3 días de hotel


16 de Marzo, 2057. Jueves. Inn at the Market, Pike Place Market. 07:15.

El sol de la mañana se filtraba de forma implacable por los ventanales de la suite del Inn at the Market. El resplandor que rebotaba en las aguas del estrecho de Puget bañaba la habitación con una luz dorada y limpia, demasiado real para alguien acostumbrada a los filtros cromáticos de los clubes del centro.

Sonia despertó entre sábanas verdes, sintiendo el frío del lado vacío de la cama. 

Un calor húmedo y persistente recorría el cuerpo de Sonia. Al cerrar los ojos, la imagen de Richard —su voz, la promesa de sus manos anoche y en Febrero, cuando todo empezó— volvía a ella con una fuerza eléctrica. Aún sentía ese cosquilleo en el bajo vientre, una mezcla de adrenalina y deseo residual que la hacía sentirse más viva que nunca.

Pero, junto al deseo, resonaban como un eco las advertencias de Richard. Eran instrucciones precisas, grabadas a fuego en su mente:

Silencio digital. Nada de commlinks. Nada de credisticks. Richard se había quedado con su teléfono para atraer la mirada de su padre. 

Richard había sido insistente con las cámaras. "Si te mueves, Sonia, hazlo por los puntos ciegos. Capucha, gafas oscuras, la cabeza baja. No dejes que el software de reconocimiento facial te ponga una etiqueta en el mapa".

Ni una sola conexión a la Matríz. Ni un mensaje, ni una consulta de saldo. En el momento en que sus datos tocaran la red, los rastreadores de la familia la detectarían como una señal de bengala en mitad de la noche.

El aire del estrecho de Puget entraba por una rendija del ventanal, trayendo el olor a sal y a combustible de los transbordadores. 

Sonia se incorporó, sintiendo el roce de la seda contra su piel. La tentación de romper las reglas, de buscar a Richard, era casi insoportable. Miró el espejo del tocador. No veía a la hija de corporativos; veía a una mujer que empezaba a saborear la libertad. Solo una mujer joven con el pelo revuelto y los ojos endurecidos.

Afuera, el mercado empezaba a cobrar vida. Se sintió extrañamente vulnerable sin su conexión constante. Estaba "offline", una sensación que en aquel 2057 era casi como no tener vida. Su cuerpo reaccionó a esa vulnerabilidad; la excitación de ser una fugitiva en su propia ciudad la hizo respirar con dificultad. Se dirigió al baño a quitarse de encima la excitación acumulada. 

El agua de la ducha comenzó a correr, pero Sonia no entró de inmediato. Se quedó observando el vapor empañar el espejo, ocultando poco a poco su reflejo. El vapor de la ducha pronto se convirtió en una neblina que aislaba a Sonia del resto del mundo, creando un santuario privado en medio de la persecución. Se sentó sobre el mármol frío, buscando ese contraste térmico que disparaba sus nervios.

Se sentó en el borde de la bañera de mármol sintético, dejando que el calor del ambiente relajara sus hombros, aunque su mente estaba en cualquier lugar menos en calma. Cada vez que cerraba los ojos, no veía la luz temprana del Pike Place Market, sino la oscuridad del museo en Febrero.

Cerró los ojos y, de inmediato, la oscuridad de sus párpados se llenó con el rastro de Richard. No era solo un recuerdo; era una presencia fantasmagórica que sentía en la punta de sus dedos. Sus manos comenzaron a recorrer su propia piel con una urgencia que era física desde ya hace un rato.

Sus dedos, aún temblorosos por la falta de nicotina y el exceso de adrenalina, recorrieron su propio cuerpo. Era una necesidad de reafirmación; en un mundo donde todo era digital, hackeable y efímero, el placer físico era la única verdad a la que podía aferrarse.

La fricción rítmica y ascendente se sincronizaba con el eco de las palabras de Richard en su oído, esa promesa de libertad que la hacía arquear la espalda. Sonia se perdió en la geografía de su propio deseo, explorando los pliegues de su sensibilidad con una urgencia que nacía del recuerdo del vídeo de su madre, y de su encuentro con Richard en Febrero, y anoche. 

El calor húmedo del baño se fundió con el fuego interno que la consumía. Sus respiraciones se volvieron cortas, entrecortadas, como si el aire  fuera demasiado escaso para la intensidad de lo que estaba sintiendo. El pensamiento de Richard allá afuera, velando por ella, se mezclaba con la fricción y el calor, llevándola a un clímax que fue una descarga eléctrica silenciosa que recorrió su columna vertebral.

Fue una explosión silenciosa, un grito que murió en su garganta mientras sus músculos se tensaban y luego se relajaban en una entrega total. Por un instante, Sonia no era una fugitiva,  ni una hija de Aztechnology; era simplemente puro impulso y vida, la mismísima representación de la diosa. 

Minutos después, Sonia salió del baño envuelta en una toalla blanca, con la piel encendida y la mente, por fin, fría. La excitación residual se había transformado en una determinación férrea.


16 de Marzo, 2057. Jueves. Inn at the Market, Pike Place Market. 09:35.

Sonia se dejó caer en el sillón de cuero frente al ventanal, ya vestida con su vestido de tonos turquesa y jade, sintiendo el frescor del aire acondicionado de la suite. Una sombra densa empezó a reptar por su mente.

​Miró el Pike Place Market allá abajo, una colmena de gente anónima, y pensó en Richard. Había algo en su seguridad, en esa forma casi arrogante de moverse que la fascinaba. Richard la ponía. Y como había dicho ayer, tenían un polvo pendiente. O varios. Pero también era el arquitecto de su desaparición. "Silencio digital", le había dicho. Pero el silencio era un caldo de cultivo para la paranoia.

​Entonces, el pensamiento del vídeo de su madre emergió como un veneno.

​Si Richard decidía pulsar el botón de enviar, si esas imágenes degradantes llegaban a la Matríz Sonia sabía que algo dentro de su madre se rompería para siempre. Para el propio Richard también debiera haber consecuencias. —Sonia recordó la imagen de Richard mirando a cámara, sujetando por la nuca a su madre para masturbarse sobre ella— 
Pero que llegase a su padre, podría ser la venganza contra ambos por años de atarla en corto en su jaula dorada, y por años de haberla juzgado en secreto como una golfa.

​—Si lo reciben —pensó, con los ojos fijos en un transbordador que cortaba las aguas del estrecho—, su matrimonio quedará destruido y la carrera de papá más todavía, pero mamá sería la primera víctima.  ¿O quizás sería exponerla ante un espejo para que reconociese la clase de mujer que era? —Recordó su imagen, y la voz en off de Richard diciéndola que lo había perdido todo por la polla de un desconocido, o algo así—.

También pensó en quien sería esa tal Kassandra que grababa a ambos, con quien Richard parecía estar en sintonía. La voz de la mujer sonaba joven, con un acento ruso o eslavo. Su imagen —Rubia o platino hasta la cintura, enfundada en un mono de cuero negro escotado— la daban aspecto joven, una modelo probablemente. Visto lo visto, sin duda era la muñeca de Richard. 

​Imaginó su venganza contra sus padres no como un acto de justicia, pues no lo era, si no como un golpe poético de quien había sido tachada secretamente de puta por un matrimonio que de seguro había hecho cosas peores que disfrutar de la vida para medrar en la corporación. Ya no bastaba con esconderse. Necesitaba estar lista para tomar las riendas.


16 de Marzo, 2057. Jueves. Inn at the Market, Pike Place Market. 11:46.

Necesitaba tabaco. Al abrir la puerta de la habitación, el pasillo del hotel le pareció una extensión infinita de alfombra silenciosa y luces indirectas. No se dirigió a los ascensores cromados del centro; sabía que allí había cámaras, y aunque no era probable que Aztechnology ya tuviese reconocimiento facial buscándola en todos los nodos de la RTL como si fuese una terrorista, era mejor no arriesgarse. En su lugar, buscó la puerta gris de la escalera de incendios.

El descenso fue rítmico. Sus pasos resonaban en el cajón de hormigón y metal, un sonido seco que se multiplicaba en los pisos inferiores. Bajó cinco plantas sintiendo cómo el aire se volvía más pesado, perdiendo el aroma a lavanda del hotel y ganando el olor a grasa de los conductos de ventilación.

Sonia se detuvo un segundo tras la pesada puerta de madera y cristal del Inn at the Market, dejando que sus pulmones se adaptaran al cambio de atmósfera. El aire filtrado y estéril de la suite fue sustituido por el bofetón sensorial de Seattle: una amalgama de salitre del estrecho, el aroma a levadura de las panaderías cercanas y ese olor que siempre dejaba la lluvia sobre el pavimento caliente.

Cruzó la puerta, y se vio sumergida en el flujo humano. Sonia se fundió en la corriente de turistas con cámaras, locales de la metroplex y trabajadores del mercado. Caminó con paso decidido pero sin prisas, imitando la inercia de la multitud. 

A cada paso, sentía una punzada de ansiedad: la ausencia de su teléfono era como haber perdido un sentido, una ceguera digital que la obligaba a confiar solo en sus ojos orgánicos. Se fijó en los reflejos de los escaparates, usándolos como espejos retrovisores improvisados para asegurarse de que ninguna figura destacaba detrás de ella.

Finalmente, se detuvo ante un puesto que vendía piroshki humeantes. Sacó el checkstick con el que pagaba su piso, sintiendo el plástico entre sus dedos, y esperó a que el vendedor le diera su almuerzo. Luego buscó una expendedora y compró tabaco. 

