja distante; era una red asfixiante e intrincada de vigas entrelazadas, celosías y remaches que bloqueaban la mayor parte del cielo sobre sus cabezas. 
Los millones de pequeños puntos metálicos se alineaban como infinitas filas de cabezas que sostenían todo el conjunto, creando un patrón hipnótico de geometría industrial. Trataban de seguir con la mirada el complejo entramado de hierro pudelado que se cruzaba y recruzaba en ángulos perfectos, formando arcos que enmarcaban la base y se estrechaban a medida que ascendían hacia la primera plataforma, suspendida a una altura vertiginosa. 
A través de la estructura calada, vislumbraban las escaleras y los raíles diagonales por los que se deslizaban los ascensores, escuchando el zumbido del mecanismo y el crujido del metal bajo el viento. 
Los nombres de los científicos famosos grabados a lo largo del friso bajo el primer balcón rendían un homenaje silencioso al progreso de la época. 
La coloración parduzca del hierro, rugosa y texturizada, revelaba bajo los focos la verdadera esencia material de un gigante que se imponía sobre ellos con la fuerza de su diseño industrial y su imponente presencia histórica. 

Sela experimentaba una mezcla de sobrecogimiento y pequeñez ante la abrumadora masa de metal que se elevaba hacia el cielo, un testimonio eterno de la ingeniería de otro siglo que desafiaba la gravedad. 



16 de Enero, 2065. Viernes. Distrito 15. 21:53

El restaurante era un pasillo estrecho y acogedor, con paredes de ladrillo visto y un aroma embriagador a mantequilla y vino tinto. Las mesas de madera estaban cubiertas por manteles de lino y estaban tan juntas que el murmullo de las conversaciones vecinas creaba una burbuja de intimidad compartida. A través del ventanal empañado por el calor del interior, la calle parisina parecía un decorado gris y tranquilo.

​Sela observaba a Deus con una mezcla de asombro y desconcierto. Hacía apenas unos minutos, él había despachado al camarero con una ráfaga de francés fluido, gutural y elegante, pidiendo vino y un par de platos del día sin siquiera consultar la carta.

​—Me siento como si hubiera caído en una película en la que me han quitado el guion —comentó Sela, jugueteando con el tallo de su copa de vino—. Es extraño. No tengo maletas, no tengo mi propia ropa para mañana, y ni siquiera sé qué vamos a cenar porque no entendí ni una palabra de lo que dijiste.

​Deus dejó que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomara a sus labios mientras se quitaba el reloj y lo apoyaba con cuidado sobre la mesa, como si quisiera que el tiempo dejara de correr.

​—La falta de equipaje es libertad —respondió él, fijando su mirada en ella—. En cuanto al idioma... solo tienes que confiar en mí.

​—Confiar es fácil cuando eres alguien que parece dominar el mundo en dos idiomas diferentes —replicó ella, recostándose en su silla. Bajo la mesa, sentía el roce de sus medias térmicas—. Pero es una sensación desconcertante. Siempre he sido de las que planean. Estar aquí, en una calle que no sabría encontrar en un mapa, en un sitio de barrio y dependiendo de ti para pedir un vaso de agua... es aterradoramente estimulante.

​—París no se trata de planear —dijo Deus, mientras el camarero regresaba para dejar una tabla de quesos y pan recién horneado. Él le dio las gracias con un breve «Un grand merci»—. Se trata de dejarse llevar. ¿Te asusta depender de mí para entender lo que pasa a tu alrededor?

​Sela tomó un trozo de pan, sintiendo el calor de la miga. Miró a su alrededor: las risas de los franceses, el sonido de los platos, la luz tenue. Luego volvió a mirarlo a él, tan impecable en su traje negro incluso en aquel entorno sencillo.

​—Me asusta lo mucho que me gusta —admitió ella en un susurro—. 

​—Esa es la idea, princesa —concluyó él, alzando su copa para brindar—. Y eso es todo lo que importa.

El ambiente en el local se volvía más denso a medida que avanzaba la noche; el vaho cubría los cristales por completo, aislándolos del mundo exterior. 

