Todo empezó con Mouse

14 de Enero, 2065. Miércoles. Ático de Deus,  Belltown.  21:57

El aire en el ático estaba saturado con el aroma sintético del perfume de Cindy. En el espejo del techo, la imagen era nítida: los músculos del hombre, sobre la mujer y entre sus piernas, se tensaban con cada embestida.

Cindy gimió con una intensidad ensayada, echando la cabeza hacia atrás mientras sus manos recorrían los deltoides de Deus. Era una profesional; sabía exactamente cuándo arquear la espalda y cómo presionar sus pechos contra el torso del hombre para maximizar el contacto. Sus labios, carnosos por el tratamiento de silicona, se entreabrieron buscando los suyos, ofreciéndole esa imitación de intimidad que el neo-yen podía comprar en cualquier esquina de Seattle.

Sin embargo, para Deus, el momento era un desquite, un placebo antes que auténtico deseo. El cabello rubio de Cindy no tenía la textura de la seda real, y su piel carecía de ese brillo natural y casi etéreo que recordaba en Rachel. Cada golpe de cadera era un intento de enterrar la frustración de saber que, aunque era capaz de doblegar las leyes de la física, todavía no había doblegado la voluntad de la elfa que bailaba bajo las luces de neón del club Pandemonium.

De repente, su ordenador —una terminal de escritorio cercana— emitió un suave tono de notificación. Era una frecuencia encriptada que solo unos pocos conocían.

Un gruñido sordo escapó de la garganta de Deus mientras aceleraba el ritmo. Se centró en la fricción, en el calor húmedo de Cindy y en el roce en la punta de su polla, forzando al cuerpo a alcanzar el clímax para liberar la tensión acumulada. Ella respondió con un grito ahogado, clavando sus uñas en los hombros del hombre mientras este se corría con fuerza dentro de ella —los condones no iban con la naturaleza de Deus—, descargando no solo el semen, sino parte de la frustración que el recuerdo de Rachel le generaba.  

Richard se salió de ella de inmediato, sin el post-coito habitual que ella habría esperado por el precio pagado. El espejo del techo reflejaba ahora una escena de abandono: Cindy recuperaba el aliento entre las sábanas de seda, mientras Deus permanecía de pie junto a la cama, con la musculatura aún tensa.

Caminó hacia la terminal, ignorando la mirada de confusión de Cindy. El mensaje en ella seguía parpadeando. Al abrirlo, se desplegó un escueto informe de situación:

DE: Mouse 2065/01/14 21:58 UTC-8
PARA: Deus
ASUNTO: Problemas en el Pandemonium

Un grupo de hijos de puta de Los Ancianos se han pasado de la raya. Han cerrado el club desde dentro. Dicen que ahora es propiedad privada. No sé cuánto tiempo aguantará la cosa ni que ha pasado con la seguridad del local. Pensé que siendo el turno de la señorita Divine querrías estar al tanto. 

El pánico, ese sentimiento casi olvidado para alguien con su nivel de maestría, se mezcló con una furia fría. En el Sexto Mundo, estos asuntos en un club de striptease solían terminar en sangre, y Rachel, a pesar de su lengua afilada y su actitud provocadora, seguía siendo una metahumana de carne y hueso frente a la brutalidad de las calles.

Richard lanzó un fajo de nuyens extra sobre la mesilla, más que suficiente para que Cindy no hiciera preguntas y olvidara la interrupción. Ella, detectando el cambio drástico en el aura de la habitación —una frialdad que no provenía del aire acondicionado, sino de la determinación del mago—, se vistió con una velocidad mecánica, ocultando su cuerpo bajo una chaqueta de sintecuero mientras salía casi trotando del ático sobre sus tacones.

Se quedó solo un instante. Sus manos, grandes y firmes, recorrieron los focos que descansaban en un estuche de madera de ébano: 10 anillos, 3 pulseras, 1 colgante, 1 collar, y un cuchillo con su hoja tallada con runas arcanas, una fortuna que bien valía su precio. 

—Los Ancianos... —murmuró mientras se enfundaba colocaba sus focos arcanos. 

Conocía las calles. Eran la banda de elfos más grande de Seattle y de cualquier lado, sí, y la mayoría eran supremacistas elfos de postal, pero esos moteros tenían un código. No solían ensuciarse las manos con secuestros vulgares de sus propios congéneres.

Se vistió, tomando ropa de su vestidor (vaqueros negros, una camiseta gris de manga larga, y botas militares), y se cubrió con una gabardina de cuero negro de Urban Wardrobe.

Bajó al garaje privado por su ascensor privado. Su vehículo, un Eurocar Westwind modificado, rugió. Mientras atravesaba las calles lluviosas de Seattle, la mente de Deus ya trazaba planes de contingencia. Si habían cerrado el club desde dentro, no era una pelea de bar; era un asedio.



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