Aprovechó a salir del mercado y gastar algunos neoyenes más de forma estratégica comprando ropa que no fuese su estilo, y que ocultase su rostro. Gafas de sol de plástico de tipo aviadora, una gorra con visera que conjuntaba con las gafas, pantalones vaqueros, deportivas, dos camisetas, una mochila donde apenas cabría todo, y una chaqueta de sintecuero barata que por su precio no duraría demasiado. 

Sonia acababa de salir de una pequeña boutique de ropa de segunda mano. Llevaba tres bolsas de plástico reciclado con su ropa, y se congeló junto a un puesto de fideos chinos. A menos de veinte metros, vio dos agentes de Lone Star en su ronda rutinaria por la zona.

Caminaban con esa parsimonia aburrida de quien ha recorrido el mismo sitio mil veces. Uno de ellos ni siquiera miraba a la multitud; estaba demasiado ocupado ajustándose un implante auditivo que parecía darle problemas. No buscaban a una fugitiva; buscaban, como mucho, a algún carterista de poca monta o a un vendedor de chips BTL sin licencia. 

Probablemente su padre sería más esperable que lograse incluirla en la lista de vigilancia de la metroplex para encontrarla a través de la malla, que pasar su imagen a las compañías de seguridad para que las distribuyes en entre sus empleados. ¿Pero y si no? 

Dio media vuelta con una calma fingida y regresó al Inn at the Market. Subió las escaleras de incendios, y se deslizó por el pasillo y entró en la suite, cerrando la cerradura magnética. Se apoyó contra la madera, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo.

La habitación seguía exactamente igual: la cama revuelta, el rastro del vapor en el baño ya disipado hace horas y la luz dorada de Seattle bañando los muebles de diseño. Pero ahora, las paredes de cristal que ofrecían una vista impresionante del estrecho de Puget se sentían como una vitrina. Sonia se acercó al ventanal, pero se mantuvo a un lado, oculta tras la pesada cortina de seda marrón, para comprobar que el mercado seguía con su normalidad. Cuando vio que sí, corrió las cortinas por completo. Iba a ser una tarde aburrida encerrada aquí dentro. 


16 de Marzo, 2057. Jueves. Inn at the Market, Pike Place Market. 18:50

Sí. La tarde había sido realmente aburrida como había anticipado. El reloj digital de la pared proyectaba las 18:50 en un rojo mortecino, pero para Sonia el tiempo se había vuelto elástico, una masa viscosa que se estiraba sin avanzar. El zumbido del aire acondicionado era el único hilo que la unía a la realidad mientras las horas de la tarde se desvanecían tras los ventanales del Inn at the Market.

Sonia se hundió en el sofá, con las piernas cruzadas y una mirada ausente. Entre sus dedos, un cigarrillo consumía su propia ceniza. El humo ascendía en perezosas espirales plateadas, rompiéndose contra el haz de luz dorada que el sol de Seattle proyectaba antes de hundirse en el estrecho. Era un lujo analógico en un mundo de neón; el sabor áspero en su garganta era lo único que la hacía sentir real.

En la pantalla de la suite, el trideo emitía sin sonido. Pasaban ráfagas de noticias sobre la inestabilidad de los mercados en Tokyo, seguidas de anuncios hipercoloridos que prometían la felicidad a cambio de unos cuantos miles de neoyenes. Sonia lo miraba con desprecio. Todo era fachada, una capa de pintura brillante sobre una sociedad que se caía a pedazos. Cambió de canal con un gesto lánguido de la mano, buscando algo, cualquier cosa que no fuera propaganda corporativa, hasta que se cansó y dejó una vieja película de cine negro. 

El aburrimiento era peligroso para alguien como Sonia. Después de televisión sin sentido, la soledad se le había vuelto pesada. El placer solitario de la mañana no había sido suficiente; necesitaba sentir algo real, algo que no fuera su propia piel o el recuerdo de Richard. Necesitaba un recordatorio de que seguía viva y de que aún tenía poder sobre los demás.

Se acercó a la terminal de la habitación. Pulsó el botón del servicio de habitaciones.

—Suite 2. Quiero la cena. Una ensalada ligera, algo de fruta... y una botella de vino —dijo, bajando el tono de voz, dándole un matiz aterciopelado y sugerente que rara vez usaba.

Veinte minutos después, un suave golpe sonó en la puerta. Sonia se había despojado del vestido verde, quedando solo con una bata de seda negra cortesía de la suite, asegurándose de que . Se humedeció los labios y abrió.

Era un chico no mayor de veintiún años, con el uniforme impecable del hotel y un discreto implante de traducción en la oreja. Al ver a Sonia, el chico se quedó un segundo de más en silencio, con la bandeja suspendida entre ellos. Ella no retrocedió para dejarlo pasar; se quedó en el umbral, dejando que la seda se abriera ligeramente con el movimiento de su respiración.

—Déjala en la mesa —ordenó ella, con una sonrisa gélida pero invitadora.

El chico entró, visiblemente nervioso. Se notaba que no estaba acostumbrado a huéspedes que lo miraran con ese hambre depredadora. Mientras él disponía la botella y el plato, Sonia cerró la puerta con un clic metálico que resonó en toda la estancia.

Se acercó a él por detrás. Podía oler el jabón barato del uniforme y el sudor de los nervios. Sin decir una palabra, Sonia puso una mano sobre el brazo del chico, deteniendo sus movimientos. Él se tensó, pero no se apartó. En ese momento, Sonia no veía a un empleado de hotel; veía una herramienta, un cable de tierra para descargar toda la tensión, la rabia y el deseo acumulados de ser una fugitiva.

Lo giró hacia ella con firmeza. El chico tartamudeó algo sobre la cuenta, pero ella le puso un dedo sobre los labios.

—No quiero la cuenta —susurró Sonia, desatando el cinturón de su bata—. Quiero que me ayudes a olvidar que estoy encerrada aquí.

Empujó al chico contra la pared de la suite, justo al lado de la puerta, y el sonido de la bandeja de plata vibrando sobre la mesa fue el único preámbulo. Lo besó con una agresividad que lo dejó sin aliento, una mezcla de hambre y desesperación. Sus manos se movían con una urgencia febril, desabrochando el uniforme del joven con una eficiencia mecánica.

Sonia no buscaba delicadeza, buscaba impacto. Quería sentir el peso de un cuerpo real.

Fue un acto de rebelión pura. Mientras lo conducía hacia la cama, Sonia sintió una descarga de adrenalina. En un mundo donde su padre controlaba sus cuentas y Richard controlaba su seguridad, este momento le pertenecía solo a ella. El chico, superado por la situación y la belleza fría de Sonia, apenas pudo reaccionar antes de que ella lo condujera a la cama. 

—Hoy es tú noche de suerte —Sonia le sonrió pícara mientras se apartaba al sofá a coger un condón de su bolso.— Te vas a llevar la propina de tu vida —y le lanzó el condón directo a sus manos. 

El chico comenzaba a encajar la situación que le había venido dada. 

—Te traía la cena pero al final la cena vas a ser tú —bromeó mientras se quitaba el pantalón y los boxers y se colocaba el condón. 

Sonia lo quería allí, bajo ella, donde pudiera controlar el ritmo, donde pudiera ser la arquitecta de su propio alivio. Se deshizo de la bata negra en un solo movimiento, quedando desnuda bajo la luz anaranjada de las lámparas de la suite, una visión de piel morena y determinación gélida.

—No hables —le ordenó cuando él intentó volver a decir algo—. Solo fóllame lo mejor que puedas. 

Se posicionó sobre él, guiándolo con una mano firme y decidida. Cuando él la penetró, Sonia echó la cabeza hacia atrás, dejando escapar un suspiro largo que se convirtió en un gemido sordo. La sensación de su polla llenándola fue como un cable a tierra. Cada embestida del joven la obligaba a concentrarse en el aquí y el ahora, en el roce de la piel y el ritmo creciente de sus cuerpos.

Ella se movía con una cadencia propia, subiendo y bajando con una urgencia que rozaba la desesperación. Buscaba ese punto de fricción donde el placer se volvía casi doloroso, un recordatorio punzante de que seguía siendo dueña de sus sentidos. El chico, entregado por completo al ritmo que ella imponía, la sujetaba por las caderas, sus dedos hundiéndose en su piel mientras la habitación se llenaba del sonido rítmico de su unión y de la respiración entrecortada de ambos.

Lo que siguió fue un encuentro intenso y frenético. Sonia lo montó con una ferocidad que buscaba exorcizar el aburrimiento. Cada embestida era un desafío a la vigilancia de su padre, a las reglas de Richard, al silencio digital que la asfixiaba. Se aferraba a los hombros del joven, clavando las uñas en su piel, buscando en ese dolor físico un ancla que la mantuviera en el presente.
Solo era la urgencia de dos cuerpos chocando en la penumbra de una suite de lujo mientras Seattle brillaba con su neón indiferente al otro lado del cristal.

El sudor mezclaba sus cuerpos mientras la respiración de ambos se volvía un eco pesado en la habitación. Sonia cerró los ojos y, por un instante, el rostro del chico se desdibujó, convirtiéndose en un lienzo donde proyectar su necesidad de libertad. El clímax llegó como una descarga eléctrica, un espasmo violento que la dejó arqueada, con el corazón martilleando contra las costillas y un grito ahogado que murió en el cuello del joven.

Se quedó unos momentos sobre él, sintiendo cómo el calor del encuentro se disipaba lentamente. El chico respiraba agitado, todavía procesando el huracán que acababa de atravesarlo. Sonia, con la mente ya recuperando su nitidez, se incorporó y buscó su bata.