El camarero regresaba con dos platos, dejando sobre la mesa una ensalada para ella y un confit de pato para él. Deus le dio las gracias de nuevo con aquel acento natural que a Sela le resultaba hipnótico. 
Su ensalada desafiaba cualquier concepto convencional de la cocina vegetal, presentándose en la mesa como una verdadera obra de arte botánica. El plato se componía de una base de micro-brotes de rúcula y espinacas tiernas que mantenían un frescor crujiente, sobre la cual se asentaban láminas casi transparentes de remolacha dorada y rábano sandía, aportando un estallido de colores púrpuras y amarillos.
Pequeñas esferas de queso de cabra artesanal, que habían sido rebozadas en polvo de pistacho iraní decoraban en circulos, higos frescos laminados, piñones tostados, y no faltaban los toques de sofisticación técnica, como las perlas de vinagre balsámico de Módena envejecido.

​Por encima de todo, el plato se embellecía con flores comestibles de pensamiento y capuchina, cuyas tonalidades vibrantes hacían que la ensalada pareciera un jardín en miniatura bajo las luces del comedor. Un hilo de aceite de oliva virgen extra con esencia de trufa blanca se deslizaba entre los ingredientes, desprendiendo un aroma embriagador.

Sela probó el primer bocado y cerró los ojos, disfrutando de una explosión de sabores que no necesitaba traducción.
Las esferas de queso de cabra añadían una textura cremosa que se deshacía al contacto con el paladar. Las perlas de vinagre estallaban en la boca, liberando una acidez dulce que contrastaba con la suavidad de los higos frescos laminados y los piñones tostados.

—Es curioso —comentó ella, dejando los cubiertos un momento—. Si tuviera mi maleta, ahora mismo estaría pensando en qué ponerme mañana. Al no tener nada, mi única preocupación es este plato y el hecho de que no tengo ni idea de qué me has pedido para beber, aunque está delicioso.

—Es un Pomerol —aclaró él, observando cómo el vino teñía ligeramente los labios de la mujer—. Te obliga a estar presente, ¿verdad? El equipaje suele ser un ancla. La gente viaja para escapar, pero se lleva toda su casa a cuestas para no sentirse extraña. Y total, solo estaremos aquí un día. 

Ella asintió, sintiendo el calor del alcohol y la calefacción del restaurante en sus mejillas. Bajo la mesa, cruzó las piernas y el roce de sus botas rojas contra el pantalón del traje de Deus fue un recordatorio eléctrico de su cercanía.

—Lo has conseguido. Me siento como una página en blanco —admitió ella, bajando la voz mientras un grupo de parisinos reía ruidosamente en la mesa de al lado—. 

Deus dejó escapar una media sonrisa, esa que rara vez llegaba a sus ojos pero que suavizaba su expresión severa. 
Sela lo miró fijamente, dándose cuenta de que viajar con él no era solo un traslado geográfico, sino una entrega absoluta a su ritmo. En aquel restaurante de barrio, se sintió más libre que en toda su vida en Seattle.

—Merci beaucoup, monsieur Gordon —dijo ella, saboreando las palabras francesas con una pronunciación torpe pero decidida—. Por el vino, por la cena... y por quitarme las maletas de encima.

Deus asintió con una lentitud casi imperceptible, aceptando el agradecimiento mientras hacía un gesto apenas visible al camarero. 

En breve, dos copas pequeñas de un licor ambarino aparecieron sobre la mesa. El bullicio del local parecía haber encontrado un equilibrio perfecto: el tintineo de los cubiertos y las risas en francés formaban un muro de sonido que los aislaba en su propia burbuja.

—De nada —respondió él, su voz vibrando con una profundidad que cortaba el aire—. Mañana, cuando salgamos de la Rue de l'Aude, te darás cuenta de que el mundo se ve distinto cuando no llevas nada que te pese.

Sela observó cómo él tomaba la pequeña copa. La luz de las velas, ya a medio consumir, bailaba en sus ojos oscuros y se reflejaba en el oro del reloj que descansaba sobre la mesa. No había rastro de cansancio en su rostro, solo esa intensidad magnética que parecía alimentarse de la noche parisina.