—Vete —dijo con voz plana, sin mirarlo—. No me viste, esto no ha pasado, pero si trabajas mañana este turno igual vuelves a verme.

—Sí que trabajo. Me llamo Christian. —el chico se incorporó para tirar el condón. 

Cuando la puerta se cerró tras él, Sonia se sentó en el borde de la cama. La follada le había cansado, pero la niebla mental del aburrimiento se había disipado.


17 de Marzo, 2057. Viernes. Inn at the Market, Pike Place Market. 07:23

El despertar de Sonia fue una transición borrosa entre la euforia del sueño y la fría soledad de la suite. Abrió los ojos de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas y el nombre de Richard aún vibrando en sus labios secos.

​En el sueño, él no era una sombra protectora ni un tio distante; era una presencia física abrumadora. Había sentido sus manos grandes y ásperas recorriendo su espalda, su voz grave susurrándole órdenes al oído mientras la poseía con una urgencia que en la realidad Richard siempre contenía. La sensación de ser dominada por él la había perseguido hasta la vigilia, dejandola con las ganas.  

​Sonia se quedó inmóvil bajo las sábanas de hilo, sintiendo cómo el aire acondicionado del hotel enfriaba el sudor fino que cubría su piel. Estaba en bragas, y la seda fina se sentía ahora como una lija deliciosa contra su cuerpo hipersensible.

​Sus pezones estaban duros y erguidos. El roce con las sábanas enviaba descargas eléctricas directamente a su vientre, que se contraía en espasmos involuntarios. Al moverse sutilmente, notó la humedad pesada y cálida entre sus muslos; sus bragas estaban empapadas, un rastro biológico de la intensidad del sueño que la hacía sentirse furiosamente viva.

​La sensación de su propio sexo, latente y congestionado, era una pulsación sorda que reclamaba el tacto de Richard. La lubricación era tan abundante que sentía cómo se deslizaba por su piel, recordándole que su cuerpo seguía siendo una traidora que anhelaba el contacto prohibido de su protector.

​—Maldito seas, Richard... —susurró hacia el techo sombrío, apretando las piernas con fuerza para intentar sofocar el fuego que le recorría las entrañas.

​La cama de lujo le parecía ahora demasiado grande, demasiado vacía, y el eco de los gemidos del sueño aún resonaba en sus oídos, mezclándose con el sonido de la ciudad que despertaba tras el cristal.

Sonia no pudo más. El recuerdo del sueño, el calor de la habitación y esa humedad persistente que le empapaba la seda de las bragas vencieron su última pizca de autocontrol. Se deslizó bajo el edredón nórdico, buscando la oscuridad y el refugio del peso de las mantas para entregarse por completo a la fantasía.

Cerró los ojos con fuerza y, por un instante, el silencio de la suite se llenó con el eco de la voz de Richard. Introdujo una mano bajo el elástico de sus bragas, encontrándose completamente anegada. El contacto de sus propios dedos contra su clítoris, hinchado y sensible, le arrancó un gemido que murió contra la almohada. Estaba tan lubricada que cada movimiento generaba un sonido húmedo y rítmico que la excitaba aún más, recordándole lo mucho que su cuerpo había echado de menos el contacto físico durante estos días de encierro.

Con la otra mano, se rodeó el pecho, apretando sus pezones duros entre el pulgar y el índice, tirando de ellos con una urgencia que rozaba el dolor. Imaginó que eran los dientes de Richard los que la mordían, que era su peso el que la inmovilizaba contra el colchón.

Sus dedos se movieron con una velocidad frenética, hundiéndose en su propia intimidad, buscando el fondo de esa necesidad que el sueño con Richard había despertado. El clímax no tardó en llegar, subiendo desde sus muslos como una marea eléctrica que la dejó arqueada bajo las sábanas. Sus músculos se tensaron hasta el límite, sus dedos se contrajeron dentro de ella y un espasmo violento la obligó a morderse el labio  para no gritar el nombre de su protector a las paredes vacías de la suite.

Cuando la onda expansiva del orgasmo empezó a remitir, Sonia se quedó inmóvil, con el pecho subiendo y bajando con violencia. Estaba exhausta, bañada en un sudor fino y con el rastro de la excitación pegado a su piel. 

Sonia se quedó petrificada, con el corazón aún latiendo con fuerza contra sus costillas y la humedad del orgasmo enfriándose. Lo que sus ojos captaron sobre la mesa auxiliar la dejó sin aliento.

Allí, bajo la luz mortecina que se filtraba por las cortinas, descansaba una botella de cristal tallado. No era parte del minibar del hotel. Reconoció la etiqueta de inmediato. Era una botella de tequila de reserva, de una marca artesanal Aztleña. 

El mundo pareció detenerse. Sonia estiró el brazo, rozando el cristal frío con los dedos todavía temblorosos. Era el mismo tequila que Richard y ella habían compartido aquel Febrero en la Pirámide de Aztechnology, cuando Richard le ofreció enviar a su padre un vídeo follándose a su mujer, su madre, solo por haberles molestado mientras ligaban. 

Lo botella significaba que Richard había estado allí por la noche. ¿Como había entrado? Que hubiese entrado y salido sin despertarla era lo de menos. 

Sonia se incorporó, dejando que la sábana cayera y revelara sus pezones todavía erguidos y el rastro de sudor en su pecho. Miró la botella y vio que estaba abierta; faltaba un dedo de líquido. A su lado, un pequeño posavasos de papel del hotel tenía una sola palabra escrita con una letra firme y cursiva:

"Vigilando."


17 de Marzo, 2057. Viernes. Inn at the Market, Pike Place Market. 08:33

Sonia cruzó el umbral del ascensor y se detuvo un instante. El vestíbulo del Inn at the Market era una pieza de arquitectura de alta gama, diseñada para que los huéspedes se sintieran importantes. El suelo era de mármol negro pulido hasta alcanzar un brillo de espejo, devolviéndole a Sonia una imagen distorsionada y fantasmal de sus propias piernas —envueltas en su nuevo vaquero— mientras caminaba.

El techo se sostenía con vigas de madera noble que sostenían una serie de lámparas de diseño minimalista. La luz era cálida pero indirecta, bañando los sofás de cuero color tabaco y las enormes macetas de terracota que contenían plantas. A un lado, una cascada de agua artificial caía sobre una pared de pizarra, generando un murmullo constante destinado a camuflar las conversaciones privadas.

Se dirigió hacia la salida y volvió a salir a la calle. Llevaba deportivas, vaqueros anchos, las gafas de sol y la gorra, una camiseta negra con corazón rojo (I ❤️ Seattle) y la cazadora de sintecuero barato. 

Sonia se alejó de la zona de Pike Place, moviéndose con la cautela de quien sabe que cada cámara podría ser un ojo de Aztechnology. Cruzó un par de manzanas hacia el noreste, evitando las arterias principales, hasta que divisó el Hotel Max. Era un edificio con una fachada más moderna, decorado con obras de fotógrafos locales, un lugar que atraía a una clientela más variopinta y menos corporativa que el Inn at the Market.


17 de Marzo, 2057. Viernes. Hotel Max. 08:41

Entró en el vestíbulo, que estaba bañado en una luz cálida y olía a café recién hecho y a madera tratada. No se detuvo en la recepción; sus ojos buscaron directamente una sala apartada, cerca de los baños, donde se encontraba una cabina de comunicaciones de estilo retro, un anacronismo de lujo.

Dentro, el aire olía a cera de muebles. Sonia miró el terminal. No era un trideofono moderno, sino un modelo clásico cableado de hace 70 años, aunque al lado tenía una terminal medio moderna integrada en el mueble de la cabina retro. Sus dedos, todavía un poco trémulos por la adrenalina del despertar y la visión de la botella de tequila, dudaron sobre la superficie de cristal.

Buscar a Richard directamente podía ser como encender una bengala en mitad de la noche. Si su padre tenía pinchada la RTL, el rastro de la llamada saltaría en los servidores de Aztechnology en milisegundos. Pero la palabra de Richard, "Vigilando", le quemaba en la mente. Quería saber dónde estaba, quería oír su voz, quería follarselo y que la follase. Y ya no aguantaba más. 

Realizo una búsqueda en la matríz para obtener teléfonos e información conocida de Richard Gordon. Sabía que era un movimiento arriesgado, pero la incertidumbre la estaba devorando más que el miedo.

La pantalla parpadeó mientras los algoritmos de búsqueda filtraban capas de datos locales, registros comerciales y archivos de la red de transporte. El resultado fue una avalancha de información, pero al mismo tiempo, un vacío absoluto.

Aparecieron docenas de perfiles. Un Richard Gordon que trabajaba como contable para una filial de Horizon, otro que era un instructor de tiro en Everett, e incluso un joven ingeniero en los muelles de Renraku. Pero ninguno encajaba.

Hasta que apareció un Richard Gordon empresario. Adinerado. Con dirección en Belltown e incluso dos teléfonos publicados. Uno era de Seattle, el otro no reconocía de que RTL era. Incluso mostraba su foto. Era demasiada información, de hecho, como si Aztechnology hubiese sembrado precisamente un perfil tan evidente. Pero era antiguo, podía rastrearse su actividad en redes sociales, aunque con baja actividad, hasta 2051.

Sonia tomó el teléfono, introdujo un checkstick y marco el primer número. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Y finalmente al décimo se cortó la llamada. Sonia marcó el segundo teléfono. Un tono. Conexión. 