—¿Siempre viajas así? —preguntó ella, imitando su gesto y probando el licor, que quemó su garganta con una dulzura herbal—. ¿Sin maletas, solo con lo que llevas puesto?

—Viajo con lo que necesito —sentenció Deus—. Y ahora mismo, lo único que necesitaba era que estuvieras aquí.

Él se reclinó en la silla, observándola con una fijeza que la hizo sentirse, una vez más, como si estuviera bajo un microscopio de terciopelo. 

El camarero pasó por última vez cerca de ellos, apagando algunas luces del fondo del local. La calle anodina, al otro lado del cristal, se veía ahora más oscura y solitaria, pero dentro de aquel restaurante alargado, el tiempo seguía suspendido. 



16 de Enero, 2065. Viernes. Arc de triomphe, Distrito 17. 23:17

Se encontraban en el mismísimo centro de la plaza Charles de Gaulle, justo al emerger del túnel peatonal, donde el caótico y continuo rugido del tráfico quedaba de pronto silenciado por la aplastante magnitud del monumento que tenían frente a sí. 

Desde esa cercanía absoluta, el Arco del Triunfo se erguía en la noche como un colosal pórtico de luz dorada que rasgaba la oscuridad del cielo parisino. Los potentes focos, ocultos en la base, bañaban la piedra caliza y perfilaban con sombras dramáticas cada detalle de los inmensos altorrelieves; las figuras de la Marsellesa parecían cobrar vida propia en un claroscuro perfecto, tensando sus músculos y gritando mudas consignas bajo la luz artificial. 

Al avanzar bajo la inmensa bóveda artesonada y alzar la vista, sentían el peso de la historia al contemplar los miles de nombres de generales y batallas que los rodeaban, tallados profundamente en las paredes interiores y magnificados por una iluminación rasante que hacía destacar cada letra tallada. 
A sus pies, en el centro exacto de aquel arco monumental, la llama eterna parpadeaba incesantemente sobre la Tumba del Soldado Desconocido, proyectando destellos anaranjados y danzantes sobre las coronas de flores y el bronce. La inmensa masa de piedra se percibía solemne e inamovible, actuando como un ancla sagrada mientras, a sus espaldas, los faros blancos y rojos de los vehículos giraban frenéticamente en la rotonda, creando un remolino de luces urbanas que jamás lograba perturbar la paz reverencial que reinaba bajo aquella bóveda iluminada.

Caminaban a paso lento por la ancha acera de los Campos Elíseos, dejándose envolver por la vibrante energía que la gran avenida desprendía bajo el manto de la noche. 
A ambos lados del amplio bulevar, las hileras de árboles perfectamente alineados se alzaban como guardianes, adornados con miles de luces doradas que titilaban y trazaban una línea de fuga luminosa y casi infinita. Mientras descendían por la suave pendiente, observaban los inmensos y lujosos escaparates de las boutiques de alta costura que proyectaban su resplandor sobre el pavimento, mezclándose con los destellos de los cines y los históricos cafés cuyas terrazas aún rebosaban de vida. El rumor constante de la metroplex los acompañaba en cada paso; escuchaban el rugido sordo de los motores y veían los faros de los vehículos fluir por los carriles centrales como un río incesante de rubíes y diamantes que dividía la calle en dos. Sentían el aire fresco parisino rozando sus rostros mientras se cruzaban con otros paseantes nocturnos, inmersos en una amalgama de murmullos, distintos idiomas y pasos que resonaban contra la piedra. 

Al volver la vista atrás, la silueta majestuosa del Arco del Triunfo que acababan de dejar coronaba la cima de la avenida, resplandeciente y solemne en la oscuridad, mientras la arteria entera parecía latir a su alrededor con una elegancia inagotable y un brillo que desafiaba por completo a las sombras.



16 de Enero, 2065. Viernes. Hotel Elixir, Distrito 3. 23:47

El trayecto de vuelta al Hotel Elixir fue un paseo marcado por el silencio cómplice y el frío cortante de la noche parisina. Al cruzar las puertas giratorias y adentrarse en el imponente vestíbulo, el contraste entre la humedad de la calle y el calor opulento del lugar los envolvió de inmediato.

​En el instante en que Sela pisó el mármol pulido de la recepción, la atmósfera pareció detenerse una fracción de segundo. Con su gabardina marrón abrochada, y aquellas botas altas que acentuaban sus largas piernas, se convirtió en el centro de gravedad del salón. Su altura imponente y la singularidad de su belleza atrajeron las miradas furtivas del recepcionista, de los botones que hacían guardia junto a los carros dorados y de un par de huéspedes que apuraban una última copa en los sofás de terciopelo. Deus caminó a su lado, imperturbable bajo su abrigo gris, ignorando el escrutinio ajeno con la misma frialdad con la que dominaba cualquier espacio. Parecía asumir aquellas miradas hacia ella como un tributo lógico, el simple reconocimiento de algo que le pertenecía.

​Mientras esperaban el ascensor de paneles de caoba y espejos biselados, Sela suspiró suavemente, observando sus reflejos contiguos en el cristal.

​—Ha sido un día interminable —comentó ella, cruzándose de brazos bajo la gabardina mientras las puertas se cerraban y los aislaban del resto del mundo—. Mi cerebro todavía cree que estamos en la costa oeste.

​Deus la observó a través del espejo, manteniendo su postura erguida y las manos en los bolsillos de la gabardina. 

​—El desfase horario siempre pasa factura la primera noche. Descansarás.

​Sela se apoyó contra la pared tapizada de seda del ascensor, preparando el terreno para lo que inevitablemente aguardaba en la suite.

​—Esa cama de la habitación es impresionante... —continuó, midiendo el tono para sonar casual, pero con una intención cristalina—. Y enorme. Supongo que dormir en una cama de matrimonio cuando estás tan agotada es lo ideal. Cada uno tiene su propio hemisferio, te acurrucas en tu lado y literalmente puedes desmayarte hasta el día siguiente sin rozar a la otra persona. 

​Deus ladeó ligeramente la cabeza. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella a través del reflejo, captando el mensaje al instante. No hubo decepción en su rostro, ni sorpresa, solo aquella calma analítica que nunca lo abandonaba.

​—Mi intención al traerte a París no era darte un maratón nocturno. —respondió él, con una voz que rozaba una fina ironía pero que mantenía un respeto absoluto—. 

​Ella dejó escapar una pequeña sonrisa de alivio, agradeciendo que él hubiera desarmado la posible tensión con elegancia.

​El suave pitido del ascensor anunciaba su llegada a la planta. Las puertas se abrieron hacia el silencioso pasillo enmoquetado. Deus se hizo a un lado, extendiendo una mano para cederle el paso.
Avanzaron por el pasillo del hotel, donde la gruesa moqueta carmesí ahogaba por completo el sonido de sus pasos. El silencio entre ellos era pesado, marcado por el agotamiento de Sela y la inalterable compostura de Deus. Él deslizó la tarjeta magnética y la pesada puerta de madera de roble cedió con un suave clic, revelando la inmensidad de la suite.

​El interior estaba envuelto en una suave penumbra. Sela se deshizo de la gabardina marrón, dejándola caer sobre el respaldo de un sillón orejero, y se descalzó las botas rojas con un suspiro que sonó a rendición absoluta. Mientras tanto, Deus cruzó la habitación hacia los enormes ventanales. Con un par de movimientos fluidos, tiró de los gruesos cortinajes de terciopelo oscuro, bloqueando cualquier atisbo de la luz de los neones parisinos y sumiendo la estancia en una oscuridad protectora, apenas rota por el cálido resplandor de las lámparas de noche.

​Sela no lo pensó dos veces. Sin equipaje, pijama, ni rituales nocturnos que la retrasaran, sus dedos desabrocharon con torpeza los cierres restantes, dejando que la prenda roja cayera al suelo en un suave montón de tela.
Se quedó en una combinación de encaje negro, una elección que, aunque práctica bajo el vestido, resultaba involuntariamente elegante en la penumbra de la suite.  