Una voz masculina, con acento Aztleño respondió. La imagen de un corporativo trajeado apareció en pantalla mirando directo a la cámara. 
— ¿Si? 
Sonia colgó. Ese hombre no era Richard, y bien podía ser alguien de la corporación que intentase rastrear la llamada. 

Sonia volvió a marcar el primer número. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Diez tonos. Corte de la llamada. 


17 de Marzo, 2057. Viernes. Galerías de Elliot Avenue. 11:36

Caminó con paso rápido, evitando las avenidas principales. Se internó en unas galerías con dudoso aspecto, donde hubiese evitado entrar si no hubiese encontrado en un panel público que en este lugar existía una trideófono público. 

Las galerías eran un laberinto de pasillos sombríos, tiendas de curiosidades cerradas y olor a humedad estancada. Allí, entre un local de máquinas de vending y una tienda de componentes electrónicos, lo encontró.

Era un trideófono de modelo antiguo, una reliquia de Fuchi que sobrevivía milagrosamente. El cubículo estaba rayado con grafitis de bandas locales y la pantalla tenía una grieta que prometía una imagen distorsionada, pero era perfecto.

Sonia se deslizó dentro, cerrando la puerta plegable que chirrió sobre sus rieles. El espacio era asfixiante, impregnado de un olor a tabaco barato.  

Directa al asunto, Sonia marcó el primer número. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Cuatro tonos. 
—¿Si? —Era una voz femenina. Aunque no había imagen en la llamada, ese acento ruso hizo a Sonia caer en la cuenta que podría ser la rubia platino del vídeo. 

—Hola. Soy Sonia. Quiero hablar con Richard, he llamado antes. 

—Oh. Eras tú, vale. Richard no está. ¿Sigues en el Inn at the Market? ¿Quieres que le dé un mensaje de tu parte? 

Al parecer Richard había contado a su muñequita su aventurita. 

—Que pase para poder hablar. Dile que es importante y que necesito verle, porfavor. 

—Vale.

—¿Eres Kassandra?

—Sí ¿Te ha hablado de mí?

—No. Tú acento. He supuesto que eras la del vídeo. 

—Oh, vale, has visto el vídeo. Nos metiste en un problema con Aztechnology por tu puto padre, que lo sepas. Richard envío el vídeo para devolverle el golpe. 

—¿Ha enviado el vídeo a mi padre?

—Sí. Tú madre es ahora toda una pornstar, me parece. —Su voz sonaba jocosa. 

—Me dijo que yo decidía, y dije que de momento no. 

—Ya, cariño. Pero luego unos matones vinieron a casa buscando a Richard mientras estaba contigo follando o lo que sea, me trataron como a una puta, y Richard se vengó dando por culo a tu padre. ¿Pensabas que necesita tu permiso para mover piezas? —Otra vez ese tono jocoso. 

—No. —¿Por qué está mujer le generaba esa sensación de ser una segundona? ¿Kassandra era la mujer de Richard y ella solo una amante— Por lo que le conozco ya sé que hace lo que quiere. 

—Eso ni lo dudes. ¿Necesitas algo más? 

Sonia quiso preguntar, si había oído su llamada de esta mañana, porqué no había descolgado, pero está mujer le hacía sentir como una invitada. 
—No, solo dile que pase a verme. 

—Te dirá que no tendrías que haber llamado, pero le aviso, no te preocupes. 

—Gracias

Kassandra colgó. Se sentía celosa. 
Esa sensación de ser una segundona, una pieza de ajedrez que Richard movía a su antojo, se le clavó en el pecho como una esquirla de cristal. Kassandra no era solo una voz al otro lado de la línea; era la dueña del tablero. Esa seguridad, ese tono jocoso y despectivo, le gritaba a Sonia que ella no era especial. 
Para Richard, Sonia era el trabajo, la misión, quizás un desahogo sexual en una tarde aburrida; pero Kassandra... Kassandra era la que recibía las llamadas, la que compartía sus secretos y la que, al parecer, sufría las consecuencias reales de sus actos.

Los celos empezaron a quemarle en la boca del estómago, amargos como el tequila de la noche anterior. Se imaginó a Richard regresando a esa casa, quitándose la chaqueta de cuero y siendo recibido por esa voz rusa, compartiendo con ella los detalles de cómo la pobre niña rica se escondía o suspiraba por él. Se sintió utilizada. 

La revelación sobre su madre la dejó sin aire. Richard le había prometido que ella decidiría, le había dado la ilusión de tener el control, pero Kassandra acababa de dinamitar esa mentira. Richard no esperaba permisos; Richard ejecutaba. 

La imagen de su madre convertida en una puta a ojos de su padre, de la corporación y de cualquiera con acceso al video, le provocó sensaciónes encontradas. Era una humillación total, un incendio que Richard había provocado para devolver un golpe sin importarle a quién quemara por el camino. Pero también era la ostia que quería devolverles a sus padres. 

Sonia marcó el número privado de su madre, el que solo sonaba en el terminal de cristal que Lena guardaba en su vestidor. Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Cuatro tonos. Al cuarto tono, la línea se abrió, pero nadie habló y la imagen estaba desactivada; solo audio.  

​Solo se escuchó una respiración entrecortada, un sollozo ahogado que intentaba, sin éxito, mantenerse bajo control.

​—¿Sonia? —La voz de Lena sonó rota, apenas un hilo de voz que temblaba violentamente—. 

—Mamá, creo que ya has visto el video. 

​Se oyó el sonido de un sorbo nasal. Lena rompió a llorar de forma desconsolada, un llanto de mujer rota y atrapada.

​—¿Dónde estás? —preguntó entre sollozos—. Sácame de aquí, Sonia. O mátame tú misma, 

—Mamá. Todos estos años diciéndome que no sea tan fresca, y mira, ¿Quien es la puta ahora?

Se produjo un silencio súbito al otro lado de la línea, un vacío tan absoluto que por un segundo pareció que la conexión se había cortado. 
—¿Cómo puedes...? —la voz de Lena llegó como un susurro asfixiado, cargado de una incredulidad dolorosa—. Sonia, soy tu madre...
Se oyó el eco de un golpe seco, como si Lena hubiera dejado caer el terminal o se hubiera desplomado contra el tocador de mármol. El llanto volvió, pero esta vez no fue de autocompasión, sino de una humillación que había llegado al fondo del pozo.
Lena empezó a hiperventilar; el sonido de su respiración era errático, casi metálico a través del auricular.
—Por favor... Sonia... no me hables así. Soy lo único que tienes. 

—Mamá. En la exposición de febrero estaba ligando con Richard. Papá nos interrumpió a su manera, ¿y sabes? Esto es nuestra respuesta a esto.

Se escuchó un silencio pesado, un vacío gélido al otro lado de la línea que duró varios segundos. El sonido de la respiración de Lena se volvió superficial, como si el aire le quemara al entrar en los pulmones. La revelación de Sonia cayó sobre ella con más peso que los golpes de Michel.

Se oyó el tintineo de cristal contra cristal; probablemente Lena estaba intentando servirse algo de beber con la mano temblorosa. Se escuchó un trago largo y desesperado antes de que volviera a hablar, esta vez con una voz que sonaba muerta, vaciada de cualquier rastro de orgullo.
—Así que esto era... —dijo con amargura—. Tú y él. Jugando a las revoluciones. Michel os cortó porque sabía que Richard era un buitre, Sonia, pero tú... tú te aliaste con él para destruirnos.
Lena soltó un sollozo ahogado, una risa seca que sonó a derrota absoluta.

Su voz se elevó, cargada de una urgencia febril—. ¡Sonia, escúchame! —La llamada se cortó abruptamente con un chasquido electrónico, dejando a Sonia con el auricular en la mano y el eco del terror de su madre rebotando en las paredes de la cabina.

Sonia volvió a marcar, pero la llamada no se establecía. Se cortaba en el primer tono. ¿La estaría bloqueando Aztechnology? Todas sus líneas telefónicas eran de Aztechnology, ciertamente. 


17 de Marzo, 2057. Viernes. Inn at the Market, Pike Place Market. 11:50

Sonia había regresado a su hotel. Se sentía desnuda, y no de la forma excitante de esta mañana, sino expuesta y ridícula. Había llamado buscando consuelo, buscando al hombre que la vigilaba, y se había encontrado con la mujer que realmente lo conocía, y se había delatado probablemente a Aztechnology. 

Caminó hacia el ascensor con la mandíbula apretada. El orgullo le escocía más que el miedo a que la corporación estuviese de camino. Kassandra tenía razón en algo: Richard le diría que no tendría que haber llamado. Y lo que más le dolía a Sonia era saber que, a pesar de los celos, a pesar de la traición con el vídeo y a pesar de la rusa, seguía queriendo que le metiese la polla. 

17 de Marzo, 2057. Viernes. Inn at the Market, Pike Place Market. 13:40

Se acercó a la terminal de la habitación. Pulsó el botón del servicio de habitaciones.

—Suite 2. Una hamburguesa de carne, con queso, bacon, y huevo, porfavor. Sin bebida. 

—¿Nada de beber?

—No, todavía ni he tocado la botella de anoche. Gracias. 


17 de Marzo, 2057. Viernes. Inn at the Market, Pike Place Market. 17:03

Sonia estaba tumbada en el sofá de la suite, sintiendo que el silencio del hotel pesaba más que el aire viciado de Seattle. El aburrimiento, ese compañero insidioso de las esperas prolongadas, se había instalado en la habitación como una niebla densa. Sobre la mesa de centro, la botella de vino —el tinto reserva de anoche— estaba en las últimas.

Apoyó la cabeza en el respaldo y dejó que el último trago resbalara por su garganta, cerrando los ojos. El alcohol empezaba a enturbiarle los sentidos, y con la guardia baja, venían los recuerdos.

No era Richard quien aparecía ahora en su mente. Era Laura.

Recordó el olor de su piel, un perfume caro de rosas. Laura había sido... fuego. Sonia recordó cómo se sentía estar bajo ella en aquel apartamento de Tenochtitlan. os suburbios, lejos de los ojos de Aztechnology, donde las únicas reglas que importaban eran las que dictaban sus manos.

Recordó la suavidad de los labios de Laura recorriéndole el cuello, y la fricción deliciosa de sus muslos entrelazados. El sexo con ella era distinto al hambre cruda que sentía por Richard; era una danza de espejos, un reconocimiento de su propia anatomía en la otra. Sonia evocó la sensación de los dedos de Laura, expertos y decididos, buscándola bajo la seda, y cómo el mundo desaparecía cuando sus lenguas se encontraban. En aquel entonces, no había conspiraciones, solo el calor de dos cuerpos que se negaban a ser solo activos corporativos.

Apuró el último centímetro de vino, dejando la copa vacía sobre la alfombra. El mareo era dulce, pero el aburrimiento seguía allí, intacto.

Se miró las manos, las mismas que horas antes habían buscado alivio pensando en un hombre que la usaba como carnada. Se sentía extraña, una versión de sí misma que ya no encajaba en ningún sitio. 

El recuerdo de Laura era un refugio de una vida anterior, aunque mantenían el contacto por videollamada. El recuerdo de aquella noche en el club Oaxaca le vino a la cabeza al dejar la copa en el suelo. 


5 de Febrero, 2051. Domingo. Club Oaxaca, Tenochtitlan, Downtown. 02:13

El Club Oaxaca no era un lugar para los débiles. El aire estaba tan cargado de humo, feromonas y beats sintéticos que se podía masticar. Sonia recordaba el bajo retumbando en su esternón, una vibración constante que borraba el pensamiento y dejaba solo el instinto. Estaban en el centro de la pista, rodeadas de cuerpos sudorosos que se movían como una sola masa bajo las luces estroboscópicas moradas y doradas.

Laura estaba detrás de ella. No pidió permiso; nunca lo hacía. Simplemente pegó su cuerpo contra la espalda de Sonia, sus caderas encajando con una precisión obscena, marcando un ritmo lento y deliberado que contradecía la velocidad frenética de la música.

—Nadie mira, Sonia... o tal vez todos lo hacen —le había susurrado Laura al oído, mordiéndole el lóbulo con fuerza suficiente para hacerle daño, antes de besarle el cuello húmedo de sudor.

La mano de Laura, fría por el gin-tonic que acababa de soltar, se deslizó por el abdomen de Sonia, bajando con una lentitud tortuosa sobre la seda del vestido. Sonia echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Laura, y cerró los ojos, entregándose a la anticipación. Cuando los dedos de Laura se colaron bajo el dobladillo de su falda, el mundo se redujo a ese punto de contacto.

Laura apartó la tela de su ropa interior con un movimiento seco y decidido. El contacto de sus dedos contra la piel desnuda y completamente húmeda de Sonia fue eléctrico. Sonia ahogó un grito, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerse sangre, mientras Laura comenzaba a moverse con una destreza que conocía de memoria, buscando y encontrando su clítoris con una precisión letal.

Las piernas de Sonia flaquearon. Se tuvo que aferrar a los muslos de Laura para no caerse, mientras el placer subía por su columna como una descarga. Laura no se detuvo; aceleró el ritmo, sus dedos moviéndose en círculos implacables, ajena al caos del club, o quizás alimentándose de él.

Fue entonces cuando Sonia abrió los ojos y se dio cuenta.

Se había formado un espacio a su alrededor. La gente había dejado de bailar. Un círculo de voyeurs, con los ojos dilatados por las drogas y la lujuria, las observaba fijamente. Pero nadie se atrevía a acercarse. Eran la realeza del Club Oaxaca en ese momento. Sonia vio a un hombre dejar de beber su copa, hipnotizado por la forma en que ella arqueaba la espalda; vio a una mujer susurrar algo al oído de su pareja sin dejar de mirar cómo la mano de Laura trabajaba bajo su falda.

Lejos de detenerse, la exhibición la disparó. El saberse observada, el sentir que Laura la poseía frente a toda esa gente, la empujó al borde.

—Méteme... —gimió Sonia, sin importarle quién la oyera.

Laura hundió dos dedos dentro de ella al mismo tiempo que presionaba su pulgar contra el nervio más sensible, y Sonia se deshizo. El orgasmo la golpeó con la fuerza de una marea, sacudiéndola de pies a cabeza mientras los beats del club estallaban al unísono con su propio pulso.

Laura la arrastró fuera del círculo de mirones, con una mano aún húmeda por sus propios flujos entrelazada en la suya. El trayecto hasta los baños del Club Oaxaca fue un borrón de luces estroboscópicas y hombros chocando contra ellas, pero Sonia solo sentía el rastro de fuego que Laura había dejado entre sus piernas.

Entraron en un cubículo de paredes de metal rayadas y luces de neón parpadeantes que zumbaban con una frecuencia eléctrica. Laura cerró el pestillo con un golpe seco y, antes de que Sonia pudiera recuperar el aliento, la empujó contra la pared fría.

—Te gusta que miren, ¿verdad? —susurró Laura, su voz era un ronquido bajo, cargado de una urgencia que hizo que a Sonia se le doblaran las rodillas.

Sin esperar respuesta, Laura se hundió entre sus piernas. Se arrodilló sobre el suelo de baldosa sucia, ignorando todo lo que no fuera el cuerpo de Sonia. Sus manos, expertas y posesivas, agarraron los muslos de Sonia y los abrieron de par en par, exponiéndola por completo a la luz cruda del baño.

Sonia echó la cabeza hacia atrás, golpeando el metal del cubículo, cuando sintió el primer contacto. No fueron los dedos esta vez. Fue la lengua de Laura, cálida y decidida, trazando una línea ascendente desde su entrada hasta el núcleo de su placer. El contraste entre el frío del metal en su espalda y el calor abrasador de la boca de Laura la hizo jadear con una fuerza que resonó en todo el aseo.

Laura la devoraba con un hambre que rozaba la desesperación. Usaba sus labios para succionar con una presión rítmica, mientras su lengua trabajaba en círculos implacables sobre su clítoris, que palpitaba desesperado por más. Uno o dos dedos entraban y salían de ella con diferente urgencia según el momento. 
Sonia se aferró a los hombros de Laura, hundiendo sus uñas en la chaqueta de cuero, mientras sus caderas se movían por instinto, buscando hundirse más profundamente en esa boca que parecía conocer todos sus secretos.

—Oh, joder... —gimió Sonia, sintiendo cómo la tensión volvía a acumularse en su vientre, más pesada y oscura que en la pista de baile.

Podía oír el caos del club al otro lado de la puerta: la música machacona, las risas de otras mujeres en los espejos, el chorro de los grifos. Esa proximidad del mundo exterior, mientras ella estaba allí, abierta y entregada al placer más absoluto, la volvía loca. Laura subió una mano para apretar uno de sus pechos sobre la seda del vestido, mientras intensificaba el ritmo de su lengua, alternando lamiendo largos y profundos con toques rápidos y eléctricos.

Sonia sintió que el mundo se desvanecía. Sus dedos se enredaron en el pelo corto de Laura, tirando ligeramente, mientras sus espasmos empezaban a recorrerle los muslos. El sabor de sí misma en los labios de Laura, el sonido de su propia respiración entrecortada y la humedad que lo inundaba todo la llevaron al límite una vez más.

Cuando el nuevo orgasmo estalló, fue violento. Sonia arqueó la espalda, despegándose de la pared, con los ojos en blanco mientras una oleada de calor líquido la sacudía. Laura no se apartó; se quedó allí, saboreando cada espasmo, sujetándola con fuerza hasta que el último temblor desapareció.

Sonia no permitió que Laura fuera la única en dictar el ritmo de aquella noche. Con la respiración aún rota y el eco de su propio orgasmo vibrando en sus muslos, agarró a Laura por los hombros y, con una fuerza nacida de la urgencia, intercambiaron las posiciones. Empujó a Laura contra la puerta del baño, escuchando el golpe sordo del cuero contra el metal, y se hundió de rodillas frente a ella.

El mundo exterior —la música, los gritos, los neones— se desvaneció. Solo existía el aroma de Laura y el calor que emanaba de su cuerpo.

Sonia no fue sutil. Sus manos subieron por los muslos de Laura, apartando la ropa con una impaciencia febril, hasta que la tuvo totalmente expuesta. Laura soltó un jadeo corto, su cabeza golpeando hacia atrás contra la puerta mientras sus dedos se enredaban con fuerza en el pelo de Sonia, tirando de ella hacia su centro.

Sonia la lamió con una lentitud tortuosa, saboreando la mezcla de sudor y deseo que impregnaba su piel. Empezó con besos suaves en la parte interna de sus muslos, subiendo centímetro a centímetro hasta que su lengua encontró el primer rastro de la humedad de Laura. El primer contacto directo fue como una descarga: Laura arqueó la espalda, soltando un gemido ronco que se perdió entre el ruido del club.

Sonia la devoró. Usó su lengua con una técnica implacable, alternando lamiendo largos y profundos que la hacían estremecer con succiones rítmicas justo donde sabía que Laura perdía el control. El sabor de Laura era intenso, metálico y dulce a la vez, una droga que Sonia consumía con una voracidad que la dejaba sin aliento.