​Sela apartó el pesado edredón. Se deslizó entre las sábanas de hilo, sintiendo el contraste del tejido frío contra ella. Se acurrucó de lado, ocultando su silueta bajo las capas de ropa de cama, y dejó que el silencio de la habitación comenzara a pesar más que sus propios pensamientos.
Tal y como había adelantado en el ascensor, se arrinconó en su lado del colchón, abrazando una de las voluminosas almohadas y cerrando los ojos casi antes de apoyar la cabeza. El alivio muscular fue instantáneo.

​Deus se había movido para dejar su gabardina sobre la de Sela en el sillón orejero, observándola en silencio. Su figura seguía siendo una silueta impecable. Sacó su teléfono del bolsillo interior de la chaqueta; la luz de la pantalla iluminó levemente las facciones angulosas y severas de su rostro, revelando un par de notificaciones urgentes.

​—Descansa —murmuró él, con un tono lo bastante bajo como para no interrumpir el sopor que ya la envolvía, pero con su característica firmeza—. Tengo llamadas que atender. Estaré en el bar.

​Sela apenas tuvo fuerzas para emitir un murmullo ininteligible a modo de asentimiento desde su trinchera de sábanas. Escuchó el suave roce de la tela de Deus al girarse y, un segundo después, el sutil y definitivo clic de la puerta al cerrarse. 
Sola en la inmensidad de la suite, Sela se hundió en un sueño profundo y reparador, mientras, varios pisos más abajo, Deus tomaba asiento en la soledad de la barra del hotel Elixir.


17 de Enero, 2065. SábadoHotel Elixir, Distrito 3. 00:28.

El bar del Hotel Elixir conservaba una atmósfera de club privado, con paredes revestidas de sintemadera oscura y una iluminación tan tenue que las botellas de cristal tras la barra parecían gemas talladas. Deus se encontraba sentado en una de las banquetas de cuero, elegante en su traje negro.

Frente a él, un vaso de cristal tallado contenía un Junk Daniels de color ámbar profundo, con un solo cubo de hielo que giraba lentamente. Su mano izquierda, con el reloj brillando bajo la luz focal de la barra, sostenía el teléfono con una calma que resultaba casi intimidante. No miraba a nadie; su atención parecía perdida en su teléfono. 

El silencio de su aislamiento se rompió cuando una chica joven se deslizó en el taburete contiguo. Vestía de forma sencilla, con un jersey de punto holgado y una bufanda de lana que delataba su estatus de viajera o estudiante de paso por la capital. Sus mejillas estaban todavía encendidas por el frío de la calle y llevaba una mochila pequeña.

—París es demasiado grande para beber en silencio —dijo ella en francés, intentando forzar una sonrisa llena de audacia juvenil—. ¿O es que estás celebrando algo tan importante que no puedes compartirlo?

Deus no giró la cabeza de inmediato. Primero tomó un sorbo pausado de su bebida, saboreando el licor mientras la joven lo estudiaba con una mezcla de fascinación y nerviosismo. La elegancia devastadora del hombre y su aura de poder absoluto eran un imán irresistible para alguien acostumbrado a la vida común de las facultades o los hostales.

—No celebro nada —respondió él finalmente, en un francés perfecto y gélido que hizo que la chica se enderezara en su asiento—.

La estudiante, lejos de amedrentarse, se inclinó un poco más hacia él, buscando captar su mirada.

—Soy estudiante de Historia del Arte, estoy aquí de viaje... y he visto muchas estatuas en el Louvre hoy, pero ninguna tenía una expresión tan interesante como la tuya. ¿Vienes mucho por aquí o solo estás de paso, como yo?

Deus giró lentamente el rostro hacia ella. Sus ojos, oscuros y desprovistos de cualquier calidez emocional, recorrieron la figura de la joven con una rapidez clínica. 

La joven era la viva imagen de la espontaneidad y la juventud, un contraste absoluto con la rigidez de Deus. Parecía estar en sus primeros veinte años, con una belleza natural que no requería artificios; llevaba el rostro lavado, salvo por un ligero toque de brillo en los labios que se mordía con nerviosismo.