Sometió a Laura a un ritmo frenético. Sus dedos se hundieron en la carne de sus nalgas, sujetándola con firmeza mientras su lengua trabajaba sin descanso, trazando círculos eléctricos sobre su clítoris hinchado. Podía sentir los espasmos de Laura empezando a recorrerle la mandíbula, los temblores de sus piernas que amenazaban con fallar.

Laura empezó a jadear de forma errática, sus manos soltaron el pelo de Sonia para buscar apoyo en las paredes del cubículo, sus uñas rascando el metal en un gesto de puro desespero. Sonia intensificó la presión, succionando con fuerza mientras introducía dos dedos profundamente en ella, moviéndolos al compás de su lengua.

Un grito ahogado escapó de la garganta de Laura mientras su cuerpo se tensaba como una cuerda de violín a punto de romperse. Sonia no se detuvo, continuó lamiendo cada gota, cada rastro de ese placer compartido, hasta que Laura se derrumbó sobre ella, temblando, con el pecho subiendo y bajando con violencia.


17 de Marzo, 2057. Viernes. Inn at the Market, Pike Place Market. 18:30

El reloj digital de la pared proyectaba las 18:30 en un rojo mortecino. Se acercó a la terminal de la habitación. Pulsó el botón del servicio de habitaciones.

—Suite 2. La misma cena de anoche porfavor, ensalada y fruta, pero sin botella de vino. 

Con prisa, Sonia se cambió en el baño, sin ropa interior, solo cubierta por la bata de la suite. Cogió un condón de su bolso y lo dejó a mano, sobre la mesilla. Unos 20 minutos más tarde, llamaron a la puerta con dos toques de nudillos. Sonia miro por la pantalla digital y, como esperaba, al otro lado de la puerta estaba Christian trayendo su cena. Abrió la puerta y sonrió a Christian con su mejor cara de zorra. 

Sonia apartó los pensamientos de Laura con un parpadeo lento, pero el calor residual de sus recuerdos se negaba a abandonar su cuerpo. El aburrimiento, el alcohol y la soledad habían cocinado un hambre física que ya no podía ignorar.

—Adelante —dijo con una voz que sonó más profunda, casi un ronroneo.

Christian entró empujando el carrito de plata con una mirada a Sonia y una sonrisa confiada que daba muestra de que nunca había dudado de este reencuentro. 

Sonia se colocó frente a él, invadiendo su espacio personal hasta que pudo oler el jabón neutro de su uniforme y el rastro de su propia excitación. 

Ella pasó sus dedos por el cuello de la camisa del muchacho, desabrochando el primer botón con una parsimonia cruel.

Christian se dejó hacer sin dejar de admirar la suerte que tenía. Sonia bajó su mano por el pecho del chico, sintiendo los latidos desbocados de su corazón, hasta llegar al cinturón de su uniforme. Con un movimiento fluido, desabrochó la hebilla y bajó la cremallera.

Él ya estaba preparado para ella; la erección en su pantalón era evidente. Sonia deslizó su mano bajo la tela, liberándolo con una suavidad que hizo que Christian soltara un gemido ahogado. Sus dedos, expertos, rodearon la base de su miembro, que palpitaba con fuerza.

Empezó a masturbarlo con una lentitud exasperante. Subía y bajaba su mano rítmicamente, usando el pulgar para acariciar la punta, atrapando cada gota de humedad que empezaba a brotar. Sonia disfrutaba viendo cómo el rostro del chico se transformaba, perdiendo la compostura profesional para entregarse al placer puro.

—Mírame, Christian —le ordenó en un susurro mandón mientras aumentaba ligeramente la presión de su agarre.

Él obedeció, con los ojos empañados por la lujuria. Sonia sonrió, una expresión depredadora y cargada de una sensualidad que lo dominaba por completo. Ella no quería rapidez; quería saborear cada segundo de su poder sobre él, convirtiendo ese encuentro en el desahogo que su cuerpo le pedía a gritos.

Sonia dió un paso atrás para quedar justo en el centro de la luz ámbar de la suite. Con una parsimonia que rayaba en lo cruel, deshizo el nudo de su bata de seda. La prenda resbaló por sus hombros como agua negra, revelando su piel morena y el contorno firme de sus pechos, que subían y bajaban al ritmo de una respiración pesada.

Christian emitió un sonido gutural, una mezcla de súplica y asombro, mientras sus manos enguantadas se aferraban inútilmente al borde del carrito de plata.

—Desnudate y siéntate en la cama  —le ordenó ella. 

El chico obedeció encantado.  Miró los pechos de Sonia mientras alcanzaba los botones de su chaqueta de uniforme. 

Primero cayó la chaqueta, revelando unos hombros anchos y una camiseta blanca que se pegaba a su pecho. Sonia recorrió con la vista el relieve de sus músculos, bajando por su abdomen tenso hasta la hebilla del cinturón que ella misma había aflojado. Christian se deshizo de la camiseta con un movimiento torpe pero honesto.

—Estas tremenda. He visto que el que está registrado aquí es David Blanch ¿Te esconde de su mujer o algo?

Sonia arqueó una ceja, disfrutando de aquel cuerpo bajo su escrutinio. Esto era una exhibición privada, un tributo a su deseo.

—Sí, justo eso. Guárdame el secreto. 

Christian dejó caer el pantalón oscuro hasta los tobillos y salió de ellos con cuidado. Se quedó allí, de pie en medio de la suite de lujo, completamente desnudo bajo la luz cálida de las lámparas. Su erección, firme y palpitante, apuntaba directamente hacia ella, un monumento a la excitación que Sonia le provocaba. Se sentó en el borde de la cama. 

Sonia se acercó de nuevo, y se puso de rodillas pegada a él, entre sus piernas. Se pegó a él, sintiendo el calor que irradiaba el cuerpo del muchacho, y rodeó su miembro erecto con la suavidad de sus grandes pechos. Al juntarlos, creó un canal de carne firme y cálida que aprisionó el pene de Christian por completo.

Empezó a moverse con una lentitud exasperante, subiendo y bajando el tronco en un vaivén rítmico. Sus pezones, erguidos por el alcohol y el deseo acumulado, rozaban la piel tensa de él en cada ascenso, dejando un rastro de fricción que hacía que el chico cerrara los ojos y apretara los dientes para no estallar antes de tiempo.

—Mírame, Christian —susurró, arqueando la espalda para que él pudiera ver cómo sus pechos lo devoraban—. 

El chico abrió los ojos, empañados por una lujuria que ya no conocía límites profesionales. Sonia aceleró apenas un ápice, sintiendo el pulso acelerado de él contra su esternón, deleitándose en la forma en que el cuerpo de Christian se tensaba, al borde del abismo, mientras ella seguía dictando las reglas de ese juego lento y pegajoso.

—Si te corres ¿me vas a poder dar lo mío, verdad?

—¡Sí, joder!

Sonia empezó a moverse con un ritmo hipnótico. Subía y bajaba el torso con una cadencia calculada.

Christian jadeaba, con las manos aferradas a los hombros de Sonia, sus dedos hundiéndose en su piel morena como si buscara un anclaje en medio de una tormenta. Su respiración era errática, un sonido entrecortado que delataba que estaba llegando al límite. Sonia lo sentía latir con una fuerza salvaje contra su esternón, una vibración que le recorría toda la columna.

Ella, intensificó la presión de sus pechos, juntándolos con sus manos para que el canal fuera más estrecho, más prieto para el miembro de Christian.

El ritmo se volvió frenético en los últimos segundos. Sonia aceleró el vaivén, sintiendo cómo el cuerpo de Christian se tensaba. El chico soltó un grito ahogado y Sonia sintió el calor líquido de su eyaculación salpicando sus pechos y su abdomen, una marca caliente y pegajosa que contrastaba con el aire acondicionado de la suite. 

Christian soltó un jadeo entrecortado cuando sintió el aliento cálido de Sonia rodeando su miembro, que empezaba a reaccionar de nuevo ante su proximidad. Ella no tuvo prisa. Primero, usó su lengua para trazar una línea lenta y húmeda desde la base hasta la punta, saboreando el rastro salado de su excitación previa. Entonces, Sonia lo tragó por completo.

La calidez de su boca fue un choque térmico para Christian. Ella usó su lengua con una maestría que solo los años de libertad y exceso le habían otorgado, rodeándolo con una presión rítmica y succionando con una fuerza que parecía querer extraerle el alma. Sus ojos, entornados por el placer de la dominación, seguían fijos en el rostro del muchacho, disfrutando de cada mueca de éxtasis puro que cruzaba sus facciones.

Sonia jugaba con el ritmo, alternando succiones profundas que lo hacían gemir con toques rápidos y eléctricos de su lengua en el frenillo. Sus manos subieron por los muslos de Christian, apretando la carne firme, anclándolo a ella mientras intensificaba el movimiento. El sonido húmedo de su boca trabajando en el silencio de la suite era lo único que se escuchaba.

Sonia sintió cómo la tensión volvía a acumularse en el miembro de Christian. Se montó sobre él con la agilidad de un jaguar que sabe que la presa no tiene escapatoria. El colchón se hundió bajo su peso mientras se horcajaba sobre los muslos de Christian, pero en lugar de culminar la unión, se detuvo justo en el umbral.

Mantuvo el torso erguido, con la espalda arqueada y los pechos desafiantes bajo la luz ambarina de la suite. Sus manos bajaron para apoyarse en el pecho del chico, sintiendo el martilleo desbocado de su corazón. Entonces, con un movimiento de cadera lento y circular, empezó a frotar su coño, empapado y ardiente, por toda la polla rígida de Christian.