​Su cabello, de un castaño claro algo revuelto por el viento de París, estaba recogido de forma descuidada con una pinza de plástico, dejando escapar varios mechones que le enmarcaban la cara. Vestía un jersey de punto grueso, de un tono crema que resaltaba su piel fresca, y una bufanda de cuadros que todavía conservaba el olor a la humedad de la calle.

​Sus ojos eran grandes y curiosos, cargados de esa mezcla de ingenuidad y audacia típica de quien está descubriendo el mundo con una mochila al hombro. Tenía una postura relajada, casi desgarbada, apoyando los codos en la barra con una familiaridad que chocaba frontalmente con la elegancia distante del entorno del Hotel Elixir. En su mirada se leía la emoción de la aventura y el deseo de conectar con aquel hombre.

La chica, envalentonada por la indiferencia de Deus, estiró la mano para rozar apenas la manga de su chaqueta negra. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y urgencia.

​—Estoy en una habitación compartida con una compañera —Hizo una pausa, humedeciéndose los labios antes de soltar la propuesta con una audacia que rozaba la imprudencia—. Podríamos subir a la tuya. Solo por esta noche. No volveré a verte mañana, no habrá nombres ni preguntas. Solo... llévame contigo.

​Deus se detuvo en seco. Su mirada bajó hacia la mano de la joven sobre su brazo con una frialdad tan absoluta que ella retiró los dedos como si se hubiera quemado con hielo. 

—Ni novia está en mi habitación —exageró él.

—Vaya, he encontrado al último monógamo de París. 

Deus esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, una mueca cargada de una superioridad que la chica no alcanzó a comprender del todo. 

—No se trata de monogamia, te lo aseguro —replicó él, mientras el brillo metálico de su reloj cortaba la penumbra del bar—. Se trata de que ella es la única mujer que me interesa actualmente. 

La estudiante soltó una risa seca, un tanto despechada, mientras se recolocaba la mochila al hombro. El rechazo de Deus no había sido el de un hombre tímido, sino el de un soberano que declina una ofrenda insignificante.

—Que envidia, chico. En fín, pues nada. —soltó ella con un encogimiento de hombros, forzando un aire de despreocupación—.

La joven ajustó la correa de su mochila con un gesto brusco, tratando de disimular que el rechazo la había dejado fuera de juego. Suspiró, lanzándole una última mirada de arriba abajo que mezclaba el resentimiento con una admiración residual.

​Se dio la vuelta y caminó hacia los ascensores con ese paso ligero y ruidoso de quien todavía no ha aprendido a dominar el espacio que pisa. Deus la observó de reojo, viendo cómo su figura juvenil se reflejaba en los paneles de caoba antes de desaparecer tras el cierre metálico de las puertas.

​El bar recuperó su quietud sepulcral de inmediato. Deus permaneció en el taburete, dejando que el silencio lo rodeara de nuevo, limpiando el aire de la charla trivial que acababa de vivir. 


16 de Enero, 2065. Viernes. Apartamento de Elena, Distrito corporativo. 17:36.


El vapor saturaba el pequeño baño de su apartamento, convirtiendo el aire en una masa pesada y asfixiante. Elena estaba sumergida hasta la barbilla en el agua casi hirviente, con las rodillas pegadas al pecho, intentando hacerse lo más pequeña posible. Tenía los oídos bajo la superficie, buscando que el sordo murmullo del agua silenciara el eco de la voz de Saúl y el roce persistente de sus manos que, incluso horas después, parecía seguir recorriendo su piel.
Se frotó los hombros con una esponja áspera hasta que la carne se puso roja. Dolió, pero el dolor físico era un alivio comparado con la náusea que le subía por la garganta. Se sentía colonizada, como si cada rincón de su cuerpo hubiera dejado de pertenecerle.
Se hundió por completo, dejando que el agua le cubriera el rostro. Bajo la superficie, en la oscuridad líquida, Elena abrió los ojos. La magia que fluía por sus venas se sentía turbia, contaminada por el asco. En la soledad de su bañera, con el neón de Seattle filtrándose por la pequeña rendija de la ventana, Elena murió un poco.

Cuando finalmente emergió para tomar aire, sus ojos solo tenían el brillo de la ambición.
Se quedó allí, inmóvil, mientras el agua se enfriaba lentamente hasta volverse gélida, recordándole que su cuerpo ya no era suyo y que mañana tendría que volver a vestirse, a sonreír a Johnson y a fingir que seguía viva, cuando en realidad se había ahogado en esa bañera mucho antes de que el agua dejara de estar caliente.



17 de Enero, 2065. Sábado. Hotel Elixir, Distrito 3. 02:51.

La madrugada avanzaba silenciosa cuando la puerta de la suite se abrió con un murmullo casi imperceptible. Deus entró en la habitación, moviéndose con la precisión de una sombra. El bar del Elixir había quedado atrás, junto con los llamadas transatlánticas y los mensajes.

Sela era una silueta inmóvil bajo el edredón, su respiración rítmica y profunda indicaba que el cansancio le había ganado la batalla por completo. Deus no encendió ninguna luz. 
Con la destreza de quien está acostumbrado a operar en la penumbra, se despojó de la chaqueta del traje y la dejó perfectamente colocada sobre el galán de noche. La corbata y la camisa blanca le siguieron, revelando una constitución física atlética y poderosa que la ropa de corte impecable solía disimular.
Finalmente, se quedó solo en unos boxers oscuros. 

Se acercó al borde de la cama con una cautela extrema, observando por un segundo la mata de pelo de Sela que asomaba sobre la almohada. Respetando escrupulosamente la distancia de la que ella había hablado en el ascensor, Deus levantó el embozo de las sábanas con una suavidad quirúrgica.
Se deslizó en su lado del colchón, sintiendo el lino frío ceder bajo su peso. A pesar de su tamaño, la cama apenas vibró. Se quedó tumbado boca arriba, con los brazos a los lados. No hubo contacto, ni intentos de acortar la distancia; solo el silencio de dos personas compartiendo cama en el corazón de París, mientras él cerraba los ojos. 

Deus se acomodó bajo las frías sábanas de lino, ajustando su respiración hasta que el latido de su corazón se convirtió en un tamborileo lento y distante. A su lado, la respiración de Sela marcaba un ritmo pausado, irradiando el calor de un cuerpo sumido en el descanso absoluto. Él cerró los ojos, no para dormir, sino para despertar en el otro lado.

​El desprendimiento fue instantáneo, un deslizamiento fluido fuera de la pesada cáscara de carne y hueso. 
Dejó atrás el mundo material con soltura, rompiendo las ataduras de la gravedad, y abrió su percepción a la abrumadora luminiscencia del plano astral.
​La transición fue total y absoluta. Las reglas de la física colapsaron para dar paso a la cruda y caótica topografía del maná.
​En el espacio astral, la lujosa suite del Hotel Elixir perdió todo su esplendor mundano. Los muebles de caoba, los gruesos cortinajes y los muros de mampostería se redujeron a sombras translúcidas, ecos grises e inertes que apenas ofrecían resistencia a la vista. El mundo inanimado era una maqueta deslucida, un esqueleto neblinoso y sin textura.
​Sin embargo, la vida y la magia estallaban en un espectro de colores imposibles de concebir con retinas humanas.

​Al mirar hacia la cama, Deus contempló su propio cuerpo físico en estado de trance, unido a él por el brillante hilo de plata de su enlace astral. 

​Én su forma proyectada, era una entidad de poder puro. Su forma astral brillaba con una luz fría, densa y cortante, definida por la inmensa disciplina de su voluntad mágica. Ya no llevaba traje ni reloj; era la manifestación desnuda de su intelecto y su poder. No necesitaba pulmones para respirar ni extremidades para moverse. En este reino, la forma seguía a la función, y el espacio no era más que un concepto que podía doblegar a voluntad.

​Con un simple impulso mental, se elevó y atravesó el techo gris y translúcido de la habitación sin sentir roce alguno. París se desplegó bajo él, no como una ciudad de piedra y luces de neón, sino como un océano infinito de auras parpadeantes.