El contacto de la mucosa de Sonia contra la piel tensa y palpitante del muchacho provocó un sonido húmedo, un roce rítmico que llenó el silencio de la habitación. Sonia cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando que un gemido largo y bajo escapara de su garganta. No era solo placer; era una declaración de propiedad.

Christian soltó un quejido ronco, con las manos apretadas contra las sábanas de hilo, sus nudillos blancos por el esfuerzo de no empujar hacia arriba para buscar el alivio definitivo. Sonia disfrutaba de esa tortura exquisita. Sentía la dureza de su polla frotando su clítoris en cada vaivén, una fricción eléctrica que le enviaba oleadas de calor hasta la punta de los dedos.

Se inclinó hacia delante, dejando que sus pezones rozaran los labios del chico, mientras seguía moliendo sus caderas contra él con una cadencia hipnótica. El aroma a sexo inundaba el aire. Sonia era un incendio forestal y Christian solo madera seca dispuesta a arder. Sonia soltó un suspiro largo, mientras seguía moliendo sus caderas contra la erección de él.

La fricción era eléctrica. Sonia usaba la dureza de Christian como un juguete, presionando su clítoris directamente contra la punta del miembro de él en cada movimiento circular. El sonido del roce húmedo de sus sexos se volvió el único metrónomo de la habitación. Sonia sentía cómo la tensión se acumulaba en la base de su columna, una ola de calor que amenazaba con desbordarla.

Sus propios dedos se hundieron en el pecho de Christian, marcando su piel mientras aceleraba el ritmo. Estaba llegando, lo sentía en los espasmos que empezaban a recorrerle los muslos. El chico estaba al borde del colapso, con la pelvis arqueándose por instinto buscando la entrada que ella aún le negaba, pero Sonia se mantuvo firme, devorando el placer de su propio orgasmo inminente antes de concederle el alivio.

El éxtasis de Sonia alcanzó su punto de ebullición, una presión insoportable que latía entre sus piernas mientras se frotaba con una saña casi violenta contra Christian. 

Justo cuando su cuerpo se arqueó hacia atrás, con la columna tensa como un cable de alta tensión y sus dedos hundiéndose en los hombros del chico, Sonia soltó un grito desgarrador que reverberó en las paredes de la suite.

—¡Richard! —bramó, con la voz rota por un clímax que la sacudió de pies a cabeza.

Christian se quedó congelado, con los ojos muy abiertos y la respiración suspendida. El nombre de otro, no él ni su amante David, pronunciado con tanta desesperación y deseo en el momento del orgasmo, fue como un jarro de agua fría sobre su orgullo juvenil. Sin embargo, Sonia no le dio tiempo a procesar la confusión.

Antes de que los espasmos del orgasmo abandonaran sus muslos, Sonia se dejó caer hacia delante. Sus ojos, a un par de centímetros de los de Christian fueron hacia la mesita de noche de la derecha. 

—Ponte el condón. 

—A sus órdenes, señora. —Christian obedeció raudo. 

Agarró el miembro de Christian con una mano y, con un movimiento seco y decidido, se hundió sobre él de una sola vez. El chico soltó un quejido agudo, mitad placer y mitad asombro, al sentir cómo Sonia lo devoraba por completo, llenándose de él mientras sus caderas recuperaban un ritmo frenético y posesivo.

Sonia enterró la cara en el cuello de Christian, mordiéndole la piel con fuerza para acallar sus propios sollozos secos. No le importaba que él hubiera oído el nombre; en ese momento de vulnerabilidad total solo buscaba la fricción necesaria para olvidar que estaba sola en un hotel de paso, mientras Richard estaría en casa con su muñeca rusa.

El ritmo se volvió errático, salvaje. Sonia se movía sobre él con una urgencia que ya no era juego, sino una necesidad de purga. Sus caderas golpeaban contra las de él con un sonido húmedo y rítmico que llenaba la suite, mientras la fricción interna alcanzaba una temperatura febril. Christian, espoleado por el grito anterior y por la intensidad de Sonia, perdió finalmente toda su timidez. Agarró las caderas de Sonia con fuerza, hundiéndose en ella con embestidas profundas que la hacían arquear la espalda hasta casi romperse.

El mundo exterior —el posible rastreo de Aztechnology, la traición de Richard, su madre— se redujo a ese espacio de sábanas revueltas. Sonia sentía cómo la tensión eléctrica subía por sus piernas, una ola de calor líquido que amenazaba con estallar. Christian estaba igual, con los músculos del cuello tensos y la respiración convertida en un rugido sordo.

Sonia echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, mientras su coño empezaba a contraerse rítmicamente alrededor de Christian, atrapándolo en una presión asfixiante. Christian soltó un grito gutural, incapaz de aguantar más, y se arqueó bajo ella justo cuando el orgasmo de Sonia estallaba.

Se corrieron a la vez, en una sincronía perfecta de espasmos y calor. Sonia sintió la plenitud de Christian inundándola mientras ella misma se deshacía en oleadas de placer. Se desplomó sobre el pecho del chico, temblando, con el corazón martilleando contra sus costillas en un eco frenético del de él. El aroma a sexo y a sudor era lo único real en esa suite de lujo.

El silencio que siguió al estallido fue denso, roto solo por el siseo del climatizador de la suite y el latido desbocado de dos corazones que empezaban a recuperar su ritmo natural. Sonia seguía desplomada sobre el pecho de Christian, con la piel húmeda pegada a la suya y el aroma del sexo llenando sus pulmones. 

Entonces, sintió la mano de Christian. No era el agarre firme de antes, sino una caricia tentativa, casi reverente, que le recorrió el cabello húmedo retirándole un mechón de la cara.

—No sé quién es Richard —susurró él, con una voz que vibraba con una honestidad que Sonia no había escuchado en años—, pero me da que tenéis asuntos sin resolver ¿No? ¿Es tu marido y estás con el David ese?

—Calladito estás más guapo.

—A sus órdenes, señora

Sonia se tensó al instante. El nombre de Richard, pronunciado por aquel desconocido en intimidad, fue como un electrochoque. La vulnerabilidad de la escena la golpeó de frente: estaba desnuda, expuesta y emocionalmente desnuda ante un empleado de hotel que acababa de ver como se la escapa un nombre en pleno polvo.

Se incorporó lentamente, sentándose sobre sus talones en el centro de la cama, sin ocultar su cuerpo pero con una mirada que ya no era de lujuria, sino de una frialdad cortante. Christian la miraba con una mezcla de risa y asombro, una mirada que Sonia no sabía cómo gestionar.

Sonia se bajó de la cama con una gracia felina y recogió su bata de seda del suelo, envolviéndose en ella como si fuera una armadura. Caminó hacia el ventanal, dándole la espalda al chico, observando cómo las luces de neón de Seattle se reflejaban en el cristal.



17 de Marzo, 2057. Viernes. Inn at the Market, Pike Place Market. 19:11

Sonia se acercó a la zona del salón de la suite con la hamburguesa que Christian le había traido. Tomó el mando a distancia y encendió el televisor de gran formato. No buscaba información, solo ruido blanco que acompañase sus pensamientos. Las imágenes bañaron la habitación de colores cambiantes, sustituyendo la luz tenue y romántica por el parpadeo frío de la tecnología.

Sonia se comió la hamburguesa fria, y terminó tumbandose a lo largo del sofá, con las piernas recogidas y la mirada fija en la pantalla. El batín de seda negra, arrugado, insinuaba más que tapar y la daba un aspecto erótico. 

El sueño la alcanzo de esta manera después de varios cigarros. Solo de madrugada se cambió a la cama a continuar con su sueño. 


18 de Marzo, 2057. Sábado. Galerías de Elliot Avenue. 10:48

De regreso a las galerías, Sonia controló que no hubiese vigías apostados que pudiesen haber detectado su llamada a Richard y estuviesen esperando que repitiese trideófono. No parecía haberlos, pero ella había aprendido de Laura a mirar con mirada astral, así que notando la falta de práctica, miró el plano astral más allá de este mundo. 

Parada a un lado de la galería, su vista fue hacia las energías de la vida y la magia. El mundo de carne y hueso se desvaneció, y la galería subterránea se transformó instantáneamente.
Las paredes de hormigón y las tuberías oxidadas perdieron su textura mundana para convertirse en masas grises, sólidas y opacas. Eran sombras tridimensionales en el éter que se sentían pesadas y "muertas" al tacto espiritual, creando un laberinto de gris monótono que acentuaba la claustrofobia del lugar.
Lo que en el mundo físico era suciedad, en el astral se reveló como un espectáculo de luces tenues. El moho y las bacterias que cubrían las esquinas brillaban con un resplandor musgoso, como constelaciones de estrellas agonizantes. El aire se sentía pegajoso. Sonia percibió residuos de desesperación que habían quedado impregnados en la piedra con el paso de los años.

Las auras de los seres vivos mostraban a Sonia información sobre ellos, pero ella solo quería saber si había guardianes astrales de Aztechnology acechando, esperando que volviese a usar el terminal, y no los había. 

Sonia no usaba a menudo la percepción astral, y quizás por eso seguía impactada cada vez UE entraba en sintonía con el astral. 

Sonia volvió a deslizarse dentro del cubículo, cerrando la puerta plegable, que chirrió exactamente como esperaba. Marcó el número de Richard. Un tono. Dos tonos. Cinco tonos.

—¿Sí? —Videopantalla apagada y voz con acento de muñeca rusa.

—Soy Sonia. ¿Pudiste hablar con Richard?

—Claro que sí. Pero cuando pasó a visitarte te encontró follándote a uno, parece ser, y se marchó. 

—¿Pero como que cuando pasó? Antes de ayer pasó mientras dormía y me dejó...

—¿Una botella de tequila, no?

—...una botella de tequila, sí, sin que me enterase, y ayer ¿como coño vio a quien me follaba?

Kassandra rió. 
—No hablamos por teléfono de algunas cosas. 

—Porfavor, dile que pase por aquí, sin juegos. Que llame a la puta puerta a cualquier hora. 

—Se lo digo de tu parte, pero entre nosotras, le gustó la forma en que al parecer gritaste su nombre mientras te corrías. Creo que captaste su interés. —Kassandra parecía divertirse. 

—Espera, si me escucho... ¿Es un mago? ¿Vino como una proyección astral?

—No, no es un mago. 

—Pues no entiendo...

—No tienes nada que entender. Te visitará cuando pueda y quiera, y tú esperarás hasta entonces, no hay nada más que entender. ¿Estamos? 

—Sí.

—Quedaté con que ha ido a verte dos veces ya. Está cuidando de tí. Le conozco muy bien y te aseguro que está preocupado por tí. 

—Vale, gracias. 

—Simplemente espérale donde acordasteis y no hagas que se arrepienta de haberte dedicado su tiempo. 

—No, claro que no. Solo quería saber si habías podido pasarle el mensaje. 

—No te preocupes. ¿Lo llevas bien? 

—Sí. No os preocupéis. 

—Compañía no te falta. —Ambas rieron.— Estate tranquila, ya pasará a verte. Richard soluciona las cosas.

—Eso espero, por qué me vendría muy bien. 

—Tranquila te estás moviendo demasiado pero lo estás haciendo bien. Ten un poco de paciencia. —Y la llamada se cortó. 

Sonia colgó el auricular y salió de la cabina, sintiendo cómo un escalofrío de alivio recorría su espalda, una sensación que la tomó por sorpresa. El simple hecho de saberse importante para Richard, de sentir su atención sobre ella, había sido suficiente para que su pulso se acelerara y su ánimo diera un vuelco drástico.
​Mientras caminaba, una chispa de irritación se mezcló con su excitación al recordar la facilidad con la que Kassandra se había impuesto como líder, y cómo ella misma lo había aceptado sin rechistar. "Vale, gracias", había respondido como una estúpida. 
Sonia sintió un ramalazo de vergüenza que le encendió las mejillas, detestando esa vulnerabilidad momentánea.

​De regreso al hotel, el pensamiento de Richard se volvió una obsesión húmeda y punzante. No dejaba de dar vueltas a cómo él la había escuchado gritar su nombre. La botella de tequila debía tener una microcámara, era obvio, pero esto no importaba tanto como que Richard la había visto con Christian. 
Lejos de sentirse avergonzada, la idea de que él se hubiera quedado allí, observándola en la intimidad, la ponía terriblemente cachonda. Lo único que deseaba fervientemente era que Richard la devorara con la mirada, que la necesitara con la misma intensidad que ella lo necesitaba. 



18 de Marzo, 2057. Sábado. Inn at the Market, Pike Place Market. 11:18

Sonia regresó a la suite. Se dirigío directamente hacia donde reposaba la botella de tequila. La idea de que Richard la había estado observando a través de ese objeto le provocaba un calor líquido que se instalaba en su vientre.

Giró la botella bajo la luz de la lámpara, buscando cualquier irregularidad en la etiqueta o el vidrio. Sabía que en el mundo del espionaje de alto nivel, una lente puede ser tan pequeña como la cabeza de un alfiler. Sus ojos se entrecerraron, enfocándose en los relieves del diseño de la marca, buscando ese brillo antinatural que delatara una óptica oculta.
Sus dedos, expertos y meticulosos, tantearon el tapón y la base. Sabía que Richard no era un aficionado; si había una cámara, estaría perfectamente integrada. 

Pero no encontró ningún indicio de nada. 



24 de Abril, 2050. Domingo. Apartamento de Laura, Tenochtitlan, Midtown. 18:47

El aire en el apartamento de Laura estaba saturado de un perfume denso, una mezcla de sándalo y lluvia que siempre impregnaba el apartamento de Laura.

La luz de las velas lamía la piel desnuda de su mentora, quien se movía con una cadencia que era, a la vez, una danza y una provocación sexual. Como seguidoras de Xochiquétzal, la Diosa de las Flores y el Deseo, su magia no nacía de fórmulas áridas, sino del pulso de la sangre.

Laura detuvo su danza y se sentó tras Sonia, —también desnuda—. Sonia sintió el calor repentino de la piel desnuda de Laura presionando contra su espalda, y el roce de su aliento cálido en la nuca le provocó un escalofrío de expectación.

Los ojos de Laura brillaban con una intensidad febril mientras guiaba las manos de su alumna masajeando sus propios pechos, obligándola a sentir el latido de su corazón.

—Escucha, pequeña flor —susurró Laura, su aliento rozando el oído de Sonia—. Invocar no es un acto de intelecto, es una lucha de poder. Cuando llamas a un espíritu, le estás subyugando con tu propio poder. Es como un amante exigente: si tu voluntad flaquea, si no eres capaz de dominarlo, él te dominará a ti.
—Siente el apartamento —continuó Laura, deslizando una mano por el muslo de Sonia—. En un hogar puedes buscar un espíritu nacido de lo privado, de lo íntimo, y de la protección. Para atarlo a ti, debes ser más fuerte que él. Si intentas someter a una entidad que desborda tu propia fuerza, el sacrificio de energía será devastador. Si te excedes, el precio lo pagarás en carne y sangre. Sentirás cómo tu fuerza vital se desgarra, dejándote no solo agotada, sino herida en lo más profundo. La magia de Xochiquétzal es bella, pero tiene espinas. Invocar a un espíritu demasiado poderoso podría matarte. 

Laura comenzó a lamerle el lóbulo de la oreja, su voz volviéndose un ronroneo.
—El vínculo es como una negociación, o como un polvo salvaje. Cuanto más logres imponerte sobre el espíritu, más veces estará obligado a servirte. Pero recuerda, Sonia: el espíritu se intentará imponer sobre tí a la vez, como una negociación o un polvo salvaje. 



18 de Marzo, 2057. Sábado. Inn at the Market, Pike Place Market. 16:18

Sonia se despertó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas y la piel cubierta por una fina película de sudor. El televisor seguía encendido. Se incorporó lentamente en el sofá, desorientada, sintiendo aún el calor fantasmal de las manos de Laura recorriendo su espalda en el sueño.
Había sido tan vívido que casi podía oler el sándalo. 
Se pasó una mano por el cabello y suspiró. El sueño le había recordado que su poder nacía de la disciplina. Estaba sola en esa habitación de lujo, pero la sospecha de Richard vigilando de alguna manera la hacían sentir como si estuviera en un escenario, rodeada de jueces invisibles.



18 de Marzo, 2057. Sábado. Inn at the Market, Pike Place Market. 17:13

El timbre de la puerta sonó. Sonia se lanzó hacia ella pero se paró en seco al ver en el video portero a quien tenía que ser Kassandra; una chica alta, con aspecto de muñeca, cara de ángel, labios con una fina capa de gloss, y ojos azules que miraban directos al videoportero. 
Con la decepción de no haberse encontrado a Richard, Sonia abrió la puerta.

Kassandra vestía botas altas negras de tacón, vaqueros azul oscuro, y un abrigo marrón claro sobre el que caía un largo y liso cabello platino. En cualquier otra circunstancia, Sonia debió reconocer que la hubiese entrado. Era esa clase de belleza natural que no necesitaba realzarse. Era más alta que ella, pero vista en directo, parecía más joven que ella. 

Con las manos en los bolsillos del abrigo, Kassandra saludó jovial con un gesto. 
—La famosa Sonia, un placer

—Pensaba que eras Richard, pasa. —Sonia mantuvo su expresión sin mostrar su desilusión. Kassandra entró, se acercó a Sonia inundando su nariz con su perfume. La dio con naturalidad un beso suave en los labios, como si fuesen una pareja, y Sonia se dio cuenta de que no la hubiese importado que fuese así. 

—Vamos a sentarnos a charlar, por qué tengo que contextualizarte un poco. 

—Claro, porfavor —Otra vez aquella maldita autoridad, como si alguien hubiese puesto a la muñeca rusa al cargo de algo. 


18 de Marzo, 2057. Sábado. Shilsole Bay Marina, Muelle Privado 12. 18:41.

El viento del puerto soplaba con una frialdad cortante, agitando el abrigo marrón claro de Cassie mientras sus botas altas negras de tacón resonaban con eco sobre las tablas del pantalán. A su lado, Sonia caminaba todavía encajando las novedades. Kassandra caminaba a su lado, guiándola hacia la imponente silueta del Nephilim, el yate que servía de harem y refugio dorado para Deus.

Mientras se acercaban a la pasarela, las palabras de Kassandra seguían dando vueltas en la cabeza de Sonia, pesadas como el plomo.
Richard no era solo un hombre de negocios con atractivo y descarado. 
Según Kassandra, era un antiguo shadowrunner legendario conocido en las sombras como Deus. Un nombre que evocaba tanto respeto como terror en los callejones de la metroplex. Kassandra le había confesado, con una mezcla de orgullo y sumisión, que Deus era probablemente el mago más poderoso del mundo, por mucho que lo hubiese negado telefónicamente ante posibles escuchas. Así se entendía que Richard, —Deus— hubiese podido observar la suite de Sonia, o incluso entrar a dejar la botella de tequila. 





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