​Liberado de su anclaje, Deus fijó su atención en el oeste, apuntando su conciencia hacia el otro lado del mundo, y se lanzó a través de la vasta y brillante inmensidad del plano astral a la velocidad del pensamiento.



16 de Enero, 2065. Viernes. Apartamento de Elena, Distrito corporativo. 17:53.

Elena salió de la bañera arrastrando los pies sobre las baldosas frías, dejando un rastro de agua que no se molestó en limpiar. El espejo estaba empañado, una superficie gris y ciega que le devolvía una versión borrosa de sí misma, lo cual agradeció.

Cogió el secador. El estruendo del aparato llenó instantáneamente el cubículo del baño, un ruido blanco y violento que agradeció porque ahogaba el silencio de su apartamento y los pensamientos que amenazaban con desbordarla de nuevo.
Con movimientos mecánicos, Elena inclinó la cabeza y dejó que el aire caliente golpeara su cuero cabelludo. Mientras el vaho del espejo se disipaba por el calor, empezó a verse a trozos. Primero sus ojos, inyectados en sangre por el llanto y el cloro; luego su cuello, donde todavía creía notar la presión de los dedos de Johnson.
Se quedó inmóvil, con el secador aún rugiendo en su mano derecha, observando su propio cuerpo como quien inspecciona una pieza de equipo alquilada que ha vuelto con daños.

Su mirada descendió inevitablemente. Allí estaba, el rastro más evidente de su capitulación. Atendiendo a los deseos de Saúl, se había depilado por completo el vello púbico antes de ir al yate. Se vio expuesta, de una manera casi infantil y vulnerable que la hizo sentir una punzada de asco renovado. No era una elección estética; era una marca de propiedad. Johnson lo había pedido como quien pide un acabado específico en la tapicería de un coche nuevo, y ella, en su afán por agradar al hombre que creía poder manipular, había obedecido sin pestañear.
Ahora, bajo la luz cruda de los fluorescentes, esa zona suave y desprotegida le recordaba que no quedaba ni un solo centímetro de su anatomía que no hubiera sido vendido. Era la imagen de la sumisión absoluta: la maga que aspiraba a secretos divinos, reducida a una forma física pulida y preparada para el consumo de un ejecutivo aburrido.

Apagó el secador de golpe.
 
Se envolvió en un albornoz blanco, demasiado grande y áspero. Elena se cerró el albornoz con fuerza, anudando el cinturón hasta que le cortó un poco la respiración. Se pasó los dedos por el pelo, ahora seco y encrespado, y se obligó a salir del baño. Mañana tendría que volver a ser la muñeca de Jhonson, pero esa noche, en la oscuridad de su cuarto, Elena solo era un cuerpo vacío que recordaba con cada roce de la tela la humillación de haber cumplido, hasta en el detalle más íntimo, las órdenes de su dueño.

—Aquí estoy, Elena. —La voz sobresaltó a Elena. No la reconocía, era una voz abisal, reverberante, que sonaba en su cabeza. 

Elena comprendió que Deus cumplía su palabra de manera que solo un mago podría, enviando su mente como una proyección astral sin que su cuerpo la acompañase. Se giró para contemplar al ser de luz —la manifestación astral— flotando en su pasillo, junto a la puerta de su baño. 

La proyección astral de Deus se manifestaba en el pasillo como una anomalía de energía pura que desafiaba la solidez del mundo físico. No era una figura humana definida, sino una masa de luz amarillenta y vibrante que parecía arder con una intensidad gélida. Su forma era fluida y cambiante, un resplandor dorado que se difuminaba en los bordes, fundiéndose con el aire del apartamento.
El contorno del ser era vago, una silueta etérea que apenas sugería una presencia imponente sin llegar a concretar rasgos humanos. La luz que emanaba no era estática; pulsaba con un ritmo propio, desprendiendo jirones de energía que se elevaban y se desvanecían antes de tocar el techo. Su brillo, aunque difuso, iluminaba las paredes blancas con un tono ocre, proyectando sombras largas que parecían temblar ante la sola presencia de aquella entidad.
Parecía una visión capturada entre dos planos: una columna de luz líquida que flotaba en el vacío, hermosa y aterradora a la vez.


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